El diletante inglés: David Bowie en la casa de subastas

por Duncan Wheeler

Me di cuenta de que algo iba mal en el matrimonio de mis padres después de la muerte de Margaret Thatcher. A mi padre no se le ocurrió mejor idea para el regalo de Navidad para mi madre que ir a una subasta para comprarle un vestido de la recién fallecida Dama de Hierro. Ya están separados, aunque el chiste no se llevó a cabo por culpa o gracia de un mejor postor; la colección Thatcher valió mucho más de lo que se preveía. Además de ser una tradición familiar en mi caso, dar una vuelta por las casas de subastas de New Bond Street es la opción más sibarita de matar el tiempo para los vecinos tanto del barrio señorial de Mayfair como de la jet-set internacional. No obstante, el público para la última muestra de Sotheby’s es más multitudinario y variopinto de lo habitual. La colección de arte privada de David Bowie se valora alrededor de diez millones de libras, y hará paradas en Nueva York, Los Ángeles y Hong Kong antes de aterrizar otra vez en New Bond Street los 10 y 11 de noviembre, justo después del estreno londinense de Lázaro, un musical basado en sus obras.

El comunicado de prensa de Sotheby’s no deja de insistir en que, en su faceta de coleccionista, Bowie fue desinteresado en cuanto al estatus y el dinero. Si fuera realmente así, supondría una casualidad y una suerte tremendas para sus herederos el hecho de que, a través del arte, el cantante hiciera una inversión más rentable incluso que la compra de propiedades en Londres, con el valor añadido de que el arte repercutirá en su leyenda y viceversa. Los objetos fetiche, como un armario de estéreo italiano vintage, subirán en precio por la bendición del artista antiguamente conocido como Ziggy Stardust, aunque el efecto celebrity es más difícil de determinar en cuanto a verdaderos tesoros del arte del siglo XX como el celebrado Air Power (1984), de Jean-Michel Basquiat, que se valora entre 3,5 y 4,5 millones de libras. El músico compró este cuadro de su antiguo amigo en una subasta en Christie’s en 1995 por 78.500 libras justo antes del estreno de Basquiat (Julian Schnabel, 1996), el biopic del artista, víctima de sida, una película en la que Bowie interpreta el papel de Andy Warhol. En esta época, la eclosión de los llamados «Young British Artists» hizo que Londres volviera a ser la capital más cool del momento y que exhibirse como coleccionista de arte se pusiera de moda.

La participación de Bowie en la revista Modern Painters como miembro del consejo editorial y entrevistador de artistas de la talla de Damien Hirst o Tracy Emin supuso una actitud y estrategia parecida al lanzamiento de Earthling (1997), un disco de drum’n’bass que dejó definitivamente atrás lo que el propio artista definió como su época Phil Collins. Según se vea, esta ética y estética es la prueba definitiva de la impagable creatividad y curiosidad de un verdadero hombre renacentista, o la última tentativa de un multimillonario entrado en años para mantener cierta relevancia. A través de más de cuarenta años de carrera, Bowie sabía mejor que nadie controlar en vez de ser controlado por el mercado. Como Keith Richards, el veterano guitarrista de los Rolling Stones, el aspirante a vocalista encontró trabajo en una agencia publicitaria después de haberse licenciado en una facultad de Bellas Artes. A los dos, el capitalismo rampante de tal industria les pareció repugnante, pero Bowie siempre supo rentabilizar incluso sus peores momentos. Fue capaz de salir airoso con la grabación de la canción homónima, que figura entre un puñado de verdaderos clásicos de sus desiguales años ochenta, el tema principal de la desastrosa película musical Absolute Beginners (Julien Temple, 1986). Puso como condición para su participación que intervendría en el papel de Vendice Partners, un especulador esperpéntico de finales de los años cincuenta, basado en gran medida en los personajes que había conocido cuando todavía se llamaba David Jones.


Llegó a ser un prosumidor antes de que se acuñara el término. Siempre trabajó mejor en colaboración («Heroes» sin la contribución de Robert Fripp, Low sin Brian Eno, o «Let’s Dance» sin Nile Rogers, son todos ellos impensables), y la clave de su éxito no reside en su genio innato, sino en su ejemplar gusto y buen olfato. Lo que está expuesto en Sotheby’s es tan heterodoxo e imprevisible como su música. Es difícil pensar en otra estrella del mundo del pop-rock que compaginara el gusto por un estilo de muebles ya popularizados por Ikea, pero otrora vanguardista, y pinturas de paisajes modernistas de David Bomberg como «Picos de Europa, Asturias, Spain» (1935).

Con la excepción de algunos temas concretos, nunca he sido muy fan de la música de Bowie; lo he visto como un diletante en el peor sentido de la palabra, un camaleón que se apropia de propuestas más arriesgadas o innovadoras para que sean digeribles. Sigo manteniendo que es una manifestación del sexismo generalizado que aplica esta crítica más a Madonna que a él, pero no tengo más remedio que aceptar que es muy poco probable (aunque nunca se sabe) que la señora Ciccone tenga una colección tan cuidadosa y elegantemente preparada. También estoy convencido de que si mi padre no pudo permitirse el lujo de salir de Mayfair con la ropa que lució nuestra no tan añorada antigua primera ministra, las posibilidades de quedarse con incluso una luminaria del Duque Blanco son casi nulas.

 

11/10/2016

 
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