El western, mitología de una nación
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La historia de los pueblos es la historia de sus libros. A veces, de un solo libro. Es difícil imaginar Grecia sin pensar en la Ilíada o en la Europa medieval sin reparar en la Divina Comedia. El pueblo judío es el pueblo del Libro, y España, la tierra de un loco que se bate con molinos de viento. En el caso de los Estados Unidos, ninguna obra desempeña un papel semejante. Walt Whitman exaltó la democracia y el individualismo, pero sus arrebatos místicos y su desinhibida forma de hablar de la sexualidad escandalizaron a una sociedad profundamente puritana, que lo consideró un poeta maldito, un poeta de vagabundos. La joven América no es un pueblo de libros, sino de imágenes que se plasmaron en el celuloide durante los años de esplendor del western. Sería injusto rebajar el western a espectáculo o a una suerte del folclore, pues sus obras reflejan fielmente el espíritu de una nación que nunca ha renunciado al sueño de alcanzar la última frontera, casi un límite irreal, pero necesario, para mantener la ficción de un mundo con tierras vírgenes en sus lejanos confines.
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Retrato del sádico adolescente: notas sobre el troll digital
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

«To know, know, know him is to love, love, love him / And I do (and I do, and I do)»: así reza el estribillo del primer éxito compuesto por un Phil Spector que todavía no era el todopoderoso productor Phil Spector, sino el líder de una banda efímera llamada The Teddy Bears. Inspirada por la inscripción que figuraba en la tumba de su padre, la canción se mantuvo durante tres semanas como número 1 de las listas de Billboard en 1958 y ha conocido numerosas versiones desde entonces. Su idea central es clara: conocer a algunas personas es amarlas. Pero resulta que lo contrario también es cierto: conocer a otras es odiarlas. Y eso es exactamente lo que sucede con los trolls digitales. Sólo que, en sentido estricto, nadie conoce a un troll. Sí podemos, en cambio, intentar retratarlos como especie.
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Temores británicos al Brexit agrícola
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

A diario llegan noticias de la preocupación que causan en España los posibles efectos del Brexit sobre uno de los principales destinos de las exportaciones de nuestro sector agroalimentario. De su importancia nos dan una idea gráfica las imágenes televisivas de estanterías vacías en los supermercados británicos a causa de las catastróficas perturbaciones meteorológicas que en ese momento azotaban a la península Ibérica. Las preocupaciones también afectan al lado británico. Así, por ejemplo, Terry Marsden y Kevin Morgan, profesores de la Universidad de Cardiff, se han planteado recientemente la cuestión de si, a propósito del Brexit agrícola, el Reino Unido se está adentrando como sonámbulo en una crisis.
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El Imperio del Centro
Julio Aramberri - LA CHINA DE XI JINPING

El nombre del país al que llamamos China sólo cuajó a mediados del siglo XIX. Parece provenir de la denominación persa para el Estado de Qin, de donde brotó la dinastía epónima (221-206 a. C.). Aunque esa dinastía contó sólo con un emperador –Qin Shi Huan–, a él se atribuye la fundación del Estado chino, cuyas estructuras políticas perduraron con otras hasta el final de la manchú o Qing en 1911. El término farsi lo convirtieron en China los portugueses en el siglo XVI cuando empezaron sus correrías por la zona. Antes y después también solía llamarse Catay a esa comunidad política. Curiosamente, esta palabra deriva del nombre Khitan (Qìdān en pinyin). Los khitan eran un pueblo nómada que merodeaba por el norte de la actual China entre los siglos X y XII, es decir, que no eran chinos: antes al contrario, enemigos suyos feroces. Pero, vaya usted con melindres a los viajeros europeos de la época. Catay le decía Marco Polo a China, y Catay se quedó durante siglos.
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El joven Lincoln según John Ford
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. 
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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Gracia y Justicia fue una de las principales revistas satíricas que existieron durante la Segunda República. Nació algunos meses después del 14 de abril, fecha de proclamación de aquel régimen. Exactamente, el primer número vio la luz el 5 de septiembre de 1931. Se mantuvo durante casi todo el tiempo que duró el sistema político que tanto criticaba, con un largo paréntesis de suspensión –cuatro meses− después de la sanjurjada (la fallida sublevación del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932). Como tantos otros diarios y revistas de la época, sufrió otras prohibiciones y secuestros porque, en contra de lo que suelen pensar los no versados en asuntos históricos, la República no fue nada complaciente con la prensa (de derechas y de izquierdas). Más bien se distinguió por todo lo contrario: una confrontación bastante reiterada con las actitudes y publicaciones críticas, a las que en buena medida se les aplicó durante un largo intervalo aquella auténtica ley de excepción que fue la «Ley de Defensa de la República».
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (y III)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En el curso de estas acotaciones al papel de los intelectuales en la era digital −es decir, en una esfera pública transformada por las nuevas tecnologías de la información− se ha sugerido que estos, aun contando menos de lo que contaban, algo siguen contando. Y, si cuentan menos, es porque la idea de que la razón se encuentra inscrita en el devenir histórico posee menos crédito que antaño: el fracaso del comunismo ejerció un demoledor efecto retrospectivo sobre todos aquellos pensadores que se arrogaron la competencia de interpretar dogmáticamente el sentido de los tiempos. Pero también ocurre que la fragmentación de la conversación pública les obliga a competir más duramente y con nuevos instrumentos por la atención de los ciudadanos, complicación que se agrava por la vulgarización que experimenta ahora ese mismo debate. El intelectual, decíamos con Corey Robin, tiene que crear su público en vez de limitarse a encontrar el que ya existe.
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Aguja palá: una historia poco conocida
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

Hoy quiero incidir sobre el tema de la pesca en la segunda mitad del siglo XX español, un elemento importante de nuestra historia que tiende a ser olvidado por ese sector del público que sospecha que el pescado surge del fondo de los congeladores ya troceado e incluso pelado. Me voy a referir a un libro cuya lectura ha llegado a emocionarme y cuyo título es Aguja palá, que es como llaman los pescadores andaluces al pez espada. Su autor es mi admirado Jaime Conde, en otro tiempo presidente de una importante compañía cervecera, aventurero capaz de cruzar el Atlántico, al timón de un velero, y el Sahara, en la caja de un camión datilero, y más recientemente, eremita en la costa atlántica de la isla de Chiloé, desde donde escribió en su día para Revista de Libros sobre las consecuencias de uno de los grandes terremotos chilenos.
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Yo confieso: Hitchcock y la pasión del padre Logan
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

¿Dónde están los intelectuales? ¿Qué se hizo de ellos?

Para quien esté leyendo este blog, la respuesta será tan obvia que la propia pregunta parecerá absurda: los intelectuales están donde siempre han estado. Es decir, publicando libros, dando entrevistas, firmando manifiestos. Business as usual! Sin embargo, la supervivencia del intelectual público es compatible con su decadencia relativa: están lejanos los tiempos en que salían a la calle, megáfono en mano, a liderar a las masas. Y dos son las principales razones que explican el debilitamiento de su figura.
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