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ARTÍCULO

Viaje en un México ignoto

Seix Barral, Barcelona
214 pp. 16,01 €
 

A pesar de ser uno de los autores más interesantes de nuestro idioma en el pasado siglo, y de seguir siéndolo hoy, tras su temprana y trágica muerte, el mexicano Jorge Ibargüengoitia es prácticamente desconocido en la madre patria. Razón le sobra a José Manuel Fajardo cuando dice en el prólogo de esta edición: «A tal punto ha llegado la extraña mala suerte de la obra de Ibargüengoitia en España, que se ha convertido en un culto secreto, una señal para iniciados». Para mi buena fortuna, me cuento desde hace muchos años entre esos iniciados, y aún recuerdo cuando leí por primera vez Estas ruinas que ves, allá a finales de los setenta, y mis carcajadas y mis sonrisas relevándose en refrescarme el alma durante tan desopilante lectura.Y también el descubrimiento de los préstamos que el autor se hacía entre sus propios libros.
Así, por ejemplo, el tequila que se bebe en la p. 153 («este tequila es con el que brindamos cuarenta compañeros de la Asociación de Profesionistas Cuevanenses y nuestras respectivas esposas, un dieciséis de septiembre que nos tocó pasar en la isla de Melos») ya lo habíamos paladeado en su deliciosa estampa, muy a lo Julio Camba, sobre el mexicano en el extranjero («El magistrado levantó los ojos al cielo raso y su mente se trasladó a uno de los momentos culminantes del viaje a Europa que acababa de hacer en compañía de cuarenta abogados coterráneos. –Éste fue el tequila que tomamos en la isla de Chíos [dijo])», estampa recogida en Viajes en la América ignota, de 1972.
Tratándose, pues, de un autor tan desconocido en estas latitudes, bueno sería presentarlo: Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato en 1928, y murió en la catástrofe aérea del 27 de noviembre de 1983, cuando su avión se disponía a aterrizar en Madrid, de donde luego debía partir para un congreso de escritores de lengua española en Bogotá: junto con él perecieron, prematuramente también, Marta Traba, Ángel Rama y Manolo Scorza. La obra de Ibargüengoitia es polifacética: abordó con igual éxito la novela, el teatro, la llamada literatura infantil y la crónica periodística, género en que lo tengo por un orfebre inigualable. La narración que nos ocupa, Estas ruinas que ves, que Seix Barral anuncia como inaugural de una bienvenida Biblioteca Ibargüengoitia, ganó en México 1975 el Premio Internacional de Novela, y la considero una obra maestra, con la que se adelantó en diez años a La aventura de un fotógrafo en La Plata, de Bioy Casares, la cual es algo así como su hermana melliza y con rasgos psicodélicos.
Transcurre en Cuévano, que es el nombre tapadera del real y existente Guanajuato natal del autor. Un Cuévano que no diría yo que pudiéramos homologar con la Vetusta de Clarín, como sugiere Fajardo en el mencionado prólogo: si acaso por lo farisaico del paisanaje, en especial de las «fuerzas vivas». A mí ese Cuévano me recuerda mucho más, inopinadamente, la Moraleda de don Jacinto Benavente, donde lo farisaico también es lo que priva, si bien los artificiosos diálogos benaventinos en el caso de Ibargüengoitia se transforman en demoledores flashes del adocenamiento provinciano. Y si Ibargüengoitia no hubiera decidido rebautizar su patria chica, a lo que más recuerda Cuévano, además de a La Plata de Bioy Casares, es a la Rosario, también argentina, de Roberto Fontanarrosa, otro autor que, asimismo, ya está empezando a conocerse en España: ¡era hora! Y, sin duda alguna, Cuévano se asemeja mucho –puesto al día– a la Palma de Mallorca decimonónica de Miss Giacomini, de Miquel Villalonga, una de las mejores y al mismo tiempo más desconocidas novelas de la posguerra incivil.
Estas ruinas... se inicia con una «cita» del Opúsculo cuevanense de Isidro Malagón, a quien luego conoceremos como personaje del relato, y ese opúsculo es una especie de aproximación etnográfica y taxonómica a la ciudadanía de Cuévano, que nos abre el apetito por entablar conocimiento directo con ella: «Como el agua de las Siete Palabras llegaba a las casas con tinte rojizo en el invierno, hubo necesidad de construir los filtros de Santa Gertrudis, que a pesar de ser monumentales nunca llegaron a dar agua clara. Cuando esto ocurrió, los habitantes de Cuévano, que siempre han sacado de la resignación partido, dijeron: –¿Para qué hacen filtros, si todos sabemos que el agua de aquí es colorada?».
La narración es en primera persona y el narrador es Francisco Aldebarán (Paquito para sus conocidos de antaño). Aldebarán, oriundo de Cuévano, regresa a la ciudad como profesor de literatura de la ilustre alma mater cuevanense, y ya en el tren de coches-cama desde la Ciudad de México llega a relacionarse con uno de sus colegas, Enrique Espinoza, y con su esposa Sarita, a la que llegará a conocer bíblicamente en una escena tan hilarante que hace temer por el ajuste de las mandíbulas del lector. Pero no adelantemos los acontecimientos. El reparto de los hechos narrados incluye a casi todo el profesorado universitario, y muy en especial a la bella Gloria, conductora automovilística sui generis y alumna de Aldebarán en la universidad, y a la que el profesor desea con vehemencia desde que la divisa por primera vez en su balcón: aunque luego frene en seco sus deseos cuando un amigo común le secretea que la joven padece una rara afección cardíaca, la cual le producirá la muerte cuando llegue a tener su primer orgasmo.
Y no quiero contar más de la trama, aunque haya adelantado algo en lo que se refiere al volcánico idilio entre Aldebarán y Sarita, pero es que el propio autor nos lo deja sospechar desde que al llegar la noche, en el tren de coches-cama, Aldebarán se despide de su marido a la entrada de la cabina donde viaja el matrimonio: «Sonreí cortésmente a la mujer, que estaba tratando de acomodarse en la cama sin enseñarme los muslos. Ella me sonrió a su vez.Tenía los ojos negros, los dientes blancos y los muslos bien hechos». Cuando llegue la hora de las definiciones, después de una persecución en el interior de su casa y que parece imaginada por Jardiel Poncela, Aldebarán resume: «No. No. No. No quiero –me dijo, y abrió las piernas».
Tres muestras más del inimitable estilo de Ibargüengoitia. La primera por lo que se refiere al establecimiento y a sus hábitos: «El Gobernador dio esa tarde una comida íntima a la que asistimos ciento cincuenta personas». La segunda al hablar de unas solteronas de Cuévano: «Sus diversiones consistían en arreglar nacimientos, que por desidia quedaban expuestos hasta el Viernes Santo».Y la tercera, no sé si como posible excusa autobiográfica (todo es posible en Cuévano): «Pocos maridos han sido tan respetados en el adulterio como lo fue Espinoza».
Y pocas veces en mi vida de lector me he sentido tan agradecido al autor de las páginas que estaba leyendo. Y como no quiero privar a los lectores de esta reseña de los placeres que me deparó una novela semejante, no revelo nada más, busquen ustedes el libro y prepárense a pasar de dos a tres horas de plena satisfacción literaria con un coeficiente del cien por cien de diversión, algo que sólo está al alcance de los clásicos. Nada más quiero añadir que mucho nos valiera si en la literatura en lengua de Castilla se diesen un par de Ibargüengoitias en cada generación. En la suya y la siguiente se dieron él y Osvaldo Soriano, a quien también habría que recuperar con otra Biblioteca homónima.
Last but not least: La carrera de relevos que comenzó Ibargüengoitia, a su manera cortazariana, jardielponcelesca, llámenla como quieran, terminaría inexorablemente en Fernando Vallejo, y ya sólo eso es un mérito de los más grandes.

01/06/2005

 
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