Maestro Cañizares, sanador de libros
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Algunos pueblos de Toledo parecen enemistados con el tiempo. Aún es posible pasear por sus plazas y cruzarse con un grupo de mujeres enlutadas, charlando a la entrada de sus casas, mientras cosen el bajo de un pantalón o fabrican jabón en un barreño. De vez en cuando, aparece un vecino con la piel tostada, la mirada huraña, una gorra de visera y tres o cuatro galgos agrupados por una traílla. El pueblo donde vive el maestro Cañizares es uno de sus pueblos. En su pequeña plaza, una iglesia de estilo mudéjar ofrece su sombra a los parroquianos, que ocupan sus bancos con la tranquilidad de quien vive lejos del bullicio y la confusión de las grandes aglomeraciones urbanas. A veces, una pareja de la Guardia Civil charla con el párroco, un viejecito diminuto con alzacuellos y una chaqueta de lana. La estampa evoca algo arcaico, un tiempo de arraigo, resignación y quietud. 
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Putas y sumisas (y algunas monjas)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Yo creo que quien mejor entendía este asunto era Manolo Escobar. Por lo menos, era el que mejor lo sintetizaba: «No me gusta que a los toros / te pongas la minifalda». Además, la cosa tenía su gradación. «No me gusta», le decía al principio, y enseguida se lo volvía a repetir: «No me gusta...» Aunque la chica fuera un poco tonta (y dábamos por sentado que si era guapa o estaba buena, algo lela sí era, ¡no lo iba a tener to!) sabía perfectamente que ese «no me gusta» significaba algo más una mera opinión. Además, el hombre –suponemos que con santa paciencia− se lo explicaba bien clarito: «La gente mira parriba / porque quieren ver tu cara». Bueno, eso era un eufemismo (¿sabría la chica lo que era un eufemismo?), porque, como cualquiera de los españolitos de los años sesenta sabía de sobra, no se miraba parriba en esas circunstancias para ver precisamente la cara. Las caras se ven de frente, como es obvio, no de abajo arriba. En fin, dejémonos de zarandajas. 
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Mercedes Milá, enzimóloga surrealista
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

Hace unas semanas, en una tertulia que tiene lugar en el bar Sotoverde de Madrid, una furibunda recién conversa me espetó que todo lo que había que saber sobre nutrición estaba en la «Biblia del Oso», primera traducción al español realizada en el siglo XVI por el monje disidente Casiodoro de Reina y versión de referencia para los protestantes de habla hispana. Cuando intenté rebatir sus disparatadas ideas sobre nutrición, se limitó a señalar que yo estaba gordo. Esta escena, que se desarrolló en un ámbito privado, tuvo al poco tiempo una reedición televisiva que, esta vez sí, merece una respuesta. El incidente público tuvo por protagonistas a la presentadora Mercedes Milá y a mi colega y amigo José Miguel Mulet, cuyo libro Comer sin miedo se publica ahora en China.
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El western, mitología de una nación
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La historia de los pueblos es la historia de sus libros. A veces, de un solo libro. Es difícil imaginar Grecia sin pensar en la Ilíada o en la Europa medieval sin reparar en la Divina Comedia. El pueblo judío es el pueblo del Libro, y España, la tierra de un loco que se bate con molinos de viento. En el caso de los Estados Unidos, ninguna obra desempeña un papel semejante. Walt Whitman exaltó la democracia y el individualismo, pero sus arrebatos místicos y su desinhibida forma de hablar de la sexualidad escandalizaron a una sociedad profundamente puritana, que lo consideró un poeta maldito, un poeta de vagabundos. La joven América no es un pueblo de libros, sino de imágenes que se plasmaron en el celuloide durante los años de esplendor del western. Sería injusto rebajar el western a espectáculo o a una suerte del folclore, pues sus obras reflejan fielmente el espíritu de una nación que nunca ha renunciado al sueño de alcanzar la última frontera, casi un límite irreal, pero necesario, para mantener la ficción de un mundo con tierras vírgenes en sus lejanos confines.
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Retrato del sádico adolescente: notas sobre el troll digital
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

«To know, know, know him is to love, love, love him / And I do (and I do, and I do)»: así reza el estribillo del primer éxito compuesto por un Phil Spector que todavía no era el todopoderoso productor Phil Spector, sino el líder de una banda efímera llamada The Teddy Bears. Inspirada por la inscripción que figuraba en la tumba de su padre, la canción se mantuvo durante tres semanas como número 1 de las listas de Billboard en 1958 y ha conocido numerosas versiones desde entonces. Su idea central es clara: conocer a algunas personas es amarlas. Pero resulta que lo contrario también es cierto: conocer a otras es odiarlas. Y eso es exactamente lo que sucede con los trolls digitales. Sólo que, en sentido estricto, nadie conoce a un troll. Sí podemos, en cambio, intentar retratarlos como especie.
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Temores británicos al Brexit agrícola
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

A diario llegan noticias de la preocupación que causan en España los posibles efectos del Brexit sobre uno de los principales destinos de las exportaciones de nuestro sector agroalimentario. De su importancia nos dan una idea gráfica las imágenes televisivas de estanterías vacías en los supermercados británicos a causa de las catastróficas perturbaciones meteorológicas que en ese momento azotaban a la península Ibérica. Las preocupaciones también afectan al lado británico. Así, por ejemplo, Terry Marsden y Kevin Morgan, profesores de la Universidad de Cardiff, se han planteado recientemente la cuestión de si, a propósito del Brexit agrícola, el Reino Unido se está adentrando como sonámbulo en una crisis.
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El Imperio del Centro
Julio Aramberri - LA CHINA DE XI JINPING

El nombre del país al que llamamos China sólo cuajó a mediados del siglo XIX. Parece provenir de la denominación persa para el Estado de Qin, de donde brotó la dinastía epónima (221-206 a. C.). Aunque esa dinastía contó sólo con un emperador –Qin Shi Huan–, a él se atribuye la fundación del Estado chino, cuyas estructuras políticas perduraron con otras hasta el final de la manchú o Qing en 1911. El término farsi lo convirtieron en China los portugueses en el siglo XVI cuando empezaron sus correrías por la zona. Antes y después también solía llamarse Catay a esa comunidad política. Curiosamente, esta palabra deriva del nombre Khitan (Qìdān en pinyin). Los khitan eran un pueblo nómada que merodeaba por el norte de la actual China entre los siglos X y XII, es decir, que no eran chinos: antes al contrario, enemigos suyos feroces. Pero, vaya usted con melindres a los viajeros europeos de la época. Catay le decía Marco Polo a China, y Catay se quedó durante siglos.
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El joven Lincoln según John Ford
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando se estrenó El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, John Ford, 1939), algunos críticos señalaron la influencia de F. W. Murnau en la caracterización del carismático decimosexto presidente de los Estados Unidos, señalando analogías con el aspecto de Max Schreck en su papel de Nosferatu. Al igual que Schreck, Henry Fonda mostraba un rostro afilado y repleto de sombras. Su sombrero de copa acentuaba su altura, imprimiendo a su silueta un aire espectral, casi sobrenatural. Su mirada enfebrecida, la seriedad de su semblante y su pausada forma de andar evocaban vagamente las fantasmales apariciones de Nosferatu, sobrenombre del conde Orlok. John Ford siempre escatimó los elogios. Su malhumor a veces desembocaba en la violencia física y verbal, adquiriendo tintes de crueldad. Se dice que su temperamento se parecía al del Doc Holliday de Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), interpretado por Victor Mature, con su alcoholismo, sus arrebatos de cólera, sus reacciones imprevisibles y su inestabilidad neurótica. 
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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Gracia y Justicia fue una de las principales revistas satíricas que existieron durante la Segunda República. Nació algunos meses después del 14 de abril, fecha de proclamación de aquel régimen. Exactamente, el primer número vio la luz el 5 de septiembre de 1931. Se mantuvo durante casi todo el tiempo que duró el sistema político que tanto criticaba, con un largo paréntesis de suspensión –cuatro meses− después de la sanjurjada (la fallida sublevación del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932). Como tantos otros diarios y revistas de la época, sufrió otras prohibiciones y secuestros porque, en contra de lo que suelen pensar los no versados en asuntos históricos, la República no fue nada complaciente con la prensa (de derechas y de izquierdas). Más bien se distinguió por todo lo contrario: una confrontación bastante reiterada con las actitudes y publicaciones críticas, a las que en buena medida se les aplicó durante un largo intervalo aquella auténtica ley de excepción que fue la «Ley de Defensa de la República».
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (y III)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En el curso de estas acotaciones al papel de los intelectuales en la era digital −es decir, en una esfera pública transformada por las nuevas tecnologías de la información− se ha sugerido que estos, aun contando menos de lo que contaban, algo siguen contando. Y, si cuentan menos, es porque la idea de que la razón se encuentra inscrita en el devenir histórico posee menos crédito que antaño: el fracaso del comunismo ejerció un demoledor efecto retrospectivo sobre todos aquellos pensadores que se arrogaron la competencia de interpretar dogmáticamente el sentido de los tiempos. Pero también ocurre que la fragmentación de la conversación pública les obliga a competir más duramente y con nuevos instrumentos por la atención de los ciudadanos, complicación que se agrava por la vulgarización que experimenta ahora ese mismo debate. El intelectual, decíamos con Corey Robin, tiene que crear su público en vez de limitarse a encontrar el que ya existe.
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