ARTÍCULO

Los seres en que viví

Tusquets, Barcelona
Ilustraciones de Raúl Arias
113 págs. 10
 

Este nuevo relato para niños de Fernando Aramburu, más ambicioso que los dos precedentes –El ladrón de ladrillos (1998) y Mariluzy los niños voladores (2003)–, se publica en la misma colección de literatura que ha acogido sus obras mayores. Y no disuena en ella, pues, aunque las magníficas ilustraciones de Raúl Arias y el subtítulo, Un relato para jóvenes de 8 a 88 años , que parafrasea aquel lema famoso de la revista Tintín, declaran ese destinatario infantil específico, la autoría y la personalidad literaria de Aramburu son transparentes en toda la obra.

El novelista ya ha dejado escrito que, a su juicio, literatura para niños no significa pintura edulcorada de un mundo artificialmente feliz, de alegrías fáciles y conflictos de pega. Equivale, dice, a expresión adecuada, a un lenguaje literario tan trabajado como el que más, pues el escritor ha de hallar el registro que conviene a las capacidades lingüísticas de sus lectores. El esfuerzo formal del escritor se resuelve aquí en una sintaxis escueta, sencilla, de oraciones a menudo yuxtapuestas, pero el relato del piojo Matías no elude los términos precisos o sabrosos que requerirán acaso acudir al diccionario. El lenguaje para niños de Aramburu no se resigna a ser simplón y desmedrado.

La idea de componer un relato para niños que tiene por héroe a un piojo, parásito de mala fama como ningún otro, parece peregrina, pero no es ocurrencia inane y resulta un indicio claro de la peculiar y atrevida imaginación del escritor, de sus elocuentes ganas de llevar la contraria. Diríase que juega, por añadidura, con la afición, al menos verbal, de los pequeños a calamidades y cochinadas que los mayores combatimos con denuedo. Aramburu, que en su ficción nunca ha ocultado miserias y suciedades, desbarata con olfato literario los supuestos más sólidos de nuestra existencia ordinaria y reclama al lector que se identifique con un parásito asociado a la mugre y la penuria. Enuncia la idea con gracia y concisión la dedicatoria del libro «a las personas queridas en que vivo». Aramburu nos invita a reconocernos parásitos de nuestros seres amados, cuyo ser nos nutre y nos ofrece el suelo firme en que asentar nuestro vivir. La metáfora, cargada de intención, prolonga y modula los ecos literarios del relato.

Desde su título mismo, Vida de unpiojo llamado Matías alude a la picaresca clásica, que es, como sabe bien el lector habitual de Aramburu, uno de sus acicates literarios más permanentes. Que su simpático piojo recurra a picardías para sobrevivir, como buen parásito, es un hallazgo, pues proyecta una mirada particular, descarnada pero afable, sobre un personaje clásico. Como el relato del pícaro, el de Matías está contado por su protagonista, que despliega la memoria de sus andanzas y desventuras con ánimo de ganarse la comprensión y la simpatía del lector.

La historia del piojo se desarrolla a lo largo de doce capitulillos breves y transita por episodios de abuso y opresión, por hambres y viajes interminables, por xenofobias y solidaridades, por plagas bíblicas que anuncian viejas profecías, por el descubrimiento del amor, por fugas y persecuciones, por despedidas y añoranzas, por reencuentros. No le faltan, pues, los ingredientes negativos. Hay en ella violencias y maldades sin motivo ni justificación. Un piojo matón confiesa que, cuando se reúne con sus compinches, cambia su talante habitual: «nos volvemos tontos y malos» (pág. 89). También hay, por suerte, cantares y dichos piojiles de claro humor y puertas abiertas a la redención de los abusones arrepentidos y al castigo de los tiranuelos por sus villanías, porque en el universo mínimo de Matías, como en el nuestro, hasta las fantasías de poder están sometidas, a la postre, a leyes y azares de los que nadie es dueño, tampoco los malvados o los poderosos.

Matías no es un héroe ni aspira a parecerlo. Lo único que lo diferencia de sus congéneres es que ha elegido como nombre propio el del maquinista en cuyo cuero cabelludo nació y que le ha dado por contar su vida, porque está dotado de conciencia de sí. Narra una peripecia vital en que el azar le ha dispensado sinsabores y malos tragos, pero también la pizca de suerte necesaria para librarse de ellos, habitualmente mediante una fuga afortunada u otro expediente de poco lustre. Su viaje no lleva a ningún lugar soñado ni tiene mayor recompensa. Sólo le conduce a cierta estabilidad apacible que a él, tras tanto escarmiento, le parece aceptable. Es, por tanto, un protagonista vulgar en extremo, que no busca el riesgo, sino que lo padece, que se conforma con tener asegurado el sustento y disfrutar de alguna compañía amistosa. Es, en definitiva, lo que cualquiera puede llegar a ser sin perder la decencia. Su mundo y su vida, aunque imaginados para uso y disfrute literario de los niños, son un espejo en que encontramos un reflejo perspicaz del mundo que conocemos y las vidas reales que vivimos cuando cerramos el libro.

Aramburu juega, en definitiva, con ingredientes literarios de honda resonancia y con otros tradicionales del relato de aventuras para niños, a fin de desplegar un mundo que se parece mucho al que habitamos pequeños y adultos. Los grandes males de la explotación y de la exclusión, los sentimientos primordiales de la compasión y el odio, el aprendizaje de los riesgos y las precariedades del existir configuran una historia sencilla y entretenida pero densa de contenido, desprovista de pretensiones pero que no renuncia al humor ni evade la seriedad. Y que tampoco reniega de la voluntad literaria ni de la visión aguda y entrañable de un escritor hecho.

01/03/2005

 
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