ARTÍCULO

Yolanda

Visor, Madrid
Trad. de la autora
116 pp. 8 €
 

En el panorama de la poesía gallega actual (tan concurrida que se habla de quinientos poetas editados, y ello sin contar aquellos que tan solo han publicado poemas en revistas o libros colectivos, como los generados por desastres como el del Prestige, «culpable» de haberle dado voz a escritores horrendos cuyo estro se vio estimulado por la catástrofe), destaca un grupo de mujeres jóvenes, que han hecho propio –colectivamente– un asunto tan patriarcal como el poético. Estas poetas podrían remontar su herencia a Xohana Torres (en menor grado a Luz Pozo Garza), en una línea que pasa por Luisa Castro (autora de poca obra en gallego pero, aun así, de un libro tan decisivo como Baleas e baleas), o Xela Arias (muerta tan prematuramente que da una rabia muy especial su desaparición). Pues bien, sustentándose en estos antecedentes, pero también en un aire rompedor, lleno de transgresiones (en la forma, en el concepto) surgió en los años noventa un equipo de mujeres jóvenes que han puesto del revés el armario de la poesía gallega, lleno de ropa bien conjuntada –sobre todo con alardes culturalistas, por un lado, o «enxebres», por el otro–, pero en la que faltaba la audacia para vestir con colores llamativos y prendas que se revolucionan –simplemente– al enfrentarse las unas con las otras. Y en esto llegaron las Yolanda Castaño, Olga Novo, Estíbaliz Espinosa, Emma Couceiro, Lupe Gómez, y échale hilo a la cometa de la diversidad, hasta completar un panorama revolucionario y revolucionado. Al que cabría añadir a Chus Pato o a Medos Romero, mayores que las ya citadas pero que también aportan convulsión y espasmo a una poesía tan precisada de aceleración o «alebrestamiento». Chus Pato, curiosamente, comienza a darse a conocer «a fondo» cuando esta nueva poe­sía escrita por mujeres se pone en marcha, como si ella –una veintena de años mayor– estuviese más cerca de todo este grupo que de aquellos varones, en puridad compañeros suyos generacionales.
Del combo o colectivo ya mencionado tal vez sea Yolanda Castaño la más conocida, en parte porque ha apostado abiertamente por la literatura, de la que ha hecho modus vivendi, cierto que alternando con la locución televisiva y labores de cantante pop, si bien últimamente parece haberse decantado por la dirección de una tienda de objetos artísticos y galería de arte, pero también porque su poesía tiene descaro, componentes eróticos, radicalidad en la forma, espíritu transgresor, en suma, que la convierten en elemento llamativo a la hora de los recitales en directo. Ahora el lector de fuera de Galicia tiene ocasión de conocer de cerca Libro de la egoísta, versión española (se acompaña también la gallega) de Libro da egoísta (2003), en traducción de la propia Castaño. Este libro va a sorprender a los lectores de poesía acostumbrados a los consabidos sota, caballo y rey. Y es que Yolanda Castaño no es culturalista, ni intimista, ni silenciosa, ni confesional, es decir, esas cuatro tendencias por las que se mueve la poesía actual. No es nada de esto pero lo es todo, en este canto a sí misma desmesurado y fértil, irónico y tierno (desde la dureza que va con ella). Un canto en prosa, y en prosa dialogada, donde están los espíritus de Nietzsche y Whitman (como es lógico), y alardes parasurreales, y la esencia de las citadas Estíbaliz Espinosa, Emma Couceiro o Chus Pato. Un canto personal con todas sus posturas nuevas. Parangonable, por citar referencia inmediata, al Tara de la cordobesa Elena Medel. Otra autora insurgente, compañera de viaje de Yolanda Castaño en numerosos trayectos, que se mueve de la provocación pop, con Baby Pop de France Gall como referencia inmediata, a honduras reflexivas un punto metafísicas. Un poco –un bastante– lo que ocurre con Yolanda Castaño, sobre todo cuando se adentra en la prosa poética, una y otra vez en este libro, con saña tierna, demostrando que la poesía para sobrevivir necesita del misterio, y esto es la cuadratura del círculo, o rizar el rizo de una poética hecha con elementos cotidianos pero que asciende a alturas inimaginables, precisamente porque quien la concibe y pone en práctica viene de la comunicación o experiencia o –incluso– confesionalidad, pero se dirige hacia un universo diferente desde partituras como la que reproduzco parcialmente, y que podría servir como punto de partida (también de llegada). Y que dice: «Entro en la cadena con interés: aprendo a entrar en el templo, a hacerme sacerdotisa. Soy mala porque obedezco. Amo tanto a mis feligreses, aplaudo la construcción del fraude». Ni más ni menos. Y es que se trata de Yolanda. 

01/10/2007

 
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