ARTÍCULO

Venecia: memoria y deseo

Almed, Granada
Trad. de Andrés Arenas y Enrique Girón
400 pp. 28 €
 

John Julius Norwich, autor de la conocida A History of Venice (Nueva York, Knopf, 1982; trad. de Gian Castelli, Granada, Almed, 2003), así como de una importante serie de libros sobre Bizancio, es una autoridad en la historia de la Serenísima y de su relación con el resto del Mediterráneo. Pero, puesto que la decadente Venecia del si¬glo XIX es esencialmente diferente de la de épocas anteriores, El paraíso de las ciudades. Venecia en el siglo XIX tiene un carácter también distinto al resto de sus publicaciones relacionadas con la ciudad adriática.
Desde la entrada del joven Napoleón en la ciudad en 1797, hasta integrarse, en 1866, en la recién unificada República Italiana, Venecia conoció el humillante final de su brillante historia. El declive político y económico, sin embargo, no hizo sino acrecentar el mito de su decadencia, convirtiéndola en un lugar otro, definitivamente fuera del mundo y de la historia. Un lugar al que, de un modo u otro, quedaron vinculados muchos de los nombres más atractivos de la cultura europea y americana del siglo XIX.
Liberado de las exigencias del relato histórico canónico, precisamente por hablar de un período en el que Venecia había quedado fuera de la historia, Norwich abandona aquí los rigores de la secuencia cronológica o la necesidad de la continua enumeración de datos. A cambio, propone mirar Venecia a través de los ojos de otros, de extranjeros que acudieron a una ciudad aún llena de misterio y atractivo.
Toda selección implica necesariamente exclusiones, y ésta no es una excepción. El lector es libre de pensar que los nombres de Turner, Proust, Isabella Stewart Gardner o Mark Twain podrían muy bien haber encabezado interesantes capítulos de un libro como éste. Pero no tiene mucho sentido lamentar los caminos que el autor decidió no transitar, por atractivos que pudiesen haber sido. Como el autor advierte desde el prólogo, en ningún momento trató de hacer un inventario exhaustivo: más bien se propuso ofrecer un ramillete de apuntes biográficos conectados, cada uno a su manera, a la vida de la ciudad. Con elegante y documentada prosa, así como con refinado sentido del humor, lo consigue con creces. Podría decirse que, precisamente, el principal atractivo de este libro reside en su forma de mostrar, a través de la elección de determinados personajes y en el tratamiento que se da a cada uno de ellos, las afinidades e intereses intelectuales del autor. Después de comenzar por la corta y devastadora visita a la ciudad del joven Napoleón, que marca el tono y el escenario sobre el que después se desarrolla todo el libro, Norwich prosigue con capítulos dedicados a lord Byron, para el que la ciudad es, sobre todo, escenario de aventuras amorosas, y, por supuesto, a John Ruskin, el esteta victoriano por excelencia, cuyo libro Stones of Venice marcó definitivamente la visión de la ciudad, y no sólo para el público anglosajón, convirtiendo a su inexorable decadencia física en metáfora de la amenazada continuidad de la civilización cristiana europea.
La selección de Norwich tenía que pasar obligatoriamente por Henry James, cuyo inteligente relato The Aspern Papers retrata mejor que ningún otro la vida de la afortunada colonia internacional en la ciudad lagunar. Y a él debemos esta cita: «Parece un hecho cierto que un gran número de personajes interesantes, atractivos, melancólicos, ilustres y excéntricos, en algún momento dado de sus vidas se han sentido atraídos por Venecia gracias a una feliz intuición, estableciéndose allí y conociéndola y apreciándola como una especie de remanso de paz; que, vistos con la perspectiva de hoy, aparecen mezclados con su entorno formando parte de su historia no escrita. El destronado, el derrotado, el desencantado, el herido, o incluso el aburrido, parece haber encontrado aquí algo que no ha podido encontrar en ningún otro lugar».
Tampoco podían faltar dos nombres clave de la pintura anglosajona del siglo XIX íntimamente ligados a Venecia, aunque de concepto estético en las antípodas del moralismo medievalista de Ruskin: Whistler y Sargent. No en vano, el primero se enfrento a Ruskin en un sonado juicio, del que tambien se habla en este libro. Wagner, inicialmente reacio a los encantos de la ciudad, figura también entre los escogidos por Norwich, puesto que, «a pesar de que no está claro que Venecia inspirara el segundo acto de Tristán e Isolda, la ciudad de los canales siempre fue importante para él». Tanto, podríamos decir, que fue allí donde murió. Por su parte, Frederick Rolfe, el oscuro e inquietante «barón Corvo», protagoniza el último de los capítulos. Entre todos estos nombres, de sobra conocidos para el público español, Norwich introduce otros menos obvios –incluso para el lector anglosajón, al que originalmente se dirigía este libro–, como Rawdon y Horatio Brown, representantes de la colonia británica en Venecia durante casi un siglo, o Henry Layard, estudioso de la cultura mesopotámica, así como algunos otros personajes foráneos que hicieron de sus salones un imprescindible punto de encuentro para todos los mencionados.
Pensando en el público español, resulta muy pertinente el prólogo firmado por los traductores, Andrés Arenas y Enrique Girón, en el que se hace un minucioso recuento de las personalidades españolas vinculadas a la ciudad, desde el llamado Fortuny de Venecia hasta Ramón Gómez de la Serna, que prologó, a su vez, la version española del mencionado libro de Ruskin (Las piedras de Venecia, Valencia, Sempere, 1913).
No se trata, pues, de un análisis del mito de Venecia o de su influencia en la cultura moderna en un sentido teórico. Por el contrario, el gran acierto de Norwich es recurrir al género de las biografías, que hace que tanto la ciudad –unas veces insustituible telón de fondo, otras casi protagonista– como las peripecias de los efigiados cobren literalmente vida. De este modo consigue evocar lo que Venecia fue entonces para aquellos personajes, y lo que sigue siendo, a pesar de las masas, para cualquier visitante en la actualidad: memoria y deseo.

01/03/2010

 
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