ARTÍCULO

Vida y milagros de Barack Obama (según The New Yorker)

Debate, Barcelona
Trad. de Efrén del Valle y Juan Ramón Ibeas
750 pp. 27 €
 

Tienen los norteamericanos la convicción de que la fortaleza de su sistema político es la que permite que gentes del común puedan acceder a los máximos puestos de responsabilidad en la Unión. Incluyendo, naturalmente, la presidencia de Estados Unidos. Esa convicción tiene su contrapartida en una no menos intuitiva desconfianza hacia aquellos que llegan a esas altas magistraturas basándose en condiciones –personales, sociales, económicas– extraordinarias. Naturalmente, los juicios sólo se conocen a posteriori y tienen siempre un punto de incertidumbre. ¿Fue extraordinario Jimmy Carter por ser un superdotado, o John F. Kennedy por ser rico y católico, o Franklin D. Roosevelt por pertenecer a la aristocracia social del país, o Bill Clinton por proceder de una familia monoparental pobre? En cierto modo, todos son a la vez ordinarios y extraordinarios, en la medida en que el sistema mantiene su pulsión igualitaria y en la no menos cierta –cada vez más agudizada por la complejidad creciente de la economía y la comunicación en las sociedades democráticas occidentales– en que es difícil imaginar la llegada de un incapaz a la cumbre del país más poderoso de la tierra. Tiene razón Tony Blair en sus memorias cuando, en defensa de las capacidades personales de George W. Bush, sostiene que poco saben los que critican en ese terreno al predecesor de Obama en la presidencia de los filtros que el sistema impone a los candidatos que llegan a la Casa Blanca. En definitiva, la ciudadanía quiere ver en la jefatura del poder ejecutivo a personas que le inspiren confianza y le ofrezcan al menos una apariencia de proximidad. Desde ese punto de vista, aunque sea este un terreno donde los estadounidenses se muestran reacios a ofrecer juicios categóricos, Carter fue un mal presidente –aunque la historia le haya premiado con el dudoso título de ser un buen ex presidente–, Reagan bueno, Clinton también, Bush hijo malo y John F. Kennedy, hoy sometido a una profunda revisión crítica de sus mil días en el poder, quién sabe.
¿Y Obama? Es evidente que hace dos años, cuando ganó las elecciones que lo llevaron a la Casa Blanca, cabalgó en la inmaculada nube de un éxito al que muchos concedían cualidades taumatúrgicas y que tantos identificaban con unas desbordadas y confusas esperanzas de cambio, renovación y armonía. Y aunque poco tiempo hubo para saber de sus orígenes y de una trayectoria por demás breve (tan breve como fue el tiempo que tardó en recorrer el camino desde el anonimato hasta la Casa Blanca), todos coincidieron en calificar de extraordinario el fenómeno y de extraordinaria a la persona que lo protagonizaba. La primera noticia nacional que los norteamericanos tuvieron de su futuro presidente se produjo en el verano de 2004, apenas dos años después de ser elegido senador por Illinois al Congreso, cuando pronunció en Boston el discurso de bienvenida en la convención demócrata que habría de escoger a John Kerry como candidato a las elecciones presidenciales de aquel año. Cuatro años después, en noviembre de 2008, Obama era elegido el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos.
La narración de cómo había conseguido llegar a la Casa Blanca un candidato de raza negra –que en eso radica la parte fundamental de lo extraordinario del caso– ha ido cobrando caracteres épicos en los que se mezclan la excepcionalidad del caso, pero también las muy especiales circunstancias que concurrían en el exitoso personaje. Obama, que en su camino hacia más altos destinos había publicado dos libros nada casuales, Dreams of my Father y The Audacity of Hope, hablaba relativamente poco, sonreía mucho, desplegaba un lenguaje corporal inclusivo y caluroso y conseguía proyectar el mensaje tan simple como efectivo de que en su proyecto político se encontraban las claves para recuperar unión, concordia y prosperidad en un país agotado por aventuras bélicas y abocado a una grave crisis económica. El mensaje trascendió las fronteras de Estados Unidos y consiguió encender los ánimos de la ciudadanía mundial, aparentemente deseosa de contar con unos Estados Unidos más acogedores y menos ásperos de lo que habían resultado ser durante los ocho años del mandato de George W. Bush. Por lo demás, y siguiendo al pie de la letra aquello de que la fortuna ayuda a los audaces, Obama parecía tocado de la gracia celestial para caminar sin tropezones hacia un destino fuera de lo ordinario. ¿Cabía mayor demostración para ello que la manera en que Obama había sabido derrotar a la supuestamente invencible maquinaria de los Clinton en la candidatura presidencial de Hillary?
David Remnick, conocido y apreciado periodista norteamericano y director desde 1998 del prestigioso semanario The New Yorker, ha dedicado las casi setecientas páginas de El puente al esclarecimiento de esa sorprendente trayectoria, en lo que resulta a medias ensayo biográfico y a otras medias análisis interpretativo de lo que hasta ahora conocemos de la vida –y uno casi se atreve a añadir de los milagros, si detenemos la narración en 2008– de Barack Obama. El puente hace referencia al que lleva el nombre de Edmond Pettus, en la ciudad de Selma, en el Estado sureño de Alabama, lugar en el que en 1965 Martin Luther King Jr. encabezó una de sus acciones públicas para conseguir la igualdad social y política de la población negra. El puente en cuestión fue escenario de una violenta refriega desencadenada por los policías locales contra los manifestantes y sirve de recordatorio para los aniversarios en que se celebran los hitos de la larga marcha para la consecución de los derechos civiles. En el año 2007, después de haber anunciado su candidatura a la presidencia, Obama visitó Selma con ese propósito conmemorativo, pero también con el más ampliamente político de situarse en la estela de los líderes afroamericanos que habían protagonizado la lucha en aquellas décadas. La referencia al puente, en el texto de Remnick, tiene también un propósito parabólico: es Obama el lazo de unión entre los precursores y las generaciones actuales o, si se quiere, en términos bíblicos, el Josué que, gracias a los miembros de la generación de Moisés, los que atravesaron el desierto pero no alcanzaron a pisar la tierra prometida, alcanza los objetivos que aquéllos se habían marcado. Se comprenderá que la clave interpretativa de todo el volumen se encuentre precisa y adecuadamente en las características raciales de Barack Obama, el primer presidente negro de los Estados Unidos de América. De hecho, El puente es la versión ampliada de un ya largo artículo que el mismo Remnick publicó el 17 de noviembre de 2008 en The New Yorker bajo el título «La generación de Josué» y que llevaba por subtítulo «La raza y la campaña de Barack Obama». Comenzaba así: «Barack Obama no podía basar su campaña a la presidencia en sus éxitos políticos o en el heroico servicio prestado durante su juventud. Su historial es demasiado leve. Sus adversarios en el partido demócrata y en el republicano tenían razón: debía basarse en la palabra, en la expresión del potencial de un país y en la propia manifestación de un hombre complicado que podía ser a la vez reflejo y guía de ese país. Y una poderosa corriente subterránea de su oratoria y de su prosa es la raza. No es la raza tal como la invocaron sus predecesores con propósitos políticos electorales o en el movimiento de los derechos civiles, ni tampoco la raza como insistencia en la tribu o en la queja. Obama ha convertido más bien su herencia birracial en una metáfora para su ambición de crear una amplia coalición de apoyo y para convocar a los estadounidenses a una aventura de progreso moral y político».
Remnick se apresura a señalar que la «negritud» de Obama es un dato tan dado como voluntariamente adquirido, y el mayor interés del texto radica en la descripción del trecho recorrido por el hoy presidente hasta configurar los perfiles que lo han llevado a la Casa Blanca. «La identidad racial de Obama le vino dada, pero también fue una elección; él la buscó, la aprendió», escribe Remnick para recordar un poco más adelante que el reverendo Sharpton, una de las figuras más conocidas, junto con Jesse Jackson, de los políticos profesionalmente negros, le llegó a espetar: «El hecho de que seas del mismo color que nosotros no te convierte en uno de los nuestros». Esta es la historia de un despierto chico concebido en una disfuncional familia de madre blanca americana y padre africano negro, nacido en el relativo exotismo de Hawai, criado en Indonesia, educado en las mejores instituciones académicas de Estados Unidos gracias a los programas de discriminación positiva y que pronto en su vida decide optar por unas características que le permiten potenciar al máximo sus habilidades y condiciones naturales: afroamericano sin complejos, relacionado con el protestantismo cristiano de raíz negra, cuidadosamente radical, establecido tempranamente en los barrios negros de Chicago, una de las ciudades menos integradas de Estados Unidos, casado con una mujer atractiva e inteligente también negra y, a diferencia de él, descendiente de esclavos, y ciertamente capaz de suscitar con sus capacidades retóricas lo que la nación norteamericana estaba dispuesta a elegir en al año 2008, un presidente negro y, al tiempo, un líder que suscitara la emoción del cambio y, como él mismo diría, «la audacia de la esperanza».
En el estilo y en la técnica de lo que constituye la mejor escuela de The New Yorker, Remnick construye un relato minucioso, de prosa tersa y contenida y ritmo mantenido. Seguramente es El puente la mejor de las biografías interpretativas actualmente disponibles sobre Obama: el político y el hombre. El autor no oculta sus claras simpatías por el biografiado, pero tampoco sus reparos a, por ejemplo, los embellecimientos que en otros lugares Obama ha pretendido aportar a su historia personal. O sus dudas sobre las relaciones que en tiempo unieron al hoy presidente con el reverendo Jeremiah Wright, pastor de la Unity Trinity Church de Chicago, mentor de los Obama, oficiante en su matrimonio y voz de un chirriante radicalismo. Este texto no pertenece al género hagiográfico y ello se agradece.
Aunque, evidentemente, la narración de la historia de Obama necesita de otros capítulos. El puente, crónica de un éxito, ha visto la luz en el año 2010, cuando se cumplen dos años de la elección de Obama como presidente y cuando, en contra de lo que entonces cabía esperar, la magia del momento ha dado paso al desencanto de la derrota parlamentaria de las huestes presidenciales. ¿Cuándo, cómo, dónde y por qué se rompió el hechizo? ¿Le abandonó la fortuna? ¿Le falló la suerte? ¿O es que Obama es simplemente humano? Seguro que dentro de poco nos lo contará también David Remnick. En The New YorkerVéase Javier Rupérez, «La incógnita Obama», Cuadernos de Pensamiento Político, núm. 28 (octubre-diciembre de 2010)..

01/02/2011

 
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