ARTÍCULO

Artes marciales

La Esfera de los Libros, Madrid, 253 págs.
Trad. de Martín Raskin Gutman
 

Para el lector occidental, en el japonés Yukio Mishima (1925-1970) conviven un artista hipersensible tocado por la gracia romántica con un ardiente defensor de la fuerza bruta y la exaltación de los valores castrenses más rancios. Mishima, en efecto, emparedó su tembloroso interior de poeta adolescente en una retórica cuartelera altisonante de vuelta al pasado imperial y rasgos reaccionarios. Trocó su arpa lírica por una espada de samurái bien afilada con la cual ensartar de un solo golpe toda su infancia de niño triste y quebradizo fascinado por una lámina de Juana de Arco dirigiéndose al martirio o por el cuerpo desnudo y escandalosamente perfecto de san Sebastián atravesado de flechas. El cóctel era explosivo: sensibilidad torturada, tendencias homoeróticas, ideales heroicos, desprecio hacia la vida, culto a la sangre y la muerte... y un enorme talento literario. Todas estas circunstancias hicieron de Mishima un personaje incómodo y provocador y un novelista sublime. Su obsesión enfermiza consigo mismo, su descaro, su narcisismo exhibicionista que le lleva a fotografiarse cientos de veces en poses delirantes o ridículas, en taparrabos, sosteniendo el tallo de una rosa entre los dientes, son viñetas más o menos anecdóticas que no pueden empañar ni su grandeza artística ni el hondo conflicto de raíz trágica que empapa tanto su vida como su obra, que en este caso resultan inseparables.

Como narrador, Mishima es inatacable, posee el peso y la morbidez específicas de un experto en ambigüedad y el autocontrol de un maestro, mientras que su filosofía de la acción no deja de ser un gimnasio masculino cargado de fanfarronadas viriles y te espero a la salida. Despojadas del halo de misterio húmedo que irradian sus narraciones, sus ideas acerca de la política se reducen al tamaño de una sala de musculación donde los muchachos se reúnen cada tarde para hacer pesas, lamentarse del presente, medirse el tórax con exagerada seriedad y presumir de crueles. Se inventa un ejército a medida, compuesto por un centenar de estudiantes, que bautiza con el nombre de Sociedad de los Escudos (Tate No Kai), diseña su propia bandera y encarga los uniformes al mejor sastre de Japón. Muerte y moda, lo frívolo y lo místico, el placer y la culpa, la epidermis de la máscara social (impasible) contra la zozobra interior (suicida); no cabe duda: Mishima es un continente de temperaturas extremas, hielo y fuego, la puesta en escena de un sacerdocio irracional ungido de belleza y podredumbre, como puso de manifiesto el director Paul Schrader en su magnética película Mishima (1985), desoladora crónica de una inmolación personal en aras de una quimera y una de las escasas biografías filmadas de escritores que no producen vergüenza ajena en el espectador. Por descontado, un ideal de pureza tan estricto conduce fatalmente a la locura de don Quijote o a la fosa común, y el 25 de noviembre de 1970 Mishima dio un salto cualitativo al asaltar un cuartel en compañía de su tropa de veinteañeros, secuestrar a un general, intentar leer en público su panfleto sin éxito, entre la rechifla general de los soldados presentes, tras lo cual se retiró a un despacho rodeado de sus acólitos y se dio muerte por propia mano siguiendo el rito oriental de seppuku.

Muerto Mishima, estas Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, escritas en sus últimos años, se convierten en el libro de instrucciones de un cadáver exquisito, un manual (no de supervivencia, sino más bien de moriencia) de una heladora sinceridad, a medio camino entre la santidad mística, la ética espartana, la aguda observación social de un dandy y la tabla de gimnasia de un atleta. Como todo predicador que opera sobre la higiene del alma, Mishima tiende al aforismo y a la brevedad epigramática, al comprimir sus sentencias en una concisión sin adornos: «En los últimos años he comprendido que basta practicar el kendo y blandir una espada de bambú para evadirse, aunque sea por breves instantes, del pantano del nihilismo»; «La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción»; «Es necesario tener conciencia de que todas las revoluciones surgen y se encienden a partir de la llama que se libera del alma de un único ser humano»; «Se tiende a honrar a quien ha dedicado toda su vida a una única empresa, lo cual es justo, pero quien quema toda su existencia en un fuego de artificio, que dura un instante, testimonia con mayor precisión y pureza los valores auténticos de la vida humana».

Estas páginas suponen una dolorosa reflexión y una aportación estimable para reabrir un debate acerca de la violencia y su uso (legítimo o no) por parte de una sociedad industrial narcotizada que ha alcanzado un alto grado de sofisticación y desarrollo a costa de dar la espalda al pasado. El odio que Mishima siente hacia el siglo en que le ha tocado vivir, palpable en estas páginas, se traduce en una fuga hacia lo arcaico y una nostalgia de la épica que casan mal con su esteticismo de hombre de letras. De noche escribe novelas: iluminadoras, perfectas. De día entrena cadetes pagados de su bolsillo y los prepara para la guerra, sin saber que su guerra es unipersonal y se libra piel adentro. Se podrá estar de acuerdo o no con él, pero nadie puede acusarlo de adulterar su mensaje: «La literatura auténtica –escribe en este libro– nos muestra con dureza y sin el menor eufemismo el horrible destino que pesa sobre el ser humano [...]. Cuanto más alta es la calidad de la literatura, tanto mayor es la intensidad con que nos transmite la idea de que el ser humano está condenado».

El suicidio de Mishima fue muy raro, porque disfrazó de patriotismo lo que no era sino pánico a envejecer. Él aborrece el tiempo que pasa, el curso de la naturaleza, los espejos delatores, y exhibe su cuerpo, lo dice él, con el orgullo del propietario hacia su automóvil deportivo. Ya que Mishima no pudo convertirse en piloto kamikaze al servicio del emperador, tal como era su sueño (lo rechazaron por enclenque), se convirtió en piloto kamikaze de su cuerpo, al que envió al sacrificio vestido con elegancia. Las láminas en colores de Juana de Arco y san Sebastián adquirieron, por primera vez, su sentido. En realidad, Mishima trató su cuerpo igual que sus ficciones literarias. No hizo distinción entre uno y otras. Fue riguroso con ambos. En él, las fronteras entre materia y espíritu se diluyen hasta confundirse. Todo es ficción. Todo es cuerpo. Tanto su obra como su biografía, extraordinarias ambas, muestran con resplandor absoluto, más allá de su impresionante final, hasta qué punto puede ser peligroso –él lo pagó con su vida– confundir el cuerpo de las ficciones con las ficciones del cuerpo.

01/03/2002

 
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