ARTÍCULO

Verbos vivos

 

Dieciséis verbos, dieciséis relatos. Dieciséis trozos de espejo donde el lector descubre una mirada abierta, meticulosa e incisiva. La realidad aparece en primer plano, y junto a ella un misterio frágil, tímido, que se calla para convencernos. Las imágenes se suceden sin ruido, como una aparición que nos hiciera señas para seguirla. Así entramos en el libro. Todo es tan silencioso y vivo que las preguntas nos asaltan: ¿qué broma es esta? ¿Dónde estamos? ¿Quién nos lleva y adónde? Entonces, detrás de cada verbo aparece José Luis de Juan, o su mirada incógnita, como un espectro.

Secretos, digo, y no tanto por la categoría oculta o ignorada del hecho, como por su acontecer en escenarios donde no cabe la resignación a una existencia plena, sin recovecos, hendiduras o cuerpos extraños. Pues en ellos, desde ellos y a través de ellos, se nos cuentan las historias. Pero aunque De Juan narra con exclusividad de los temperamentos libres, sujeta su escritura a leyes precisas e inamovibles, que evitan cualquier peligro o tentanción de vértigo. Una vez dentro del relato, la fiabilidad del tránsito está fuera de toda duda. Quizá esta sea la virtud más ponderable del libro. El párrafo, el renglón, la frase, forman amalgamas de una carretera en la que no hay riesgo de derrape. La suya es una prosa que captura sin estridencias, ajena a los juegos malabares, una prosa compacta, sin fisuras, que no destaca pero actúa intensamente.

Enraizado en ella, surge un humor impasible e inmune, que despliega su sombra mientras observa las cosas tal y como son. Pero el humor no es el único poder al que se recurre. También hay sexo, y nada tierno, por cierto, nada delicado, nada amoroso, simplemente carnal y nefasto, iconoclasta, a veces cruel. Hay misterio, fantasmas, ensoñamientos, un poco de muerte. Y hay niñez, una infancia consciente, no idílica, observadora, en la que toda ventaja se reduce a lo desapercibido, al escondite lúcido que proporciona ser pequeño.

La vida privada de los verbos es un libro íntimo, no porque lo narrado pertenezca al ámbito de la confesión directa, tampoco de la implícita, ni de las tensiones que se ajetrean dentro de nosotros, ni siquiera porque el tono languidezca en ritmos suaves o se ampare a sí mismo, sino por la forma de ver. De entregarnos y de recrear lo visto. Es el mero acto sensitivo, personal y propio, tal cual se extrae de las vivencias, el que, en primera o tercera persona, alumbra cada relato y lo mantiene inmerso en esa atmósfera envolvente, que habrá de sostener el transcurso de las páginas en aquellos tramos menos afines al particular criterio y sensibilidad del lector. Una sola circunstancia le afecta: cuando el enfoque narrativo dilata su ángulo, la atención deambula sin encontrar un punto fijo de interés. El exceso de follaje en algunas historias, sin derrotarlas, nos obliga a dar pasos innecesarios. De esa forma, la trama se despista abandonando el corazón del argumento, pierde el pulso y causa cierto cansancio. Nos aleja. Después del paseo, el autor vuelve a rescatar nuestra atención, a veces con repentino y violento efecto, no menos agradecido, pero el intervalo basta para sentir una aridez que, de haberse limitado al asunto, no existiría. En consonancia con lo dicho, hemos de encontrar risa, estupefacción, atenciones cómplices, inmersiones súbitas y, también, algún bostezo.

Estamos ante una colección de historias que esbozan una experiencia aguda y sutilmente agria de la vida en su primer gran trayecto (infanciamadurez), y que denotan, sobre todo, visión propia y una elogiable sobriedad narrativa.

01/10/2001

 
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