ARTÍCULO

Violencia y Kulturkampf: Cómo surgió el Tercer Reich

Tomo I: Ascensión, traducido del inglés por Holger Fliessbach y Udo Rennert, Deutsche Verlags-Anstalt, Múnich
 

La Deutsche Verlags-Anstalt había prometido con gran aparato publicitario una «panorámica total» definitiva del Tercer Reich. El primero de tres voluminosos tomos debía aparecer en octubre de 2003, puntualmente para la Feria del Libro de Fránfort. El hecho de que se haya retrasado cinco meses esa fecha tiene sus ventajas, pues en este lapso de tiempo el autor ha podido llevar a cabo algunas importantes correcciones de contenido y hacer ampliaciones. Gracias a ello la edición alemana resulta considerablemente más extensa que la inglesa. Sin embargo, el autor y su editor debían haberse tomado aún más tiempo para evitar cierto número de errores, imprecisiones y descuidos que han quedado sin corregir. Quizás entonces Hermann Göring, Rudolf Hess y Ernst Röhm no aparecerían sólo en el texto sino también en el índice onomástico.

El historiador Richard J. Evans, nacido en 1947 y profesor de la Universidad de Cambridge, se ha destacado desde hace casi treinta años como conocedor de la historia alemana de los siglos XIX y XX con una numerosa serie de publicaciones, especialmente sobre el movimiento de liberación de la mujer, el movimiento obrero y los bajos fondos. Evans se propone con este ambicioso proyecto de una «panorámica total» del Tercer Reich rellenar las lagunas que aún subsistían después de la «panorámica total» que daba Michael Burleigh en Die Zeit des Nationalsozialismus (2000), reseñada en el número 55-56 de Revista de libros (julioagosto de 2001). Desde luego, tampoco la exhaustiva biografía sobre Hitler de Ian Kershaw –reseñada a su vez en el mismo número de Revista de libros – coincide totalmente con el objetivo de Evans. En la obra de éste Hitler no aparece hasta la página 244. Como la cuestión a debate es cómo pudo surgir el Tercer Reich, resulta ineludible reconstruir su prehistoria e iluminar sus orígenes ideológicos. Evans sigue aquí sobre todo al politólogo Karl Dietrich Bracher, quien ya en los años sesenta presentó el análisis más profundo de la toma del poder nacionalsocialista, pero no pretende ofrecer una obra capital científica. En la buena tradición inglesa prefiere una «exposición narrada» tomando como ejemplo al periodista norteamericano William L. Shirer, cuyo best seller Ascensión y caída del Tercer Reich del año 1960 es el libro sobre este tema internacionalmente más conocido. La trilogía no se dirige, pues, principalmente a los especialistas sino a lectores «que no saben nada o saben muy poco del tema y quisieran conocerlo mejor». Ahora bien, habrá que ver si este gran grupo de hipotéticos lectores está dispuesto a ir adquiriendo los tres gruesos tomos y a leerlos hasta el final.

La prehistoria del Tercer Reich empieza para Evans con Bismarck y con la fundación, en 1871, del Imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. Según él, este acontecimiento es el primero de la historia alemana «que puede relacionarse verdaderamente con la aparición del Tercer Reich en 1933». Sólo sesenta años, más o menos, separan ambas fechas. La época hasta la Primera Guerra Mundial es reducida por el autor a unas escasas ochenta páginas, en las que trata de pasada el militarismo del Estado y la sociedad, el nacionalismo de las masas –un fenómeno europeo, sin duda– y el «espíritu belicista de 1914». Con más detalle entra en la cuestión del antisemitismo, al que, según él, fue inmune la clase obrera –una exculpación muy general– y echa mano de la habitual galería de ancestros de ideólogos y demagogos enemigos de los judíos. Para Evans la revolución de noviembre del año 1918 no es más que «una caída en el caos», la nueva república no es nada más que una «democracia fracasada» y la cultura de Weimar rebosa cinismo y está «obsesa con los asesinatos y las matanzas, el libertinaje y el crimen». Todo esto no sólo no es nada nuevo, como le reprochan al autor la mayoría de los críticos, sino que constituye una serie de juicios de tendenciosidad evidente. Hasta que surge Hitler, este primer tomo se parece en sus mejores páginas a un compendio sólido escrito con estilo fluido; en sus peores páginas, sin embargo, recuerda a una colección de caricaturas.

Ya al comienzo de su prólogo, Evans anticipa la respuesta a la pregunta de cómo llegaron los nacionalsocialistas al poder: «Por una combinación de éxitos electorales y de violencia masiva en los años de la crisis económica mundial de 1929 a 1933». Esto, desde luego, es cierto, pero es banal y no ofrece una explicación especialmente convincente. Sobre la cuestión de las elecciones, Evans se apoya en el análisis exhaustivo de Jürgen W. Falters Hitlers Wähler (1991), del que extrae numerosas cifras porcentuales. Michael Burleigh ya situó el tema de la violencia política en el centro de su análisis y lo apoyó con numerosos ejemplos. A pesar de ello, las descripciones de Evans sobre los excesos violentos de la SA antes de la toma del poder por los nacionalsocialistas y el terror político posterior constituyen los párrafos más convincentes de su libro.

Éste contiene junto a aspectos muy flojos algunos puntos fuertes. Por un lado, Evans deja en la penumbra a las élites dominantes de la república de Weimar, sus intereses y sus alianzas, incluidas las intrigas que condujeron a la entrega del poder a Hitler. Por otro lado, Evans gusta de adoptar la perspectiva del ciudadano «normal», en cuyo lugar individual se coloca y al que deja tomar la palabra una y otra vez. Con preferencia y con frecuencia cita los diarios de Victor Klemperer, publicados póstumamente en 1995. Mientras Evans trata sólo superficialmente la política parlamentaria y gubernamental de Weimar, indudablemente intrincada, enfoca con considerable perspicacia estados de ánimo, miedos y tendencias colectivas. Precisamente en ellas pudo influir con éxito el movimiento nacionalsocialista. Evans describe con detalle, pero sin perderse en minucias, la génesis, la pluralidad en la organización y los métodos de reclutamiento y propaganda de este movimiento.

El contenido «carismático» del mito del «Führer», que Kershaw resalta, tiene menos importancia para Evans. Esto se corresponde con la intención de no exagerar la posición de Hitler en el Tercer Reich, de no reducir todos los aspectos esenciales del régimen a la voluntad de un dictador omnipotente. Pero al menos en un terreno, como sugiere el capítulo titulado «La revolución cultural de Hitler», Evans ve a Hitler en un papel principal: en la «limpieza» cultural y la nivelación ideológica (Gleichschaltung) que se inició inmediatamente en 1933. Hitler pretendió eliminar todas las supuestas influencias extranjeras de la vida cultural alemana y expulsar sobre todo a los judíos de la «comunidad nacional», para luego conquistar el «alma alemana» y modelarla según criterios «arios». A esta revolución cultural que debía desembocar en una «utopía de raza» el autor dedica el último capítulo del primer volumen, tan rico en material como en conocimientos.

La tesis propugnada no sólo por los historiadores, según la cual una Alemania políticamente atrasada y con la vista dirigida hacia atrás había seguido un camino particular que favoreció un sistema antiparlamentario, autoritario y jerárquico, está superada para Evans. Con la mayoría de los historiadores actuales comparte la opinión de que hacia 1900 la sociedad alemana no era atrasada sino más bien moderna. Esta idea es válida sobre todo para la pujante burguesía. Evans constata: «Faltara lo que le faltara a Alemania en los años veinte del siglo XX, no era escasez de compromiso y convicción políticos, sino más bien todo lo contrario». El autor de esta afirmación parece no comprender que el nacionalsocialismo utilizó precisamente ese compromiso y esa convicción para sus propios objetivos.

Evans subraya repetidamente que el triunfo del nacionalsocialismo no fue en absoluto un proceso históricamente poco menos que fatal e inevitable. Las cosas podían haber evolucionado de manera muy distinta. Pero, tras varios momentos culminantes de la historia alemana –revolución de noviembre de 1918, Paz de Versalles de 1919, gobierno Brüning de 1930, golpe de Estado de Von Papen en julio de 1932 y posible escisión del NSDAP en diciembre de 1932–, el margen se iba reduciendo y las opciones alternativas se perdieron. Desde el punto de vista de Evans, los nacionalsocialistas no disponían de «un plan determinado para reordenar la sociedad». Apoyándose en Die Revolution des Nihilismus (1938), de Hermann Rauschning, y en el juicio de Alan Bullock sobre Hitler en su libro de 1953 ––tesis consideradas hoy precipitadas y equivocadas–, Evans cree que los nacionalsocialistas dirigentes sólo perseguían el objetivo de conquistar el poder político y que su asalto al poder carecía por completo de un carácter revolucionario en el sentido clásico. Según Evans, el nacionalsocialismo pretendía una síntesis de elementos revolucionarios y restauradores, o, en palabras de Hitler, una revolución que restableciera «el desarrollo natural» de la historia alemana, es decir, que desembocara en una evolución. Los dos tomos siguientes tendrán que mostrar cómo tras unos años de dictadura, que permitió a la gran masa del pueblo alemán una cierta normalidad cotidiana, la guerra que se perdía conduciría a una extrema radicalización política.

01/09/2004

 
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