ARTÍCULO

1939. Año de la Victoria

 

Triunfo de Franco, «Caudillo, por la gracia de Dios». La lectura atenta de los exultantes editoriales y las colaboraciones periodísticas, de las informaciones de aquellos fastos y expresiones patrióticas de júbilo, de la encomiástica literatura, de las hagiografías y los semblantes laudatorios publicados puede parecer una ocupación cuando menos anecdótica para el conocimiento de la instauración y la imposición de una dictadura militar tras una prolongada y cruenta guerra civil que condicionaron el siglo XX en España. Pero los historiadores, con tanta curiosidad como afán intelectual, no dejan de girar en sus manos el tubo caleidoscópico del tiempo. Las imágenes del pasado se multiplican simétricas en un alarde historiográfico de figuras y vivos colores, mostrando otra realidad, o mejor, la realidad poliédrica de «lo político». La visión plana de «la política» (de las leyes, instituciones, decisiones y enfrentamientos, cuadros de gobierno y administración) penetra en la profundidad de la comprensión cultural de las «conciencias colectivas» y las «representaciones», que envuelven la acción social, y de las que los individuos se «apropian» para dar sentido a su situación cotidiana.
Este enfoque, que ha recorrido la historiografía anglosajona y europea desde la década de 1980, ha renovado la historia política en España durante los últimos tres lustrosDestacan las contribuciones reunidas en Manuel Pérez Ledesma y Rafael Cruz (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, y, más recientemente, en Jordi Canal y Javier Moreno Luzón (eds.), Historia cultural de la política contemporánea, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2010.. El libro de Zira Box, España, año cero, emana de esta nueva oleada de estudios, que tras su eclosión inicial sigue prolongando su alcance historiográficoDesde los trabajos de Paloma Aguilar Fernández, Alberto Reig Tapia y Javier Ugarte Tellería a finales de la década de 1990, deben citarse Chris Ealham y Michael Richards (eds.), The Splintering of Spain. Cultural History and the Spanish Civil War, 1936-1939, Cambridge, Cambridge University Press, 2005 (ed. española de 2010); Xosé Manoel Núñez Seixas, ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), Madrid, Marcial Pons, 2006; Brian D. Bunk, Ghosts of Passion. Martyrdom, Gender, and the Origins of the Spanish Civil War, Durham y Londres, Duke University Press, 2007; Francisco Sevillano, «Rojos». La representación del enemigo en la Guerra Civil, Madrid, Alianza, 2007, y, del mismo autor, Franco, «Caudillo» por la gracia de Dios, 1936-1947, Madrid, Alianza, 2010, este último recensionado recientemente por Stanley Payne en Revista de Libros, núm. 165 (septiembre de 2010), pp. 3-6.. Esta monografía es el resultado de la reelaboración de la tesis doctoral de la autora, La fundación del régimen. La construcción simbólica del franquismo, leída y defendida en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense en 2008. En aquel trabajo doctoral, hay un quinto capítulo, «El cuerpo de la nación. Madrid, capital imperial del Nuevo Estado», centrado en los nuevos preceptos y proyectos arquitectónicos y urbanísticos de esta ciudad, excluido en el libro.
El estudio aborda, desde los planteamientos de la antropología cultural y política de algunos autores, cómo el régimen dictatorial arraigó su legitimación en una nueva visión del mundo, en lo que debía ser la nueva España, analizando sus elementos discursivos, rituales y simbólicos entre 1937 y 1941. Pero Zira Box apunta que la suya es «una historia de conflictos, de pugnas vividas en el interior del franquismo a través de las cuales los distintos grupos que lo conformaron intentaron imponer su propia idea de lo que debía ser España»; es decir, que se trata del análisis de una constante lucha simbólica entre las fuerzas políticas que confluyeron en aquel régimen. Mediante la consulta de más de una cuarentena de boletines y periódicos, y de más de un centenar de escritos de la época, este examen se desarrlla a lo largo de cuatro capítulos. En el primero de ellos se muestra que siempre, en las celebraciones de la Victoria a partir del 1 de abril de 1939, y en las medidas políticas del nuevo régimen que se adoptaron, destacó el presupuesto de que el triunfo en la guerra no era algo fortuito, sino la redención de la patria que, tras tantos años de decadencia y peligro mortal, resurgía nuevamente. En última instancia, se trataba de un proceso de mitificación del propio acto fundacional del «nuevo Estado» franquista como fuente de legitimación. Para falangistas, monárquicos y tradicionalistas, el final de la guerra suponía haber alcanzado el momento esperado para realizar sus particulares proyectos políticos e ideológicos para la nación. De esta manera, Zira Box insiste en una afirmación común en los análisis políticos del régimen dictatorial de Franco: que la victoria comportó también una importante dosis de decepción para aquellas esperanzas, imponiendo las recomposiciones del régimen con los años, según las necesidades y circunstancias, diferentes sistemas de equilibrios. «En ellos –escribe–, algunos, como la Iglesia, resultarían beneficiados. Otros, como el monarquismo, decepcionados y marginados. Finalmente, otros tantos, como Falange, domesticados y sometidos. Por encima de todos ellos, como siempre, habría un único y absoluto ganador: el propio Franco, quien a través del contrapeso entre unos y otros conseguiría mantenerse varias décadas en el poder» (p. 118).
Los sucesivos capítulos tratan de los ritos del culto y los monumentos a los mártires y caídos, el calendario festivo y los símbolos del «nuevo Estado» (la bandera, el himno nacional, el escudo), empleándose sobre todo en los últimos epígrafes de este capítulo final una escueta documentación archivística, consultada entre los fondos del Archivo General de la Administración, principalmente en relación con las pretensiones falangistas en este campo propagandístico. Semejante sistematización de la información a lo largo del libro, rica en matices y tonos de los discursos, hace, sin embargo, que la exposición sea reiterativa en cada uno de los capítulos, adoptando una forma circular a propósito de las disputas entre esos grupos dentro del régimen y el pulso por el control de la liturgia política, las festividades y la forma y el sentido –en su significante y significado– de los símbolos.
La argumentación sobre la diversidad no avanza sustancialmente en los términos ya harto postulados desde 1964, cuando el politólogo Juan José Linz explicitara su noción de «pluralismo limitado» dentro de regímenes autoritarios como el franquista. Al volver a subrayar conclusivamente Zira Box que la construcción simbólica del franquismo se dirimió a partir de la pugna entre los diversos sectores del régimen, desplaza esa noción al ámbito ideológico, que remoza con la tesis de la religión política para el fascismo de Falange Española. Pero, básicamente, la autora asume la idea del enfrentamiento del nacionalismo fascista y el nacionalcatólico que ya expusiera Ismael Saz en su libro España contra España. Este nivel de análisis circunscribe lo simbólico a «la política», sin precisar la determinación del «nuevo Estado» por un proyecto propio de «lo político»: una cultura política, fraguada en la guerra más allá –o más acá– de las tensiones en torno a sus límites y sustancia. Su estudio debía haber subrayado, en progresión en cada capítulo, cómo el cambio de las tensiones existentes en el interior de tal cultura de guerra constituyó la condición para el establecimiento de un poder carismático, centro de la «cultura de la Victoria» desde 1939, que se instauró como religión política del «nuevo Estado» a través esencialmente de la mistificación del dominio extraordinario de Franco.
La legitimación del «nuevo Estado» español arraigó, así, en la guerra: como bellum iustum, subsistiendo una «causa justa» a la rebelión militar, conducida por el don y la gracia carismáticos de su Caudillo, defendida con la sangre de los mártires y «caídos»; como «guerra total», una vez se prolongó, que había de acabar con la destrucción total del enemigo, tenido políticamente como «absoluto», desvalorizado moralmente hasta deshumanizarlo. La propagación de estos valores e ideas y de sus ritos caracterizaron la representación de la identidad colectiva de la «España nacional» como comunidad política esencial frente a la anti-España. Unos valores, y principios fundacionales, cual cultura política encarnada en el «Caudillo», que han sido dados como la persistente «mentalidad» del franquismo ligada a la permanencia en el poder de su general homónimo.

01/11/2010

 
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