Del no maravillarse hombre de nada

por Pedro López Murcia

Aunque ustedes no lo crean, hubo un tiempo en el que los escritores se cruzaban epístolas en tercetos encadenados, del mismo modo que hubo un tiempo en el que prácticamente todo el mundo era capaz de comprender la realidad. ¿Que lo primero lo sabe hasta un colegial, mientras que lo segundo no es más que una sucesión de palabras sin contenido empírico? Seguramente sea así, después de todo a los colegiales se les enseñan muchas cosas y el contenido empírico de nuestras elocuciones no está nunca garantizado. Pero a mí me da la impresión de que, de alguna manera misteriosa, hay una relación entre los dos fenómenos, como si el primero hubiera surgido del segundo, como si fuera una de sus consecuencias. No me lamento por la pérdida ni creo que hayamos retrocedido en alguna hipotética escala evolutiva cultural. Cada época tiene sus grandes etiquetas conceptuales sin las que es difícil entenderlas (el siglo XVIII es el siglo de la Razón y la Felicidad, del mismo modo que el XIX lo es del Progreso y la Evolución), así es que la pregunta sería: ¿cuál es la propia del siglo XXI? Yo propongo que la gran característica de nuestro no-tiempo es la Perplejidad. Somos seres perplejos. Pero muchos no lo saben.

Volvamos por un momento a los tercetos encadenados. El título de esta entrada proviene de una de esas epístolas y se debe a la pluma de don Diego Hurtado de Mendoza. Desde luego, el poeta renacentista está citando a Horacio y la tópica posterior («Nil admirare prope res est una, Numici, / solaque quae possit facere et servare beatum»), tan querida por los sabios humanistas: el sabio es impasible, tan abarcadora es su comprensión que no cabe ningún asombro ante la realidad y sus sorpresas. La epístola se dirige a su amigo Juan Boscán, quien, por supuesto, le responde con otra larga serie de tercetos de «soñoliento estilo». La idea es que sólo puede comprenderse la realidad si nos deshacemos de nuestras pasiones y deseos. El que teme y desea está sujeto a mudanza y el miedo se convierte en su constante compañero. Boscán piensa como su amigo («el no maravillarse / es propio de jüizio bien compuesto»), pero le plantea una fascinante posibilidad, un ideal de vida que se ha seguido manifestando desde entonces de muchas maneras: hay que alejarse de todas esas ambiciones, vivir con los amigos, gozar de la Naturaleza, filosofar con las cabras y las ovejas, y así se estará «en maravillas no maravillado». Es el mundo de la abadía de Telema, de los pastores renacentistas, de los falansterios de Fourier, de la inesquivable Carta de lord Chandos, o de las comunas de los hippies.

Estos hombres no estaban perplejos. Su único asombro eran ellos mismos, su única sorpresa era, precisamente, que empezaban a comprender la realidad. Por eso, cuando los leemos hoy, nos cautiva esa enorme energía que se desprende de sus textos, ese ímpetu por agotar las posibilidades del mundo, ese salto en la percepción que les permitió, plotinianamente, descubrir lo que contenían de divino en su interior para buscar lo que de divino encontraran en el universo.

Y, entonces, ¿por qué está idea del no maravillarse nos parece triste? Tal vez ya no podamos entenderla. Para nosotros, la vida debería ser una serie interminable de maravillas, todos queremos vivir con la intensidad concentrada que nos ofrecen los productos de nuestras ficciones (en papel, en celuloide, o en series de unos y ceros, tanto da), todos valoramos la sorpresa y el petrificante asombro, a todos nos gustaría que en nuestra vida se sucedieran novedades inesperadas. En fin de cuentas, ¿no es del poeta el fin la maravilla? Eso es lo que ahora buscamos en el arte: un estado constante de maravilla. La pregunta, entonces, sería: ¿está la comprensión reñida con el admirarse ante lo que nos sobrecoge, nos incendia, o nos saca de nosotros mismos? Porque todo eso es lo que sucede cuando leemos un poema o apreciamos los ritmos y las imágenes de un gran novelista.

Nosotros ya no comprendemos la realidad, que se ha vuelto cada vez más lejana, más cubierta por realidades intermedias que creamos para entenderla mejor, pero también para no ser heridos por su roce, para evitar sus gélidos dedos y sus espejos, en los que no queremos contemplarnos. Se diría que el hombre contemporáneo tiene miedo de la realidad, y por eso la aparta de sí. Pero, indiscutiblemente, busca maravillarse. Repárese, en cualquier caso, en que ni Boscán ni sus compañeros poetas renuncian a lo maravilloso: quieren vivir rodeados por maravillas, lo único que excluyen es el admirarse por ello.

La perplejidad del hombre de ahora puede ser una consecuencia de todo lo poshumano que nos absorbe, o del abrumador peso de la información que recibimos, o, simplemente, lo que ocurre es que, como dice Hermann Broch, la superficie del conocimiento ha ido cambiando con el tiempo, pero su corazón es el mismo que era en el mundo clásico. Su núcleo esencial no se ha alterado ni modificado. Dicho de otra manera: no conocemos ni comprendemos mejor el mundo de lo que lo hacía, por ejemplo, Eurípides, aunque sepamos cosas que él no sabía, aunque nuestra ciencia trace mapas cada vez más detallados de los fenómenos, aunque algunos profeticen incluso el fin de la investigación sobre la realidad porque ya no nos quede nada por descubrir. Porque ya lo sabemos todo.

Y si es así, si verdaderamente estamos a punto de saberlo todo, ¿cómo es posible que estemos cada vez más perplejos? Los poetas no van a volver a escribirse nunca epístolas en tercetos encadenados, pero sí van a dejar constancia en sus versos de ese malestar que nos provoca la incomprensión. El fin de las teorías, el fin de la novela, el fin de la humanidad. Pensamos que vivimos en una época de finales precisamente porque, de algún modo, presentimos que la verdad es que vivimos una época de comienzos.

Yo, por mi parte, sólo tengo miedo a perder la maravilla.

07/01/2014

 
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