Dos graduaciones:
George Saunders y David Foster Wallace

por Ismael Belda

En Estados Unidos existe la costumbre del discurso de graduación, o commencement speech. Un personaje notable lo pronuncia en la ceremonia de graduación de una universidad, ante los alumnos que a continuación van a obtener sus diplomas. Se trata casi de un género literario en sí mismo, con sus convenciones particulares (incluida la de tratar de romper las convenciones del género, aunque sea mínimamente) y su tradición ancestral. Algunos famosos discursos fueron pronunciados, por ejemplo, por John F. Kennedy, George Marshall o Winston Churchill. La imagen de Steve Jobs dirigiéndose a los alumnos de Stanford en 2005 es ya icónica, y está de moda desde hace tiempo que presentadores televisivos o cómicos se conviertan en oradores en estas ocasiones (Oprah Winfrey, en Harvard; Jon Stewart, en William & Mary; Ellen DeGeneres, en Tulane –post-Katrina–, o Lisa Kudrow, en Vassar, por poner algunos ejemplos de la última década que se han hecho célebres). Los discursos deben ser inspiracionales, como dicen los norteamericanos, recalcar de alguna forma que la educación especializada que han recibido no es suficiente (es decir, que necesitan otros valores, más profundos o espirituales para enfrentarse a la vida) y, de manera simbólica, deben servir de pórtico de entrada a ese mundo real adulto al que los graduados deberán enfrentarse a partir de ese momento.

En tiempos recientes, dos de estas alocuciones, pronunciadas ambas por escritores de ficción, han cobrado cierta trascendencia y, de forma un tanto inusual, han merecido convertirse en libro (uno de ellos en 2009, el otro el año que viene). George Saunders, uno de los grandes autores de relatos cortos de las últimas décadas, pronunció este año el de Syracuse, donde enseña escritura creativa, y la cosa ha cobrado proporciones sorprendentes. Poco tiempo después del cierre del curso, The New York Times publicaba el texto íntegro y el discurso se volvía viral: reenviado sin cesar a través de Facebook, Twitter, etc., pronto millones de personas lo habían leído y George Saunders, escritor ya reconocido, se convertía rápidamente en una verdadera celebridad mucho más allá del mundo literario (en YouTube pueden verse, por ejemplo, vídeos del autor asistiendo como invitado al programa Good Morning America, ante una mesa atestada de donuts y frambuesas, rodeado de sonrisas y de palabras tiernas inspiradas por su speech, hablando con la boca seca, claramente fuera de su elemento). El libro, Congratulations, by the way, contendrá una versión ampliada de su discurso y será publicado en 2014 por Random House.

¿Por qué tanto éxito? Parte del truco es que se trata de un texto breve y terso, que apela de forma directa al lector (u oyente) y que posee cierta inflexión humorística, de la que Saunders es un maestro. Estos son sus puntos centrales: 1) Debemos intentar ser buenos con los demás, es decir, debemos errar en la dirección de la bondad («err in the direction of kindness»). 2) ¿Por qué nos cuesta tanto ser buenos? Porque todos sufrimos la enfermedad del egoísmo, y porque pensamos: a) que somos el centro del universo; b) que estamos separados del resto de la creación; y c) que realmente no vamos a morir. 3) ¿Cómo podemos intentar ser buenos con los demás? Mediante: la educación, el arte, la meditación, los amigos, las tradiciones espirituales. 4) El éxito, por otro lado, es una montaña que crece a medida que uno la escala, y merece la pena no concentrarse exclusivamente en tratar de alcanzarlo. 5) En nosotros hay una parte luminosa que existe más allá de la personalidad y que es tan brillante como las equivalentes partes luminosas de Shakespeare, Gandhi o la Madre Teresa: debemos creer en que esa parte existe y eliminar los obstáculos que nos separan de ese lugar secreto y luminoso.

El otro ejemplo es un discurso de David Foster Wallace (en Kenyon College, 2005) que fue publicado por Little, Brown and Company con el título de This Is Water y que en España, que yo sepa, cuenta con una edición digital (el texto, obviamente breve, para ocupar el volumen de un libro está impreso a un párrafo por página –a menudo un párrafo consiste en una línea–, lo cual confiere una gravedad un tanto artificial al conjunto). Tuvo también un gran éxito al poco de ser pronunciado, y por la Red circulaban transcripciones mucho antes de que fuera editado en libro.

Es el más interesante de los dos, en mi opinión, y el que alcanza una cota mayor de electricidad verbal, a pesar de ser más largo y denso, y también de que en algunas partes no puede evitar ser un tanto farragoso e histérico (al fin y al cabo, lo escribe Foster Wallace: cada vez que dice algo «serio», por ejemplo, el pudor le obliga a retroceder, a desdecirse, a disculparse, a ironizar). Como Saunders –ambos, por cierto, eran amigos–, también subraya la necesidad de la bondad y de la ayuda a los demás, y, como él, también habla del universal engaño que consiste en pensar que cada uno somos el centro del universo. También dice que los ateos no existen, pues todos adoramos algo; lo único que podemos hacer es elegir qué adoramos: si lo dejamos en default, nuestros dioses serán el dinero, el poder, el culto a la belleza física, y eso nos devorará en vida. La idea medular, sin embargo, es que es necesario no tener certezas inamovibles para poder pensar con libertad. Si estamos seguros de todo, nuestros pensamientos se vuelven automáticos. Si nuestros pensamientos son automáticos, la mente, en lugar de ser un excelente criado, se convierte en un amo terrible. «No es en absoluto una coincidencia que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparan en la cabeza. Disparan al terrible amo». Habla del permanente monólogo interior de la mente, de la importancia de ejercer el control sobre lo que uno piensa y sobre cómo lo piensa. Hay un largo pasaje sobre la miseria y la pequeñez de la experiencia cotidiana, el verdadero campo de batalla de la vida adulta –con una visita a un supermercado y dos atascos como ejemplos–, que nos sumerge en una atmósfera extrañamente ominosa. «Si estás automáticamente seguro de cómo es la realidad», dice al final de esa parte, «estás funcionando con tu configuración automática (default), y entonces, como yo, probablemente no considerarás posibilidades que no sean molestas y miserables. Pero si realmente aprendes a prestar atención, entonces sabrás que hay otras opciones. Estará realmente en tu poder experimentar una situación multitudinaria, asfixiante, lenta, del tipo “infierno consumista”, no sólo como algo cargado de significado, sino como algo sagrado, inflamado con la misma energía que hizo las estrellas: el amor, el compañerismo, la unidad mística al fondo de todo». La única verdad, sin embargo, nos dice David Foster Wallace, está de este lado de la muerte, y no después. Esto es la vida, esto es lo único que importa. This is water. This is water.

Parece que hay muchas personas que necesitan oír cosas como estas, a juzgar por el tremendo éxito cosechado. Por supuesto, las ideas de que el éxito no lo es todo, que el culto al tríptico dinero-poder-sexo es empobrecedor o que el resto de las personas también tienen existencia autosuficiente y merecen nuestro interés, en parte son sólo lugares comunes, pero hay distintas clases de lugares comunes, y algunos cambian según quién los pronuncie. Hay mucha gente que siente una sed peculiar que determinados elementos de estos discursos, creo yo, sacian en parte: una espiritualidad y una práctica (la meditación, por ejemplo) alejadas de las religiones oficiales y que no huelan demasiado a New Age (el escepticismo o el humor propios de los escritores son quizá parte del truco); la idea de que existe una parte de nosotros (fuera o dentro, no importa) que está más allá de nuestra personalidad y que es luminosa; y también la certeza, aunque se mencione como de pasada, de que todos vamos a morir, y de que si no sabemos eso de verdad, entonces es imposible ver a los demás, o estar presentes en ningún instante de nuestras vidas.

*      *      *

George Saunders, budista practicante, es autor de dos bellísimos, hilarantes y altamente originales libros de relatos: CivilWarLand in Bad Decline, de 1996, y Pastoralia, de 2000 (ambos publicados en España por Mondadori, si no me equivoco). La mayor parte de esos relatos tenían como escenarios parques temáticos futuristas cuyos trabajadores sufrían todo tipo de catástrofes personales. Pertenecen claramente al género de ciencia ficción y se basan en un dominio asombroso de la lengua vernácula estadounidense, del cual emana también gran parte del humor, que es muy particular, a veces surrealista y otras veces totalmente cotidiano, y que es de los que nos obligan a interrumpir la lectura para reírnos a carcajadas. La crítica suele mencionar dos ilustres antecedentes: Kurt Vonnegut y Donald Barthelme. Su tercera colección, In Persuasion Nation, de 2006, a pesar de contener algunas notables piezas, parecía comenzar a acomodarse en ciertos tonos ya conocidos. Su último libro, Diez de diciembre (que la editorial Alfabia acaba de publicar en España), ha estado en la lista de los más vendidos de The New York Times y le ha valido a su autor el PEN/Malamud y ser finalista del National Book Award. De nuevo, hay cuentos muy buenos («Escape from Spiderhead», «The Semplica Girl Diaries»), pero, también de nuevo, esa cualidad salvaje, maleducada y única que hacía inolvidables sus dos primeros libros hay que buscarla aquí con un poco más de esfuerzo. Se aprecia una excesiva preocupación, quizá, por escribir una ficción ética, por crear historias que reflejen la destructora influencia que tiene el capitalismo en nuestras vidas y que muestren cómo es posible neutralizar esos influjos para, de alguna forma, errar en la dirección de la bondad. Este impulso, por muy loable que sea desde otros puntos de vista, asfixia en cierta medida la capacidad de los relatos para abrirse por ellos mismos, para cantar en las inesperadas lenguas que ellos mismos deberían encontrar. En fin, el didactismo reemplaza en parte a la exploración profunda de la realidad y de la psique humana. No obstante, la edición en español de Diez de diciembre, un libro excelente a pesar de todo, es una estupenda noticia para sus seguidores, entre los que me incluyo.

25/11/2013

 
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