ARTÍCULO

En el centenario de Malcolm Lowry

 

La obra literaria de Malcolm Lowry trata sobre todo de Malcolm Lowry. Fue un hombre que se utilizó a sí mismo como ariete en su combate literario por la vida, un combate estremecedor que se lo llevó de este mundo a los cuarenta y ocho años. No es infrecuente que un autor utilice su propia vida como campo de experiencia literaria, pero son muy pocos los que se han sacrificado en ese altar del modo en que lo hizo él. En este año del centenario de su nacimiento ha aparecido una minuciosa biografía que, aun siendo tan exhaustiva que tardará tiempo en ser superada, no es mejor que la ya clásica de Douglas Day, también editada como ésta por Fondo de Cultura Económica. El título de la nueva biografía: Perseguido por los demonios (publicada originalmente en 1993); y el autor: Gordon Bowker, catedrático de sociología, escritor y periodista.
La vida de Malcolm Lowry es difícil de contar porque su vida, en sí misma, es un monótono descenso a los infiernos del alcohol. Es una sucesión de encuentros con distintas personas, hombres y mujeres, amores y amigos, odios y arrebatos que, en su aspecto externo, tienen la pesadez y la redundancia insoportable del borracho que cae sobre ti en la barra de un bar dispuesto a que lo escuches hasta que la bebida lo tumbe. Y justamente ahí reside el único escollo a salvar del libro de Bowker, que te cuenta con pelos y señales el ir y venir de su estado etílico casi permanente, hasta el punto de que si el hombre no desaparece bajo esa recurrencia, sí se difumina un tanto la presencia literaria de su obra como tal. Se me argüirá que este no es un ensayo sino una biografía y es cierto, pero no es menos cierto que la clasificación casi entomológica de sus problemas con el alcohol casi ahogan la presencia de sus obras a un problema de fechas de escritura, de manera que seguimos al hombre con toda atención y a sus obras como trajes que se va probando y quitando y volviendo a probar; en otras palabra: no aparece suficientemente tratado el engarce entre vida y obra, lo que sí sucedía en la biografía de Day. Dicho esto, quede claro que la de Bowker es la biografía más completa y documentada que pueda hallarse y que resulta imprescindible tanto para el estudioso como para el simple admirador de su obra. El trabajo de investigación que contiene el libro de Bowker es impresionante y digno de la mayor admiración. Previamente, Bowker ya se había dedicado a Lowry con el libro Malcolm Lowry Remembered (1985) y varios artículos.
La historia de los manuscritos de Lowry es ciertamente abracadabrante: bien los perdía, bien se le quemaban, bien los rehacía una y otra vez sin acabarlos nunca. La excepción es su primera novela, Ultramarina, fruto de una experiencia de juventud en el mar, y Bajo el volcán, que consiguió ver publicada en vida. El resto de su obra publicada es póstuma y en ella destaca de manera primordial Piedra infernal (Tusquets, 2009). Su título original es Lunar Caustic y se refiere a una variedad del nitrato de plata que sirve para cauterizar heridas de una manera tan efectiva como dolorosa. La primera de las varias versiones comenzó llamándose Delirium on the East River. Como escribe Bowker: «Era una clara ruptura con su obra anterior y se basaba en una experiencia por la cual había empezado a crear un sentido de sí mismo como un ser descarriado y a la vez representante del sufrimiento humano». Lowry ya no era el joven marino que trata de congraciarse con la tripulación sino un hombre que empezaba a hundirse en el abismo de la vida. Esta primera tentativa pasó a convertirse posteriormente en el relato titulado The last Address, donde da vida a un escritor o periodista alcohólico, Sigborn Lawhill, que va a parar a un manicomio donde encuentra, y hace amistad con ellos, a un chico joven, a un viejo vencido por la adversidad y a un negro asesino bailarín de claqué; junto a ellos aparece la figura del psiquiatra, el doctor Claggart. Lawhill, en el manicomio, se hace pasar por un tal Bill Plantagenet. Finalmente, con el título definitivo de Lunar Caustic, su segunda esposa, Margerie Bonner, y un amigo lograron editar el libro póstumamente. Según Lowry, formaba parte de una trilogía en la cual representaba al Purgatorio, mientras que Bajo el volcán era el Infierno.
Lowry pasó realmente una temporada en el Hospital Psiquiatrico de Bellevue como consecuencia de su adicción al alcohol y de la primera ruptura seria de su matrimonio con Jan Gabrial. La novela (corta, apenas ciento veinticinco páginas de letra grande) comienza y termina del mismo modo. Al principio, «un hombre sale a primera hora de la mañana de una taberna del puerto, con el olor del mar en la nariz y una botella de whisky en el bolsillo, y se desliza ligero sobre los adoquines como un barco que se hace a la mar». Deambula dando tumbos y finalmente, con la botella vacía en la mano, se detiene ante la puerta del hospital, después de haberlo hecho ante una iglesia, y se adentra en él. Al final del libro, ese hombre sale del psiquiátrico, deambula por las calles con una botella de whisky en la mano y entra en el bar del principio. En el baño, estampa la botella vacía contra la pared donde ha visto un dibujo obsceno de una chica y «de regreso al salón del bar, escogió un lugar apartado para sentarse; allí le llevaron su whisky. Sin embargo, como incluso en ese lugar se sentía observado, al rato se levantó y, vaso en mano, se retiró al rincón más oscuro del local, donde, acurrucado y en posición fetal, nadie pudiera verlo».
Este comienzo y final del libro (novela extraordinaria, digámoslo pronto, digna compañera de Bajo el volcán salvo por la extensión) resume a la perfección el modo de escritura de Malcolm Lowry: es un continuo hablar de sí mismo como personaje descarriado y desgraciado envuelto en un denso manto de simbolismo. La historia es un círculo cerrado en el que queda atrapado Bill Plantagenet o Sigborn Lawhill entre una llegada y una salida; la llegada es al Purgatorio donde muchas almas doloridas aguardan su tránsito; la salida es la antesala del Infierno; así pues, de bar a bar y de botella en botella. A este tipo que se esconde en posición fetal, incapaz de soportar la mirada del mundo, incapaz también de soportar su mirada sobre el mundo, lo encontraremos más adelante convertido en el cónsul Geoffrey Firmin.
El mundo queda representado por los personajes que lo acompañan en el manicomio. Un joven, un viejo y un outsider. Como el joven Dana Hilliot, que trata de congraciarse con la tripulación del Oedipus Tyrannus en Ultramarina, Bill entra en contacto con ellos, con la diferencia de que la animosa juventud de Dana no es la sórdida realidad y experiencia de Bill Plantagenet. Ahora es él quien, tras irlos conociendo, trata de protegerlos y se angustia con su destino. La aventura de Dana era una aventura de iniciación, la de Bill es una desesperada compasión por sus compañeros a los que no puede ayudar, en los que encuentra la compañía que le falta y a los que intenta proteger de su destino en una abierta y descarnada confrontación con el doctor Claggart, es decir, con el lado social, asentado y aceptablemente mediocre de la vida. El intento acaba en fracaso por la misma imposibilidad de Bill de reintegrarse a un mundo que contempla como un lugar loco y caótico que, a su vez, lo contempla a él como un loco marginado del sistema.
En medio del caos de la locura que es el mundo cerrado del psiquiátrico, esa es la pregunta que se hace Bill; como se pregunta igualmente qué sentido tiene adaptar a unos pobres lunáticos a un mundo «malvado sobre el que otros lunáticos levemente más sutiles» tienen una hegemonía suprema, y se lo pregunta al doctor Claggart, pero cuando observa que éste lo recibe con preocupación y cansancio comienza a divagar, su mente se desplaza hacia la representación de títeres a la que están asistiendo, se aleja conscientemente del hombre en el que había puesto la última esperanza porque sabe que no tendrá tiempo para dedicárselo a él y a sus amigos, entre los cuales el adolescente Garry, que le recuerda a Rimbaud y es por quien más se aterra ante el futuro. Al fin y al cabo el médico no es más que un hombre agobiado que cumple con un trabajo para el que carece de motivación. Por eso, tras el período de abstinencia que ha sido para él el psiquiátrico, saldrá con su alta en una mano y una botella en la otra, rumbo a la taberna inicial que lo llevó a las puertas del sanatorio.
El retrato entre alucinado y expresionista, cuajado de símbolos, que Lowry hace del mundo; el retrato de ese lugar que cauteriza dolorosamente –pero no cura– el alma; la imagen del barco varado que obsesiona a Bill: todo ello se presenta en estado de pura literatura, sin concesión alguna a nada que no sea expresión en estado de gracia. Hay un capítulo, el octavo, que representa maravillosamente la clase de expresividad de Lowry: «Cuando se sentó al piano y se puso a tocar Sweet and Love, se torturó pensando cuán oblicuamente perfecta era su interpretación para expresar los recuerdos atormentados que podría haber evocado si hubiera tocado la pieza tal como era en realidad». Este pensamiento se corresponde a la perfección con el modo distorsionado de narrar de Lowry. En este mismo capítulo, Bill va cambiando paulatinamente de música de acuerdo con las emociones y los sentimientos que se desarrollan entre los internos que lo escuchan tocar al piano; directa (Garry) o indirectamente (Battle), van entrando también en el clima que la música crea, y el texto mismo, de pronto, a medida que intervienen, va cogiendo un ritmo musical que cualquiera que haya escuchado un buen combo de jazz reconocerá sin dificultad. Es el único momento en que el clima opresivo se relaja y, sin olvidar que el lugar es el que es, cobra una luminosidad inesperada y emocionante a la que seguirá, en el capítulo siguiente, la desdichada conversación de Bill Plantagenet con el doctor. «Es curioso cómo le gente quiere crear y hacer algo a pesar de todo», se dirá Bill.
No sabemos qué habría hecho Lowry con el manuscrito de haber llegado a darle fin él mismo, pero su destino y su realidad es la de quedar así. No deja de ser llamativo que bregase con él desde, más o menos, finales del 35 o principios del 36 y fuera incapaz de terminarlo en 1957, fecha de su muerte. Bien es cierto que lo mismo ocurre con Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, Ferry de octubre a Gabriola y tantos otros que vieron la luz póstumamente. Cuando la escritura tiene un componente autobiográfico tan fuerte, las consecuencias se reparten entre vida y obra descaradamente. Piedra infernal se presenta, de entrada, como un texto menos enrevesado, más abierto que otros; sin embargo, a medida que vamos avanzando en su lectura, la densidad nos envuelve; no como una niebla marina que no deja ver sino, al contrario, como una realidad alucinada a hiriente ante la que no somos capaces de apartar la mirada y que viene a sumar otro escalón de oro en esa escalera interminable por donde asciende incansablemente la representación de la condición humana.
Con ocasión del centenario, Tusquets ha publicado junto a Piedra infernal una selección de poemas de la que llevó a cabo Earle Birney, viejo amigo de Lowry y responsable, junto a Margerie Bonner, del texto final de Piedra infernal que hoy conocemos. La traducción la firma Juan Luis Panero, tan buen conocedor de México como de la obra de Lowry, y lleva por título el del que quizá sea el mejor poema del conjunto, «El trueno más allá del Popocatépetl». Todos conocemos poemas de eminentes novelistas, como William Faulkner o Vladimir Nabokov, poemas que no alcanzan la altura de su prosa, pero que muestran siempre al escritor. Con Lowry ocurre lo mismo y la versión de Juan Luis Panero es de todo punto excelente, personal y excelente. En los poemas está Lowry y cualquier conocedor de su obra los leerá con placer. Uno de ellos comienza así:

Todas las nociones de libertad están asociadas al alcohol
y nuestro ideal de vida se reduce a una cantina
donde los hombres puedan sentarse y hablar y tal vez pensar
sin miedo al dragón nocturno.

No hay mejor resumen de la figura de Lowry. Su alcoholismo, su inseguridad, su necesidad de afecto, sus fobias y sus miedos, tan castrantes, los recorre Gordon Bowker con una dedicación que no podemos sino agradecerle. Pero la última verdad también está recogida en este y otros de sus poemas.


BIBLIOGRAFÍA

•  Douglas Day: Malcolm Lowry: una biografía, trad. de Héctor Aguilar, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 1984.
•  Gordon Bowker: Perseguido por los demonios. Vida de Malcolm Lowry, trad. de María Aída Espinosa, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2008.
•  Malcolm Lowry: Piedra infernal, trad. de Juan de Sola, Barcelona, Tusquets, 2009.
•  Malcolm Lowry: El trueno más allá del Popocatépetl, trad. de Juan Luis Panero, Barcelona, Tusquets, 2009.

01/12/2009

 
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