ARTÍCULO

Libro grande, autor pequeño

Acantilado, Barcelona
Trad. de Miguel Martínez Lage
2.000 pp. 58 €
KRK, Oviedo
Trad. de Agustín Coletes
520 pp. 24 €
 

Afirma Macaulay en su célebre reseña de la edición anotada por Wilson Croker de la Vida de Samuel Johnson, doctor en Leyes, de James Boswell (calificada por Miguel Martínez Lage como «una de las reseñas más abrasivas que nunca se hayan escrito») que, de no haber sido Boswell un zoquete, nunca hubiera podido escribir una obra maestra. Y no se queda Macaulay en esta apreciación, en apariencia tan arbitraria que resulta paradójica. Añade este otro elogio desconcertante: «Es la Vida de Johnson ciertamente una obra magna y Boswell el primero de los biógrafos, de igual modo que Homero es el primero de los poetas heroicos y Shakes­peare el primero de los dramáticos, y Demóstenes el primero de los tribunos. Diremos más: es incomparable, y del tal modo aventaja a todos sus rivales que ni aun merece la pena de hacer mención de ellos; como que, en nuestro sentir, la historia del humano ingenio sólo presenta el caso, extraño por todo extremo, que ofrece la obra de Boswell. Porque muchos claros varones, y algunos de los más grandes de cuantos han sido, escribieron bio­gra­fías; pero con ser Boswell de los medianos y vulgares, aventajo y superó a cuantos lo precedieron en este género de obras». Lo que resulta sorprendente ya que, «si debemos dar crédito a su propio testimonio y al testimonio unánime de cuantos lo conocieron, fue Boswell hombre de muy escasa y pobre inteligencia: Johnson hablaba de él como de un pobre diablo, que sólo hubiera podido hacerse inmortal en la memoria de las gentes viviendo cuando se publicó la Dunciada; Beauclerk emplea su nombre a manera de sinónimo de majadero; era el objetivo preferente de las burlas de aquella sociedad brillante que le fue deudora de la mejor y mayor parte de su fama», etc. Pero Johnson necesitaba, por su parte, un testigo silencioso, aunque fuera de pocas luces, ya que, como Boswell anota en su retrato, «habla con aspereza, en voz muy alta, y no presta atención a la opinión de nadie, siendo absolutamente pertinaz en las suyas». Razón por la que Chesterton, tan excelente descubridor y recreador de paradojas, señala que «es evidente que Samuel Johnson nos parece más lleno de vida en un libro escrito por otra persona que en todos los libros escritos por él», ya que «en los libros de Johnson, lo vemos a él solo, y a él le desagradaba mucho estar solo» y, en consecuencia, «Boswell describió la comedia de su vida al relatar el choque de esa peculiar modalidad con otros caracteres».
Desde luego, Boswell no era tan zoquete como hizo creer Macaulay a sus contemporáneos y a las generaciones sucesivas, y el descubrimiento posterior de noventa y siete cartas dirigidas a su amigo Temple permiten cambiar aquella impresión adversa: «En estas cartas comparece Boswell tal como era –escribe Martínez Lage–, pero abundan también las referencias a su trabajo de confección de la Vida de Johnson: se empieza entonces a saber que el libro obedece a una planificación detallada con el mayor de los esmeros». No obstante, Macaulay, al insistir en la mediocridad, e incluso en la bobería de Boswell, establece una de las reglas de oro del género biográfico: el biógrafo ha de ser de menor envergadura que el biografiado.
Por otra parte, tampoco se tiene en gran estima a George Borrow, sin que sea inconveniente para que haya escrito otro de los pilares de la literatura inglesa. Pues los libros de viajes y las biografías, autobiografías y memorias constituyen algunas de las más grandes singularidades de esa literatura, que culminan, por la parte viajera, en La Biblia en España, y en la Vida de Johnson por la biográfica.
En la Vida de Johnson (autor, a su vez, de las Vidas de los poetas) concurren las diversas variantes del género biográfico, puesto que se trata de una biografía que en ocasiones parece autobiograía, escrita en algunos momentos como si fuera un diario. De manera que de las tres posibilidades, cuyas obras maestras inevitables son los diarios de Samuel Pepys, las memorias de Edward Gibbon y la biografía de Johnson por Boswell, esta última acoge todas las posibilidades del género.
James Boswell era un joven abogado escocés fascinado por Londres y por Johnson, el autor del Diccionario (no se debía polemizar en él porque es insensato discutir con un diccionario, advierte Chesterton) y el prologuista de Shakespeare, y el autor más citado de la lengua inglesa después de Shakespeare, y el escritor más destacado del siglo xviii inglés: lo que para los europeos continentales es el Siglo de las Luces, para los ingleses es el Siglo de Johnson. Por si fuera poco, Johnson escribió un poema sobre Londres, «una grave y reflexiva meditación en verso, tratada con el racionalismo poé­tico de Pope, pero sin el optimismo de Pope» según Chesterton: de manera que a la vez que encontró a Londres, Boswell encontró a Johnson. Aunque no es, el doctor Johnson, la única obra de Boswell. De su viaje a Cerdeña surge la palabra «romántico», aplicada a aquel paisaje mediterráneo, que haría fortuna. Pero además de ser fervoroso y de disponer de tiempo libre, gracias a una despejada situación económica, Boswell poseía las cualidades del biógrafo perfecto, según le reprocha Johnson: «Señor mío, no tiene usted más que dos temas de conversación: usted mismo y yo». De no haber sido así, no habría escrito la Vida de Johnson, en la que su meticulosidad fue tal que no omite los aspectos y las opiniones que contribuyeron a desacreditarlo.
Boswell podía ser tenido por tonto, aunque no lo fuera, pero desde luego no era insensato, y al comienzo del primer volumen de su libro opina, como quien pide disculpas, que «escribir la vida de quien con excelencia sin par ha destacado en la tarea de escribir vidas ajenas, y a quien, en consideración tanto de sus extraordinarias dotes como de sus muy variadas obras, pocos pueden comparársele en época ninguna, es empeño tan arduo y, por lo que a mí se refiere, quizá pueda tildarse incluso de presuntuoso afán». Y recuerda que Johnson opinaba que quien mejor podía escribir su biografía era el propio biografiado, por lo que «de haber escrito el doctor Johnson su propia vida, de conformidad con la opinión que él mismo ha expresado, en el sentido de que quien mejor puede poner su vida por escrito es quien la ha vivido; de haber em­plea­do en la preservación de su propia historia la claridad narrativa y la elegancia de lenguaje con las que ha entregado a la posteridad a tantas personas insignes, el mundo probablemente habría dispuesto de más perfecto ejemplo del género biográfico que hubiera existido jamás». No obstante la modestia de Boswell, la Vida de Johnson es el pilar sobre el que se apoyan, fueran o no conscientes de ello sus autores, esas dos obras maestras e inmensas que, en juicio de Nietzsche, son las más memorables del siglo xix: las Conversaciones con Goe­the de Eckermann y el Memorial de Santa Elena del conde de Las Cases. Y digamos en reconocimiento de la valía y talento de Boswell como biógrafo que Johnson, en comparación con Napoleón y con Goethe, era una figura más bien local, cuya vida de buen ingenioso burgués londinense no alcanza la talla y el esplendor de las del autor de Fausto y del melancólico inquilino de una «pequeña isla» perdida en la vastedad del Atlántico, según ha­bía anotado en su infancia, en un cuaderno escolar. Con esto no se pretende desmerecer a Johnson, sino poner las cosas en su sitio, sobre todo en relación con ciertas alturas casi sobrehumanas. De hecho, Goethe y Napoleón hubieran sido grandes sin Eckermann y Las Cases, pero el tamaño de Johnson sin Boswell habría quedado algo más reducido.
Con lo expuesto, sería ocioso añadir que estamos ante la primera edición completa en España de una de las obras verdaderamente grandes (aunque se tuviera a su autor por pequeño) de la literatura del mundo y de todos los tiempos. Obra, por lo demás, más citada que leída. En español existía una versión con el título de La vida del doctor Samuel Johnson, prologada por Antonio Dorta (un prólogo breve pero informativo, bien hecho) y troceada en 181 fragmentos, con los que se procuraba, según advertencia editorial, «escoger los rasgos más universales de la famosa biografía». De manera que cuantos hayan leído esta versión reducida podrán citar a Johnson, pero no asegurar que leyeron a Boswell. Libro tan extenso y completo no sólo es la biografía de un escritor célebre, muy representativo de su época, sino una fervorosa antología de sus ocurrencias, un vivo cuadro de costumbres y la descripción de un personaje desde todos lo ángulos posibles. La biografía de Boswell pone en pie a Johnson y es tan aguda como Johnson era, gracias a que el biógrafo guarda la distancia, aun estando tan próximo, y permite hablar y explayarse al personaje, cosa que el buen doctor no toleraba que hicieran los demás en su presencia. Es, pues, no sólo la obra maestra de las biografías inglesas, sino una obra sapiencial y muy divertida, reflexiva y erudita, que Pío Baroja tal vez hubiera considerado «novela» dado que, como en el «cajón del sastre», cabe todo. Que Johnson tuviera un peculiar, pero magnífico, sentido del humor, y que Boswell lo hubiera captado y supiera expresarlo, es mérito de Boswell que nunca se le agradecerá suficientemente. Al «sentido del humor» se suma ese otro sentido tan raro, que denominamos «sentido común», y del que Johnson era uno de los adalides. Por ejemplo, cuando Boswell aventura que la lengua china es más apta para la erudición debido a «a la inmensa cantidad de caracteres de que consta», Johnson contesta que «sólo resulta más difícil de aprender y de usar por su tosquedad, tal como es más trabajoso podar un seto con una piedra que con un hacha».
Esta versión íntegra de la Vida de Johnson, sigue la edición de George Birbeck Hill de 1887, en seis volúmenes, de los que los cuatro primeros corresponden al texto, el quinto comprende el Diario de un viaje a las Hébridas y el sexto la compilación Ingenio y sabiduría del doctor Johnson, en la que se incluyen y mezclan citas de Johnson y de Boswell. «Esta restitución de la obra de Boswell a su estado de precisión máxima se ha convertido para los estudiosos en la edición canónica de una obra mayor, que hasta ahora nunca había visto la luz íntegramente en castellano», precisa Martínez Lage. Esta primera edición íntegra en español va precedida de un prólogo de Frank Brady en el que se afirma, para empezarlo bien, que «la Vida de Johnson de James Boswell, “delicia y alarde del mundo de habla inglesa”, según G. B. Hill, es la más grande de las biografías que se hayan escrito nunca». En ella se respeta la división en cuatro volúmenes, y va rematada con notas complementarias y el catálogo cronológico de las obras de Samuel Johnson, y se omiten la antología de Hill y el Diario de un viaje a las Hébridas, en el que, según Dorta, «las indiscreciones y el desenfado con que Boswell relata sus impresiones produjeron una gran sensación en el mundo de las letras».
Aquel famoso viaje a las Hébridas, efectuado por Johnson y Boswell en 1773, tuvo gran repercusión en las letras inglesas. Como escribe Macaulay, «Johnson cruzó la línea de las Highlands, penetrando animosamente en una región que la mayor parte de los ingleses consideraban, entonces, como triste y peligroso desierto», lo que suponía una gran aventura para un hombre habitualmente sedentario. Para Johnson, que viajó poco, el viaje es siempre provechoso: «Si el viajero visita países mejores, puede aprender a perfeccionar el suyo, y si la fortuna le lleva a otros que son peores, aprenderá a gozar de él». Johnson no desaprovechó la oportunidad de su viaje a las Hébridas, y el resultado es el Viaje a las islas occidentales de Escocia; viaje que puede calificarse de «excursión» o «viaje de cercanías», si se tiene en cuenta que los grandes viajeros ingleses, tanto del siglo de Johnson como del siguiente, se aventuraban en lugares más exóticos de continentes lejanos. Ahora se edita este viaje de Johnson en cuidada y preciosa edición de KRK (un volumen de gran belleza, el libro como objeto valioso y artístico), traducido y prologado por el profesor Agustín Coletes. Esta coincidencia de dos excelentes ediciones de un autor muy poco habitual en el mundo editorial español tal vez sea la preparación del tricentenario del nacimiento de Johnson, que tuvo lugar en Lichfield en 1709. A la admirable traducción de Coletes se añaden la erudición y la información de los diferentes textos que componen el prólogo: sobre Johnson, sobre su viaje y sobre la Escocia de la segunda mitad del siglo xviii: «El Viaje a las islas occidendtales de Escocia tiene, al margen de otros factores, el atractivo intrínseco de ser una obra escrita por un gran literato. No sólo su contenido es interesante, en sí mismo y por lo que revela sobre su autor, sino que también, formalmente hablando, su prosa es excelente, y en ningún modo inferior a la de otras obras destacadas de Johnson», escribe Coletes.
Johnson ve una Escocia desolada y sombría, abundante en aguas y rústicos extravagantes. Volveremos a encontrar el mismo país pocos años más tarde, en las novelas de sir Walter Scott. La Escocia de Johnson se parece a la Asturias de los Diarios de Jovellanos, y Coletes destaca las semejanzas entre Jovellanos y Johnson: los dos autores más representativos de Inglaterra y España del siglo xviii.

01/10/2007

 
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