ARTÍCULO

Una historia del tiempo

Ed. Minúscula, Barcelona, 208 págs.
Trad. de Valeria Bergalli
 

Escritora secreta durante años, Marisa Madieri, nacida en 1938 en Fiume, hoy Yugoslavia, y muerta en Trieste, Italia, en 1996, publicaría por primera vez en 1987 Verde agua, calificado por la crítica italiana de «pequeño clásico contemporáneo». Una especie de sutil edificación en torno a la idea del paso del tiempo, a la manera de El rumor del tiempo de Osip Mandelstam, Verde agua es una de esas joyas inclasificables que contiene cada literatura. Inmediatamente quedaría asimilada a otros clásicos italianos de la memoria íntima como son Léxico familiar de Natalia Ginzburg, o también a ciertos pasajes igualmente inolvidables de descripciones del carácter propio e intraducible que tienen siempre los componentes de cada familia, tal y como los describía Primo Levi en su bellísimo libro El sistema periódico. Aparte de este libro, Marisa Madieri publicaría también en vida La radura, una melancólica y terrible fábula filosófica, como lo es El pequeño príncipe de Saint-Exupéry, y ya de forma póstuma aparecerían recogidos cinco relatos inéditos con el título de La conchiglia.

Tiempo aislado, secuestrado e incontaminado, la infancia, como se dice en Verde agua, se libera del peso del dolor y de las tragedias que la rodean: «Incluso la tragedia de la guerra –recuerda Marisa Madieri– fue para mí una extraña aventura». De él, de ese tiempo secuestrado en lo más hondo de la conciencia, quedará y se guardará esa sensación y eco exacto de lo indescifrable, de lo que no nos es dado a conocer y encierra nuestro propio misterio insondable, arrastrándose toda la vida como un dulce fardo pendiente de explicación. Como dice la escritora, se convierte en la «Atlántida», en el continente inexplorado de cada uno. «Mi Fiume», nos dirá la autora: «Yo soy aún aquel viento». Ahí se ha quedado detenida. Nada ha avanzado. Nada ha cambiado. Aquel y no otro es el ser y la mirada que un día vio por primera vez. Para cada uno, la verdad está en ese origen, en ese comienzo de todo.

Pero aparte de ser un libro sobre el exilio y el extrañamiento de todo que supone la niñez, Verde agua abordará sin cesar una recurrente y lúcida reflexión sobre la idea del destierro, de todo destierro. La familia de Marisa Madieri emprendería junto a otros muchos italianos un trágico y doloroso éxodo desde la ciudad de Fiume, entregada a los yugoslavos después de la guerra. Fue la suya una niñez vivida en precario durante siete largos años en un campo de refugiados, en el Silos de Trieste, en donde «entrar era entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio», en un tenebroso poblado estratificado y articulado a través de boxes unifamiliares; a merced de los temibles vaivenes de un futuro cuya llegada se teme sin cesar, el paraíso para seres crecidos entre la angustia y el sobresalto ––como es el caso de familias como la de Marisa Madieri– es algo que en cualquier momento puede volverse a perder. Poco a poco, el libro de Marisa Madieri se convierte todo él en una de las mejores metáforas que podremos conocer sobre la herida y fractura del exilio, de las diásporas forzadas, del éxodo y de tantos microéxodos sufridos por miles de desplazados y olvidados cantos rodados de la Historia. Apenas censados entre otros grandes flujos y mareas dramáticas del continente europeo durante el siglo XX , su éxodo, su huida, su expulsión, nunca logrará clausurarse.

Claudio Magris explicará así en el postfacio de Verde agua este éxodo de los italianos que vivían en Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, dentro de la antigua Yugoslavia: «Alrededor de 300.000 italianos abandonaron en los primeros años de la posguerra –marcada por el miedo, la intimidación y la persecución– Istria, Fiume y otras localidades dálmatas, perdiéndolo todo y viviendo como Marisa Madieri y su familia la vida mísera y precaria del exiliado en campos de refugiados como el Silos triestino». A ello pronto se tendrá que añadir un segundo y doloroso exilio, interior y profundo, que no tardarán en conocer estos cautivos de un mundo que ha dejado de existir y de un mundo que aún no se ha inaugurado: el 5 de octubre de 1954 se firma en Londres un memorándum por el cual se cede por fin parte del territorio libre de Trieste a Italia. Y añade Marisa Madieri: «Pero en el Silos las cosas no cambiaron. La vida del poblado prosiguió durante bastantes años al ritmo de la desolación. Los refugiados continuaron siendo mirados con sospecha, considerados con frecuencia incómodos y extraños competidores para acceder a los pocos puestos de trabajo que ofrecía la ciudad... No faltaron muchos desgarradores adioses de familias que partían hacia Australia como emigrantes, en un segundo y más radical exilio».

En el libro de Marisa Madieri aparecerán, fragmentariamente, traídas a golpes de memoria, escenas e imágenes congeladas, crónicas domésticas del fascismo, dentelladas de la penuria de una posguerra devastadora, de intolerantes autoritarismos que se instalaron tras la victoria aliada y que exigieron, si no su tributo de sangre, sí la humillación, la revancha, el vasallaje, el reparto de las piezas de caza, esos botines humanos de guerra que suscitaban rápidas e incruentas limpiezas étnicas. «Al final de la Segunda Guerra Mundial, la Yugoslavia de Tito –vuelve a decir Claudio Magris–, tras su extraordinaria resistencia partisana, no sólo recuperó tierras étnicamente eslavas incorporadas con anterioridad a Italia, sino que ocupó e hizo también suyas tierras en las que vivían italianos, como Istria y Fiume –actualmente Rijeka, en Croacia–, donde Marisa Madieri nació y vivió de niña, con su familia.» «Mi ciudad, Fiume –recuerda Marisa Madieri hablando de esta niñez–, mi ciudad que ya no era italiana, estableció el sistema escolar yugoslavo, y el estudio obligatorio de la lengua serbocroata.» Y sigue diciendo: «Entre 1947 y 1948 a los italianos que estaban todavía en Fiume se les exigió que eligieran: debían decidir entre adoptar la ciudadanía yugoslava o abandonar el país. Mi familia optó por Italia y sufrió un año de marginación y persecuciones. Fuimos desalojados de nuestro piso, papá perdió su puesto de trabajo y poco antes de partir fue encarcelado».

Novela de formación y de desarrollo vital de la protagonista, Verde agua consignará también el retrato fiel y pormenorizado de los componentes, o más precisamente, de algunos de los componentes de su familia que más la marcaron. Todo el libro se convierte también, de este modo, en un homenaje, en una tabla de salvación, después de tantos naufragios, de algunos seres heroicos y llenos de vigor, que si no hubiera sido a través de la escritura habrían visto negada su ración de eternidad, diluidos y pulverizados en el agujero sin forma de su anonimato. Es esa madre, siempre amando y sufriendo, de forma indisoluble, cuya imagen le es devuelta dolorosamente a la autora «en el campamento del Silos, en Trieste, doblegada por la angustia, por la miseria, por una madre tiránica, por la falta de una casa, sólo deseosa de envejecer para tener tiempo de "leer libros"», un lujo para ella inalcanzable, despreciado e ignorado por tantos otros.

Pero es también el entrañable, y lleno de humor, retrato de personajes extravagantes, acorazados por su propio ingenio, por sus espejismos, que se protegen de la adversidad, inventando continuamente su propia leyenda, hasta llegársela a creer, creando nuevas y míticas personalidades indestructibles. Ahí, en esas descripciones de Marisa Madieri, paralelas a los efectuosos retratos de sus familias elaborados respectivamente por Primo Levi en El sistema periódico o por Natalia Ginzburg en Léxico familiar, se enclavaría la figura del padre de la autora: «Mi padre –dirá Marisa Madieri– consiguió siempre modificar alegremente su pasado en el recuerdo y transformar su vida, que conoció reveses y satisfacciones reales, miserias y tenaces recuperaciones en una novela de capa y espada, llena de aventuras y empresas gloriosas, en las que acabó creyendo». Otro personaje fascinante, protagonista todo él de una sola y autónoma novela, será la «adoptada y ascendida a abuela» viuda del padre de Marisa Madieri. Nacida cerca de Belgrado, de madre rumana y de padre serbio, «derrelicto de una civilización oscuramente agraria y feudal», los relatos de la abuela Anka –nada de psicología, dirá Marisa Madieri, todo consecuencias patrimoniales– «eran un conglomerado de acontecimientos históricos ligados a sus tierras, el Banato, Eslavonia, Serbia, Hungría, Rumanía, de los que se desprendían un orgullo racial y de clase, prejuicios antisemitas, un odio visceral hacia Tito, nostalgias monárquicas».

Personajes y vestigios todos ellos que se evaporaban día tras día ante los ojos de Marisa y los suyos. Grandilocuentes, tenaces e inmunes, permanecían conectados a nostálgicos y remotos pulmones de acero austrohúngaros e imperiales que les permitían seguir con vida. Pero junto a ellos se muestran, aunque sea a través de la ironía con que son acogidos, hallaremos en cambio transfiguraciones estremecedoras de los que, como terroristas domésticos legalizados por las leyes no escritas de una convivencia diaria que los legitima sin cesar, socavaban también sin clemencia alguna el equilibrio regido por el pánico de hogares mantenidos por ellos con mano férrea. Ahí estaría el padre que viola impunemente a sus hijas o la madre que igualmente aniquila a su propia hija y acosa y empuja al suicidio a un yerno débil, además de «eslavo».

Precisa y certera, llena de matices sutiles y escondidos, eludiendo con pocas palabras distorsiones y arrebatos literarios, Marisa Madieri, al congelar y tejer la historia suya y de su familia, ha buscado el equilibrio que da la lealtad hacia un pasado del que nada se oculta ni se maquilla, por incómodo o brutal que vuelva a presentarse. Mosaico fragmentado y ensartado en porciones de esencia coagulada, la poesía que recorre el libro de esta escritora compone, minuto a minuto, mojón tras mojón, un recurrente e insustituible ensayo autónomo sobre la idea del tiempo y su repartición en cualidades, esferas significantes, movimientos, pausas, éxtasis, metamorfosis, rupturas. Lo decía Montaigne en sus Ensayos: «Cada hombre encierra la forma entera de la condición humana: propongo una vida baja y sin esplendor. En ella pinto el paso de día a día, de minuto a minuto».

01/05/2001

 
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