Aguja palá: una historia poco conocida
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

Hoy quiero incidir sobre el tema de la pesca en la segunda mitad del siglo XX español, un elemento importante de nuestra historia que tiende a ser olvidado por ese sector del público que sospecha que el pescado surge del fondo de los congeladores ya troceado e incluso pelado. Me voy a referir a un libro cuya lectura ha llegado a emocionarme y cuyo título es Aguja palá, que es como llaman los pescadores andaluces al pez espada. Su autor es mi admirado Jaime Conde, en otro tiempo presidente de una importante compañía cervecera, aventurero capaz de cruzar el Atlántico, al timón de un velero, y el Sahara, en la caja de un camión datilero, y más recientemente, eremita en la costa atlántica de la isla de Chiloé, desde donde escribió en su día para Revista de Libros sobre las consecuencias de uno de los grandes terremotos chilenos.
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Yo confieso: Hitchcock y la pasión del padre Logan
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

¿Dónde están los intelectuales? ¿Qué se hizo de ellos?

Para quien esté leyendo este blog, la respuesta será tan obvia que la propia pregunta parecerá absurda: los intelectuales están donde siempre han estado. Es decir, publicando libros, dando entrevistas, firmando manifiestos. Business as usual! Sin embargo, la supervivencia del intelectual público es compatible con su decadencia relativa: están lejanos los tiempos en que salían a la calle, megáfono en mano, a liderar a las masas. Y dos son las principales razones que explican el debilitamiento de su figura.
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Una vez más: «Natural no es sinónimo de bueno y saludable»
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

A diario nos llegan noticias que nos invitan a repetir la frase del título. Los vegetales no estaban ahí ya a partir de los primeros tiempos de la creación del mundo, sino que surgieron tardíamente en todo su esplendor a través de un proceso evolutivo en el que para sobrevivir hubieron de ir adquiriendo la capacidad de sintetizar compuestos tóxicos o inhibitorios para el resto de los seres vivos, incluido el ser humano, su mayor depredador potencial. Las plantas no aparecieron en la faz de la tierra para alimentarnos, sino que hubimos de usar el ingenio para ponerlas bajo nuestro dominio. Las conquistamos mediante el artificio: el fuego, la molienda, la lixiviación y, eventualmente, la domesticación fueron ardides para privarles de los componentes que nos eran adversos y que aún hoy tienen una presencia residual en la composición natural de nuestros alimentos. Si la especie humana no hubiera roto el cerco de lo tóxico y lo coriáceo jamás habría colonizado el planeta en la medida en que lo ha hecho. 
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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Un pleonasmo, sé que dirán algunos –no sé si muchos− al leer el título de esta entrega. El humor es agresivo o no lo es. También suele decirse que el humor dispara siempre contra alguien. Ya he señalado aquí mismo en otras ocasiones que entiendo el humor como un vasto universo en el que cabe de todo y en el que no tiene sentido despachar patentes de corso. Puede hacerse humor de muchos tipos y no necesariamente contra a la contra. Aunque en esta ocasión es precisamente de este tipo de humor del que quiero tratar aquí. De un humor combativo, vitriólico, corrosivo. Un humor que nace precisamente como arma de combate. Normalmente, a lo largo de la historia –por lo menos, de nuestra historia, es decir, en el ámbito occidental− el humor de esas características se ha dirigido contra los poderes establecidos y, en particular, contra los grandes pilares de la sociedad, la Corona (o, en su defecto, el Gobierno o la cúspide del Estado), el Ejército y la Iglesia. 
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Acotaciones a la figura del intelectual público en su fase digital (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Fue el 10 de noviembre de 1979. En los estudios de Televisión Española, José Luis Balbín organizó la tertulia de su legendario programa La clave en torno a la cuestión del marxismo, por entonces aún candente. Reunió a Roger Garaudy, pensador expulsado del Partido Comunista Francés, al líder socialista catalán Raimon Obiols, y a Enrique Tierno Galván en su condición de profesor universitario. Pero, sobre todo, puso frente a frente a las dos personas que protagonizaron aquella velada madrileña: Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España y destacada figura del comunismo orgánico europeo, y el joven Bernard-Henri Lévy, fundador de los «nuevos filósofos franceses» junto a Alain Finkielkraut y el ya desaparecido André Glucksmann. Durante todo el programa, BHL, como ha llegado a conocérselo, dominó la conversación con un estilo agresivo y desenfadado, que combinaba la gravedad del fondo con la irreverencia en las formas: su ataque sin concesiones al marxismo como forma coercitiva de organización de la vida social logró arrinconar al flemático Carrillo.
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Teoría y práctica del tomate
Francisco García Olmedo - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

«Los tomates de ahora no saben como los de antes» es una frase muy repetida que merece un análisis aclaratorio, pero antes de indagar en lo que pueda tener de verdad, glosaré brevemente mi experiencia infantil sobre esos magníficos frutos. Cuando yo era niño, una mayoría de los españoles vivía del campo o en torno a él. Mi padre, hijo de labrador, simultaneó dicha vocación con la investigación y la docencia en una cátedra universitaria, gracias a lo cual tuve el privilegio de consumir en fresco, durante las pocas semanas de su madurez, los exquisitos tomates que producíamos. En un momento dado, todos participábamos en la elaboración de la conserva artesanal que habríamos de consumir el resto del año. A los niños nos encantaba meter las manos en la colorida papilla para introducirla en las botellas. Más de una vez me mandaron a por los «polvos del tomate» a la droguería, unos puñados sin pesar de lo que con el tiempo sería un aditivo no autorizado (salicilato). 
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La agonía del catolicismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Se puede ser católico en el siglo XXI sin desafiar a la razón y agraviar a los que aún hoy sufren los prejuicios de la iglesia, particularmente los hombres y mujeres que reivindican su legítima autonomía para vivir libremente su sexualidad o afrontar experiencias tan decisivas como la paternidad o la muerte? Las reformas del papa Francisco no se han caracterizado por su radicalismo, pero incluso los más tímidos cambios han suscitado el rechazo de los obispos que añoran la santa intransigencia de otras épocas, cuando el altar y el trono mantenían una estrecha alianza para disfrutar de un poder absoluto. El espíritu regresivo de ciertos prelados y de algunos movimientos eclesiales está provocando que el catolicismo –particularmente en España− se reduzca a una numantina oposición al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el preservativo. 
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Arriba y abajo
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En una entrevista publicada en Letras Libres, el novelista español Manuel Vilas sostiene que el único tema universal de la literatura es la fricción entre ricos y pobres, cuya lucha constituye el momento de la historia. Lo que hay en el mundo es eso y no otra cosa, razón por la cual no puede dejarse de lado: «Ahí sí que me puedo poner un poco estupendo desde el punto de vista ideológico: el escritor que no esté dando cuenta de esto es un escritor absolutamente reaccionario». ¡Oído cocina! No obstante, el propio Vilas alerta contra los análisis políticos sencillos que pasan por alto la «enorme complejidad» del capitalismo, cuya omnipresencia convierte de hecho al anticapitalista en un nihilista. Salvo, podríamos añadir, que escoja vivir a la sombra del sistema, como propone la más importante banda de pop español en activo, Los Planetas, en su nuevo álbum: la construcción de zonas temporalmente autónomas que, siguiendo las tesis del neoyorquino Hakim Bey, escapan al control social hasta que son descubiertas por el Estado y han de reconstruirse en otro lugar.
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