ARTÍCULO

La verdad como liberación

Paidós, Barcelona
Trad. Rosa Rius y Carme Castells
250 pp. 18 €
 

El título «autobiografía», aplicado a esta larga conversación del filósofo Gianni Vattimo con el dramaturgo Piergiorgio Paterlini (que en esta ocasión se limita a recoger la voz del entrevistado), podría inducir a equívocos. No es exactamente una biografía, y desde luego no constituye un retrato intelectual en el cual se pase revista a la obra de uno de los pensadores más influyentes en la configuración de los debates sobre la posmodernidad que llenaron varias décadas del siglo pasado. Si hubiese que buscar una etiqueta de género, aunque fuese aproximativa, habría que hablar más bien de confesiones, si bien este tono «confesional» ya había comenzado a impregnar los escritos de Vattimo desde su Creo que creo. Pues en este libro el autor cuenta de sí mismo aquello que encuentra más relevante para dibujar su imagen en el espejo de la manera más nítida y más honesta que le es posible; lo hace con gran desenvoltura, con esa libertad que asegura haber alcanzado con la edad y que alguno podría considerar un atrevimiento, pero todo ello no está al servicio de presentarnos una obra o un largo trabajo de reflexión, sino más bien de ponernos ante un hombre cuya figura privada sale de estas páginas siendo rigurosamente coherente con su dimensión social –una dimensión que rebasa la de un profesor más o menos notable y adquiere una significación cultural y política más general–, y una figura de la que estas páginas esbozan un perfil, un tipo, un gesto o un estilo; una estampa que, salvo para sus más acérrimos enemigos, irradia benevolencia, simpatía, humor e inteligencia. Humor, ante todo, para suavizar algunas de las cosas más graves que se dicen en este relato de tono confidencial, a saber, las relativas a la fe religiosa: no se trata solamente de los «comienzos» de Vattimo en los grupos católicos juveniles; se trata, sobre todo, de su convicción expresa de que las vidas grises de aquellos a quienes hemos amado –representados en la memoria del filósofo por su tía Angiolina– no pueden desaparecer para siempre tras la muerte: «Pensar que esta persona está muerta sin dejar huella en la eternidad me parece un escándalo no sólo insoportable, sino impensable. Dante Alighieri puede estar muerto y sepultado, no importa porque tenemos sus libros, pero mi tía... ¿estamos locos? Mi tía no». Y este sentimiento de rebelión ante la muerte se repite cada vez que ella se hace presente en el relato, en la desaparición de parientes, maestros, amantes, amigos, cómplices. Y humor, también, para encarar las peripecias de una homosexualidad cada vez menos secreta: «Me habría gustado organizarme una seria vida bisexual [...]. Es complicado tener una familia heterosexual y ser homosexual, sí, ciertamente. Costoso, sobre todo. Pero Aristóteles lo hizo. Era otro mundo, se dirá. Exactamente: otro mundo es posible».
Luego está la aventura del hombre público: alguien que siempre se ha sentido animal de grupo, que siempre ha querido tener un equipo, una comunidad, un colectivo al que pertenecer: las congregaciones de acción católica, el Frente Homosexual Revolucionario Italiano (por el que fue candidato a las elecciones de 1976 con el Partido Radical), la facultad de Filosofía de Turín (de la que fue decano), el «partido filosófico» del Pensamiento Débil, el Parlamento Europeo, la candidatura a la alcaldía de San Giovanni in Fiore, la militancia contra Berlusconi; y siempre con la misma impresión ambigua de derrota («Somos cuatro gatos») y de libertad («Derrotado en todos los lugares del mundo, nunca me he sentido tan libre»); pero también alguien que a menudo ha estado en fuga, en minoría, en estado de excepción o de exclusión (la autobiografía hace casi imprescindible este sentimiento de persecución): expulsado de las Escuelas Cristianas, huido de la programación cultural de la RAI, «exiliado» universitario en Estados Unidos, ninguneado por sus colegas académicos (de quienes siente que no han dejado ni un solo día de hacer chistes sobre la «debilidad» de su pensamiento, y que no acaban de digerir que él sea el único de los intelectuales italianos contemporáneos que no debe su fama internacional a una alcaldía ni a una novela, sino a su obra filosófica) y por sus compañeros de la izquierda, que entienden mal su vuelta al cristianismo («La superstición es la única cosa seria que se puede cultivar en la vida. Lo demás son historias»): asegura que sus coetáneos pueden perdonarle su homosexualidad e incluso su prestigio, pero no su origen, no el hecho de haber llegado a donde está siendo hijo de un policía calabrés.
Y, sobre todo, en primer término, el trabajo intelectual («Mi trabajo es mi primer compromiso»). Discípulo de Luigi Pareyson, quien le aconsejó leer a Nietzsche, se encontró sin haberlo previsto con Heidegger (que acababa de publicar su largo ensayo sobre el autor de Así habló Zaratustra), y luego, merced a una beca Humboldt que lo llevó a Alemania, con Gadamer, cuya obra principal, Verdad y método, tradujo al italiano. A partir de ahí, sigue lo más original de su periplo: el haber encontrado en la doctrina heideggeriana del ser un camino para volver a leer a Marx y para conciliar la hermenéutica con la crítica social de la escuela de Fráncfort, su encuentro con Rorty y su alianza con el neopragmatismo estadounidense y con el posmodernismo francés de Lyotard, su defensa de la cultura europea y, en todo momento, su sentido del trabajo filosófico como impulso de emancipación: «La verdad os hará libres significa que es verdadero lo que nos libera». Así pues, No ser Dios es el retrato de un hombre septuagenario que afirma que su fórmula para el bienestar es el no haberse tomado nunca demasiado en serio a sí mismo.

01/05/2009

 
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