ARTÍCULO

La habitación de la conciencia

Planeta, Barcelona
350 pp. 20,50 €
 

La novela moderna es el teatro de la interioridad. Mientras que la ciencia, como le encanta repetir al filósofo de la mente Jerry Fodor, parece no tener «la menor idea» de cómo funciona la conciencia por dentro, la novela puede representar con fidelidad la impresión que nos hacemos de nuestro mundo privado. Al revés de los científicos, además, los novelistas han conseguido sacar provecho a la noción de que la interioridad es inherentemente problemática. Henry James, uno de los primeros escritores en teorizar al respecto, advirtió que «la experiencia nunca es limitada ni completa; es una inmensa sensibilidad, una especie de telaraña gigantesca [...] suspendida en la habitación de la conciencia». La «totalidad de la conciencia» era el tema de James por excelencia, y en sus novelas, más que una descripción del mundo, vemos la descripción de cómo alguien percibe un mundo. Virginia Woolf, heredera de esa visión, también partió de la idea de que «la mente recibe una miríada de impresiones, una lluvia de átomos innumerables», para afirmar que el novelista debe «registrar los átomos a medida que caen en la mente, en el orden en que lo hacen, ver una figura, por incoherente que parezca».
Este tipo de novela se opone a la novelas de peripecias. Por un lado, a un nivel tan minúsculo de observación, ni las aventuras ni los héroes son necesarios; pero, además, los novelistas «de interiores» suelen renegar de lo heroico, prefiriendo los momentos reveladores de la cotidianeidad. Mrs. Dalloway, de Woolf, es el ejemplo clásico de narración en donde, estrictamente, pasa muy poco, pero lo poco que pasa define los contornos de una fascinante silueta psicológica. Álvaro Pombo, que ha sido llamado con pertinencia el «Henry James español» y debe tanto o más a Woolf, es un heredero directo de esta tradición, aunque al mismo tiempo, como todo talento individual de peso, usa la riqueza de sus predecesores para construir un camino propio. Pombo ha llamado a sus libros «estudios psicológicos o sociológicos»; Contra natura, por ejemplo, ofrece un retrato psicológico ajustadísimo de cuatro personajes homosexuales, mientras que La fortuna de Matilda Turpin cartografía los pensamientos y las sensaciones de varias personas frente a la protagonista ausente y muerta del título. Pero Pombo es uno de los pocos autores que logra quedarse, sin dejar signos de violencia narrativa, con el oro y el moro, y no sólo se interesa por el estudio de personajes, sino además por las tramas. Pombo «arma» sus libros, los «desarrolla», les da forma. Virginia o el interior del mundo no es la excepción. Pese a su envergadura, la novela se sustenta en un argumento menor, disminuido como el horizonte del personaje. Virginia, una acomodada heredera de la sociedad santanderina de los años veinte del siglo pasado, cuya familia hizo fortuna en el comercio de harinas, es una soltera «algo entrada en años», que experimenta «un tedio treintañero con los pretendientes». De adolescente se enamoró del hijo de su cocinera, un muchacho llamado Casimiro que murió en las guerras de África de principios de siglo y al que ella le guarda un duelo secreto e inexplicable. En parte por ello, rechaza a su pretendiente más serio, el doctor Anselmo. Como último recurso, Virginia intenta comunicarse con Casimiro a través de una pareja de grotescos espiritistas. Y todos los personajes, en el final de la novela, asisten a una sesión donde, con lujo de detalles teatrales y desvanecimientos de la médium, se convoca al muerto. Sin revelar el desenlace, cabe decir que los mecanismos de la trama parecen los de un relato, o lo sumo de una nouvelle à la Flaubert. Pero Pombo no tiene nada de Flaubert, y lo que hace en las cuatrocientas páginas de su libro es armar un retrato expansivo del personaje de Virginia.
Mientras el retrato se expande –y aquí no hay un aire de paradoja– la novela va circunscribiendo su área de acción, como las clasificaciones naturales que pasan por el género, la especie y demás para llegar al individuo. Al comienzo de la historia, vemos que la protagonista, pese a ciertas excentricidades de carácter, es un miembro típico de su clase, la burguesía santanderina. Los diálogos con su primo, su lenguaje, su presunto «socialismo» de moda, la sitúan en una precisa red social. Casi se diría que estamos en una comedia de costumbres. Pombo hace alusión, de hecho, a las «comparaciones entre el mundo novelesco de Jane Austen y el mundo casamentero del Santander estival». Y Santander es, por supuesto, el lugar de veraneo de los monarcas: la ciudad «gira en torno al verano regio». Este mundillo, en un sentido, es «el mundo» del título, pero pronto Virginia se repliega hacia lo «interior», una frase que conforme avanza la novela se carga de matices metafísicos. La inquietud que aleja, en principio, al personaje de la sociedad se sintetiza en una pregunta del narrador: «¿Qué papel puede tener Virginia?» O, en boca del personaje: «¿Cuál es, como mujer, mi destino ético?» Virginia no consigue responder a ninguna de las dos satisfactoriamente. «Destino ético» no es una frase que el autor tome a la ligera, y Virginia o el interior del mundo, como novela de amor truncado, encierra una reflexión feminista sobre el rol de la mujer en cierto momento histórico. Es en este sentido una novela revisionista. Ante opciones exiguas –ser madre, ser esposa, ser activista social– Virginia se abandona a sí misma en un acto que no pretende ser sino privado pero acaba siendo socialmente escandaloso. «Virginia Montes no se vivía a si misma [...] como una persona enferma o trastornada, de hecho no estaba trastornada, sólo que el mundo exterior, los afectos exteriores, se habían ido apagando poco a poco y no podía hacerlos brillar de nuevo, ni quería». En un momento Virginia, que no desea casarse, le propone a su pretendiente ser amantes, escandalizándolo. Más tarde Virginia dice: «Me pides que salga de mi conciencia aislada y paralizada y que entre contigo en el mundo común, que es, por supuesto, noble y digno de vivirse. Ahí es donde no quiero entrar, donde no puedo entrar».
Por qué Virginia no quiere entrar en ese mundo es uno de los interrogantes centrales de una novela que interroga el sentido de la interioridad. El espectro de Casimiro, el amante muerto, es el detonador narrativo, pero el texto es más interesante en sus inestabilidades metafísicas. ¿Qué es lo que lleva a la protagonista a ser como es?  O «¿en qué consiste la cerrazón de una conciencia?», como dice el narrador, para responder: «Todos en mayor o menor medida, todos los lectores, hemos vivido en propia carne, y también hemos visto reflejado en otros, esta actitud que quizá quepa describir como un regreso a una posición fetal mental. Como si nuestra conciencia se recogiera acurrucada sobre sí misma, como si mediante el gesto de recogimiento y de arrugamiento pretendiéramos recuperar una posición prenatal, vital y prenatal, en la que fuéramos oscuramente conscientes, no reflexivamente conscientes, sino vitalmente conscientes de la palpitación de nuestra propia vida». Pero nótese la tautología, sin duda voluntaria, del pasaje. Una «posición mental fetal» es «un acurrucamiento» y después lo «prenatal». Como explicación de la cerrazón de Virginia no es gran cosa, pero como pasaje metafórico, que atisba más de lo que dice, transmite muy bien la sensación de deriva interior que hostiga a la protagonista. Más que para James o Woolf, para Pombo el interior del mundo parecería ser un misterio. 

01/06/2009

 
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