ARTÍCULO

Del poeta que quiso ser más

Círculo de Lectores, Barcelona
Prólogo de Saúl Yurkievich
298 págs. 13,29 €
 

La suerte –la mala suerte– de Vicente Huidobro en la historia de la poesía en lengua española del siglo XX es hija de su ambición. Fue ésta tan desmesurada, escandalosa e impertinente que le ganó todos los descréditos y casi arruinó el prestigio que lograban sus versos. Huidobro quiso ser quien fijara un nuevo rumbo a la poesía hispánica, a la poesía toda. En 1918, Cansinos-Assens equiparó su arribada a Madrid con la de Rubén Darío años antes y uno sospecha que exponía conceptos que el chileno le había sugerido, en su anhelo de sobrepujar toda gloria. Huidobro desconocía la modestia; estaba desprovisto incluso de los modales comedidos que pueden simularla. Por eso perdió todas las batallas que entabló contra la cuquería de su compatriota Neruda, al que le unió, desde los años treinta, una común militancia comunista y un odio mutuo inmisericorde. (Neruda acompaña esta edición, por cierto, con una frase en contracubierta.) Jorge Guillén lo consagró con sorna Alá del creacionismo y rebajó así, paradójicamente, su apreciación de que era «admirable poeta». Desde luego, quiso ser hacedor, más que poeta.

Esta colección reúne seis libros clave, editados en tres fechas, dos a dos. Huidobro publicaba sus poemarios en arremetidas apresuradas. En 1916, parecía poseer todos los medios para acometer cualquier empresa: una posición económica envidiable, talento verbal y una ambición creadora irrefrenable. Desvela su impaciencia que se embarcara rumbo a París cuando buena parte del territorio francés retemblaba por el estallido de los obuses. Pero es que París era París incluso en guerra, la sede de las audacias vanguardistas que se proponía desbordar. El mismo apremio impetuoso revela su viaje a Madrid en 1918, recién concluida la contienda: era llegado el momento idóneo para promulgar su nueva poética en la Península y ponerse al frente del grupo vanguardista hispánico que esperaba organizar bajo el rótulo «creacionismo». Sin duda, también el año 1931 le pareció prometedor, con su nuevo clima político y social, aunque él ya se mostraba no poco desencantado.

Faltan aquí sus libros en lengua francesa. Durante casi todo aquel período no sólo residió en París, sino que buscó también asentarse en la capital de la vanguardia escribiendo en el idioma de ésta. Al fin y al cabo, clamaba, la poesía es universal y traducible. Puede que algún poeta le siga en esta noción, pero editores e historiadores no aprecian demasiado tales disonancias entre certificado de nacimiento e idioma. Para alivio de todos, el chileno se prodigó más en su lengua nativa y los libros que escribió en ésta constituyen una muestra más que suficiente de su escritura, incluso en esas fechas.

En cada una de ellas, una andanada de publicaciones anunció la proximidad de una nueva campaña. En 1916, Adán fue el último libro que imprimió en Chile y El espejo de agua, el que preludió el salto del charco desde Buenos Aires. Adán señala ya la intención que gobierna toda esta «obra selecta», pues en él afirmó su voluntad de independencia de la poesía precedente y de «los metros oficiales», voluntad no siempre realizada, como subraya Saúl Yurkievich en su prólogo. Huidobro lo dedicó a la memoria de Emerson, cuyas ideas glosó en un prefacio en el que se declara origen único de su creación en adelante: «Hace algunos años Emerson me enseñó otras bellezas que llevaba en mi alma» (pág. 33). El espejo de agua dio lugar, años más tarde, a una de las polémicas en que se enredó Huidobro enarbolando esa bandera de creador inigualable: le acusaron injustamente de haber antedatado el libro para justificar sus ambiciones de precursor y adelantado de las novedades.

En 1918, publicó en Madrid nada menos que cuatro libros, para dejar sentado quién sería fundador y cabeza de la próxima vanguardia hispánica. Ecuatorial y Poemas árticos son los dos escritos en castellano. Dedicó el primero a Picasso y el segundo a Gris y Lipchitz, un modo como otro cualquiera de afirmarse en el cogollito de los artistas que gestaban la última modernidad, dejando de lado a los poetas. A algunos jóvenes peninsulares sus poemas árticos les conmovieron las rimas. Eran días en que el verso «La luna suena como un reloj» (pág. 142), demediando con letras grandes de titular un poema, le ganaba adeptos; fue uno de los que arrebató a los novicios Diego y Larrea. Pero Cansinos, Torre y los demás del ultraísmo se empeñaron en restarle al chileno la importancia que él se daba: ya lo habían dicho antes Apollinaire, Reverdy o hasta Herrera Reissig. Para entonces, Huidobro promovía una vanguardia «clásica», constructiva, ya de vuelta de alborotos y demás superficialidades, pero tales infundios intolerables lo arrastraron una y otra vez a la polémica, al denuesto privado, a la demasía y la invención. Quiso ser demasiado, demasiado pronto o quizá en el lugar equivocado.

Siguieron años de desconcierto, de trajines políticos, de viajes de ida y vuelta entre Chile y París, de amoríos, de proyectos sin fin (manifiestos, leyendas, relatos, guiones cinematográficos). Pero acabaron por conducirle otra vez a las imprentas madrileñas para sacar a la luz, en 1931, los dos libros que remataron definitivamente su período de poeta creacionista, de vate, de creador de mundos: Altazor y Temblor de cielo. Los siete cantos del primero constituyen su esfuerzo más estructurado, quizá el más logrado. Componen también un tanteo sistemático de los límites de la expresión poética, sino lingüística, y a menudo se despeñan por los rompientes del juego verbal o de la glosolalia. Temblor de cielo se cierra con una frase que es todo un adiós a ambiciones y demasías: «¿Oyes clavar el ataúd del cielo?». A partir de ahí, Huidobro se conformó –más o menos– con ser un poeta.

Los seis libros que integran este volumen trazan, pues, el recorrido desmesurado, impaciente y alborotado del poeta que quiso ser creador, forjar nuevas visiones y vivir su cielo. «Y conduzco mi pecho a la boca / y la boca a la puerta del sueño», decía aún Altazor (pág. 195). La historia que se avecinaba laminó muchas pretensiones, interrumpió sueños y dio tierra a muchos cielos.

01/12/2001

 
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