ARTÍCULO

Espejo de bárbaros

Fundación José Manuel Lara, Sevilla
437 págs. 12,02 €
 

La imagen de España se encuentra atrapada entre dos extremos incompatibles entre sí, representados por la Carmen romántica, premoderna y anticapitalista pero «divertida», y por los conquistadores, protagonistas de la conquista americana y las guerras imperiales en Europa, poderosos, prepotentes y avasalladores. Ambas imágenes fundamentan percepciones de alcance universal y se encuentran mezcladas entre sí, pero resultan dominantes en algunos países y regiones. Así, mientras en Francia, Italia o Alemania predomina la imagen romántica, en Holanda, Gran Bretaña o Iberoamérica está más extendida la imagen imperial y conquistadora. Ambos conjuntos de imágenes estructuran la percepción de lo español, y condicionan de manera inevitable las relaciones políticas, económicas y culturales de España con otras naciones. Donde predomina la imagen romántica, existe un consistente atractivo hacia los aspectos lúdicos y recreativos asociados a lo español, que se acompaña a veces de una actitud política paternalista y dirigista. En cambio, donde domina la imagen imperial, subyacen los viejos tópicos de la Inquisición y la crueldad, pero existe una percepción de poder que no se puede ignorar sin correr un riesgo. En este sentido, mientras Carmen (con perdón del vital sector turístico) es el producto inevitable de un país visto como poco serio y en el que se trabaja poco, los conquistadores representan mejor la normalización política y económica de España a partir de 1975, así como el componente estratégico de nuestras relaciones con América, tanto del Norte como del Sur.

Por supuesto, todo lo que suponga mejorar nuestro conocimiento de los laboratorios en que se gestaron ambas imágenes es importante aunque, como ocurre en el caso de este libro, que recoge ocho trabajos dedicados a la vinculación biográfica e intelectual de Washington Irving con Andalucía y sus resultados históricos y literarios, procedentes de un curso de otoño de la Universidad de Sevilla, los resultados sean de una desconcertante irregularidad. Sin duda lo mejor del volumen radica en que muestra la deliberación con que se construyó la imagen romántica de España, al modo de una operación de propaganda libresca y delirio viajero que se alimentó a sí misma al margen de los estímulos locales –incluidos, claro está, los andaluces–. Hay que decirlo con claridad. La invención romántica y orientalizante de España se basó en una lectura colonial, antimoderna, selectiva y retardataria de la realidad española. Con frecuencia, como aquí queda claro, fue el resultado de visitas muchas veces fugaces al lugar «idóneo», tras las cuales se escribieron libros y folletos publicitados luego de manera masiva y dirigidos a lectores determinados.

Por otra parte, y en franco contraste con lo anterior, lo peor del volumen es la existencia en algunos capítulos de una perspectiva de romanticismo cañí –la misma que exasperaba a Ramón Mesonero Romanos– que se celebra a sí mismo y está encantado de asumir la degradante condición del exotismo. Baste citar referencias de los capítulos de Jerónimo Páez quien, tras desvelar que Irving inicialmente carecía de interés por España, luego lo celebra a la manera esencialista: «Había vuelto a su matriz norteamericana aunque su nombre estaba también poblado de los recuerdos y ensoñaciones de su vida en Andalucía y España» (pág. 30); de Jesús Díaz García, quien incluye sin venir a cuento la transcripción de un manuscrito medieval que «se encontró dentro de un viejo cofre en una de las numerosas e inexploradas grutas que ahuecan la famosa Peña de Arias Montano, en Alájar, mi pueblo» (pág. 47); y de Antonio Garnica, quien asume sin más el elemento premonitorio del viaje de Irving –«con el viaje a España va a hacer realidad un sueño de juventud»-a pesar de las muchas evidencias contrarias incluidas en el volumen que edita (pág. 101).

Las magníficas aportaciones de Blanca Krauel Heredia –«El itinerario andaluz de Washington Irving»–, Consuelo Varela –«La primera biografía de Cristóbal Colón»– y Juan Manuel Barrios Souza –«La Granada de Washington Irving»– muestran un escenario bien distinto, marcado por el rigor académico que se debe exigir a una publicación como ésta desde la primera hasta la última página. Estos autores muestran que, lejos de lo sostenido por explicaciones esencialistas en versión andaluza, Irving viene a España porque es un lugar tranquilo y cómodo para dedicarse a la literatura, de manera casual y con la magnífica excusa de escribir una biografía de Colón a partir de los trabajos de Martín Fernández de Navarrete. Y, una vez aquí, de manera fría y deliberada, deshoja un programa romántico de manual, que lo lleva a las plazas de referencia –Sevilla, Córdoba y Granada–, como a tantos otros, y sobre todo a escribir, a contarlo a un público ávido de noticias exóticas y emociones fuertes.

De ahí que buscar en sus libros una pretensión etnográfica sea absurdo, que los episodios ficticios de sus obras sean numerosos, que como mantiene Krauel Heredia contemple a sus servidores de la Alhambra como «piezas de museo para sus trabajos» (pág. 84), o que la voluntad canónica de su biografía colombina sea simultánea a un despliegue creativo visible en diversos géneros: diario, libro de viajes o cuento.

El «simpático Irving», desprovisto de su mito y reducido nada menos que a su condición de escritor (por cierto, casi olvidado en su país de origen) muestra un tipo de grandeza distinta, ligada a la capacidad de acomodar la realidad al público lector, de hacerle soñar. Como bien señaló el gran viajero británico romántico Richard Ford respecto a los mitificados acompañantes granadinos de Irving, «la tía Frasquita era rabiosa y avinagrada, Dolores fea y mercenaria, y Mateo un charlatán necio. De estas buenas piezas [el escritor] hizo héroes y heroínas, porque el poder romántico puede dorar hasta los metales más bajos» (págs. 183-184). Ahí reside la auténtica grandeza de Irving, y también en su insobornable humanismo, que lo distanció del selecto grupo de viajeros románticos encantados de que España siguiera retrasada por los siglos de los siglos, caso de Mérimée. En una carta de 1846, Irving anotó: «Ahora que estoy fuera, descubro que el largo hábito y una residencia prolongada [en España] han afianzado de modo inamovible ese fuerte interés por su bienestar que yo había concebido cuando sólo sabía del país por la historia y la novela» (pág. 86). Al fin, como esta misiva indica, el escritor pudo hacer de su obra espejo de bárbaros, pero también mantuvo la perspectiva suficiente para saber que detrás de sus ficciones habitaban, con dolor, otros hombres.

01/01/2005

 
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