ARTÍCULO

Y yo en la tuya… El insulto y el genio de las lenguas

Planeta, Barcelona, 1997
Trad. de P. Elías y C. Boune
244 págs. 2.400 ptas.
Ediciones del Prado, Madrid, 1995
364 págs. 2.975 ptas.
Ediciones del Prado, Madrid, 1996
368 págs. 3.475 ptas.
Edicions La Campana, Barcelona, 1997
256 págs. 2.000 ptas.
 

En el libro VIII de Martín Fierro, un gaucho que busca pelea le dice al protagonista, mientras le tiende un frasco de bebida: «–Beba, cuñao / –Por su hermana –contesté– / que por la mía no hay cuidao». Pocos minutos después, cuenta Martín Fierro, «lo dejé mostrando el sebo / de un revés con el facón».

Aunque insultar, según el Diccionario académico, es «ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones», y aunque puede que alguien diga en alguna ocasión «su comportamiento era insultante», el insulto por antonomasia es el verbal. Insultar es un acto de habla, es decir, según la caracterización de Austin (Doing Things With Words), el insulto es una de esas palabras que hacen cosas, como la promesa, la orden, la maldición... ¿Y qué es lo que hace? Como hemos visto, molestar en gran manera al receptor.

El insulto arquetípico es la asignación por parte del hablante de una calificación negativa al oyente. Una lingüística del insulto debería considerar qué sentidos son los más susceptibles de constituirlo: diagnósticos psiquiátricos («imbécil, idiota»), atribución de determinados comportamientos sexuales («maricón, puta») o sociales («ladrón») que al hablante no le gustan (aunque quizás a otro sí). El sentido negativo se puede enunciar directamente («asesino», para insultar a un médico), o a través de expresiones que lo implican de forma simple («cerdo», para sugerir que alguien tiene un comportamiento bajo), o a veces francamente retorcida («pierdes aceite», para decir «maricón»). En todos estos casos, el sentido se atribuye en la mayoría de los casos no sólo aunque sea falsa su aplicación sino porque es falsa.

De todas formas, no cualquier comportamiento sexual socialmente marcado como desviado, ni social considerado reprobable es materia de insulto. No hay insultos (que yo sepa) relacionados con la pederastia o la zoofilia, por más que sean reprobados. Por otra parte, para insultar se utilizan la mayor parte de las veces palabras especializadas: «cenutrio, mentecato...» se utilizan hoy únicamente como insulto. Sustituir la palabra especializada por un sinónimo culto normalmente hace perder a la expresión su carácter de insulto (aunque puede que no las ganas de molestar): «¡Persona de poco IQ!» o «Su madre de usted fue una meretriz» no constituyen un «insulto». (Otro tanto ocurre con el terreno próximo y a veces solapado del taco o expletivo: nadie dice «¡Fornicar!» cuando se pilla el dedo con un cajón.)

Un tipo diferente de insulto es aquel en el que se lanza un contenido cierto. A veces, basta la situación y un cierto tono para que una palabra normal se transforme en insulto, como el «¡Taxista!» propinado a uno de ellos en medio del tráfico madrileño. Otras veces lo que se arroja es la versión despectiva o reforzada negativamente de un calificativo: «Tía loro» (a una mujer fea), «Negro de mierda»... Es la forma típica que adopta el insulto racista o sexista, y fijémonos en que sigue el esquema arquetípico de atribuir comportamientos considerados reprobables, con dos diferencias: que lo que aquí se reprueba no es una práctica, sino la pertenencia a un grupo social o sexual, y que la atribución puede ser cierta (aunque se haga en forma ofensiva).

También constituye insulto la sugerencia de que el receptor de la expresión realice (o se realicen sobre él) determinadas acciones. Éstas pueden entrañar para el insultado los sentidos negativos que hemos visto («vete a tomar por culo, vete a la mierda») o no («que te zurzan...»). Este tercer tipo de insulto sitúa, podríamos decir que mágicamente, al receptor realizando acciones que le colocan en un campo reprobable (convirtiéndole en un sodomita, en un cerdo, etc.).

Una lexicografía del insulto estudiaría las constelaciones de expresiones que le pueden rodear, normalmente para amplificarlo («más puta que las gallinas»). Además, reconocería una gradación a través de usos léxicos, acumulación de expletivos, o creación de nuevas expresiones. Por ejemplo, el insulto genérico «tienes poca inteligencia» presentaría la siguiente gradación: «tonto, idiota, tonto del culo, jilipollas, jilipollas perdido». Asimismo, señalaría que el primer miembro es aceptable (aunque «familiar»), el segundo tal vez «vulgar» y el resto serían «tabú». Estudiaría tanto los eufemismos y reducciones («vete a la porra», o «...tu madre»), como las amplificaciones (la argentina «¡La reputísima madre que te recontra mil parió»). Igualmente, recogería determinadas formas típicas, debidas a la pronunciación relajada o alterada por la situación emocional: «tonto'l culo; hijo-puta» (con la elisión de la d intervocálica y posterior simplificación del grupo vocálico).

Una etimología del insulto rescataría los orígenes, a veces oscuros, de las expresiones utilizadas para herir al oyente: «mentecato» del latín mente captus, «falto de mente» o «gilipollas», tal vez del árabe yihil, «bobo».

Su pragmática debería tener en cuenta que igualmente es un insulto ejercitar cualquiera de las dinámicas que hemos repasado no ya sobre el hablante, sino sobre su entorno simbólico o social. Por ejemplo la declaración de que el hablante realiza determinadas acciones nefandas sobre algo que le representa, o sobre su parentela: «Me cago en tu estampa, me cago en tu padre». Estudiaría el hecho curioso de que insultar a determinados parientes de una persona equivalga a insultarla a ella, y tal vez sólo a ella (cfr. «Tu madre será una santa, pero tú eres un hijo de puta»). También vería cuál es el grado de alejamiento léxico y sintáctico hasta el que se mantiene la ofensa. El ejemplo gauchesco del «cuñado» que nos ha servido de pórtico es insultante porque una de sus implicaciones posibles es: «He tenido comercio carnal con tu hermana [= es una puta]».

Esta necesaria e inexistente disciplina observaría también que la utilización de expletivos negativos puede ser tomada como un insulto (compárese «Me tienes harto», con «Me tienes hasta los cojones», a lo que puede seguir la respuesta: «¡Oye!: sin insultar...»). Estudiaría las ocasiones típicas en que puede surgir un insulto (en nuestros días, sobre todo la bronca de tráfico, pero también –ya lo veremos en El nom del porc– el debate político), y cuándo es ignorado y cuándo se replica (y de qué manera: rebotándolo –«Y yo en la tuya»–, aumentándolo –«Y tú más»...). El estudio de las dinámicas conversacionales sería muy rico: por ejemplo, una reacción típica ante una expresión que podría constituir un insulto es devolverlo. En una obra de Torres Naharro (que cita Antonio Torres-Alcalá en su interesante Verbi Gratia. Los escritores macarrónicos de España, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1984, pág. 141) un estudiante saluda a su prima: «–Bona dies, Dorosia / cordis nostris grandis bene», y la apelada (que no entiende nada) contesta: «–A la vostra, mon cosí» («La tuya, primo»). Se oyen también formas mitigadas, como «La tuya, por si acaso».

También se habría de notar la posibilidad de insultar in absentia (¿es un insulto para Fulano decir «Fulano es un berzotas» a Mengano?), o bien la posibilidad de que una emisión verbal cristalizada pueda insultar de por sí (un grafito de «Tonto el que lo lea» sobre una pared). Por último, vería bajo qué condiciones el insulto no es insultante, sino encomiástico («qué hijo-puta que eres..., mariconazo»). A propósito, una dialectología del insulto anotaría cómo este último uso sería comprensible en Madrid, por ejemplo, aunque no en Barcelona.

Una antropología del insulto reconocería la variabilidad cultural de todos estos elementos: desde la atribución de qué comportamientos constituye un insulto, hasta la extensión del árbol genealógico que puede ser afectada por el hablante (lo veremos muy bien en La lengua de tu madre). También serían su materia de estudio los intercambios ritualizados de insultos. Existen en muchos pueblos (son famosos los casos de los yoruba o los turcos), y con características similares: se practican sobre todo entre adolescentes, las respuestas deben mantener la rima y amplificar la agresión. En español existen casos así: «–¡Vete a la mierda! –Estando a tu lado estoy en ella», «–Me cago en tu padre. –Y yo en el tuyo... –El tuyo, que es más zurullo».

Por último una historia del insulto estudiaría el entramado cambiante de los actos y las palabras utilizados para herir, y cómo se relacionan con las percepciones del papel del individuo y del género en la sociedad (a este respecto, existe un libro excelente: Manos violentas, palabras vedadas. La injuria en Castilla y León, siglos XIIIXV , de Marta Madero, con prólogo de Jacques Le Goff, Taurus, Madrid, 1992). Y, entre otras muchas cosas, estos estudios podrían contribuir a descubrir las bases históricas de prácticas hoy sólo verbales; por ejemplo: los fueros de Alcaraz castigan con multa a quien se «cagare en puerta ajena».

Si se hubieran desarrollado todas estas útiles disciplinas veríamos cómo el campo del insulto mantiene zonas altamente fosilizadas y lexicalizadas, junto a otras abiertas a la creatividad, y de qué manera no toda atribución falsa –ni cierta– al oyente de un comportamiento rechazable es un insulto, y cómo ni siquiera la emisión de un insulto tiene siempre por qué constituir un insulto... Un jaleo, pues, pero un jaleo curioso y cuyo estudio pone en juego muchas categorías lingüísticas interesantes.

En el estado generalizado de abandono en que están muchos aspectos del estudio de la lengua española, no sorprenderá al lector saber que el terreno del insulto no goza de muy buena salud. Además, constituye un campo especialmente resbaladizo, porque con frecuencia al tratar del tema se mezclan (y a veces confunden) los siguientes conceptos: el insulto propiamente dicho, los expletivos o tacos, el simple uso de palabras tabú, las voces de jerga, blasfemias, refranes y facecias varias. A pesar de los solapamientos que existen entre ellos, cada uno de estos elementos supone un acto de habla distinto, que merecería un análisis concreto. Además, otro extendido mal es tratar en plano de igualdad palabras muy usuales junto a otras hace siglos desusadas, localismos, fantasmas lexicográficos, invenciones puras y voces idiolectales...

Una obra de referencia es por supuesto el Diccionario secreto de Camilo José Cela (primera edición Alfaguara, Madrid, 1968, 2 vols.). Fueron útiles en su momento el Diccionario de expresiones malsonantes del español, de Jaime Martín (Istmo, Madrid, 1974) y el Diccionario de español equívoco, de Manuel Criado de Val (Madrid, Edi6/SGEL, 1981). Todas ellas se mueven por esos campos mixtos que mencionamos. Ahora, la reciente aparición de cinco obras bien diferentes dedicadas al tema nos permitirá trazar un cierto estado de la cuestión.

El Inventario general de insultos, de Pancracio Celdrán, agrupa unos cuatrocientos, la mayoría palabras simples («piernas»), y algunas expresiones («...el que asó la manteca»). Tiene generalmente buenas definiciones, información etimológica, citas de escritores o hablantes que los utilizan, y –aunque conviven en la obra expresiones de germanía y otras muy modernas– tiene siempre buen cuidado de señalar las fechas de uso o desuso. En suma, es la obra más fiable sobre el tema, aunque tiene el problema de que organiza los insultos sólo alfabéticamente (incluso con un índice final ¡sin números de página!), con lo que no se puede hacer un rastreo semántico. Está escrita con desenvoltura, pero sin caer en el tono de chocarrería que hay quien piensa que debe acompañar necesariamente a estos temas (y en el que incurre, por ejemplo, El arte del insulto). Su consulta es casi siempre provechosa.

La lengua de tu madre está escrita por Stephen Burgen, periodista del Times de Londres, y se propone descubrir qué expresiones constituyen tacos y/o insultos en los distintos países de Europa y, si es posible, por qué... Por desdicha (y como ocurre frecuentemente –lamento decirlo– con obras escritas por periodistas), se trata de una obra en gran medida caótica y repetitiva. El intento de crear un libro ameno, para no especialistas ha conducido (ocurre mucho) a un pastiche en el que no se sabe ni la fuente ni la credibilidad de los numerosos datos que contiene. El centenar largo de títulos de su bibliografía no se menciona jamás en el texto, y, en lo que al lector respecta, bien podrían haber figurado ahí como adorno.

El libro de Burgen abarca las principales lenguas de Europa, del español o catalán al finlandés o griego. El inglés, la lengua del autor, tiene un peso superior a las otras (reforzado por las frecuentes calas en variantes norteamericanas o australianas). El intento es presentar los comportamientos verbales de los distintos países, llegar a sus orígenes etimológicos o históricos cuando puede, y deducir líneas generales. La tesis central del libro es bastante antropológica: que lo que es insulto para unos puede no serlo en absoluto para otros: «Un belga o un holandés, por ejemplo, considerarían vulle klootzak (escroto sucio) más ofensivo que hoere jong (hijo de puta)» (pág. 126). En ocasiones como ésta el autor llega a percibir una línea divisoria entre la Europa del Sur (donde la mención de la madre es insultante per se) y la del Norte.

Los datos que da sobre el español son normalmente válidos (con alguna excepción: ¿alguien ha oído la réplica «cojón de mi corazón» (pág. 31)?). Entre los recorridos comparativos más interesantes puede encontrarse el de los cuernos (págs. 121-125), pero lo que puede sorprender más al lector de nuestra lengua es la general riqueza insultatoria y taquera de prácticamente todas las lenguas, incluido (contra la visión popular de un mundo mediterráneo particularmente malhablado) el finlandés. Dentro del desorden y de las repeticiones de esta obra destaca un cierto sentido lingüístico del autor (que le hace seleccionar fenómenos interesantes), y el hecho de estar trabajando normalmente con expresiones vivas, actuales.

El arte del insulto lleva por subtítulo Estudio lexicográfico. En realidad, ni es un estudio lexicográfico (por poco respeto que tengamos por esa disciplina) –aunque sus autores sean profesores de universidad– ni tampoco una guía retórica, como parece prometer. Se trata de una obra confusa que mezcla muy distintos fenómenos lingüísticos y acarrea acríticamente materiales de muy distinta procedencia, con lo que su utilidad es bien limitada. Además carece (como es uso creciente en el mundo editorial, pero resulta imperdonable en una obra como ésta) de un índice final donde acudir para ver dónde se menciona mamacallos o chorizo.

El arte del insulto presenta, aunque en grado mucho menor que La lengua de tu madre, elementos comparativos, que, a diferencia de lo que ocurre en la obra de Burgen, ni siquiera responden a una comunidad geográfica: abundan por ejemplo casos del chino o ruso, lo que parece indicar que se han acopiado los datos disponibles más que los más pertinentes. Los materiales están agrupados por temas: prostitución, homosexualidad, adulterio y familia, pueblos y razas, estulticia y embriaguez, rasgos corporales y un par de capítulos de miscelánea: ladrones, paletos, etc. El lector tampoco podrá acudir a los nombres de los capítulos para localizar estos materiales, porque se han etiquetado de forma oscura, por pretendidamente jocosa (¿cuál de las categorías anteriores figura en «Mens sana in corpore sano»?; resulta que es la estulticia).

Con frecuencia la obra se articula en relaciones de cuasi sinónimos ordenadas sólo alfabéticamente, en las que coexisten desde las expresiones más modernas hasta germanía o formas cultas (que no suelen constituir insultos). Por ejemplo, para ladrón nos encontramos con gángster, cortabolsas o cleptómano. En suma: un desorden considerable.

El nom del porc es una obra en catalán que contiene numerosas citas literales en castellano (a propósito: nunca está de más recordar que cualquier castellanohablante culto puede, con sólo un poco de esfuerzo, leer una obra en catalán o en gallego...). El objeto del libro –que ha ganado un premio de humor y lleva numerosas ediciones- es presentar frases pronunciadas por los políticos que, o bien son insultos a un contrincante, o bien les delatan ideológicamente (entre estas últimas, aunque no son el objeto de estas páginas, destacan las declaraciones cambiantes de Felipe González acerca de la OTAN, o unas tempranas perlas de Jordi Pujol sobre los andaluces).

Sorprende descubrir cómo el mundo político es probablemente el mayor vivero actual de insultos. El autor, el periodista Albert Om, ha contado con la colaboración involuntaria de Alfonso Guerra (a quien está dedicado, por cierto, el libro), verdadero manantial de descalificaciones al contrario. ¿Qué encontraremos en esta obra? Por ejemplo, toda una sección (cap. 3) dedicada a los insultos animales, desde los surrealistas («Tamames siempre ha sido un saltamontes frívolo»), a los cariñosos («Carrillo es como una avispilla», de Anguita); de los retorcidos («José Meliá es un consumidor de Piensos Sanders», de Guerra), a los directos («Suárez es una anguila»). Hay un capítulo (el 8) dedicado a la metáfora del «cadáver político» («El PSOE, más que un partido, es un cortejo fúnebre», dijo Aznar), y otro (el 6) a los juegos con el nombre del rival («Si a Nadal se le quita la l se queda en Nada, que es lo que es»).

Al acabar este libro, el lector se queda con la sensación de que la clase política tiene una nada desdeñable habilidad verbal para ofender al contrincante, aunque tal vez, como dijo el inevitable Alfonso Guerra, «Yo no insulto, analizo».

Por último, el Florilegio de frasesenvenenadas es una recopilación de todo tipo de expresiones descalificatorias hacia los demás, sus obras, hacia países o ciudades o incluso hacia uno mismo. Abundan las frases tomadas de controversias literarias o artísticas, aunque también hay ataques contemporáneos, por ejemplo a películas (el Sunday Times sobre Viernes 13: «El censor advierte que hay que tener dieciocho años para poder verla. Yo sugeriría que basta con ser estúpido»). En resumen, una digna antología del momento en que el insulto se amplifica, diluye o se hace literario y empieza a constituirse en otra cosa.

01/01/1999

 
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