ARTÍCULO

Más allá de la nada

Menoscuarto, Palencia
468 pp. 23,50 €
Destino, Barcelona
160 pp. 17 €
Destino, Barcelona
286 pp. 19 €
 

Imposible imaginar una estrella más fugaz en el firmamento literario de España que la de Carmen Laforet. Una vez terminada la Guerra Civil, pero con la conflictiva paz recién inaugurada, su gran novela Nada parecía expresar todo un mundo que ha quedado hecho trizas por el horror, al tiempo que daba cuenta de los esfuerzos de una nueva generación por buscar una alternativa y construir su propia libertad. Los jóvenes que tenían la esperanza de una vida mejor se veían frustrados por las costumbres hipócritas y mezquinas de los que habían sobrevivido al cataclismo. Carmen Laforet, quien por aquel entonces tenía solamente veintitrés años, parecía haberse insinuado en el corazón carcomido de este mundo que había engendrado únicamente la nada de la muerte.
Al resultar triunfadora en la primera edición del Premio Nadal a principios del año 1945 con esta novela, su carrera como escritora que vendía pero también como creadora de literatura de calidad parecía asegurada. Sin embargo, no resultó tan fácil reproducir el éxito de su primer libro. Tras casarse muy joven, de pronto se encontró cumpliendo con el papel de esposa y, enseguida, con el de madre. Buscar el tiempo libre para poder escribir se volvió una lucha cotidiana, con el agravante de cuestionarse siempre si realmente valía la pena dedicarse a escribir sus ideas y emociones en lugar de cuidar a su marido y a sus hijos. Parecía que tenía que tomar una decisión: ¿ser escritora o ser esposa?
Estas preocupaciones pronto se convirtieron para Carmen Laforet en una profunda crisis espiritual. Bajo la influencia de unas amigas católicas, se refugió en la fe con la esperanza de encontrar respuestas a sus dudas existenciales. Y seguía escribiendo. Pensaba escribir una trilogía de novelas, donde la adolescente de Nada continuaría su viaje de descubrimiento. Sin embargo, la publicación de libros tales como La mujer nueva no le aportó ni el éxito ni la satisfacción íntima de su primera obra. Poco a poco empezó la fuga: se alejó de Madrid, buscando un lugar donde pudiera escribir a discreción, a refugios transitorios en España, en Roma, en París y, finalmente, en Estados Unidos. En vano. Fue tan grande su «grafofobia», que no terminaba casi ninguno de sus proyectos literarios, llegando hasta el punto de ni siquiera devolver las galeradas de su novela Al volver la esquina, empezada en 1963. La relación con su marido, el periodista Manuel Cerezales, también se hundió, quizá debido a los celos de él frente a la mayor creatividad de Laforet. Y empezó a sufrir un prolongado deterioro de salud y espíritu, que concluyó en el año 2004 con su desaparición física a la edad de ochenta y dos años.
Sin embargo, como figura literaria, Carmen Laforet sigue intrigando. Hace dos años se publicó en inglés una nueva traducción de Nada, y ahora se nos ofrecen dos obras biográficas y la reedición de las siete novelas cortas que escribió entre 1952 y 1954, cuando perseguía afanosamente satisfacer sus arduas expectativas como escritora. En una primera lectura de estas Siete novelas cortas podrían resonar las palabras que Mario Vargas Llosa utilizó para describir la esencia de Nada, ya que en ambos casos vemos cómo Laforet retrata «de manera tan implacable como lúcida una sociedad brutalizada por la falta de libertad, los prejuicios, la gazmoñería y el aislamiento». Pero a su vez las diferencias de tono y las tramas de estas obras establecen un contraste marcado entre ellas, sobre todo en cuestión de calidad literaria. La primera novela corta de la colección, titulada «El piano», coloca a la codicia y la ambición en un contexto cotidiano. A través de descripciones detenidas y de una trama lenta, Laforet intenta realizar un canto a la pobreza de claras resonancias cristianas, en las que se incluyen referencias bíblicas que la protagonista recuerda y repite. Un piano heredado de una tía cumple con la función de excusa narrativa para una historia donde la moraleja parece ser lo más importante y en la que la intriga se ha quedado en el tintero.
Las grandes protagonistas de las novelas cortas de Laforet son siempre las mujeres, pero a veces también parecen serlo los pueblos donde tienen que vivir. La novela «La llamada» se centra en la figura de una mujer que, por peleas familiares y por su propia imprudencia, acaba atrapada en un matrimonio desgraciado con una familia pobre e infeliz. Sin embargo, sus antiguos delirios de grandeza como actriz y el encuentro con un viejo conocido la llevarán a dejar su hogar para buscar un nuevo destino en el mundo teatral de Barcelona. Al final vemos que, otra vez, la autora ha diseñado una defensa de la pobreza digna y un canto a los beneficios del conformismo y el esfuerzo cristianos.
Otro rasgo común de las novelas son los viajes o, en algunos casos, como en «El piano», el vagabundeo urbano. Así, en «El viaje divertido», vemos cómo el desplazamiento de los personajes acarrea su transformación y la de su entorno. Quizá sea «El viaje divertido» el mejor relato de la colección, ya que la trama es más rica y contiene diversas sensaciones heredadas de la Guerra Civil y de los crímenes cometidos que, disfrazados de acción política, sirvieron para ocultar codicias y envidias desmedidas. Los personajes son verosímiles y la protagonista de la historia, Rosa, que se caracteriza por la decencia y la prudencia, encaja en el gran catálogo de madres ejemplares de las Siete novelas cortas.
«El último verano» y «La niña» se ajustan también a esa visión de una madre (o abuela) virtuosa que se sacrifica de manera excesiva por su familia. A estas figuras se contraponen las de las mujeres con ambiciones desmesuradas a las que el destino se encargará de moldear. En «Un noviazgo», por ejemplo, es la imagen de la solterona la que se ajusta a esta última descripción. El tema de los sacrificios familiares para conseguir dinero, el de las enfermedades y la muerte inminente son también recurrentes en las novelas.
Consideradas en su conjunto, estas novelas cortas no hacen sino aumentar el misterio de la distancia entre Nada y casi todo el resto de la producción literaria de Laforet. Tal y como dice Álvaro Pombo en su prólogo, Carmen Laforet parece haber perdido «la desenvoltura inicial, como si la posguerra, con su realismo, su pragmatismo, la dificultad de ver más allá de nuestras narices, impregnara no sólo a los personajes de estos relatos, sino también a la voz narrativa».
Hoy en día es la hija de Carmen Laforet, Cristina Cerezales Laforet, quien busca su propia voz en la ficción. Desde el año 2000, ha publicado dos novelas, entre ellas la notable De oca en oca, y ahora presenta una colección de relatos cortos, Amarás a tu hermano. La prosa vibrante de los nueve cuentos revela las leyes subterráneas que rigen en la vida familiar, desde la fragilidad de ser «El hijo único» a los problemas de identidad sexual de una persona con «Piel de melocotón». En el primer cuento nos ofrece de manera resumida su búsqueda: «Adentrarse en todas las situaciones, comprender los significados de los llantos y de las alegrías, desentrñar los secretos de los corazones que resultan tan enigmáticos». Ojalá que la hija corra una suerte distinta a la de su madre, y que con los años vaya encontrando cada vez más su vocación de escritora.
Mientras tanto, tanto ella como muchos otros exploran el misterio que representó la trayectoria de su madre. El escritor inglés Somerset Maugham dijo en cierta ocasión que «hay tres reglas para escribir una buena biografía. El problema es que nadie recuerda cuáles son». Los dos libros que abordan la vida de Carmen Laforet nos ofrecen respuestas bastante distintas al respecto.
Israel Rolón, especialista en la obra de Laforet, y Anna Caballé, responsable de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, sugieren que estas reglas deben ser la documentación (aunque se les haya pasado por alto incorporar el índice en una biografía tan extensa), el respeto a la cronología y el apego a una idea central: en este caso, tal como anuncia el subtítulo de su obra, sería la de «una mujer en fuga». A partir de ahí, construyen toda la vida de Laforet como un esfuerzo por escapar de la tristeza y de la frustración en busca de la libertad y el amor. Con notable éxito, realizan un retrato coherente de una mujer apasionada pero muy necesitada, al mismo tiempo que esbozan de manera sutil el mundo literario y editorial de España en la época de la posguerra, y ponen de relieve a algunas figuras cercanas a Laforet, como la deportista Consuelo Burell o el novelista Ramón J. Sender. Quizás el mayor problema para los autores de esta biografía sea justamente cómo captar esta figura siempre en fuga, cómo aprehenderla para realizar juicios fehacientes sobre ella. En gran medida, se muestran cautelosos en este sentido, aunque a veces parecen exasperarse y optar por una conclusión rimbombante: «Laforet creció en medio de un vacío afectivo abrumador: había conocido esa felicidad y la había perdido, inhibiendo desde entonces su deseo, su anhelo de afecto y su capacidad para demostrarlo».
En cuanto que propuesta biográfica, Música blanca se sitúa en el polo opuesto. Escrita por la hija de Carmen, intenta recrear la relación entre ella y su madre en los últimos y difíciles años de su vida. Laforet estaba casi reducida a la condición de fantasma, con amnesia y una debilidad física que la recluyeron a una silla de ruedas, tan débil que apenas podía hablar para poder comunicarse, ni mucho menos escribir. Sin embargo, Cristina está convencida de que existía una comunicación directa entre ellas, gracias a esta música blanca, que es «como oír el silencio». El libro comienza narrando la vida de Carmen desde el presente (imitando quizás el procedimiento que ella tenía al revisar el álbum de fotografías que Cristina le había llevado a la residencia) para adentrarse poco a poco en el pasado. Su hija hace de este gesto la estructura de su obra, viajando con ella hacia al pasado y revisitando año por año los acontecimientos importantes en este camino hacia atrás. Además de sus propios recuerdos y reflexiones, incorpora una especie de monólogo interior de su madre. Por ejemplo, mientras Cristina pinta un cuadro abstracto, imagina la reacción de su madre: «Al enfrentarme a este cuadro blanco, son criaturas de la nieve las que aparecen en mi imaginación y luchan con propósitos y pensamientos de cosas que yo creía importantes; que llamaba trabajo». Cristina elabora así un diálogo entre las dos, un diálogo que se hace cada vez más diáfano al acercarse su madre a su propio nacimiento, que también es la hora de su muerte.
De manera muy distinta, los dos libros nos acercan a la figura de la gran escritora. Al mismo tiempo, sin embargo, nos revelan cuán difícil resulta para una biografía captar la esencia de otro ser humano en su individualidad sin reducirla, sin inventar. La búsqueda de narraciones más poderosas nos remitiría a Nada, y al entusiasmo de un mundo por empezar: «Llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie. Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche».

01/11/2010

 
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