ARTÍCULO

William Gerhardie: Inutilidad

 

William Gerhardie abre esta novela con una consideración sobre la literatura y la vida que dice así: «Y de pronto me di cuenta de que la única cosa que podía hacer era convertir todo aquello en un libro. Es lo que habitualmente hacemos con la vida». Esto lo dice el narrador de la novela, llamado Andrei Andréiech, aunque se trata de un inglés nacido en Rusia antes de la Revolución. En este punto coincide con el autor, hijo de ingleses, nacido en San Petersburgo en 1895, que luchó en la Primera Guerra Mundial, asistió al nacimiento de la Revolución Rusa y estudió y se licenció en la Universidad de Oxford. Incluso el autor coloca al frente de la obra una frase de tono confidencial con el lector: «El "yo" de este libro no soy yo». Es posible que el yo no lo sea, pero las circunstancias del yo son sospechosamente coincidentes, aunque aceptaremos su palabra.
Bien. El caso es que el libro empieza donde termina: en el puerto de Vladivostok en los momentos posteriores a la partida de tres encantadoras hermanas rusas en un vapor con destino a Shanghai, donde su madre piensa abrir una tienda de sombreros en consorcio con la amante de su padre. Unos días antes, sin embargo, cerca ya del final de esta historia, su actitud es bien distinta: «¡Nada de novelas! La vida, pensé, era más valiosa que todas las novelas juntas.Y la vida era Nina.Y Nina era la vida». Tras esta explosión amorosa llega el desengaño y nuestro héroe, desdeñado (o, mejor dicho, ignorado; o, siendo aún más precisos: ignorado desdeñosamente) se retira de ese muelle «donde el agua, sucia y sin brillo, subía y bajaba a mis pies, y con ella el corcho de una botella y algunos trozos de madera», lleno de melancolía (ha viajado durante tres meses de Oxford a Vladivostok para decir a Nina que la ama y desea casarse con ella) y decide contar la historia.
Cuando la vida no nos gusta, decidimos contarla. ¿Qué es esto? ¿Una terapia para superar el desengaño? ¿Un deseo de revivir algo que, de nuevo, terminará mal, esta vez sobre el papel? ¿O es que la literatura sólo se alimenta de la frustración? Las historias de felicidad, al parecer, sólo son posibles en los cuentos de hadas, quizás en algunas fábulas, en ciertas comedias intrascendentes... mientras que la desgracia es el alimento de todos los dramas, comedias dramáticas y tragedias que pueblan la literatura.
Pero sigamos al narrador: «Cuando era joven –dije– pensaba que la vida debía de tener un argumento, como en una novela. Pero la vida no se parece en nada a una novela, es mucho más absurda que una novela. Quizá sea mejor así.Yo no quiero ser una novela. No quiero ser una historia o un argumento. Quiero vivir mi vida como una vida, no como una historia». Desde luego que la vida es más absurda que una novela por la sencilla razón de que la novela la ordena su autor de acuerdo con lo que desea contar mientras que la vida tiene la irritante costumbre de conducirse a su antojo y, si posee argumento, lo muestra al final, cuando se desprende de nosotros.
Así pues, no hay mayor error que confundir la literatura con la vida, aunque un personaje de esta novela –una mujer que sin duda gustaría de llamarse a sí misma novelera– lo dice a la inversa: «¿Por qué los escritores, los novelistas, no escribirán sobre esto, sobre la vida real [ella se refiere a su insulsa y disparatada vida, de la que hablaremos más adelante], sobre este drama de la vida real, en vez de esas novelas tan razonadas, tan razonables y tan... poco convincentes?». La vida no razona ni poco ni mucho; las novelas, incluso las surrealistas, razonan; a su manera, pero razonan; y no digamos lo que razonan novelas como La montaña mágica. El narrador de Inutilidad es, pues, alguien que decide contar de la única manera que cree útil para colocarse frente a un suceso trascendental en su vida: a toro pasado.Y así queda ordenada y razonada esta historia, una vez que la vida le ha trazado el camino.
William Gerhardie tuvo un éxito fulminante con esta obra y, tras escribir alguna otra, su fama decayó. No parece probable que la causa última de su decadencia estuviera en su idea de las relaciones entre vida y literatura porque, en realidad, vida y literatura no deben confundirse nunca, pero él sabe que caminan en paralelo. Lo que sucede es que una novela, pues de novela hablamos, es en realidad la representación de una idea, representación basada en que toma la realidad como pretexto, bien para imitarla cuidadosamente, bien para distorsionarla cuanto le venga en gana, pero como pretexto. Cuando esa idea existe antes o se manifiesta desde la escritura, el texto camina imitando a la vida. Por decirlo de una manera sugerente: la literatura utiliza la realidad para hablar de otra cosa. Esta novela que tenemos entre manos es la clásica novela que se singulariza dentro de la obra de un autor y se convierte en su única y poderosa bandera. Como suele suceder en tales casos, tiende a ser autobiográfica, establece un campo irrepetible y, luego, la llama se debilita en obras posteriores y, finalmente, se apaga. Gerhardie, como tantos otros, es capaz de escribir una sola novela, pero esa suele ser una pieza excelente, sobre todo si se plantea con verdadero espíritu literario y no como mera crónica de un asunto personal, como sucede en su caso. El resto de su producción es mucho menos interesante.
La declaración del narrador anuncia un texto circular: empieza donde termina.Va a contar algo sucedido y cerrado y lo va a hacer porque, ya que no puede vivirlo (lo que, en realidad, para el personaje significa: encontrarle final feliz en la vida) al menos se desahoga narrándolo.Ahí quedan mi dolor y mi nostalgia, viene a decir. La verdad es que éste es poco bagaje para aspirar a la posteridad, pues su historia es la de un joven estudiante que se lleva un disgusto amoroso como otros cientos de miles semejantes a él. Si la literatura fuese cuestión de convertir en libro un disgusto, poco podríamos esperar de ella.
Pero Inutilidad es una deliciosa comedia nostálgica construída con tan simple base como la que hemos mencionado, que contiene una segunda lectura que, ésta sí, es impagable. Edith Wharton señala en un breve y animoso prólogo un aspecto esencial del libro: es una historia netamente rusa –cualquier lector de los maestros rusos que han buceado en el alma eslava de diversas maneras lo reconocerá enseguida– contada por un inglés. O en otras palabras: es una historia de allá contada por alguien de acá. Ahí reside su encanto, pase o no pase a la posteridad.
A lo largo de sus páginas el narrador va desvelándonos con sumo cuidado la verdadera vida de los Bursanov, un desvelamiento que empieza en un palco del teatro en San Petersburgo donde los acompaña para ver una representación de Las tres hermanas de Chéjov. Él detesta la obra y se desespera y se aburre alternativamente. De hecho confiesa al cabeza de familia, Nikolai Vasilievich, «¿Cómo puede existir gente así? Fíjese, no pueden hacer lo que quieren, no pueden alcanzar lo que quieren. Hablan, hablan, hablan, y luego van y se suicidan o algo parecido. Es una llamada histérica hacia esfuerzos mayores, metas más altas que en ellos resultan imprecisas e ininteligibles, una parálisis perpetua. Es como el Fausto de la ópera de Gounod, que toma de la mano a Marguerite en prisión y grita "¡Huyamos! ¡huyamos!", sin hacer un mínimo esfuerzo por abandonar la escena».
La familia Bursanov (Nikolai, su amante Fanny Ivanovna, las tres hijas del primero, las tres hermanas, Nina, Sonia y Vera) se identifican con Chéjov con verdadera adoración porque pertenecen a ese mundo. El occidental y oxoniense Andrei no se da cuenta de ello y, como es natural, no entiende a esa familia que, sin embargo, le fascina hasta el extremo de seguirla, volver a ella tras participar en la Primera Guerra Mundial, asistir junto a ella a la llegada de la Revolución, acompañarlos a Siberia e incluso regresar desde Oxford a Vladivostok en busca de Nina con el negativo resultado antes mencionado. En esa mirada del narrador sobre esa familia rusa reside justamente el encanto de esta novela, que habrá de fascinar a muchos lectores, pero, sobre todo, a los amantes de la literatura rusa. La verdad es que, debido a su toque humorístico –siempre británico, pero de un gran conocedor de la sociedad rusa de principios del siglo XX – debería acercarse más a los grotescos y maravillosos personajes de Gogol que a los de Dostoyevski, pero no es así.Tanto el espíritu de Gogol, como el de Chejov, como el de Dostoyevski impregnan el texto revelando a un magnífico conocedor de ese pueblo y de esa literatura. Ese mundo dostoyevskiano, por ejemplo en El idiota, de personajes que parecen no tener nada que hacer en todo el día porque están siempre yendo de arriba para abajo y de una casa a otra, pareciendo que su única ocupación en la vida es dar y recibir noticias, mascullar y sentir temblores por cualquier motivo, es el caldo de cultivo para crear a la familia Bursanov.
La casa Bursanov es la casa de Tócame Roque. Nikolai Vasilievich Bursanov, cabeza de familia, además de mantener a la suya directa mantiene a su costa a la de su amante alemana y su parentela de hermanos y hermanas, a la de una nueva amante jovencita que se echa, que consta de abuelos, padre, madres, el tío Kostia –un personaje maravilloso, escritor ágrafo cuya frase suprema es: «Las sutilezas de la mente, llevadas a su conclusión lógica, se convierten en groserías»–, a su primera esposa, al marido de ésta y a su nuevo marido, a un príncipe gorrón, a un barón que no lo es... en fin, la recaraba.Y todos viven del dinero de Nikolai que, a su vez, posee unas misteriosas minas de oro que no dan un rublo y una casa –aparte de la suya- espléndida y valiosísima. De dónde sale el dinero es un misterio como lo es su paciencia patriarcal y la increíble resistencia con que facilita la vida a toda esa abundante patulea de sablistas, gorrones y allegados.Y, en medio de ellos, el joven Andrei queda atrapado, hipnotizado como el canario ante el gato –un gato pacífico, todo hay que decirlo–. Aquel joven anglorruso que no entendía esa actitud a lo Fausto de Gounod de los personajes de la comedia de Chejov y reivindicaba frente a su inercia la capacidad de decidir y de alcanzar altas metas, queda prendido en su disparatado modo de vida.
El modo en que, estando entre ellos, siendo bien acogido e incluso tomado como confidente, queda, sin embargo, fuera de su sentido de la vida es uno de los puntos fuertes del relato. Ahí establece Gerhardie su posición de narrador con verdadera inteligencia, pues, a su vez, le sitúa a él, al autor, entre las dos partes y así puede decirse que las conduce con mano maestra. A partir de esta mirada del autor sobre el narrador que, a su vez, mira al grupo y se implica en él, la visión de esa Rusia tradicional que no se entera de lo que está sucediendo a su alrededor mientras luchan rojos y blancos y Nikolai busca el modo de ver el lado favorable de ambos para la protección de sus minas de oro, se vuelve irresistiblemente cómica y lúcida.Y no sólo satiriza a ese heterogéneo grupo al que se dispone a tragarse la Historia sino, como no podía esperarse menos, también a los ingleses que pululan por el relato, con el Almirante y Sir Hugo a la cabeza como representantes internacionales intervinientes en el conflicto y, cómo no, a los propios militares rusos metidos en el conflicto por una y otra parte.
Porque, en definitiva, esta es la historia de una gran inutilidad; la historia de gentes –ahora lo contemplamos con cierta ternura y nostalgia quizá– barridas por el viento de la Historia que, patéticos personajes de un fin de época, siguen pensando en sí mismos como el eje del mundo y no ven más allá de sus narices. Los momentos más grotescos se producen cada vez que Nikolai se desplaza a otro lugar, por negocios o cosa semejante: inmediatamente todas las familias que dependen de él, los sablistas y los gorrones, se ponen en marcha para seguirlo a donde sea, como una auténtica caravana y así acaban todos en Siberia, siempre pendientes de las minas de oro, siempre pendientes de las tres hermanas divertidas y coquetas que van por la vida como el rayo de sol por el cristal, sin romperlo ni mancharlo. La despedida final, rumbo a Shanghai por diversos medios, tiene la tristeza de la disolución del medio en que, a pesar de todas las locuras, Andrei ha sido un perplejo feliz. No hay concesiones en ese final, tiene la última templanza que produce una pérdida irremediable, un mundo que se acaba. Entonces es cuando William Gerhardie decide escribir no su vida sino una novela; no una vida sino la representación de una vida; y construye un artefacto literario para poder contar el sentido de ese pedazo de vida que guarda en su corazón.
Esa vida que se resume también en dos frases; una pertenece a Fanny Ivanovna, la amante de Nikolai que ejerce de madre oficial de todos: «Es un consuelo pensar que hay otras personas en el mundo tan inútiles como nosotros». La otra es un apunte del narrador que, sin duda, pertenece al autor: «Más allá de las nubes, los dioses se reían, se reían voluptuosamente».

 Inutilidad de William Gerhardie ha sido publicada por Siruela.

01/05/2006

 
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