ARTÍCULO

Zafarrancho en el oasis

Espasa Calpe, Madrid
286 pp. 21,90
 

En 2005, Enrique Herrera enumeró en un valioso libro sobre Albert Boa­de­lla y Els Joglars los diez mandamientos de la independencia creativa del «único grupo teatral español que se mantuvo fiel a unos principios al llegar la democracia». Ese decálogo, que marca distancias con el pesebrismo institucional, se componía de individualismo, vida agropecuaria, escepticismo, provocación, teatro vengativo, llevar la contraria, despreciar la fantasía, mal gusto, fomentar enemigos y huida del teatro. Tras su primer encontronazo con los poderes fácticos, ya en democracia, Boadella temía que lo políticamente correcto rompiera en mil pedazos sus tablas de la ley. Ante la sonrisa de los que postularon el antifranquismo y ahora devenían en gestores de la cosa pública, el cómico debía desconfiar: «Ahora no se nos destierra ni se nos quema; y ha pasado la moda aquella de tirarnos tomates, nos hemos convertido en una institución. No hay lugar para la decepción», advertía en el libro de Herrera.
Con el paso de los años, la nómina de Els Joglars ha ido variando, pero las convicciones libertarias del teatro de Boadella permanecen incólumes. Sigue tendiendo un cordón sanitario frente al gregarismo acrítico; desde el ruralismo ampurdanés urde emboscadas sobre la capital de Cataluña presuntamente alegre y oficializada; descree del buenismo y lo formula con la parodia, orgulloso de su condición de bufón; reivindica el conservadurismo de Dalí y Pla como antídoto a la cursilería y fomento del sentido común; cuestiona las fan­ta­sías utópico-identitarias; no le hace ascos a la escatología; gana enemigos al huir del teatro con tabúes y frontispicio nacionalmente correcto.
Con similar efecto catártico que los análisis del doctor Stockmann, aquel ibseniano «enemigo del pueblo» que denunciaba la podredumbre hídrica del balneario hasta ponerse en contra a todos sus convecinos, Boadella ya dudaba de la pureza del «oasis catalán» cuando Pujol era visto al otro lado del Ebro como hombre de Estado y el cómico lo equiparaba al Ubu de Alfred Jarry. La ejecutoria –civil y teatral– de Boadella comienza en los años del tardofranquismo, cuando satirizar a la Guardia Civil podía acarrear un consejo de guerra –véase La Torna–, y se cierra con la experiencia de Ciutadans, una formación que dictaminaba los males del nacionalismo transversal de la política catalana con el mismo rigor que Stockmann aplicó al balneario noruego.
Premio Espasa de ensayo, Adiós Cataluña es la crónica de una disidencia, que alterna episodios de amor y de guerra. Los primeros tienen como protagonista a la mujer de Boadella, apoyo moral de una navegación artística y social que desafía al progresismo institucionalizado que se postula libre de pecado original. Una izquierda dogmática más sustentada en la fe que en el empirismo, a la que el cómico robotiza: «Fuera de su ámbito sólo ven reac­cionarios, asquerosos liberales y fachas. Al igual que las re­ligiones, sus proclamas son todas previsibles, circulan con el piloto automático conectado».
La guerra comienza en el seno de la compañía Els Joglars; Boadella reivindica su concepción e inspiración teatral y se enfrenta a otros miembros de la formación, entre los que sobresale Ferran Rañé, a quien compara, por sus afanes guerrilleros, con el Che Guevara. Boadella debía combatir al franquismo y a los enemigos de la libertad de expresión, al mismo tiempo que detectaba divergencias sobre su férula moral y la autoría –individual o colectiva– de los espectáculos: «Los acontecimientos derivados de La Torna nos enfrentaron a la milicia del Estado, y, de forma muy parecida a la pasada contienda civil, combatíamos al enemigo mientras estallaba la guerra interna en el propio frente».
A la ofensiva progre se unió la emboscada nacionalista, hasta conformar un cerco nacional-progresista. Un lúcido Vázquez Montalbán dijo que «contra Franco vivíamos mejor» y las postrimerías del régimen animaban a «vivir peligrosamente». Desde entonces, además del antifranquismo que sigue instalado en el verbo izquierdista, la identificación del franquismo con Madrid y de Madrid con España vivificó las larvas de un antiespañolismo que pasó a ser crónico. Advierte Boadella que «esta dolencia continúa siendo uno de los mayores problemas que padece mi tribu, la cual, por mucho que la realidad demuestre lo contrario, sigue empeñada en creer que cuando un ciudadano de Madrid se levanta por la mañana lo primero que le pasa por la cabeza es: ¿Qué putada les puedo hacer hoy a los catalanes?».
Narrada con tono de estrategia militar, en la memoria de Boadella el fragor de la batalla cívico-cultural se remansa en las aguas de una pasión romántica que ni la política ni la obsesión transgresora consiguen enturbiar. El encuentro con Dolors en 1975 le depara treinta y dos años de amor y una visión apátrida de la existencia: «De la única cosa que podría estar agradecido a Catalunya es que en aquella tierra nació Dolors. Por lo demás, los hechos me han demostrado que el nacionalismo no es más que la sublimación de un incidente sexual, por el que la sola razón de ser originario de un lugar u otro es motivo de ridícula superioridad frente al vecino». El pujolismo rampante de los años ochenta empujó a Boadella a la Operación Ubú, misión bélica contra una obsesión identitaria que anuda a católicos, socialdemócratas, independentistas y comunistas reciclados a un metafórico pal de paller que Boadella observa cual Movimiento Nacional redivivo.
Las escaramuzas guerrilleras, utilizando la terminología boadellana, no dan tregua al enemigo, pero dejan heridas en Els Joglars que nunca se restañarán. Como el doctor Stockmann, Boadella el Empecinado reduce la sustancia catalana a un extracto seco de diez componentes: la lengua, la sardana, la rosa de Sant Jordi, el hereu y la pubilla, los canelones de San Esteban, la mona de Pascua, la obsesión boletaire, los castellers y el caganer del belén navideño.
Tras el zafarrancho de dos décadas largas contra el pujolismo, la arribada de Pasqual Maragall a la Generalitat y su abrazo de Vergara con el independentismo de Carod Rovira provoca la gran desilusión. La izquierda catalana, escribe, «se quitó la máscara y escoró descaradamente hacia el nacionalismo». Al igual que los personajes que apoyaban el diagnóstico de Stockmann sobre las pérfidas aguas del balneario, los maragallistas, que antes ­reían las gracias de Boadella, pasan a considerarlo, también, un enemigo del pueblo. Y Boadella esculpe el epitafio: «Ésta es la Cataluña actual. El resultado de tantos años de silencio es la complicidad pasiva de los ciudadanos encubierta bajo una apariencia de sereno oasis frente a la imagen de una crispada y turbulenta España».
La postrera ofensiva boadellana es la Operación Ciutadans. La batalla comienza prometedora en las urnas, pero causa bajas. En lo político, la formación reproduce tics partitocráticos; en lo artístico, el enfado del balneario hace que Els Joglars pasen del aforo lleno a la media entrada. La crónica que lleva al adiós a Cataluña deja regusto a derrota, aunque la ironía del tono –bélico y amoroso– induce a la conclusión provocadora: «A pesar de los pesares, debo admitir que ha sido una derrota placentera». 

01/02/2008

 
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