ARTÍCULO

Yo soy esa orquídea

Mondadori Barcelona.
Selección, edición y traducción de Mauricio Bach
127 págs. 1.400 ptas.
Mondadori, Barcelona
175 págs. 1.200 ptas.
 

Encontramos a Cyril Connolly subiéndose a un tren con una caja de madera y la corola de un lirio gigantesco. El tren se dirige hacia el Canal de la Mancha y el lirio gigante no es otra cosa que el pabellón de un gramófono. A solas en su vagón, y haciendo sonar discos de fox trot lento mientras el paisaje inglés de los años treinta corre veloz por las ventanas, Connolly siente (nos lo cuenta en sus diarios) que por fin ha logrado convertirse en una persona interesante.

Ser una persona interesante fue una de las grandes obsesiones de Cyril Connolly, pero no debemos culparle solamente a él de esta pequeña debilidad. Era la época del París de los actos surrealistas, de la Venecia de las fiestas extravagantes, de Colette, de Elsa Maxwell, de Dalí, de Hitler: en ese contexto, intentar simplemente «ser interesante» parece un deseo más bien modesto. Connolly deseó ser interesante sabiendo, o creyendo, que nunca podría serlo a través de sus escritos, y se dedicó a cultivar la persona de un dandy vividor, viajero, erudito y aficionado a las mascotas exóticas. Ya que esta fue su otra gran obsesión: su muy anunciada y voceada falta de talento, su autoproclamado fracaso en el mundo de las letras, un fracaso creado y escenificado por él mismo y que ha acabado por convertirse, en opinión de su editor David Pryce-Jones, en la principal razón de su éxito y su prestigio perdurable.

Cyril Connolly (1903-1974) fue el crítico literario británico más famoso e influyente de su generación. Tenía todas las cualidades para ser un crítico excelente: era un lector voraz y erudito, un bibliófilo exquisito y fetichista, un esteta, un vividor, un dilettante, un vago: en suma, un lector ideal. Dueño de una excelente pluma y un talento innegable para la imagen o la definición rayeante que clava una mariposa en el corcho de un solo alfilerazo, carecía en igual medida de todas esas cualidades que pueden hacer que un gran prosista llegue a convertirse en un buen literato: constancia, generosidad, compasión. Cyril Connolly fue inconstante y veleidoso en la vida, en el amor y en la escritura; fue siempre, como suelen serlo los hedonistas, un gran niño grande y un Narciso, y nunca logró interesarse, al menos literariamente, por otra persona que él mismo. Keats afirmó que el poeta «no es él mismo y no tiene yo»: quizá el deseo desaforado de Connolly de «ser interesante» fue, a la postre, su mayor impedimento para convertirse en un verdadero escritor.

Es posible, de cualquier modo, que al incurrir en estas observaciones no estemos haciendo otra cosa que seguir el juego iniciado por el propio Connolly: denostarle por lo que no es y no tendría por qué ser, en vez de alabarle por lo que es y lo que fue: un escritor ingenioso, encantador y a menudo profundo y, seguramente, un gran crítico periodístico, y digo seguramente, porque lo más difícil de leer en estos momentos de la obra de Connolly son las críticas del Sunday Times que le hicieron famoso. El volumen misceláneo La caída de Jonathan Edax, por ejemplo, no incluye ninguna, lo cual resulta un poco chocante habida cuenta que no todas las piezas incluidas son tan interesantes ni tan atemporales como sería de desear.

La sepultura sin sosiego es, junto con el ensayo autobiográfico Enemies of promise, la obra individual más importante de Connolly, que aparte de estas dos sólo publicó otra obra más en forma de libro, la novela The Rock Pool, a la que debemos añadir la novela incompleta Shade those laurels, todas las cuales han aparecido en español. Escrita en Londres durante la Segunda Guerra Mundial, justo después de la ruptura de su matrimonio con una norteamericana que compartía su pasión por los lemures, las veladas interminables y el sur de Francia pero no sus ideas sobre la fidelidad, y que fue, seguramente, el gran amor de su vida, La sepultura sin sosiego es una obra profundamente pesimista, que contiene, en palabras de su autor, «las dudas y reflexiones de un año entero, un ciclo verbal en tres o cuatro ritmos: el arte, el amor, la naturaleza y la religión».

La sepultura... se abre con una aseveración famosa: «Cuantos más libros leemos, más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra; ningún otro quehacer, en comparación con este, tiene la menor relevancia». Esta declaración ampulosa tiene su justa contrapartida en la salvaje ironía con la que Connolly se refería a la profesión del crítico. En sus diarios escribe, por ejemplo, estos «consejos» a un joven crítico: «Para empezar, debes asegurarte de que tu vocación es escribir; después, debes convencerte de que hacer críticas no es escribir, de lo cual se deduce que tu vocación no es hacer críticas. Bien, una vez has comprendido todo eso, estás listo para empezar». Y en «Noventa años reseñando novelas», leemos esta otra exageración: «La crítica de novelas es la tumba del periodismo; es el equivalente, en el mundo de las letras, a construir puentes en algún clima tropical imposible».

En la lista de obras maestras ofrecida por Connolly abundan los autores, si no «menores», si habitantes de las esquinas en sombra de la historia literaria, y se evitan las novelas, el drama y la poesía lírica: Pascal, Villon, Horacio, Virgilio (pero no La Eneida), La Rochefoucauld, La Fontaine, Pope, Horacio, Baudelaire, Las iluminaciones de Rimbaud, el Don Juan de Byron. Como vemos, al lado de «genios» tan dispares y emblemáticos como Byron o Rimbaud, cuya función es, seguramente, despistar, Connolly nos ofrece una lista de autores primariamente sentenciosos, pesimistas y franceses. Creo que debemos entender esta lista como una especie de conspiración subliminal y una geografía deseosa. Connolly se dedica a elevar una serie de «altas cumbres de una cordillera secundaria» en la cual su obra, por cierto, podría también tener cabida; un Olimpo menor en el que también Connolly, quizá, podría alcanzar su inmortalidad menor. Ya que La sepultura sin sosiego es también una obra sentenciosa, pesimista y francesa. Es sentenciosa, pertenece a la literatura de fragmentos y apotegmas, de definiciones ingeniosas y a menudo deslumbrantes. Es pesimista, su gran tema es el «Angst», la angustia existencial, el vacío vital del que está cansado de todo y ni siquiera en las simas de lo sublime (la religión, la belleza) es capaz ya de encontrar respuestas. Y es francesa: La sepultura... pertenece a ese raro grupo de obras cuyos autores quisieron escribir un inglés que sonara como francés, entre las que se encuentran El buen soldado de Ford Maddox Ford y los maravillosos y torturados poemas de Swinburne.

El gran tema del libro es el «Angst», es decir, la angustia, que podemos relacionar con la «ansiedad» de la Era de la Ansiedad de Auden pero que en Connolly tiene matices más narcisistas que históricos. Resulta paradójico que Connolly lograra escribir un libro de cierta longitud hallándose en tal estado de dispersión intelectual y emocional. Salta de una cosa a otra, acumula citas de sus autores favoritos, especula sobre las relativas virtudes de las distintas religiones (cristianismo, budismo, taoísmo, islam), pergeña una posible religión personal cuyos dioses serían Freud y Frazer y cuyo ídolo principal sería el Ello esculpido en mármol en los caminos, tiene cosas profundas y a menudo hermosas que decir sobre el matrimonio (que él define como un «duologio», «la permanente conversación entre dos personas que hablan continuamente de todo y de todos hasta que la muerte los separa»), tiene atisbos francamente místicos y serias inclinaciones budistas («todos cumplimos cadena perpetua en las mazmorras del yo») y salpica su texto de observaciones sobre la literatura que son a menudo tan enigmáticas y sugestivas como éstas: «tres requisitos indispensables en una obra de arte: validez del mito, vigor de la creencia, intensidad de la vocación», o esta otra: «hoy, la función del artista consiste en aportar imaginación a la ciencia y ciencia a la imaginación, allí donde se reúnen, es decir, en el mito», junto al tema recurrente del fracaso y la incapacidad de crear: «Jamás volveré a intentar ese esfuerzo adicional de vivir de acuerdo con la realidad, que es lo único que posibilita el buen escribir: de ahí el talante maníaco depresivo de mi estilo, que resulta ora brillante, cruel y superficial, ora pesimista, carcomido de autocompasión». Resulta curioso que cuando Connolly intenta dilucidar cuál es «el secreto de la vida» y el «secreto del arte», el de la vida parece relativamente fácil de explicar en un par de frases, pero el del arte resulta un completo misterio.

En La sepultura... encontramos al esteta, al dandy, al epicúreo, al enamorado del vino francés, los autores franceses y los paisajes franceses, al vividor algo blando que invoca lo sublime, al moderno Oblomov que se pasa el día en la cama asegurando que está muy enfermo, escribiendo a ratos, releyendo a ratos, dormitando a ratos, quejándose de la miseria de la vida y pasándolo, en el fondo, estupendamente. Connolly, o su alter ego Palinuro, se dedica a vegetar, es decir, a hacer como si fuera un vegetal, y la nostalgia del mundo de las plantas se convierte así en otro de los leitmotiv de este libro fascinante e inclasificable. «En las selvas de América del Sur crece una flor cuya corola tiene una hendidura de treinta y cinco centímetros, y en esa región también abunda una polilla dotada de una probóscide de idéntica longitud, el único ser capaz de penetrar hasta el fondo del cáliz y así asegurar la fertilización de la planta», cuenta nuestro pequeño freudiano poseído por el estupor sensual de su propia capacidad imagista, y luego: «Yo, Palinuro, soy esa orquídea, menos tentadora cada día que pasa mientras aguardo a la visitadora que nunca llega».

La caída de Jonathan Edax es un volumen misceláneo de variado interés que presenta obras juveniles de Connolly («Noventa años reseñando novelas» es de 1929) y escritos tardíos («Bond cambia de chaqueta», de 1962) junto con otros cuya fecha desconocemos. La sección de «parodias» no me parece demasiado interesante. La de James Bond no tiene demasiada gracia, y uno no acaba de comprender por qué visten a Bond de mujer para que seduzca a un general ruso al que le atraen los travestis cuando luego el general está convencido de que Bond es una jovencita. La que da título al volumen es una farsa sobre un bibliófilo que está dispuesto a todo con tal de conseguir un volumen raro o un ejemplar firmado, pero este crítico no está muy seguro de qué es exactamente lo que parodia. Más interesantes resultan «Fiebre bibliófila» y «La crítica», donde Connolly habla de sus dos grandes pasiones. En «Fiebre bibliófila», por ejemplo, da una serie de consejos para un «coleccionista debutante» en busca de fuentes de abastecimiento. Aparte de consultar las librerías de viejo, por supuesto, el coleccionista no debe olvidar a los amigos: «Cada amigo tiene al menos un libro que te interesa, y un amigo de verdad se desprenderá de él, a menos que también sea un bibliófilo». Tampoco debe olvidar pedir autógrafos: «No dudes en pedir a los autores que te encuentres que te firmen sus libros. Es la única manera que tienes de revalorizarlos. Pero eso no debe hacerse ni por correo, ni sin haber conocido previamente al autor», añade después, ya que la bibliofilia no es más que una forma de fetichismo. Y otro consejo: no prestar jamás ningún libro. «Ningún libro prestado, aunque sea de una habitación a otra de la misa casa, vuelve en el mismo estado. Resulta menos desagradable negarse a prestar un libro que tener que acosar a la gente para que te lo devuelva». También son interesantes los consejos que da a alguien «que se ve forzado –porque nadie puede hacerlo voluntariamente– a convertirse en crítico». «En primer lugar, nunca loes; las loas quedan anticuadas. Al hacer la crítica de un libro que te gusta, escribe para el autor; al hacer la crítica de cualquier otro, escribe para el público. Léete los libros que reseñas, aunque en realidad sólo necesitas ojear una página para decidir si merecen ser reseñados. Jamás toques novelas escritas por tus amigos». Hasta aquí todo suena muy razonable, pero de pronto Connolly cambia de tono: «Recuerda que el objetivo del crítico es vengarse del creador... Todo crítico tiene un tema predilecto. Se especializa en ese tema sobre el que ha sido incapaz de escribir un libro y su meta es comprobar que ninguna otra persona lo logra. Se planta en la cola para sacar las entradas a la fama y se dedica a propinar estacazos en la cabeza a sus rivales...». Da la impresión de que Connolly se ha sorprendido a sí mismo hablando bien de lo que hace y ha decidido de improviso cambiar a su personalidad autodestructiva. La crítica no sirve para nada, todos los críticos son escritores frustrados. Qué curioso que tengamos que oír estos tópicos (en los que yo, personalmente, no creo) de labios de uno de los críticos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos.

01/02/2001

 
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