ARTÍCULO

Viena de entreguerras: un mundo nada atrayente

Destino, Barcelona
Trad. de Jordi Ibáñez, Antón Dieterich, Amalia Bosch Benítez, Elvira Martín y Annie Reney, revisada por Joan Parra
232 pp. 18 €
Destino, Barcelona
Trad. de Jordi Ibáñez, Antón Dieterich, Amalia Bosch Benítez, Elvira Martín y Annie Reney, revisada por Joan Parra
224 pp. 18 €
Destino, Barcelona
Trad. de Jordi Ibáñez, Antón Dieterich, Amalia Bosch Benítez, Elvira Martín y Annie Reney, revisada por Joan Parra
216 pp. 17,50 €
Destino, Barcelona
Trad. de Jordi Ibáñez, Antón Dieterich, Amalia Bosch Benítez, Elvira Martín y Annie Reney, revisada por Joan Parra
278 pp. 18 €
 

Tanto la vida como la obra de Leo Perutz, asendereadas por efecto de la crueldad de los tiempos y de la volubilidad humana, estuvieron (la segunda continúa estándolo) sometidas a los vaivenes de la fortuna. Nacido en la Praga del Imperio austrohúngaro en 1882, en el seno de una familia de origen sefardí y de expresión alemana, estudió matemáticas en Viena, donde residió desde muy pronto y entró a trabajar en una gran compañía de seguros. Comenzó a publicar relatos y artículos en la prensa diaria, hasta que, en 1915, apareció su primera novela, La tercera bala. Ese mismo año es movilizado al frente del Este, donde resulta herido de gravedad. A partir de entonces se dedica por entero a la escritura y publica sus originales novelas a buen ritmo (El marqués de Bolibar, El maestro del juicio final, Turlupin...), y en 1928, año en que fallece su esposa Ida tras una década de matrimonio, se encuentra en el apogeo del éxito literario en todo el ámbito de la lengua alemana, con un estilo ya bien diferenciado y preciso que, si bien consagra a la tarea de desentrañar con agudeza crítica la sociedad agonizante en que se inserta, sirve a la construcción de historias siempre cargadas de peripecias y acontecimientos, una literatura divertida y sorprendente (una suerte de «Kafka aventurero», dirá Borges): por un lado, en la estela de lo fantástico; por otro, partícipe de un hondo pesimismo (la historia europea es para él una sucesión de matanzas, una «guerra con pausas»), estímulo constante de su indagación. Con el ascenso del nazismo comienza a tener dificultades, y en 1933 se le prohíbe la publicación de La nieve de San Pedro, una narración que novela la manipulación política. Las dificultades prosiguen (El caballero sueco, por ejemplo, es prohibida en Alemania) y se tornan para él definitivamente insoportables en 1938, con El Anschluss, de modo que abandona Viena y se instala en Tel Aviv. El exilio y la guerra, además del horror, le traen el olvido y el alejamiento. Ello pese a que, entre otros, Borges lo «redescubriera», declarara su admiración por su obra y la hiciera traducir en Argentina. De ese período, en plena guerra mundial y en este último país, datan al menos tres películas basadas en obras suyas, como es el caso de Una vez en la vida, cuya adaptación cinematográfica firma Jacobo Muchnik, el padre de quien, décadas después, sería uno de sus editores en España. Perutz regresa a Viena en 1950, y poco después publica De noche sobre el puente de piedra. Muere en agosto de 1957 en Bad Ischl, Austria, dos años antes de que aparezca su obra póstuma, El Judas de Leonardo, novela que tenía en proyecto al menos desde 1937 y que él dejó titulada «El Judas de la Cena».
Diversas editoriales españolas han venido prestando atención a la poderosa y original obra narrativa de Perutz en las últimas décadas (Muchnik, Tusquets, Alianza, Debate), publicando al menos nueve novelas suyas de entre las más significativas. Es Destino quien recientemente ha recogido el testigo con la edición, por ahora, de las tres que reseñamos, recuperando alguna traducción anterior y encargando otras nuevas.
El maestro del juicio final, que ha sido con frecuencia calificada de su obra maestra, es sin duda una novela excepcional y una muestra ejemplar de la narrativa de Perutz. La historia se inicia con una trama casi detectivesca: la muerte por aparente suicidio de un actor afamado desvela diversos detalles ocultos del personaje, como el hecho de que su carrera está en declive, la ruina del banco en el que guarda todos sus ahorros, así como las anteriores relaciones de su reciente viuda con el barón Von Yocsch (que éste no se resigna a dar por terminadas) y ciertas incidencias que parecen vincular a éste con la muerte del primero. La indagación que se sigue de ello, en la que el barón va a contar con la ayuda de un tenaz y enigmático ingeniero amigo de la familia, quiere vincular esa muerte con otros extraños y recientes suicidios de los que ha dado cuenta la prensa. A partir de aquí, la narración, que hasta entonces se ha inscrito en los límites de lo estrictamente realista, aunque cargada sutil y progresivamente de angustia, da un giro y se instala en el terreno de lo irracional, donde Perutz nos conduce con delicadeza y dominio para llevarnos a la posible conclusión de que, bajo el mundo que consideramos real, discurre otro, el de la muerte, en el que penetran los personajes de la novela, y nosotros junto con ellos (merced habrá que referirse al artificio a unas anotaciones del desgraciado barón). Como en bastantes otros relatos suyos, vecinos del cuento, alquimia, magia, cábala y hechos extraordinarios se concitan, sin amago siquiera de esoterismo, para desvelar secretos, para exhibir anacronismos.
La póstuma El Judas de Leonardo se inicia con las quejas ante el duque de Milán del prior del convento de Santa Maria delle Grazie, donde Leonardo da Vinci está pintando La última cena. El artista no puede dar fin a la obra porque no encuentra un rostro para Judas, y pospone con pretextos diversos y sugerentes estratagemas (que dan inicio a uno de los planos de la novela: la reflexión acerca del arte, sus relaciones con el poder y su proceso de creación) el remate del fresco. Comenzamos a sumergirnos con deleite en las intrigas palaciegas y las indagaciones artísticas (¿cómo dar con las facciones y expresión que manifiesten la perversión de Judas, supremo traidor y miserable?), cuando, al ver pasar Leonardo por el patio al mercader Joachim Behaim desde la cámara ducal, la acción experimenta un giro insospechado. Este comerciante ha llegado a la ciudad con intención de tratar en caballos y lograr el cobro de cierta cantidad que le adeuda el viejo usurero Boccetta, padre a su vez de una bellísima muchacha. Perutz deja así plantado al artista y sus apremios, y traslada la acción a las peripecias del comerciante y el avaro, el segundo de los cuales va apareciendo ante nosotros, egoísta, mezquino, cobarde, como el probable prototipo de Judas. Pero las intenciones de Perutz son más ambiciosas y sutiles. En un constante juego con los sentimientos del lector (honradez frente a crueldad, amor y miseria, generosidad y avaricia, ancianidad y crueldad, dramatismo y comicidad), asistimos a una búsqueda de los secretos de estos seres humanos, de los móviles que determinan sus acciones y a una indagación de la época en que viven. Naturalmente, Leonardo encuentra su modelo y la pintura puede ser rematada, pero sólo después de que los rasgos de Judas hayan sido actualizados. El mal que busca Perutz es concreto, o tiene forma concreta en cada época y lugar, y se encuentra donde menos se lo espera. Él consigue hallarlo merced a un itinerario que va de la esperanza a la abyección, un camino que el arte debe recorrer, nos sugiere en este relato memorable, para alcanzar a reali­zarse.
En Mientras dan las nueve, publicada en 1918 y la más reciente de las recuperadas por Destino, Perutz compone una especie de thriller enigmático que, con una trama en apariencia sencillísima, consigue transmitirnos la visión de una Viena prebélica inquietante y amenazadora. No puede extrañar que Alfred Hitchcock se inspirara en varias de las escenas de este relato para una de sus películas. El estudiante Stanislau Demba, que sobrevive gracias a la escasa paga que recibe de los editores por sus traducciones (el propio Perutz había trabajado traduciendo literatura francesa), recorre frenético las calles de la ciudad tropezando a cada paso con un nuevo peligro. Los viandantes en apariencia más inocentes, las criadas que cuidan niños en el parque, la patrona de una pequeña tienda, un par de filólogos tronados, abogados, médicos, camareros de esta Viena en apariencia acogedora y desde luego educada y correcta surgen de pronto ante nosotros como peligros, como amenazas inconscientes y ciegas, por efecto de un artificio sencillo aunque perfecto. Algo persigue a Demba, algo inconcreto que sólo más allá de la mitad de la novela conocemos y que le impulsa a quebrar las precisas e intocables reglas de urbanidad de este universo para conseguir a tiempo, antes de que el reloj dé las nueve, algo que debe permitirle conservar su dignidad, en apariencia en peligro. Por evidente respeto al interés de la trama, dejamos a un lado en qué consisten tales secretos. Baste comentar, fuera de lo dicho y de afirmar que el artilugio narrativo funciona a la perfección, que ya están presentes aquí las dotes que distinguirán la literatura de Perutz, en particular su capacidad para dibujar paisajes (humanos, urbanos) de angustia y terror, para desvelar las pesadillas que alientan tras las sonrisas corteses y la apariencia de normalidad. 

01/10/2007

 
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