ARTÍCULO

Andanzas

Trad. de Agata Orzeszek
310 pp. 15
 

En Los cínicos no sirven para este oficio, cuenta Ryszard Kapuściński que en su juventud tuvo que elegir entre continuar sus estudios históricos para convertirse en profesor y «estudiar la historia en el momento mismo de su desarrollo, lo que es el periodismo». La decisión que entonces tomó resulta evidente para cualquiera que conozca la obra del autor polaco, y lo que importa destacar es la estrecha relación que en esas palabras se establece entre ambas actividades, la del historiador y la del periodista. El periodista, en definitiva, es considerado un historiador del presente.
Kapuściński, sin duda uno de los grandes periodistas contemporáneos, nunca ha dejado de reflexionar sobre la esencia de su oficio, y en su nuevo libro, escrito después de casi medio siglo de andanzas y reportajes, se ha decidido a remontar su propia tradición literaria hasta alcanzar sus orígenes. ¿Quién fue ese primer periodista, ese primer historiador del presente? Curiosamente, la respuesta la ha tenido Kapuściński siempre a su lado, pues ya a su primer destino como corresponsal (la India de mediados de los años cincuenta) llevó consigo su ejemplar de la Historia de Heródoto, que prácticamente no le abandonaría en ninguno de sus viajes posteriores.
La Historia de Heródoto tiene un carácter doblemente fundacional, y de ella surgen las dos disciplinas entre las que Kapuściński hubo de optar en su juventud. Por un lado, está el punto de vista del historiador, esto es, el propósito de legar a las generaciones futuras la memoria de épocas pasadas. Por otro, la inexistencia de fuentes previas obligaba al de Halicarnaso a hacer lo que hace cualquier reportero: viajar, inquirir, contrastar testimonios... Kapuściński considera que la Historia es «el primer gran reportaje de la literatura universal», y buena parte de su nuevo libro, Viajes con Heródoto, está consagrada a glosar la obra y a buscar en ella algunas de las claves de lo que luego sería el oficio de periodista. El gran reportero polaco sigue, como vemos, interrogándose por la esencia de su profesión, y descubre que muchas de las virtudes que los buenos periodistas tratan de poner en práctica durante el desempeño de su trabajo estaban ya en Heródoto. Por ejemplo, la curiosidad, «esa particular, personal e intransferible chifladura». Sin curiosidad, sin ansia de conocimiento, sin afán por descubrir los porqués, no hay periodismo que valga, y eso estaba ya en el viejo Heródoto, que todo lo que hizo lo hizo fundamentalmente por curiosidad: viajar a lugares remotos, hacerse entender en lenguas que desconocía, preguntar a unos y a otros, tomar nota de lo que oía y veía, poner luego en orden todo lo averiguado...
El lector de Kapuściński sabe muy bien cuál es su actitud como periodista: la actitud de alguien siempre curioso (pero también atento, paciente, discreto y respetuoso de lo que le rodea) que viaja a los países para conocer los cimientos de su organización social y sus peculiares sistemas de relaciones, para empaparse de sus tradiciones y costumbres, para adentrarse en su mentalidad: lo mismo que, en la medida de sus posibilidades, trató de hacer Heródoto veinticinco siglos antes. Al igual que éste, también Kapuściński tiende a centrar su atención en el ser humano. Lo hace, además, con humildad, pero no sólo porque la humildad sea una herramienta indispensable para el reportero, sino también (y sobre todo) porque «el mundo enseña humildad»: quien no sea capaz de aprender esa lección difícilmente llegará a hacer buen periodismo.
En su búsqueda de paralelismos, Kapuściński llega a reivindicar a Heródoto como un pionero de la multiculturalidad y del entendimiento entre civilizaciones, o al menos como un hombre seriamente preocupado por el alcance y la persistencia de las guerras entre Persia y Grecia, un conflicto que prefiguraba el eterno enfrentamiento entre Oriente y Occidente. «¿Siempre ha sido así? ¿Así será siempre?», le hace preguntar el polaco, que bajo esa preo­cu­pa­ción quiere ver en Heródoto una exigencia de carácter ético, la misma que tradicionalmente le ha llevado a él a reclamar la rectitud y la honestidad como requisitos indispensables del buen periodismo (los cínicos, ya lo hemos dicho, no sirven para este oficio). Se trata, en todo caso, de un Heródoto visto a través de los ojos de Kapuściński, y el propósito de éste de glosar la obra de aquél acaba transitando al mismo tiempo en las dos direcciones: Kapuściński ilumina con sus comentarios los escritos de Heródoto, y éste a su vez vierte luz sobre el pensamiento y la obra de Kapuściński.
Viajes con Heródoto es un libro en el que confluyen dos largos viajes. Por un lado, el viaje que Kapuściński hace a través de la obra de Heródoto; por otro, el recuerdo de la vida viajera del propio Kapuściński, siempre en compañía del libro de Heródoto. Éste fue con él a la India de los años cincuenta, pero también a la China de Mao, al Egipto de Nasser, a Sudán, al Congo, al Irán de Jomeini, a Etiopía, a Argelia, al Senegal de Senghor, etcétera, y de todos esos viajes ofrece el libro algún testimonio, aunque sea a título de ilustración: los problemas de Kapuściński con los idiomas en varios países, un incidente menor con unos gendarmes congoleños, el curioso atraco de que fue objeto en El Cairo, la constante vigilancia a la que era sometido en China... Tiene Viajes con Heródoto mucho de relato de formación y, por supuesto, mucho también de homenaje al maestro, porque el gran escritor en el que el joven reportero acabaría convirtiéndose no puede dejar de homenajear al guía que orientó sus primeros pasos en la profesión. 

01/01/2007

 
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