ARTÍCULO

Fracaso de la utopía

Anagrama, Barcelona, 648 págs.
 

Volver al mundo es una de esas obras que aparecen de tarde en tarde, una novela de las de quitarse el sombrero. Me refiero a ella así, con este desenfado coloquial, para evitar la tentación de ponerme estupendo y utilizar los términos un tanto solemnes requeridos por la ambiciosa empresa intelectual que persigue José Ángel González Sainz a través de una fábula compleja y densa, ensayística, que tira casi al tratado, aunque sin perder su cualidad novelesca.

El empeño del escritor no puede resumirse en dos palabras, pero valga de momento con decir que busca mostrar cómo toda utopía está condenada al fracaso y produce un vacío colosal; y cómo, frente a tan penosa evidencia, sólo queda la alternativa de buscar un refugio en las raíces elementales; la única posibilidad radica en ese «volver al mundo» al cual se refiere el título un tanto enigmáticamente. No es que aquí, en «el mundo», se hallen muchas soluciones, según muestra el argumento, pero al menos el contacto con la naturaleza brinda una vida primitiva, natural, libre de quimeras. Si no trivializara un planteamiento dramático, diría que la anécdota ilustra cómo los protagonistas bajan de las nubes y ponen los pies en tierra.

La almendra anecdótica de Volver al mundo contiene una historia de frustraciones personales, con una leve, casi insignificante proyección colectiva, que desemboca en un nihilismo o, al menos, pesimismo antropológico. Ni un valor de ayer sirve hoy; ni un valor de hoy ha sustituido a los de ayer. Nada queda: predomina la ataraxia, la animalización, la parálisis... No deja de ser significativo que quien de verdad sabe lo que pasa sea un ciego, el único que, digamos, lo «ve» todo. Por encima de la condición humana, más sólida que ésta, lo único realmente sólido, queda la naturaleza: la realidad de la naturaleza –si capto bien el pensamiento del autor– es muy superior a cualquier valor humano, a la moral, a la inteligencia, a la imaginación, a la inventiva... Estas condiciones están encarnadas en distintos personajes, y terminan siempre en fracaso; sólo se salva, quizás, la ternura, presentada como una disposición en sí misma estimable.

Volver al mundo pertenece con toda propiedad al tipo de novela de pensamiento o ensayística, un género cuyo riesgo radica en encontrar el difícil equilibro entre lo especulativo y lo novelesco. Esto último no posee demasiado peso en la obra, pero tampoco carece de la suficiente sustancia como para que no hablemos de novela tout court. Tiene una acción presente concentrada: la muerte enigmática de Miguel provoca un dilatado proceso de reconstrucción de su vida, promovido por la necesidad de conocer de la compañera del difunto, en el que se implican varios amigos, la policía, un juez... Esa actualidad ceñida a unos pocos días recupera un trecho del pasado, finales de los años setenta, cuando Miguel, algunos de los testigos y otros personajes más formaron un núcleo libertario dentro de las organizaciones políticas revolucionarias de entonces. Aquella «organización» violenta se basó en mensajes falaces, estuvo al servicio de las ambiciones personales de su líder y generó agudos conflictos de culpabilidad. El presente acoge los desastrosos resultados de aquella época: ésta determinó el devenir de los protagonistas y ha originado los luctuosos sucesos que dan pie a la novela.

Todo ello, más un secreto vínculo entre el líder y Miguel, descubierto al final, y no ajeno al resto del conflicto, aunque algo retorcido, constituye la base anecdótica suficiente para que se despliegue el complejo discurso de la novela. Un discurso guadianesco, de oraciones largas y léxico culto (salpicado de atrevidos coloquialismos). Un discurso de una morosidad muy grande y radicalmente antinaturalista en la estela de Juan Benet, en quien bebe el autor ya como un discípulo aventajado y original, después de haber superado la imitación admirativa que lastra su primera obra, Los encuentros. La estratificación de la memoria y las circunvoluciones del pensamiento complejo, típicas de la escritura benetiana, están aquí presentes mediante una narración que avanza unos pasos mientras abre nuevos frentes y no termina de cerrar ninguno. Los mismos personajes tienen conciencia de esta tendencia meándrica de su parloteo culto y alambicado, que el autor propicia al menos por un par de razones: una, porque así crea un elemento de suspense que propicia la fidelidad del lector hacia un texto nada complaciente; otra, porque produce un efecto de perspectivismo que relativiza la verdad única de la realidad.

Tal vez González Sainz se recree en la retorización del estilo, como el cantante que busca a todo trance el gracioso do de pecho. Pero es de justicia, tras advertir su trabajo riguroso, señalar que con ello produce una masa verbal un tanto mareante, envolvente, complicada, discursiva, en la que flota perfectamente la acumulación de ideas y percepciones que sostienen el discursivo y filosófico fondo de su narración intelectual. En esa masa verbal se esparcen los indicios que, como las migas de Pulgarcito, van marcando un camino que se sigue, se abandona y se retorna a él.

Este procedimiento está de todo acorde además con la construcción de la novela, donde de nuevo hay que subrayar el plan meticuloso del autor. El relato se «va por las ramas», «da rodeos», «se pierde», porque tiene que hacer verosímil la complejidad de unas sensaciones que conducen nada menos que al «deseo de potencia del hombre» y al descubrimiento del «vacío» radical que propicia el falaz empeño de «volver al mundo» para mitigarlo. Durante más de quinientas páginas de letra pequeña se va preparando el humus moral para que estas reflexiones, expuestas en las últimas páginas ya en términos especulativos, resulten pertinentes. El procedimiento tiene también su correspondencia en el modo de presentar el escenario, que posee la doble condición de un marco real y simbólico (en un nuevo parentesco con Benet). Está diseñado ese espacio con sumo cálculo: pistas sueltas pero precisas (la omnipresente sierra Cebollera y otros detalles realistas) se van sumando hasta nombrar un lugar exacto, un pueblo, Almarza, en cuyas cercanías se centra una historia que, sin embargo, elude mencionar por su nombre propio la tierra de Soria cuyo paisaje, vivenciado a base de fuerza descriptiva, alcanza valor alegórico.

Ocioso me parece discutir en qué punto exacto de la escala del mérito hay que colocar Volver al mundo. No tengo ninguna duda de que muy arriba, ni de que pertenece al rango de las grandes novelas. ¿Una obra maestra? Seguramente sí, y si dudo es porque me queda una reserva sobre la inexcusable necesidad de una extensión algo agobiante. ¿Es imprescindible todo todo lo que dice, describe y diserta? ¿No se da el autor un gusto de verbalismo al precio de causar alguna fatiga al lector? Se entiende que esta clase de novelas de pensamiento no son amenas narraciones de aventuras, pero tampoco hace falta tensar tanto la cuerda. En fin, que la felicidad nunca es completa.

01/12/2003

 
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