ARTÍCULO

Vigilia de la palabra

Huerga y Fierro, Madrid, 96 págs.
 

Probablemente la primera pregunta que se haga el lector al tener en sus manos esta edición de Nostalgia de la muerte sea la de por qué un libro de poemas tan extraordinario ha tardado sesenta y un años en publicarse por primera vez en España. ¿Qué circunstancias anómalas de la poesía en nuestro país han provocado que libros como éste, esenciales en el devenir de la poesía contemporánea escrita en castellano, hayan sido absolutamente ignorados aquí durante décadas? Ni el protagonismo indudable de Xavier Villaurrutia en la cultura mexicana, especialmente durante los años treinta y cuarenta, como crítico y como animador cultural, ni tampoco el importante ensayo que le dedicó Octavio Paz, en el que afirma que una veintena de sus poemas «cuentan entre los mejores de la poesía de nuestra lengua y de su tiempo», han impedido que su obra siga sin conocerse hasta hoy entre nosotros. E incluso hoy –a tenor del escaso eco crítico que ha tenido la edición que aquí comentamos– mantienen por desgracia su vigencia las palabras de Paz cuando en el citado ensayo escribía que «la gloria de Villaurrutia es secreta como su poesía».

En el período de entreguerras –sin duda la época más fecunda de la poesía mexicana del siglo XX –, la obra literaria y la actividad cultural de Xavier Villaurrutia (1903-1950) son de la mayor relevancia. Coetáneo de nuestra Generación del 27, también su destino va íntimamente unido a un importante grupo de poetas, grupo que ha pasado a la historia de la literatura bajo el nombre de una de las revistas de poesía que fundaron: Contemporáneos. Como en los poetas españoles de esa misma época, la aventura de las revistas literarias fue fundamental en el desarrollo del grupo y de la obra de cada uno de ellos. De hecho, su actividad se inicia hacia 1927, con la fundación por parte de Salvador Novo y Xavier Villaurrutia de la revista Ulises (1927-1928), y se extiende hasta 1932 con la aparición de la revista Examen, dirigida por Jorge Cuesta. Especialmente importante es el año 1928; en mayo de ese año se publica la Antología de la poesía mexicana moderna, con prólogo de Jorge Cuesta –antología que cumplió una función similar a la que para los poetas españoles del 27 tuvo la antología de Gerardo Diego de 1932– y un mes más tarde aparece la revista Contemporáneos (1928-1931). Lo singular de un grupo como Contemporáneos es la gran calidad de la mayoría de los poetas que lo componen. La nómina es extraordinaria: Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Gilberto Owen, Salvador Novo, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Enrique González Rojo y Bernardo Ortiz de Montellano; y algunos de los títulos más perdurables son: Nuevoamor (1933) de Novo, Hora de junio (1937) de Pellicer, Nostalgiade la muerte (1938) de Villaurrutia, Muerte sin fin (1939) de Gorostiza, Canto a un dios mineral (1942) de Cuesta, y Perseo vencido (1948) de Owen.

Autor de una importante e inteligente obra ensayística y también de una extensa obra teatral, Xavier Villaurrutia escribió sólo tres libros de poemas: Reflejos (1926), Nostalgia de la muerte (1938) y Cantoa la primavera y otros poemas (1948). Nostalgia de la muerte se publicó en la editorial Sur de Buenos Aires, en 1938, y tuvo una segunda edición ampliada en México, en 1946. La edición española que hoy comentamos reproduce el texto de esa segunda edición y está preparada –y antecedida de un prólogo extenso y esclarecedor– por César Antonio Molina; de él, pues, es el mérito de que el lector español pueda disfrutar al fin de este hermoso libro. No obstante, es obligado señalar que el libro, aunque inédito como tal, fue incluido en 1992 en su totalidad por Luis Maristany en su magnífica antología del grupo Contemporáneos, antología que, pese a su importancia, hace tiempo desapareció de nuestras librerías.

La poesía de Xavier Villaurrutia, como la de los poetas españoles coetáneos, se asienta inicialmente en la renovación modernista y sobre todo en el ejemplo de depuración retórica que Juan Ramón Jiménez inició con libros como Eternidades y Piedra y cielo. Pero en Nostalgia de la muerte Villaurrutia asume también con lucidez crítica los nuevos caminos que abrieron las vanguardias, en especial el cubismo y el surrealismo. Su poesía se fundamenta siempre, además, en un altísimo nivel de exigencia, de rigor poético, que está en el origen del movimiento moderno y que en la tradición hispánica hunde sus raíces en la poesía del Barroco. Las palabras que Lorca, pocos años antes, dedicó a Góngora en su célebre conferencia son perfectamente aplicables al extremo rigor con que el poeta mexicano se enfrenta a la creación poética: de él también podemos decir que «su sensibilidad le puso un microscopio en las pupilas». En su concepción de la imagen poética se dan la mano tradición y modernidad, confluyen Góngora y las vanguardias; pero en la presencia de éstas en su obra no sólo importa la poesía sino también las otras artes, singularmente la pintura. La plasticidad de su poesía le hizo casi exclamar a Jorge Cuesta: «Villaurrutia no canta; hace poesía con los ojos»; pero lo cierto es que en ella también está presente la música, no la música exterior, de los oídos, sino la interior, callada, del espíritu. El ámbito de su palabra es, por tanto, un lugar de confluencia, fondo común donde las artes dialogan. Y fue precisamente definiendo ese espacio en uno de sus ensayos más lúcidos, el titulado «Pintura sin mancha», cuando el poeta mexicano mejor supo definir su propia poesía: «Los frutos de esta inmóvil pesca silenciosa, de esta navegación aérea o submarina del espíritu son mis poemas que no han querido ser solamente criaturas irreales, seres matemáticos o existencias musicales sino, también y sobre todo, objetos plásticos».

Enseña Nostalgia de la muerte el verdadero significado en poesía de la palabra rigor; rigor que en la obra de Villaurrutia jamás es sequedad intelectual buscada, sino necesidad ineludible que nace de una honda y secreta experiencia de la poesía. El propio poeta lo supo expresar con inteligencia al hablar de la poesía de ese otro gran contemporáneo que fue José Gorostiza, cuando afirmaba: «Los poetas mexicanos no se expresan en el más puro abandono sino más bien en la profunda espera [...]. Parece que el poeta tiene que callar, porque si hablara, sería insincero, sería artificioso. Tiene que esperar con una atención lúcida y angustiosa». La poesía de Villaurrutia nace de ese callar, de ese silencio al que la palabra poética obliga; su poesía jamás confunde inspiración con facilidad. Asume, sí –como también lo hiciera José Gorostiza–, las corrientes irracionalistas de su tiempo, asimila las nuevas posibilidades y aportaciones de esa forma de libertad, pero sin abandonarse nunca al fluir automático de la escritura, pues sabe que la inspiración no nace en el abandono sino en la espera y que el poeta, por el hecho de serlo, «hasta cuando sueña está completamente despierto», y que «aun dentro del sueño, se mantiene en vigilia, en una vigilia tremenda».

01/11/2000

 
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