ARTÍCULO

Cartas de nuevos poetas

 

La historia de la poesía en lengua española no ha sido complaciente con el chileno Vicente Huidobro. Él se postuló fundador de un nuevo comienzo para la palabra poética y le ha respondido una desatención que a veces se dilata casi hasta el olvido. Y, sin embargo, en 1918, en Madrid, Huidobro personificó y difundió con vigor apostólico las nuevas tendencias poéticas, de modo que la penetración de la vanguardia en nuestras letras fue, de inicio y en buena medida, efecto de sus entusiasmos. De su siembra de incitaciones y de su ejemplo derivaron claramente el vocerío fugaz del ultraísmo, con su acarreo de novedades foráneas, y la fidelidad a la poesía de creación de los versos de Gerardo Diego y Juan Larrea.
Este Epistolario recoge 163 cartas, la mayor parte de ellas inéditas hasta ahora, de las cruzadas entre Huidobro y tres corresponsales españoles cuya relación literaria y personal con el chileno define aquel momento: Gerardo Diego, Juan Larrea y Guillermo de Torre. Dichos documentos, los que han conservado los archivos respectivos, nos devuelven a aquellos días y nos proporcionan una imagen bastante precisa de lo que fueron los primeros pasos de la vanguardia poética española. Y ello quizá no tanto por los datos concretos que aportan, pues no abundan en estas cartas las precisiones, como por los autorretratos que constituyen, en particular las del chileno, quien, por ser el eje de las tres correspondencias editadas, firma la mitad.
La distribución de cada correspondencia es indicio claro del desarrollo de la relación que expresa. En la que cruza Huidobro con Torre, a las dieciocho cartas de éste responden sólo cinco del primero. También son éstas las cartas más tempranas, todas excepto dos de Torre escritas entre 1918 y 1920, es decir, entre la visita en que Huidobro trajo a Madrid las novedades poéticas parisienses y su divorcio definitivo de los ultraístas. Buena parte de los mensajes de Torre tiene, sucesiva o simultáneamente, tono de adoración, de descargo, de reproche, lo que da cuenta de la compleja y brumosa relación que entabló con el altivo fundador del creacionismo, poco dado a concesiones. Huidobro se cuida bien de subrayar la desigualdad entre ambos, endosando con reiteración el apelativo «niño» a su corresponsal. Resulta cómico, por lo demás, descubrir que Torre usa en sus cartas un lenguaje similar al que conjuró en las composiciones de su poemario Hélices (1923). Así, en la primera, de 28 de diciembre de 1918, se lee: «Y a la sostenida contemplación, en acorde espejamiento, de sus Poemas argonáuticos, sentí el tremante deseo de remontarme hasta las antenas que coronan señeras la nave siempre en ruta de mis inquietudes auscultativas» (pp. 3-4).
Las correspondencias con Diego y Larrea comienzan más tarde –en 1920 y 1922, respectivamente, siempre a iniciativa de los españoles– y son más equilibradas también. Huidobro se escribe con ellos no en términos de igualdad, pero sí de cortesía mutua. En un principio, ambos le reconocen su magisterio: a él no le cuesta nada adoptar la actitud tutorial correspondiente, ni a ellos aceptarla. El intercambio epistolar es más intenso y frecuente precisamente en los primeros años, hasta 1924, en los que se mantiene cierta relación de aprendizaje. Entre las cartas de Huidobro destacan, en consecuencia, aquellas que, como la del 28 de abril de 1920 a Diego, intentan esclarecer la significación y el alcance del creacionismo que predicaba (pp. 54-59).
Las cartas del chileno documentan, por lo demás, aspectos de su personalidad que bastan para desbaratar su candidatura a un pedestal poético digno de ese nombre. Su ortografía desastrada, su vanidad desplegada primero en forma de soberbia altisonante y luego, según avanzan los años, como súplica de amistad y crédito, su belicoso afán de protagonismo, o la inconsistencia de algunos de sus relatos y opiniones, no contribuyen precisamente a engrandecerlo. Sus corresponsales no fueron ciegos a tales defectos. Una carta de Larrea a Diego de 13 de mayo de 1920 publicada hace tiempo lo reputa de «tarabilla charlatán» e «infantil», concluye que «no domina el castellano», pero le reconoce «un intuitivo admirable». Los dos amigos españoles admiraron la poesía de Huidobro y se sintieron en sintonía con su poética, pero sin que se les ocultasen las penosas taras de su inmadura personalidad.
Las cartas de sus dos secuaces en el creacionismo, por su parte, muestran sobre todo su anhelo compartido de hacerse dueños de la nueva poética y su propósito de plasmarla en obras, pero también que las tareas a que los abocaban sus fuertes individualidades imposibilitaron desde fecha temprana la colaboración de los tres en cualquiera de los sucesivos proyectos colectivos a que se refieren las cartas, fueran éstos revistas, manifiestos o viajes. Una de las conclusiones a que conduce la lectura de este epistolario es que el creacionismo no llegó a organizarse en grupo menos por algún impedimento circunstancial que porque, en definitiva, dicho agrupamiento hubiera resultado inviable de cualquier modo.
Las últimas cartas que incluye el libro, cruzadas por Larrea y Huidobro durante la Guerra Civil y ya finalizada ésta, exponen una y otra vez, acompañados del afecto aún vivo, los desacuerdos entre dos discursos sobre la poesía y sobre la realidad que seguían definitivamente lógicas diversas. La última carta que Huidobro escribe a Larrea desde Santiago, el 24 de septiembre de 1947, unos meses antes de morir, reconoce que «la poesía murió». Y añade: «Nosotros somos los últimos representantes irresignados de un sublime cadáver» (p. 262). En tal convicción desembocaron las furiosas ambiciones de treinta años antes, del poeta que no quería cantar la lluvia, sino hacer llover.
Este triple epistolario de Huidobro, sobriamente editado, proporciona argumentos bastantes para confirmar, contra desmentidos o regateos, el papel germinal que le cupo en los albores de nuestra vanguardia. No realza su talla humana, pero sí prueba el efecto fulgurante de sus versos y sus prédicas en dos poetas españoles de primera línea y en otros menos dotados. Constituye, en suma, un documento fundamental sobre las exploraciones de nuestra poesía hace noventa años.

01/11/2008

 
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