ARTÍCULO

Ludwig Wittgenstein, o la filosofía como dieta

Alianza, Madrid
Trad. de Andrés Sánchez Pascual e Isidoro Reguera
232 pp. 22 €
Pre-Textos, Valencia
Trad. de Manuel Arranz
142 pp. 12 €
Tecnos, Madrid
Trad. de Edmundo Fernández, Encarna Hidalgo, Pedro Mantas y Luis Manuel Valdés
382 pp. 16,64 €
 

Ludwig Wittgenstein se ha convertido, sin duda, en un icono de la filosofía, e incluso de la cultura del siglo XX. Películas, novelas y, por supuesto, una ingente cantidad de bibliografía especializada en torno a su persona y a su pensamiento así lo prueban. Es un fenómeno difícil de explicar que quizá tenga una de sus claves en el hecho de que el lector siempre presiente, cuando se enfrenta a su obra, que no se las tiene con un pensamiento fácilmente reducible a un enfoque académico.
Cuando, en 1914, estalla la primera gran guerra mundial, el joven Ludwig Wittgenstein, que a la sazón tenía veinticinco años, se alista como voluntario en el ejército austro-húngaro y, siguiendo su costumbre, comienza un diario con el que, al parecer, llenará no menos de seis cuadernos, de los cuales sólo tres han llegado hasta nosotros (los otros los mandó destruir el propio Wittgenstein poco antes de morir).
Estos cuadernos de notas tienen dos partes bien diferenciadas: las escritas en clave, en las páginas pares, las de la izquierda, y las escritas sin utilizar clave ninguna. Cuando, en 1961, dos de sus albaceas literarios, Georg Henrik von Wright y Gertrude Elizabeth M. Anscombe (el tercero era Rush Rhees), editaron estos cuadernos, sólo hicieron pública aquella segunda parte. Los Notebooks 1914-1916, de los que pronto aparecerá una nueva versión en castellano, constituyen ciertamente un material precioso para entender el Tractatus Logico-Philosophicus. Pero la parte secreta quedaba inédita.
Pues bien, fue esta parte la que, gracias a la providencial intervención de Andrés Sánchez Pascual y al esfuerzo de Wilhelm Baum, apareció publicada como primicia mundial a finales de 1985 en la revista Saber, de Barcelona, y seis años después, en 1991, por la editorial Alianza; edición que ahora vuelve a reeditarse, con otro formato, pero con exactamente el mismo contenido.
Esta edición de los Diarios secretos consta de una introducción en la que Baum cuenta, fundamentalmente, todas las peripecias y obstáculos que debió superar para poder finalmente editar la obra; viene a continuación el texto de la parte cifrada de los tres cuadernos conservados, en edición bilingüe, y con una traducción excelente, como en él es norma, del profesor Sánchez Pascual; por último, contiene a modo de epílogo un extenso texto de Isidoro Reguera, titulado «Cuadernos de guerra», que, dividido en once breves capítulos, ofrece una magnífica contextualización y comentario, lleno de inspiración, del texto wittgensteiniano. En resumidas cuentas, una edición imprescindible. Pero ¿imprescindible para qué y por qué?
No, desde luego, para satisfacer la morbosa curiosidad que algunos lectores puedan tener acerca de la atormentada sexualidad del filósofo austriaco (conviene advertir a estos lectores que encontrarán aquí poco material para su satisfacción). Sí para leer el escalofriante testimonio de un ser humano, a todas luces excepcional, que se había propuesto la consecución de un sencillo ideal: la perfección moral, la santidad. Porque lo que el texto testimonia a cada paso es la conmovedora lucha consigo mismo de un hombre que a toda costa intenta ser honrado con él y con los demás. Alguien decidido a no permitirse ninguna de las trampas autoindulgentes que tan fácilmente nos tendemos las personas normales y corrientes. Una tarea, además, que Wittgenstein expresa reiteradamente en términos explícitamente religiosos.
Podría pensarse, entonces, que los Diarios secretos tienen un valor grande, sí, pero un valor fundamentalmente biográfico. Que sirven para comprender al hombre Wittgenstein, pero no su filosofía. Pero esta conclusión, que podría ser correcta para tantos y tantos profesores de filosofía, es absolutamente errónea en este caso. Pues para Wittgenstein, sencillamente, filosofía y vida no estaban en absoluto separadas.
Sorprendentemente, algo de todo esto barruntó Pierre Hadot, el excelente especialista francés en filosofía antigua, cuando a finales de la década de los cincuenta del siglo pasado se enfrentó al Tractatus Logico-Philosophicus, primero, y a las Investigaciones filosóficas, después. En el prefacio de su libro Wittgenstein y los límites del lenguaje, felizmente publicado por la editorial Pre-Textos, explica cómo, llevado por su interés por la mística, leyó el Tractatus, atreviéndose a escribir y dar una conferencia sobre el mismo: «Reflexiones sobre los límites del lenguaje a propósito del Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein». Era el miércoles 29 de abril de 1959 en el Colegio Filosófico que dirigía Jean Wahl en París. Y la advertencia que le hiciera éste, según recuerda Hadot, en el sentido de que, de haber dado esa conferencia en Inglaterra, le hubieran matado, no tiene desperdicio.
Y es que, ciertamente, creo que no hubiera dejado de causar extrañeza en un auditorio británico de entonces, cuando de la transcripción de sus conversaciones con Schlick se censuraba su referencia aprobatoria al Ser y tiempo de Heidegger, oír el nombre de Wittgenstein puesto en relación con el de neoplatónicos como Plotino o Damascio, de místicos como Silesius, o de pensadores existencialistas como Jaspers o Sartre, con quienes, al fin y al cabo, relacionaba Hadot a Wittgenstein, a quien en esta conferencia sitúa en el seno de una tradición de misticismo y teología negativa que bien podría remontarse hasta Platón. De ese mismo año de 1959 datan los dos artículos («Wittgenstein, filósofo del lenguaje» I y II) publicados en la revista Critique que recoge igualmente el volumen que estamos comentando.
El primero de ellos está dedicado, al igual que la conferencia aludida, al Tractatus, y aunque en él intenta sintetizar Hadot las tesis fundamentales de Wittgenstein a propósito de la naturaleza del lenguaje y de la lógica, su principal interés estriba en sus reflexiones sobre la metafilosofía contenida en esta obra. Es éste un tema muy candente entre los actuales estudiosos de la obra del filósofo austriaco ya que, como es bien sabido, ha surgido recientemente toda una corriente de interpretación, calificada de austera y resoluta por sus defensores, y de posmoderna por sus detractores, que tiende, frente a la interpretación tradicional, a negar la sustantividad para Wittgenstein del ámbito de lo inefable. Sobre el trasfondo de este debate hay que decir que la posición de Hadot, quizá más cercana a las lecturas tradicionales que a las austeras del Tractatus, merece, desde luego, ser tenida en consideración en sus matices.
El segundo de estos trabajos ofrece un apretado repaso de algunos de los temas centrales de las Investigaciones filosóficas como puedan ser el de los juegos de lenguaje, las formas de vida o la consideración del lenguaje ordinario como Urphänomen o fenómeno originario para, al hilo principalmente de esta cuestión, volver a desembocar en los problemas metafilosóficos que plantea la obra póstuma de Wittgenstein y que, según entiende Hadot, estaría en continuidad con la ya planteada en el Tractatus pues, al no reconocer Wittgenstein ningún juego de lenguaje específicamente filosófico, las Investigaciones desembocarían en una paradoja análoga a la formulada en la conclusión de su primera obra: por una parte, se nos recomienda volver al lenguaje ordinario, conformarnos con él, pero esta recomendación se hace desde el nivel de una autoconciencia filosófica inevitablemente diferente de aquél en el que se mueve el lenguaje ordinario. O, más sencillamente, se trataría de poner fin a la filosofía... filosofando.
Justamente de esta aporía parte el último trabajo de Hadot («Juegos de lenguaje y filosofía», publicado originalmente en 1962 en la Revue de Métaphysique et de morale), recogido en el volumen que nos ocupa. Se trata, sin duda, del artículo más personal de los cuatro, en el que Hadot, por así decirlo, se sirve de Wittgenstein para ir mucho más allá de él. Y es que, escéptico como es Hadot respecto a la posibilidad de terminar gracias a la filosofía con la filosofía, la enseñanza que él saca de la filosofía wittgensteiniana no puede ser más antiwittgensteiniana, a saber: que la filosofía misma constituye un muy particular juego de lenguaje, juego que ha ido cambiando sus reglas a lo largo de la historia; y Hadot, quien no duda en servirse de Wittgenstein, pero también de relacionarlo con Hegel, Brice Parain, Merleau-Ponty o Blumemberg, ofrece un rápido recorrido por esta transformación desde la Antigüedad, pasando por la Edad Media, hasta la era moderna, tomando como hilo conductor los cambios en los géneros literarios de los que las filosofías de estas respectivas épocas se han servido.
Justamente un breve e interesante artículo de Gottfried Gabriel sobre el significado de la forma literaria aforística de la que se sirve Wittgenstein en el Tractatus, originalmente publicado en Merkur en 1978, y una breve carta de Anscombe a Hadot, en la que le apunta alguna de sus discrepancias y dudas con respecto a su interpretación del Tractatus, completan este libro que no sólo presenta una muy sugerente –y actual, a pesar de los años transcurridos desde que los trabajos que lo componen fueran redactados– lectura de la filosofía de Wittgenstein –y ello a pesar de los puntuales errores de interpretación en los que Hadot pudiera haber incurrido–, sino que también muestra lo fértil que puede resultar el pensamiento wittgensteiniano cuando se accede a él sin los prejuicios de un romo escolasticismo.

LA CRÍTICA DE LA CIVILIZACIÓN

El 4 de octubre de 1914, mientras Wittgenstein esperaba volver a adentrarse en territorio ruso, se hacía público un llamamiento al mundo de la cultura (An die Kulturwelt! Ein Aufruf) firmado por noventa y tres personalidades del mundo intelectual germánico al que pronto responderían las universidades francesas con su manifiesto en defensa de la civilización.
Esta contraposición entre cultura y civilización que, como desentrañara Norbert Elias, venía gestándose desde el mismo siglo XVIII, constituye uno de los telones de fondo del pensamiento wittgensteiniano, y es el tema que sirve de título (Cultura contra civilización. En torno a Wittgenstein) e hilo conductor del libro colectivo editado por Nicolás Sánchez Durá también en la editorial Pre-Textos. En él no todos los artículos hablan de Wittgenstein, pero todos hablan de una serie de autores o de temas muy cercanos al autor del Tractatus.
Así, Jacobo Muñoz, en un breve pero hermoso artículo, «Bajo el arco en ruina. La Europa de Nietzsche», traza un bosquejo del estado espiritual de la Europa que siguió inmediatamente a la muerte del pensador intempestivo, cuyo Anti-Cristo Wittgenstein leería en diciembre de 1914. Otro libro, y otro autor, muy querido por Wittgenstein era el Crimen y castigo de Dostoievski (aunque parece ser que, con todo, prefería Los hermanos Karamazov) y es precisamente del papel que desempeña el nihilismo en esta obra de lo que trata el capítulo escrito por Joan Bautista Llinares.
Thomas Mann, Spengler y su La decadencia de Occidente o el primer Heidegger son otros de los temas tratados en la primera parte del libro. La segunda recopila, en cambio, trabajos en los que Wittgenstein es el objeto explícito de la reflexión. Elena Nájera, en «Filosofía y silencio: las miserias del lenguaje en el Fin de siècle», relaciona la Sprachkritk de Nietzsche con la de Wittgenstein, conectando estos extremos de la cadena a través de los eslabones intermedios que suponen la obra de Ralph Waldo Emerson y Fritz Mauthner.
Los que firman con la cruz era el título de una obra de Ludwig Anzengruber cuya representación, parece ser que en la Semana Santa de 1912, produjo la conversión de Wittgenstein al misticismo, cuya relación con la experiencia estética es el tema que explora Juan David Mateu en «Wittgenstein y Anzengruber: estética y experiencia mística en el primer Wittgenstein». Si la influencia de Anzengruber sobre Wittgenstein fue como un fogonazo, la de Otto Weininger fue mucho más de fondo; tan de fondo que resulta difícil de calibrar y aun de precisar. En «Weininger y Wittgenstein. Sobre el genio y el talento», Noemí Calabuig se atreve a encarar un tema que está casi obsesivamente presente en muchos de los diarios de Wittgenstein.
Jean Pierre Cometti, sin duda uno de los mejores conocedores franceses de la obra de Wittgenstein, ofrece en «El gesto del arquitecto» una profunda reflexión sobre el significado y las implicaciones filosóficas de la casa que el pensador austriaco, junto con su amigo Paul Engelmann, construyera para su hermana en Viena a mediados de los años veinte. Y el volumen se cierra con «Wittgenstein y el arte», un artículo de otro excelente conocedor de nuestro pensador y su contexto vienés: Josep Casals. Su artículo no se centra tanto en lo que Wittgenstein pensara sobre el arte cuanto en lo que su modo de pensar tiene de artístico.
En resumidas cuentas, el libro que edita Nicolás Sánchez Durá da más de un motivo para el deleite, y deleitar al lector era, conviene no olvidarlo, uno de los objetivos que declara Wittgenstein en el prólogo de su Tractatus Logico-Philosophicus: en primer lugar, por la alta calidad de los trabajos que ha seleccionado; en segundo, por ayudar, en la estela que iniciaran Janik y Toulmin en su ya célebre La Viena de Wittgenstein, a situar a Wittgenstein sobre un trasfondo cultural y vital que constituye el suelo nutricio de su pensamiento y sin el cual el significado de su obra difícilmente puede entenderse cabalmente; y, por último, porque muestra cómo hay ya una generación de jóvenes investigadores de estos asuntos preparados para continuar el valioso trabajo de quienes les han precedido.

CAMBIAR NUESTRA AUTOCOMPRENSIÓN

Wittgenstein estuvo siempre interesado en la psicología: desde sus años de estudiante en Cambridge, cuando trabajó en el primer laboratorio psicológico de aquella universidad en una investigación sobre percepción de la música, hasta prácticamente el final de su vida, cuando sus preocupaciones respecto a esta disciplina eran de carácter estrictamente conceptual. Precisamente sus reflexiones sobre cuestiones relacionadas con la gramática de nuestras expresiones psicológicas son las que recogen en estos dos volúmenes de Últimos escritos sobre filosofía de la psicología, reeditados ahora conjuntamente por la editorial Tecnos, con sus respectivas introducciones originales, una prácticamente testimonial de Javier Sádaba, y otra mucho más extensa y muy interesante de Luis María Valdés.
A primera vista, el lector que se enfrente desprevenido a esta parte de la obra de Wittgenstein, como a otras muchas de su así llamada última filosofía, puede no comprender la importancia de lo que en ellas está en juego. Lo que tiene delante puede parecerle un conjunto de observaciones dispersas en las que Wittgenstein va considerando una serie de casos de lo que decimos o de lo que podríamos decir en ciertas circunstancias. Pero si, finalmente, termina por dejarse seducir por el punto de vista wittgensteiniano, el resultado no será otro que un profundo cambio en su previa comprensión de lo psíquico; una comprensión que se alimenta de una consideración muy superficial y parcial del uso de nuestro lenguaje psíquico.
En efecto, hechos gramaticales como que podamos disimular nuestros estados psíquicos –por ejemplo, que podamos esconder un dolor–, o que tengamos un acceso privilegiado a los mismos –no necesitamos observar nuestro comportamiento para saber si una parte de nuestro cuerpo nos duele, ni equivocarnos al respecto, pero los otros sí–, presionan para hacer verosímil la imagen de lo mental como un ámbito de realidad interno y privado, de modo que cada cual sólo conoce realmente el suyo propio y debe limitarse a inferir el de los demás.
Lo que Wittgenstein pretende no es oponer a esta imagen de lo mental una concepción supuestamente más científica que, por ejemplo, intentara reducir la mente a conducta o a neurofisiología, pues su obra es militante no sólo contra el dualismo que entiende lo psíquico como una especie de sombra de lo físico, sino también contra todo tipo de reducción del mismo a cualquier otra cosa. Lo que pretende, más bien, es recordarnos, por así decirlo, el conjunto de sofisticadas condiciones lingüísticas y vitales que, superpuestas evidentemente a otras condiciones naturales, nos permiten tener una «vida interna». O, dicho utilizando su propia terminología, la complejidad de la forma de vida en que se asientan nuestros juegos de lenguaje sobre lo mental.
Lo dicho, por cierto, no vale sólo para la filosofía wittgensteiniana de la psicología, sino para toda su filosofía en general. Una filosofía que no quiere informarnos de nada nuevo sino, podríamos decir, hacernos ver lo que siempre supimos de una nueva manera. Pues, como Wittgenstein decía, la filosofía, la suya, aspiraba a dejarlo todo tal y como lo había encontrado. Todo, excepto a uno mismo. Excepción lógica en quien entendió la filosofía, a la manera de los antiguos griegos, básicamente como una dieta, esto es, como un régimen de vida. Y quizá sea justo aquí, en la integridad con que se dedicó a la práctica de la filosofía, donde, mucho más allá de las discrepancias o acuerdos que sus escritos puedan suscitarnos, radique aquel atractivo que, como decíamos al principio, ha hecho que Wittgenstein trascendiera el estrecho ámbito de la filosofía académica.

01/05/2009

 
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