ARTÍCULO

Turbulencias de la modernidad

 

La aparición de un descomunal volumen de ochocientas páginas de buen tamaño y letra pequeña, Verdes valles, colinas rojas. La tierra convulsa, ha supuesto el descubrimiento del bilbaíno Ramiro Pinilla, y ciertamente su nombre es para muchos el de un desconocido. Esta torrencial irrupción, sin embargo, tiene nada desdeñables antecedentes, pues Pinilla se dio a conocer en 1957 con Elídolo, poco después lanzó Las ciegas hormigas, doble premio Nadal y de la Crítica en 1961 y luego quedó finalista del Planeta con Seno (1971)... Son unos pocos datos de una trayectoria mucho más amplia en la que no faltan empeños de envergadura como una también larga narración muy distinta de la que motiva este comentario por su espíritu documental, Antonio B, el Rojo, ciudadano de tercera (1977), y otros no pocos textos, entre los cuales conviene recordar para hacer un perfil del escritor Enel tiempo de los tallos verdes (1969), nueva prueba de vocación imaginativa, y ¡Recuerda, oh, recuerda! (1975), reunión de cinco relatos donde está, in nuce, la materia de su último título.
El olvido de un autor casi prolífico tiene, en su caso, un par de explicaciones. Por un lado, su voluntario apartamiento desde hace al menos un cuarto de siglo de la sociedad literaria y de los mecanismos habituales en la difusión de las letras como rechazo de las prácticas editoriales comunes y como reafirmación de una soledad e independencia orgullosas. El mérito de esta infrecuente decisión de entregarse en cuerpo y alma a la escritura y de promover la publicación de libros al margen de los cauces del mercado en su tierra natal se nubla con un velo de desdén cuyo precio es la marginalidad.
La otra razón del olvido es muy distinta. Se debe al carácter de la escritura de Pinilla, fuera de los registros comunes en nuestra literatura. En la ideación, prefiere la inventiva de raíz mítica asentada sobre el símbolo y la alegoría. En el estilo, se inclina a un fraseo nada sintético, faulkneriano, más cerca de Benet que de Baroja. En los temas, le interesa un análisis antropológico que se dilata hacia los orígenes mismos de nuestra naturaleza con el ambicioso propósito de hacer una especie de epopeya de la humanidad desde su aparición en el planeta hasta estos tiempos actuales de degradación, según su manera de ver la sociedad de la era industrial. Se puede considerar la narrativa de Pinilla como gesta, siempre que de inmediato se aclare que en ella sólo quedan resonancias de un héroe desaparecido, entrevisto entre las brumas de un pasado aniquilado por el progreso y por la civilización. Epopeya, pues, de un recorrido degradatorio en la que el presente tiene un malísimo aspecto y el ayer se difumina entre resonancias bíblicas, hazañas fundacionales y lucha sin cuartel del hombre primitivo puro y el hombre maleado por la sociabilidad, la comunicación, los negocios, el dinero, el poder... No se entienda esto como un romántico canto rousseauniano, sino como algo más vasto, profundo y, según se mire, más terrible: no se trata tanto del canto al solitario como de una elegía encrespada por el hombre aislado en la sagrada incomunicación de la tribu.
Se pensará que estoy hablando del mundo novelesco de Pinilla con una digresión sin fin que amenaza con comerse el espacio debido a Verdes valles,colinas rojas. Aunque lo parezca, no es así, porque todo lo dicho vale para esta novela, y aun lo tengo por imprescindible para intentar explicarla, cosa no fácil, por otra parte, dada su complejidad. Al mencionado enfrentamiento responde la evidente dicotomía del título, y la algo prolija anécdota narrativa asume el papel de mostrar el desarrollo del conflicto desde el último tercio del siglo XIX hasta unas fechas cercanas a las nuestras. El conflicto se encarna, por una parte, en una saga familiar o etnia, los Baskardo. Fueron, en su espacio primitivo, San Baskardo (territorio imaginario superpuesto a la actual Getxo), de legendarios orígenes, una comunidad orgullosa, independiente, feroz en la defensa de su peculiaridad, hasta que claudicaron con la llegada de unos nuevos tiempos. Un Baskardo de esta época de trastornadoras mudanzas, Camilo, rico industrial, casa con una aristócrata nacionalista sabiniana, Cristina Oiaindia, y esa alianza de la tradición y el dinero se decanta en un sentido práctico. No queda otro remedio que hacer de la necesidad virtud y, como dice a las claras Cristina, si la revolución industrial ha de ser, que sea vasca: sólo así será algo bueno.
En paralelo corre la peripecia de otra saga, los Altube, uno de cuyos miembros, Roque, traiciona también el espíritu primitivo sustituyendo ante la exasperación de los suyos la dedicación a la economía rural familiar por un trabajo asalariado en las minas que proporcionan la energía a la pujante siderurgia que ha revolucionado modos de vida idílicos. Como nexo entre ambas sagas funciona una forastera misteriosa, llamada Ella, una simple criada que humilla a Cristina teniendo un hijo con Camilo (un Baskardo apodado El Bastardo), hace un matrimonio de conveniencia con un Altube de inverosímil gordura, amasa una fortuna y levanta una ofensiva casona frente por frente de la mansión de la aristócrata.
Pérdida de las raíces, mezcla de sangres, verdes valles de un paradisíaco mundo primitivo amenazado, colinas rojas por la bandera y la sangre de los trabajadores de las fábricas y las minas lanzados a la revolución... Nacionalismo, capitalismo y socialismo... Un retrato histórico explosivo del fin de un tiempo edénico y del arranque de un futuro inquietante. Ese panorama lo muestra el autor en una visión de conjunto nada complaciente con las esencias nacionales fundamentalistas, pero que prefiere describir en su peligrosidad sin sentenciarlo. Su postura tal vez la encarna en la compleja personalidad, nada maniquea, llena de matices, de uno de los grandes tipos de la obra, el bondadoso y solidario maestro que actúa como narrador, testigo e intérprete. Historias de ambiciones sin límite, amor y odio, riqueza y miseria, leyenda y cruda realidad... Esta multiplicidad de factores, sostenida en un enorme censo de personajes, salvo excepciones muy poco ejemplares, y alimentada con un caudaloso número de historias menudas, es la base de la aproximación de Pinilla al pasado reciente del País Vasco. Parte el novelista de una mirada globalizadora que tiene el propósito de abarcarlo todo, lo individual y lo colectivo, la vida corriente y la ideología; un propósito totalizador concebido como una épica humana ceñida a las turbulencias provocadas por la modernidad en un marco concreto, el vasco.
Este impulso explica la dimensión de la obra, los varios millares de páginas escritas que no acaban en este volumen por sí solo impresionante. Por un lado, se proyectan hacia adelante, pues el tomo se anuncia como primera entrega de una trilogía. Por otro, tienen frondosas raíces detrás, en el libro de relatos mencionado (donde aparecen ya algunas anécdotas concretas de ahora, por ejemplo la extraña historia del rebaño de llamas que invade Getxo) y al parecer en varios libros más que no he conseguido a pesar de haberlos buscado en su día con interés ( Andanzas deTxiki Baskardo, Quince años...). Las medidas de un texto siempre son relativas y, como decía no recuerdo qué crítico de hace un siglo, así como sería insoportable una égloga de tres tomos, es imposible una epopeya en veinte versos. De modo que, aunque las dimensiones de Verdes valles, colinas rojas puedan parecer excesivas, resultan congruentes con la meta perseguida. Otra cosa es que tal esfuerzo obtenga resultados artísticos del todo satisfactorios. Uno tiene la impresión de que Pinilla no se plantea ningún requisito que contravenga su entrega a un deleite caprichoso en la pura práctica de la escritura, que él alarga y alarga a despecho de lo que los demás puedan pensar de ello, indiferente a la fatiga del lector y sin importarle su oportunidad en el conjunto de la obra. Sería una postura libérrima, de escritor sin atadura alguna. Así lo hace pensar, por ejemplo, la inacabable reconstrucción de la subida desde la playa hasta un altiplano de una enorme losa que se convierte en tabernáculo. Es como si el autor quisiera reproducir en la magnitud de la narración la desmesura de la proeza narrada. Ello tiene como consecuencia una fatiga del lector sólo superable con mucho esfuerzo, casi con sacrificio. Otro precio paga este modo de concebir la novela: ni Tolstói sería capaz de mantener una intensidad constante con una escritura tan desatada. Por eso, la novela de Pinilla, siendo en conjunto admirable, resulta irregular y tiene momentos en que decae, en que la acción sólo se prolonga, sin más. Contra ello lucha la carga emocional que aporta una feliz decisión técnica: hacer que el relato provenga de un par de voces singularizadas, un entrañable y anciano maestro, don Manuel, y un joven Altube, Asier, un discípulo a quien proporciona las claves básicas para moverse en ese mundo tan revuelto.
Sería cicatero andarse con reparos menores o de detalle ante una empresa literaria tan valiosa y exigente como esta de Ramiro Pinilla. Sin embargo, y sin desmerecer en nada lo señalado, no se halla lo excelente en el gran mural, sino en algunas de sus anécdotas particulares. Gran valor tiene la historia de amor del maestro y de la desvalida Teresa, y categoría magistral posee otra de una originalidad deslumbrante, también de amor, situada en pleno fragor de las luchas obreras. Me refiero a la relación tierna y terrible, realista y poética, protagonizada por dos personajes inolvidables, Isadora y Roque, que conjuga con absoluto acierto los deliquios del corazón y la tiranía de las ideas. No querrá hacerlo el autor, pero merecería publicarse separada esta joya llena de tanta vida que no necesita del retablo que la cobija.

01/05/2005

 
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