ARTÍCULO

Razzia literaria por América Latina

El Acantilado, Barcelona, 832 págs.
Trad. de Attilio Pentimalli
 

¿Viaje literario por América Latina? Más bien batida, redada, incluso razzia inmisericorde, si bien hay que ser honestos y confesar que el objeto principal de toda razzia, que no es otro que el botín, en este caso es un botín para el lector, aunque también lo fuera en su momento para Francesco Varanini. Y su libro, además de razzia, es una carga de dinamita en varios casos, o una bomba de espoleta retardada en algunos otros: porque resulta que Varanini se enfrascó en la literatura latinoamericana y la ha leído creo que más y mejor que casi todos nosotros, buceando a profundidades que la crítica peninsular y vernácula jamás se atrevió. Pero vayamos por partes.

Este libro está ordenado por una mente muy sutil. Un cerebro casi cibernético, poblado de datos y con un Search de primera categoría. A la vista del ingente material que maneja, y teniendo en primer plano, en el punto de mira de su atención –pienso yo– no al posible lector italiano sino al seguro lector hispánico, este banco de datos se decanta por autoestructurarse al revés que en el andante de la sinfonía del golpe de timbal de Haydn. Comienza con un tutti bastante estruendoso y sin embargo fascinante, capaz de despertar a un sordo sumido en profundo sueño: un comienzo que prende al lector y le hace no soltar ya el pesado mamotreto de las manos hasta su más bien suavecito y adormecedor final, casi un minué. La estrategia ha funcionado.

El iconoclasta Varanini no deja un hueso sano en los esqueletos narrativos de García Márquez ni de Carpentier. Al Vargas Llosa crítico literario lo pone en ridículo, y es particularmente cruento con Carlos Fuentes. Esto en el Debe. En el Haber encontramos un Varanini lírico al hablar de Borges y de Cortázar, de Lezama Lima y del tango (el capítulo dedicado a Gardel es una joya). Y a la hora de inventariar descubrimientos dedica páginas agudísimas a Felisberto Hernández, a Persona non grata de Jorge Edwards (para él de todos modos «un escritor del montón», pág. 491), y al colombiano Andrés Caicedo, que se suicidó a los 25 años, seis meses y seis días (y no cuando «aún no había cumplido los veinticinco años», según Varanini acepta sin chequear de Cobo Borda), dejándonos un corpus de crítica cinematográfica que merecería comentario aparte –y vitriólico–, y una novela semi de culto: ¡Que viva la música!

Pero sobre todo, nuestro iconoclasta, lírico y agudo Varanini centra literalmente su batería analítica en el cogollito cordial de este libro de once capítulos, en el VI: es el dedicado a la novela Yuyungo, del ecuatoriano Adalberto Ortiz. Y se deja en el tintero una indiscutible obra maestra de esa misma literatura del Ecuador, y de la latinoamericana: El éxodo de Yangana, de Ángel Felicísimo Rojas, quien cometió el error de publicarla en 1949, adelantándose dos décadas a los García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes etalii. El olvido es de a deveras imperdonable en un libro de estas características vindicatorias, y teniendo en cuenta además que el antropólogo Varanini se desempeñó como tal justamente en ese mismo Ecuador. A Rojas, ¡ay!, nada más se le cita en una nota a pie de página en la 418, como ensayista y hablando de Adalberto Ortiz. No obstante, y sea dicho en honor a la justicia: el capítulo sobre Yuyungo no tiene desperdicio, es él también una obra maestra de profundización, de lectura sensible, atenta a los matices, atenta a los contextos, hasta desembocar en una reflexión que levantará ampollas en la delicada epidermis de la dizque izquierda comprometida: «El intelectual, al escoger estar en el bando de quien hoy no tiene el poder, defiende su pertenencia a una elite –reafirma su papel de líder–, [...] y al arrogarse el derecho a hablar en nombre de los miserables les quita de hecho la palabra, convirtiéndose en portador potencial de otra opresión».

Varanini ha leído mucho y ha leído bien, pero como todo hijo de vecino, está sujeto a la ineluctable ley de la metedura de pata. Recapitulemos antes de entrar en el finale ma non troppo. García Márquez no recibió el Premio Nobel el 12-2-82 (pág. 42) sino el 10-12 del mismo año. Es bastante seguro que ni Alfonso Reyes (161) ni Juan Carlos Onetti (167, 179) fueron argentinos, sino mexicano y uruguayo, respectivamente. Aseverar que la etimología de la palabra bandoneón (190) «es incierta», supone pasarse por la costura del calzoncillo la historia de los instrumentos musicales y el propio diccionario de la Real Academia de la Lengua, que rinde su tributo al ingenioso alemán Heinrich Band [1821-1860], inventor y padrino de bautizo del fueye canyengue. Lo de que «el adjetivo paisa se aplica a la cultura del campesino colombiano» (352) es mercancía averiada que se puede vender en Italia, España y toda América Latina... menos en Colombia, donde lo paisa designa por antonomasia lo antioqueño. Jamás hubo un presidente colombiano llamado «Miguel» sino Misael «Pastrana Borrero» (365). Ni el boliviano Alcides (396) ni el peruano José María (397) se apellidaban Argüedas sino Arguedas, y desde luego no tienen nada que ver el uno con el otro: ¿cómo, pues, argüir que «el mismo Argüedas»? A título personal, se me puso la carne de gallina viendo citar el «Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo» como «Moriré en París durante un aguacero, / un día del que tengo ya el recuerdo» (666): pecado nefando de lesa vallejidad. Y para recabar fonemas onomásticos inalienables, nunca hubo un pintor ecuatoriano llamado Guayasimín (701), ni un director de cine chileno llamado Littin (702), ni un colega suyo boliviano de apellido Sanjínes (703), ni un rumbero cubano que responda al nombre de Hibraim Ferrer (707). Peccata minuta, signore Varanini!... aunque no tan deleznable en un libro que se ocupa, y cómo, de América Latina.

Lo más pior (Cantiflas dixit!) es que conforme uno avanza en la lectura del libro, una vez parpadeado fuerte después del deslumbramiento inicial, nos vamos dando cuenta de que el autor no se propone otra cosa sino convencernos de que la sedicente nueva literatura latinoamericana, pues eso, no lo es: puro refrito de una literatura que ya habían hecho los europeos, desde los cronistas de Indias a Carlo Emilio Gadda pasando por Valle-Inclán, Conrad y Malcolm Lowry. Un güeso duro de roer, a fe mía, con todo lo que tenga de justificado en muchos casos (baste el ejemplo Valle-Inclán Asturias), y también a fe mía que Varanini es persuasivo y está lleno de argumentos. Pero ¿no es excesivo asegurar que «la superación, por parte de Márquez, Cabrera Infante, Vargas y Puig, del respetable pero frío naturalismo latinoamericano –el de Rivera, Azuela, Alegría– es una repetición de la superación felliana del neorrealismo», y documentar semejante afirmación con el paso de García Márquez, Birri y Puig, por..., cómo no, Cinecittà?

Quede claro que estimo este banco de datos de Francesco Varanini como una de las más valiosas aportaciones al estudio de la literatura latinoamericana contemporánea, y que muchas de sus páginas no tienen parangón con ninguna de las precedentes sobre el mismo tema. Pero también quede claro que una mirada tan recalcitrantemente eurocéntrica es de las menos apropiadas para desvelar el secreto final de una escritura que, a fin de cuentas, quiere expresar su propio continente. Decir que la violencia en América Latina «tiene orígenes distantes –la guerra florida de los aztecas, guerra ritual, destinada a alimentar a los dioses con sangre–» y que «es demasiado fácil buscar las semillas y las razones sólo en lo exterior, en las culpas de los españoles, de los ingleses, de los yanquis», es hacer algo así como el avestruz, hincar el morro en la pachamama Europa y negarse a contestar preguntas sobre las raíces de la violencia en Bosnia, Kosovo, Chechenia, Irlanda y suma y sigue...: ¡eh, scusa!: se me olvidaba Sicilia.

01/08/2000

 
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