ARTÍCULO

Alcances de la mirada poética

Trotta, Madrid
176 pp. 10 euros
 

El título del poemario de Ernesto Cardenal, definido en la solapa como el más importante poeta vivo de Hispanoamérica, alude a la feliz prolongación del examen que el poeta ha hecho al mundo desde las posibilidades expresivas de la voz, una voz que recoge anécdotas personales, que se vale del intertexto (hay un verso de Neruda que se entromete con insistencia: «Un enamorado mirando hacia aquí dirá / que tiritan azules los astros a lo lejos» (p. 13), y que entrevera con sabia dosis teoremas y aseveraciones de científicos con frases románticas que bordean lo cursi: tal es el caso de «y yo pude escoger no haberte conocido nunca / pero no lo haría» (p. 21). Otra de las estratagemas urdidas por Cardenal es la complicidad con el lector, esa invitación confidente y cordial que salva los valladares del anonimato: «La que más quisiste y no te quiso / quiera o no quiera estará unida a ti / donde todo está junto en un punto. / Lector/a, puedes dar estos versos / a quienquiera que sea que no te quiera» (p. 16). En estos versos puede observarse que el poeta no teme las repeticiones de cariz cacofónico: «quie-que-quequie», porque prioriza o prefiere la persistencia del sentido, y deja de costado el esmero formal, el puntilloso esmero formal, como ocurre, asimismo, en este otro verso, que no elude la rima consonante interna: «donde todo está junto en un punto».
En lo que respecta a su estructura externa, Versos del pluriverso está conformado por seis poemas de largo aliento. En cada uno de ellos el poeta aguza su linterna para iluminar contornos de la inmediatez material por medio del reflector anímico. Es una operación que funciona muy bien porque las citas de Darwin, Chardin, Poincaré –y una larga fila de etcéteras– e incluso las referencias a los procesos revolucionarios de América Latina potencian el íntimo dolor de la pérdida de la persona amada. Dicho de otro modo, y por citar el Obermann de Senancour citado por Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida, la pregunta cardinal/cardenal es: «¿Quién eres tú? Para el universo, nada; para mí, todo». El giro afiebrado de los planetas, la escala filogenética –revisada en «Cavernas» en un espectro que va desde el pleistoceno superior hasta 1895–, las precisas definiciones antropológicas de «Ecce Homo» (el hombre es «el único animal con nalgas», «el único animal vestido», «el único animal que sonríe», «el único animal que sabe que va a morir», «el único animal que llora cuando nace») (p. 62) y las citas y alusiones de conceptos y apotegmas científicos se subsumen en la única, irremediable tragedia personal: la ausencia, el desamor palmario: «Cada encuentro de dos unifica el universo». Este pespunteo, entre las arduas teorías físicas y matemáticas y el agudo dolor de los abandonados, es perceptible sobre todo en el poema que inaugura el libro, «Pluriverso», y recoge incluso versos de poetas románticos: «los suspiros son aire y van al aire», redimensionados por la función material del aire, examinado en su fase sólo física: «Todo se interpenetra con todo / dice Bohm. / Los suspiros son aire y van al aire / pero la molécula de oxígeno en tu suspiro / ¿dejó de vivir al salir de ti» (p. 15). El romanticismo adquiere una connotación terrena, tangible.
El poema es un punto de reunión, una caja de voces, donde coinciden poetas (Shakespeare, Bécquer, Neruda), científicos (Bohm, Davies y Heisenberg, entre otros) y amores perdidos, con el énfasis puesto en Claudia Argüello. Mirar el aspecto atómico, material, ordinario de la mujer es una estrategia de reificación que relativiza la pérdida al colocar el blanco de las flechas amatorias en un plano distinto, menos espiritual, menos idealizado: «Hay átomos en la tierra, en el agua y en el aire / que después estarán en una muchacha como Claudia / (la de entonces) / ¿y antes de estar en ella no están vivos? / Las categorías de alma y cuerpo son arbitrarias, / y no hay dualismo, Claudia. / O muchacha que es ahora como ella, / la de antes» (p. 15).
«Con Martí mirando las estrellas» es un puñado de interrogantes que giran en torno de la evolución: el centro es el hombre (reminiscencia de Protágoras), pero en movimiento ineluctable: «el hombre nació del primate / ¿qué naciera del hombre?» (p. 32). El poeta apuesta por una evolución humanizante (Hegel está detrás, como sedimento, en espera de ser advertido). Darwin es citado y su presencia es evidente, pero Hegel, sin ser mencionado, habla en voz baja: «Todo ser tiende a trascenderse. / A ser un ser superior al anterior. / ¿Y el ser humano no tenderá también / a trascender a otro ser mejor? / Pero es peligroso hablar de Dios» (p. 34).
No es reciente, por cierto, la fijación de Ernesto Cardenal (o del hablante lírico, si me apuran) centrada en las maravillas del universo, en el corazón de la materia: en el Cántico cósmico y en sus Epigramas también intercala la voz quejumbrosa con la mirada que busca el fondo y el trasfondo de la realidad visible.Y el azoro ante los enigmas de la ciencia es observable incluso en sus memorias, publicadas bajo el rótulo de Vida perdida: allí cita la frase de Bernard Shaw acerca de la impericia de los jóvenes y del saber concedido sólo a los viejos (en materia de amor, cortejo y seducciones): «Bernard Shaw decía que la naturaleza había hecho un gran error al darle juventud a los jóvenes, porque los jóvenes no saben aprovecharla. La juventud debería ser para los viejos, porque sólo uno estando viejo sabía aprovechar la juventud» (p. 27).
En otro poema de Versos del pluriverso, denominado «Hoyos negros», hay una deliciosa mezcolanza de tópicos teológicos, pinceladas biográficas, elucidaciones científicas, referencias políticas y andadura al pasado con pies que están hechos de futuro. Que los dioses, los átomos y las estrellas protejan al poeta de Nicaragua, más sabio si más viejo y más dueño de la conciencia poética, avispada y febril, ya en el crepúsculo de sus días.

 

01/05/2006

 
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