ARTÍCULO

¿Volverá a reír la primavera? Las elecciones americanas

 

UNA ESTRATEGIA PLEBISCITARIA

Si la meta de toda maquinaria política es ganar elecciones, el partido republicano la colmó de forma clara y hasta notable el 5 de noviembre de 2002. Cuando se contaron los votos, los republicanos habían conseguido la mayoría en ambas cámaras del Congreso estadounidense en contra de muchos pronósticos y de una pretendida tradición que, según se dice, quiere que los electores castiguen al partido presidencial a la mitad de su mandato. En el Senado los republicanos contarán con 51 escaños por, posiblemente Al día siguiente de las elecciones quedaba aún por confirmar el puesto de senador por Louisiana, hasta entonces ocupado por la demócrata Mary Landrieu. Landrieu no llegó a superar el listón del 50% exigido en el Estado para ganar en primera vuelta y el 7 de diciembre habrá de enfrentarse en segunda a la candidata republicana Suzanne H. Terrell., 48 de los demócratas, con quienes suele votar un senador independiente. En la Cámara de Representantes aumentaron su mayoría con cinco escaños adicionales, lo que les lleva a sumar 228 por 203 de los demócratas Estas cifras podrían subir una vez que se haya procedido a los correspondientes recuentos en cuatro distritos electorales..

Los poncios televisivos han saludado el acontecimiento como un hecho histórico. Bien es verdad que la frase está demasiado sobada para significar gran cosa, pero ello no empaña que el presidente haya logrado una victoria sin parangón desde 1934, cuando Franklin D. Roosevelt consiguió lo mismo en plena euforia reformista del New Deal. Salvo por un brevísimo período entre enero y junio de 2000, para los republicanos, desde Eisenhower en 1952, no coincidía la presidencia con una mayoría de su mismo signo en ambas cámaras del Congreso.

El paisaje después de la batalla ha cambiado, pues, y el triunfo se debe en gran medida a la pertinaz participación del presidente en la campaña electoral. Durante los dos últimos meses, Bush Jr. se ha volcado en recaudar fondos y en otorgar su apoyo a los candidatos de su partido hasta el punto de convertir la elección en un plebiscito. Ha seguido así, sin permitirse ni una alegría, el guión elaborado el pasado junio por su estratega mayor, Karl Rove, experto en sacar el mayor partido de la mano que en cada momento le da la suerte.

En junio Rove reveló involuntariamente sus planes confidenciales para ganar las elecciones por el descuido rocambolesco de un interno de la Casa Blanca. Un CD-rom con el documento quedó abandonado en la calle, llegó a manos de un ayudante senatorial demócrata y acabó por aparecer en las páginas web de Roll Call, una publicación que se edita en el Capitolio. En su conferencia, Rove reconocía que la mejor baza republicana ante las elecciones venideras era la popularidad que los terroristas del 11-S le habían regalado al presidente. Con ese capital parecía razonable esperar que el público acabase por dar a los republicanos el triunfo decisivo que se les escapaba desde el fin de la presidencia Reagan y que, de paso, les permitiría desarrollar la agenda que se acumulaba en la mesa presidencial: ampliar la reforma fiscal, acorazar a la mayoría conservadora en la Corte Suprema y en los tribunales federales, avanzar en la privatización de la seguridad social, entregar la gestión de los programas de asistencia social a las organizaciones religiosas, imponer unilateralmente su política internacional, en fin, dar un empujón definitivo al giro conservador. La estrategia plebiscitaria ha tenido un éxito notable, impidiendo que los demócratas consiguieran atraer la atención del público hacia asuntos como la marcha de la economía o la mejora de prestaciones sociales. Las declaraciones belicosas del presidente y el relumbrar de los espadones al rescoldo avivado de la crisis con Irak han conseguido parar en seco cualquier intento de reorientar las miradas. Los republicanos han achicado espacios y, so pena de ser tachados de vendepatrias, los demócratas han tenido que jugar en el terreno del presidente, dando apoyo incondicional en el Congreso a sus planes de guerra para luego tratar en sus distritos que el público se olvidase de ello. Como la pirueta era difícil, la discusión electoral se ha difuminado hasta convertirse en una campaña a lo Seinfeld: a show about nothing. La victoria republicana, empero, está ahí, y más que discutir sus detalles, lo que importa entender es un problema bicéfalo. Uno, ¿ha cambiado significativamente el equilibrio siempre inestable de las coaliciones sociales americanas? Dos, en caso afirmativo, ¿estamos ante un cambio duradero, uno de esos que abren una nueva fase política?

LA RELACIÓN DE FUERZAS S

Si nos esforzamos por ver más allá de las ganancias en número de escaños, la sociedad americana parece seguir tan dividida como lo estuviera en las elecciones de 2000. El vuelco del Senado hacia los republicanos se ha dado merced a tan solo unos cuarenta mil votos en Missouri y en New Hampshire de entre 78,7 millones de sufragios emitidos. En la nueva situación, los republicanos tienen solo el 51% del Senado, el 52% de la Cámara de Representantes y el 52% de los gobiernos estatales. No dejaba de tener razón Al From, el jefe de filas de los demócratas centristas al declarar que «antes de la elección el país estaba dividido al 50-50 y así sigue hoy. No creo que esto sea un mandato abrumador» Dana Milbank y Mike Allen, «White House Claims Election Is Broad Mandate», The Washington Post (7 de noviembre de 2002)..

Lo primero es cierto, pero se precisa bastante optimismo para creer la consecuencia. Al fin y al cabo, mucho más limitada y discutida era la legitimidad de Bush tras la barahúnda electoral de Florida en 2000 y, sin embargo, en estos dos años se ha permitido gobernar como si contase con una mayoría apabullante. Esa actitud de Bush Jr. viene en línea directa de Reagan y tiene profundas raíces en los objetivos de la nueva derecha, que pueden resumirse en gobernar con una nueva coalición social que no acepte las bases del consenso centrista tradicional. Dos grandes corrientes convergieron en la formación de la nueva derecha. La primera metía al individualismo en un nuevo envase, eso que en Estados Unidos se llama libertarismo, básicamente interesado en el retorno a la libre competencia y el desmantelamiento del Estado del bienestar. Junto a él, la nueva derecha cuenta con el conservadurismo normativo Lisa McGirr, Suburban Warriors. The Origins of the New American Right, Princeton University Press, Princeton, 2001, pág. 151., más preocupado por cuestiones sociales y culturales, como la defensa de los valores religiosos y familiares Chip Berlet y Matthew N. Lyons añaden un tercer factor, la extrema derecha (véase RightWing Populism in America, The Guilford Press, Nueva York, 2000, págs. 417-418) . Pero, se argüirá con razón, lo primero no supone novedad en el antiguo cóctel del liberalismo anglosajón y, por otra parte, la religiosidad americana ha contado siempre con un alto grado de fundamentalismo. Luego, ¿qué hay de nuevo en esta nueva derecha americana?

Lo primero es la unidad de acción. No es fácil hallar puntos de coincidencia entre el individualismo de los libertarios y el comunitarismo de los normativistas. Pero, hasta hoy, los segundos parecen satisfechos con dejar en manos de los hombres de negocios el manejo de la economía a cambio de que éstos sancionen los principios morales que quieren aquéllos imponer en la sociedad. Ambos sectores han llegado a una relación flexible y han entendido la importancia de mantener abiertas las comunicaciones mutuas y con la administración En tiempos de Reagan se habló mucho de la influencia del American Enterprise Institute, pero hoy hay muchos otros agentes. Entre ellos institutos de investigación, como Cato Institute, Heritage Foundation, Center for Equal Opportunity, Center for the Study of Popular Culture, Hudson Institute o The Federalist Society. . Los atentados terroristas del 11-S han hecho aún más fácil superar diferencias ante el peligro común. Algo más une a libertarios y normativistas: el talante guerrero. Para los discípulos de William F. Buckley Jr. no hay matices. El crecimiento económico sólo será posible si se dejan todos los recursos en manos de los ricos, que ya han demostrado con suficiencia su capacidad de crear riqueza. Toda la trama del Estado de bienestar, empezando por los impuestos progresivos, debe volver al basurero de la historia. Por su parte, los conservadores culturales son si cabe más pugnaces y claman sin descanso por la movilización de las gentes de orden para frenar la decadencia de las costumbres. Unos y otros han aprendido a utilizar a las mil maravillas los mecanismos de agitprop que en su momento eran una exclusiva de la izquierda No es cosa de azar que los republicanos hayan ganado el gobierno en Georgia, algo que no sucedía desde los tiempos inmediatos a la guerra civil. El nuevo coordinador del Grand Old Party en el Estado es Ralph Reed, el ejecutivo que consiguió hacer crecer sobremanera a la Christian Coalition. Véase David M. Halbfinger y Jim Yardley, «Vote Solodifies Shift of South to the GOP», The New York Times (7 de noviembre de 2002)..

Hasta hace poco parecía difícil que una coalición tan extremada fuera capaz de imponerse al conjunto de la sociedad americana. Sus prejuicios ideológicos acabarían, se pensaba, por asustar a la opinión moderada. Pero, como se viene repitiendo, después del 11-S y de los intentos republicanos por convertir a Estados Unidos en el gendarme único del orden mundial, esa meta se ha tornado más verosímil. Un elemento que juega en su favor es la apatía política de la sociedad americana, apuntada en numerosas ocasiones. Robert Putnam cree que es el factor más preocupante de entre los que generan lo que ha calificado de declive del capital social. Con independencia de que la cosa esa del capital social sea un concepto vaporoso, la caída de la participación electoral no tiene vuelta de hoja. En los dos siglos de existencia de Estados Unidos, nunca ha habido tanta abstención como en la última década Robert Putnam, Bowling Alone. The Collapse and Revival of American Community, Simon & Schuster, Nueva York, 2000, pág. 43.. La participación electoral en las elecciones presidenciales oscila alrededor del 50% y en las legislativas a media presidencia se ha puesto por debajo del 40%. El día 5 de noviembre votaron 78,7 millones de electores, con una participación del 39,3%, un poco superior al 37,7% de las legislativas de 1998.

La cosa sólo puede ir a peor, pues la abstención se refuerza exponencialmente en la generación de los boomers y las siguientes, de forma que, a medida que desaparezcan los veteranos del New Deal y la guerra mundial, el voto disminuirá aún más deprisa. Un ejemplo. El pasado día 5 pregunté a mis estudiantes cuántos iban a votar. Para la mayoría, entre los diecinueve y veinte años, esta era su primera ocasión de hacerlo, pero sólo uno de entre los veinticinco del curso contestó de manera afirmativa. Una reciente encuesta auspiciada por The Washington Post/Kaiser Foundation/Harvard University señalaba que los jóvenes no se preocupan por expresarse en las urnas, generando una espiral perversa. Como no votan, nadie se interesa por sus votos y, como nadie se interesa por sus votos, no votan. En 1974 votaron alrededor de un 30% de los menores de veinticinco años; el 5 de noviembre ha ido a las urnas un 23% y de seguir así las cosas sólo un 19% participará en 2022 Amy Goldstein y Richard Morin, «Young Voters' Disengagement Skews Politics», The Washington Post (20 de octubre de 2002).. Cada vez más, los mítines electorales parecen una residencia de la tercera edad y los autobuses de votantes los de los turistas del Imserso.

Si hay acuerdo sobre los hechos, la determinación de las causas varía. Sin excluir otras hipótesis, algunos creen en la del gorrón. Si nada hace pensar que la vida pueda verse afectada por imprevistos, si la mayoría cree que podrá ir a la Universidad, si la renta por hogar se acerca a los 40.000 dólares anuales, si se puede consumir casi todo lo que se ambiciona, la política como participación en la lucha por el reparto de bienes escasos no tiene mucho sentido. Que voten otros. La sociedad americana vivía así relativamente satisfecha en su mundo privado hasta que Al Qaeda mostró los límites de esa opción. Pero cuando una sociedad relativamente despolitizada se ve sometida a una agresión tan brutal e inexplicable, muchos de sus miembros empiezan a ponerse a favor de quienes ofrecen soluciones simples y pretendidamente eficaces. A muchos europeos, lo del eje del mal y la claridad moral jaleada por Bush les parecen salidas de vaquero jaquetón, pero qué se les da a tantos americanos espantados por la súbita vulnerabilidad de su sociedad abierta de lo que piensen al otro lado del Atlántico. La timidez de los demócratas en oponerse al presidente refleja en buena medida que un sentimiento así se ha apoderado de muchos de sus seguidores. Para los conservadores parece que vuelve a reír la primavera.

LA CHICHONERA

«De fijo, vamos a pasarnos una buena temporada en el desierto político». Así resumía Paul Krugmann la sensación de agobio que se abate sobre la izquierda americana «Into the Wilderness», The New York Times (8 de noviembre de 2002).. Por su parte, TheEconomist reforzaba ese sentimiento al subrayar que existen indicios de que Bush haya empezado a cambiar el paisaje electoral, rompiendo el empate que ha atenazado a los electores americanos en los años pasados «On His High Horse», The Economist (7 de noviembre de 2002).. Posiblemente ambas sean reacciones sobredeterminadas por la inmediatez, pues hay quien prevé perspectivas más optimistas en el medio plazo.

A finales de los sesenta, Kevin Phillips se jugó su reputación intelectual a la carta de predecir el resurgimiento de los republicanos Kevin Phillips, The Emerging Republican Majority, Arlington House, Nueva York, 1969.. Unas semanas antes del 5 de noviembre, dos conocidos politólogos demócratas aventuraron lo propio con relación a sus colores John B. Judis y Ruy Teixeira, The Emerging Democratic Majority, Scribner, Nueva York, 2002. . La nueva mayoría demócrata que anuncian se apoya en la transición a la economía de servicios o economía postindustrial de los noventa y en la creciente diversidad étnica de la sociedad americana. A los grupos que tradicionalmente han votado al Partido Demócrata –las clases medias y bajas urbanas y suburbanas, las mujeres, los trabajadores sindicados, los negros, los homosexuales, los intelectuales– se va a añadir el de los profesionales –ingenieros, médicos, enfermeros, trabajadores informáticos y demás–. Estos subgrupos han tenido en el pasado la misma orientación política que los pequeños empresarios, pero hoy muchos profesionales dependen de grandes empresas burocráticas de servicios y han perdido la autonomía que caracteriza a aquéllos. Cerca de un 40% de los médicos son hoy trabajadores asalariados y esa tendencia se reproduce en muchas otras profesiones. Por otra parte, las nuevas minorías étnicas –latinos, asiáticos– estarán mejor representadas por los demócratas. Espacialmente, la nueva política postindustrial está estrechamente ligada a las grandes regiones metropolitanas, en las que están surgiendo lo que Judis y Teixeira llaman ideópolis o centros de producción intelectual, lugares como Silicon Valley, Las Vegas, Maricopa County en Arizona, el corredor en torno a Princeton en Nueva Jersey, la conurbación Miami/Palm Beach en Florida, Madison en Wisconsin y tantos otros que surgen por todo el país. Todas estas tendencias confluirán en la formación de una sólida mayoría demócrata en la segunda parte de esta década, pues su consolidación influirá con fuerza en la composición del colegio electoral que proclama a los presidentes americanos. Tal vez la hipótesis, rígidamente sociologista, funcione.

Pero la situación a corto plazo del Partido Demócrata no es fácil. Al día siguiente de las elecciones, se quedó sin dirigentes reconocidos tras la dimisión de Richard Gephardt como jefe de la oposición en la Cámara Baja y la desairada posición de Tom Daschle al perder la mayoría en el Senado. Sólo Al Gore trataba de insuflar un poco de optimismo pro domo sua y le decía a Bárbara Walters en la ABC que los demócratas no tenían que exagerar la dimensión de su derrota. Pero los demócratas saben que Gore es un perdedor.

Los males, sin embargo, no acaban en la crisis de liderazgo. El triunfo republicano va a poner de manifiesto, una vez más, la inestabilidad que afecta a la coalición social de los demócratas desde los años setenta y que Judis y Teixeira no explican; a saber, la falta de intereses comunes entre sus diferentes sectores. Nada más cerrarse los colegios electorales empezaron a saltar chispas entre los liberales y los centristas. Por su parte, John Sweeney, el dirigente del sindicato AFL-CIO, señalaba que, según sus datos postelectorales, una mayoría de trabajadores sindicados no cree que los demócratas tengan un plan claro para superar la crisis económica Dan Baltz, «Challenges on Agenda, Leadership», The Washington Post (7 de noviembre de 2002).. Con plan o sin él, lo que está servida es la crisis de los demócratas. ¿Cuánto durará?

Eso no va a depender sólo ni principalmente de ellos. Bush puede haber realizado ante las elecciones un perfecto camuflaje de los problemas con los que se enfrenta el país, pero no es posible confundir siempre a todo el mundo. La economía envía señales contradictorias pero preocupantes; la inversión no se recupera, en contra de los postulados de los abolicionistas de impuestos; los consumidores pasan por horas bajas; el superávit fiscal que el presidente iba a devolver a los bolsillos de los americanos (a unos más que a otros, como se ha podido comprobar) se ha trocado en un déficit agravado por la escalada belicista; con independencia de que está justificado exigir a Irak que cumpla las resoluciones de Naciones Unidas, si se llega a la guerra, el paseo militar que tantos imaginan puede convertirse en una trampa letal; será difícil mantener la hegemonía americana apoyándola sólo en la fuerza. En fin, hay muchos elementos para pensar que la primavera republicana pueda ser sumamente tormentosa.

En estas circunstancias, algunos piensan que es necesaria una oposición de principios al presidente. Decía Truman que entre un republicano fetén y otro de pega, los electores siempre se decidirán por el primero; por lo mismo, entre un demócrata fetén y otro de pega, aquél convencerá más que éste. Pero los que hoy pasean a Truman deberían saber que el principismo sí es una receta comprobada para el fracaso. ¿Recuerdan a McGovern, a Eugene McCarthy, a Tony Benn en Inglaterra?

La derrota demócrata no ha sido la de su ala moderada, sino la de los incapaces que confunden moderación con ausencia de oposición o caen en el chantaje de que sólo hay una forma de definir los intereses estadounidenses, al modo de la lamentable cúpula política recién vapuleada. Pero hay otras formas de moderación. ¿Acaso se ha olvidado ya lo que hizo a Clinton presidente por dos veces? Además de ponerse la chichonera, los demócratas deberían hablar claro, sí, pero hablar el lenguaje con el que se identifica la gente del común.

01/12/2002

 
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