ARTÍCULO

Voces de Jerusalén

Siruela, Madrid, 452 págs.
Trad. Raquel García Lozano
Galaxia Gutemberg/Círculos de Lectores, Barcelona, 460 págs.
Trad. de Manuel Pereira
Tusquets, Barcelona, 416 págs.
Trad. de Ana María Bejarano y Jordi Font
Siruela, Madrrid, 432 págs.
Trad. de María Corniero
Siruela, Madrid, 460 págs.
Trad. de María Corniero
Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 352 págs.
Trad. de Ana Mª Bejarano
Salamandra, Barcelona, 380 págs.
Trad. de Ana Mª Bejarano
 

No soy capaz de imaginar a estas alturas a un lector del planeta tan despojado de sensibilidad que pueda abordar la literatura que se escribe en Israel, proceda del interior de la comunidad judía o la palestina, sin vincular tal ejercicio con las imágenes espeluznantes del terror cotidiano, de los niños muertos, los tanques y los aviones israelíes arrasando barrios y aldeas, los destrozos de las bombas de los suicidas, la expulsión sistemática de las gentes de sus propias tierras, el impune apartheid impuesto a la comunidad palestina... Probablemente, incluso, tales lecturas constituyan para muchos un intento de comprender algo de lo que allí pasa, de asomarse a las vidas de quienes participan en ese horror o lo sufren, o lo ignoran, o lo pagan... No pocas veces la literatura es el único medio de asomarse a existencias y relaciones que se nos antojan, por lo espantosas, inimaginables, irrepresentables.

Tsruyá Shalev nació en el kibbutz Kinneret en 1959, pertenece a una familia de escritores renombrados y cursó estudios bíblicos y de la historia de Israel. Escritora de poesía, Vida amorosa es su primera novela, que alcanzó notable éxito en Israel y en otros países como Alemania. Se trata del relato, asfixiante y angustioso, de una relación amorosa, la que sostiene fuera del matrimonio la joven y comedida profesora Yaara con un inquietante viejo amigo de su padre, Arieh, hombre curtido de extrañas actividades y pasado (vinculado a los servicios de información israelíes), mucho mayor que ella, que la sumerge en unas relaciones próximas al sadomasoquismo, en las que aparecen alternativamente la crueldad, la depredación, el sometimiento, el complejo de culpa y un erotismo apremiante y desbordado que parece constituirse en el principal motor de la relación. Shalev construye con estos ingredientes una narración intensa y obsesiva que indaga tanto en el presente y los antecedentes de la sociedad israelí como, sobre todo, en los recovecos, próximos a la perversidad, de sus personajes. Éstos, refinados y cultos, en apariencia de espíritu abierto, nos van revelando, sin embargo, su peligroso confinamiento en el interior de una cultura nacional-religiosa que aterra sus vidas, pero de la que, al parecer, no quieren o no pueden escapar. La transgresión, en este caso, conduce a la nada de la amargura o al castigo.

En cuanto a la vibrante novela Elagente de Su Majestad (1977), del veterano (fallecido en 1997) David Shahar, constituye en cierto modo una excepción en el conjunto de libros que comentamos. Si bien su autor comparte eso que podríamos llamar formación religioso-cultural judaica, no sólo un entorno o una herencia, sino un modo (bíblico) de ver el mundo y de juzgar a los «gentiles» –es decir, a todos los que no son judíos–, a diferencia de los demás escritores que comentamos, hunde sus raíces y edifica sus tradiciones culturales y literarias en la Jerusalén anterior a la formación del Estado de Israel, y en las herencias europeas. Ello, por sí solo, le proporciona un punto de vista diferente: su mundo es un mundo de partida mestizo; los musulmanes, para él, no son extranjeros o beduinos extraños, sino habitantes del mismo territorio y comunidad y, por tanto, seres humanos visibles, por mucho que, en la medida en que se oponen o no comprenden la «necesidad» del Estado de Israel como patria de una diáspora que con su constitución se toma la revancha y se libra de siglos de persecución, matanzas y ostracismo, sean también enemigos... Mediante las peripecias político-militares pero también sentimentales y eróticas de un alemán de origen judío al servicio de la inteligencia británica durante la segunda guerra mundial, que luego se verá enredado en el grupo radical (terrorista se diría ahora) Irgun, se despliega la historia del proyecto de Israel a partir de los años treinta, y de su convulsa constitución y consolidación con la guerra del Yom Kipur. Tanto la personalidad del protagonista, un hombre complejo, sutil y de chocante concepto de la vida y de las costumbres, como la distanciada ironía del narrador en el abordaje de las peripecias que relata, contribuyen a edificar una historia infrecuentemente no dogmática, aunque finalmente sepamos que siempre ha de prevalecer la defensa a ultranza de ese designio –fraguado y hecho al fin realidad tras el horror del genocidio nazi– de fundar una patria a expensas de quienes vivían con anterioridad en el territorio elegido.

Amos Oz (Jerusalén, 1939), uno de los principales exponentes de lo que podríamos llamar literatura crítica dentro del actual Estado de Israel, es ya sobradamente conocido entre los lectores españoles inquietos gracias a numerosas novelas suyas traducidas, como Las mujeres de Yoel, Tocar el agua o tocar el viento, La tercera condición, No digas noche o Una pantera en el sótano, que en conjunto asumen el reto de afrontar las contradicciones internas de una sociedad israelí en permanente estado de sitio, sacudida por el fanatismo pese a las apariencias, fundada en la violencia y en el miedo. En este caso, el riesgo asumido es el de sumergirse en la existencia de los miembros de un kibbutz durante los meses inmediatamente anteriores a la guerra del 67. A través de las personalidades de dos integrantes de la organización, Yonatán Lifschtiz, hijo desesperanzado y descreído de uno de los activistas fundadores del Estado, y Azarías Gitlin, un personaje recién llegado de la diáspora rusa, Oz reconstruye las aspiraciones, la ideología y las normas claustrofóbicas del kibbutz, y mediante los personajes citados, la contradicción entre la rebeldía de quien ya no puede soportar lo que conoce como prisión, y el entusiasmo del que busca un hogar edificado sobre sus propios sufrimientos y la promesa de una patria. Los palestinos (siempre «árabes» en el texto) no tienen cara, pero son presencias despojadas, de la tierra, de la vida misma, que planean como una culpa informe sobre la cotidianidad de los colonos.

David Grossman (Jerusalén, 1954) es otro de los cabezas de fila de la intelectualidad crítica israelí y con sus novelas ha demostrado una especial facultad para dar cuenta de la vida interior de personajes diversos de ese mundo misterioso que es Israel, muy particularmente Jerusalén. Véase amor o Chico zigzag son dos de sus principales novelas anteriores traducidas al castellano, la segunda demostrativa de su interés por indagar, con una sensibilidad y una capacidad de penetración extremas, en el mundo de los niños. El libro de la gramática interna (1991) desarrolla ese designio literario y humano pero, a diferencia del caso anterior, no se permite aquí complacencia ninguna ni superficialidad a propósito de la supuesta felicidad de la pubertad y sus aledaños... Aharon Kleinfeld, doce años, cabecilla de un grupo de niños en un extrarradio judío (para el narrador no existen otros) de Jerusalén, de aguzada sensibilidad, capacidad de iniciativa e imaginación, se niega a crecer durante tres años, justamente mientras sus antiguos compañeros de juegos comienzan a comprometerse con el movimiento sionista. Prisionero de su propio cuerpo que se niega a obedecerle, de las relaciones de dependencia afectiva respecto a sus padres, asiste a una evolución intolerable de las relaciones humanas y de su propia subjetividad que le induce al aislamiento, a la inacción absoluta, a la observación pornográfica de su entorno familiar. Temor, soledad (presuntamente característicos de la pubertad), perplejidad (u horror) ante la realidad del país que, por otra parte, no aparece más que mediante imágenes fragmentarias y concretas, a ras de suelo.

Bayta Gur (Tel Aviv, 1947). La serie policíaca de esta escritora, organizada en torno al personaje del comisario israelí Michael Ohayon, ha obtenido un resonante éxito mundial con sus ya numerosas entregas (varias de ellas traducidas al castellano). Se trata desde luego de novelas de género, pero que, como es propio, mediante el esclarecimiento de sucesivos crímenes, llevan a cabo un nada superficial reconocimiento de la sociedad contemporánea de Israel. Asesinato en el kibbutz actúa de tal modo, tomando como elemento de partida una extraña muerte en una de estas instituciones, hecho que permite a nuestro detective desplegar sus habilidades en el interior de una comunidad asfixiante y profundamente ideologizada, cuyo modelo aparece hace tiempo abocado a la extinción o a la metamorfosis empresarial (como aprendemos en la novela), lo que da lugar a una aguda crisis tanto en su dimensión colectiva como en la conciencia de los individuos que en ella conviven.

Un asesinato musical se concentra, en cambio, en unos personajes sensibles y cultos, amantes de la música e intérpretes brillantes de ella que, con ocasión del oportuno crimen, deben enfrentarse, de nuevo gracias a los buenos oficios de Ohayon, a los territorios escondidos de sus existencias, a los complejos personales y nacionales, a los prejuicios, herencias y temores de una sociedad acerca de la que ya todos saben que no es ni será nunca un paraíso. Perteneciente a buen seguro a la izquierda israelí, se diría que Bayta Gur, con suavidad y sin alharacas, se empeña en ahondar en los elementos velados de la crisis de su propio mundo a través de sus crímenes; hecho infrecuente, en sus novelas nos proporciona reveladores datos concretos acerca de su estratificación social (vinculada a la procedencia geográfica y cultural de los colonos), y hasta podemos encontrar palestinos de carne y hueso, en las comisarías u oficiando de jornaleros.

Finalmente, Por amor a Judit es la primera novela que se vierte al castellano (que sepamos) del ya consagrado Meir Shalev (Galilea, 1948), autor de varias otras, periodista famoso y presentador de televisión ahora dedicado en exclusiva a la literatura, con residencia en Jerusalén. Esta novela constituye una peculiar saga edificada a partir del personaje de Judit, madre de Zeide, cuya voz nos conduce por los vericuetos del pasado de aquélla y de los tres hombres que la amaron y que se disputan la paternidad del narrador. La historia está edificada sobre una pequeña comunidad campesina en los inicios del Estado de Israel y, en clave «mágica», entremezcla las percepciones del destino de sus personajes con los olores, los colores y los sonidos del mundo rural, para ofrecernos la transfiguración del mundo en una aldea, siempre con el designio de desvelar las claves del personaje femenino y apabullante de Judit.

01/10/2002

 
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