ARTÍCULO

La lechuza de Minerva

Mondadori, Barcelona
160 pp. 15,90 €
 

Cuesta decirlo, pero éste, un libro menor, es a mi juicio el mejor publicado por García Márquez desde 1985. Todo un cuarto de siglo esperando un buen libro suyo, y nos lo ofrece de la manera más inesperada. Una que, sin embargo, nos podría llevar a pensar cuán penoso es que una pluma que estuvo al servicio de Ulises (Relato de un náufrago, 1955), de Sísifo (El coronel no tiene quien le escriba, 1961), de Júpiter (Cien años de soledad, 1967) y de Venus (El amor en los tiempos del cólera, 1985), se haya puesto ahora a las órdenes de Mercurio.
Porque no nos engañemos: un volumen de 126 páginas y un tamaño de letra harto generoso para lectores de vista cansada, recogiendo veintidós discursos, no se habría publicado si el autor no fuera García Márquez, ni el mercado reclamase un nuevo título de su firma, al cabo de seis años desde la desdichada aventura narrativa de Memoria de mis putas tristes, que creo que tampoco se hubiera editado si no fuese de su autoría.
La cubierta, además, no augura nada bueno, con un loro (no es mi fuerte la ornitología, pero creo que se trata de un loro) perorando encaramado desde una especie de arco iris. El lector se teme lo peor, y comienza a adentrarse en el libro con muchísimas precauciones. Innecesarias, porque el contenido cumple mucho más de lo que promete su título. García Márquez no viene en él a decir un discurso, sino veintidós, y el tono va adquiriendo calidad hasta culminar en el lujo retórico y argumentativo de su conferencia del 7 de octubre de 1996 en Los Ángeles, ante la LII Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, sobre «Periodismo: el mejor oficio del mundo».
Resulta, por otro lado, notable que la pasión hagiográfica por san Gabo haya permitido rescatar del olvido, para inaugurar este libro, su discurso del 17 de noviembre de 1944 al despedir a la clase de ese mismo año, en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Donde pueden leerse, cómo si no es sonriendo, palabras como éstas: «Analizad cada uno de vosotros vuestros propios pensamientos, considerad uno por uno los motivos por los cuales sentís una preferencia incomparada por la persona en quien tenéis depositadas todas vuestras intimidades y entonces podréis saber la razón de este acto».
Suena cómico que todavía en 1944 la enseñanza secundaria en América Latina no se hubiera librado del corsé de la segunda persona del plural, ateniéndose rígidamente a la normativa de la conjugación académica, obsoleta en todo el continente. Y el discurso escolar de Gabo nos hace recordar un ejemplo de 1938, recogido en los Papeles inesperados, de Cortázar (véase Revista de Libros, núm. 153 [septiembre de 2009], p. 49): su Discurso del Día de la Independencia, donde «oímos» al Gran Cronopio diciendo: «Me ha correspondido el deber –que es también un honor– de dirigiros la palabra. Para vosotros, pues, estas simples cosas que mi corazón habrá de deciros hoy», y nos morimos de risa, porque un Cortázar así leído casi suena a parodia involuntaria de Enrique Larreta, el de La gloria de don Ramiro, un argentino del siglo XX que escribía adrede en castellano del siglo XVII.
Hay en Yo no vengo a decir un discurso un progreso evidente en la forma y en el contenido, desde esas palabras de Zipaquirá a las emocionantes y apabullantes del texto de «La soledad de América Latina», pronunciadas en Estocolmo el 8 de diciembre de 1982, dos días antes de recibir el Nobel. Es muy bello también, inmediatamente a continuación, el brindis por la poesía, el día del Nobel: un texto que escribió a cuatro manos con su entrañable amigo Álvaro Mutis, y en el que, con permiso de los idólatras del dios de Aracataca, más que la suya se nota la mano del creador de Maqroll. A quien once años después, en el palacio presidencial de Bogotá, y con ocasión de que Mutis cumpliera los setenta, le enjaretó el que quizá sea el discurso oficial más divertido que se haya pronunciado nunca en nuestra lengua: no para uno de reír desde el primero hasta el antepenúltimo párrafo. Como no cesa uno de asentir con la cabeza, leyendo el que dedicó a su amigo Cortázar en el homenaje que le rindieron en México el 12 de febrero de 1994, en el décimo aniversario de su muerte.
Me he referido con cierto detalle a media docena de los veintidós discursos contenidos en el libro, porque los creo superiores al resto, aunque no tanto que achiquen el mérito de los restantes: simplemente se ocupan de temas que son, de por sí, más «agradecidos». Sea como fuere, y en representación de los otros dieciséis, vaya esta frase espigada en el que pronunció en el Ateneo de Caracas el 3 de mayo de 1970: «El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde [en 1947, «La tercera resignación»] no puede compararse con el trabajo que ahora me cuesta escribir una página».
Por supuesto, faltaría más, alguna que otra errata horrenda se ha deslizado en un texto editado de manera tan pulcra. Así, no son de recibo ni «el uso horario» de la página 67 ni el baile de cifras en la 85 («el histórico año de 1986» en vez de 1968), y si el lector no está versado en literatura colombiana ni nunca oyó hablar ni nunca leyó nada del gran poeta León de Greiff, seguro que no percibirá el desbarre que significa la frase «El maestro León de Greiffles enseñaba a perder sin rencores al ajedrez». Aunque desde luego, perdóneseme por la insistencia, la errata más grave es el pajarraco de la cubierta, donde debiera campear –con un doble sentido subliminal de homenaje a la imprenta– la lechuza de Minerva, aquella que, según Hegel, inicia su vuelo cuando llega el crepúsculo.

01/01/2011

 
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