Le Corbusier
ARTÍCULO

Varones y mujeres: ¿un divorcio cultural?

Trad. de Marco Aurelio Galmarini Paidós, Barcelona, 1996
 

Quienes disfrutaron de Tú no me entiendes y Eso no es lo quequiero decir, pueden sentirse ahora decepcionados por el último libro de Deborah Tannen, Género y discurso. Esta autora había logrado que un público amplio se identificara con las parejas y grupos de amigos y amigas que en las páginas de sus libros se afanaban por conversar y a duras penas llegaban a entenderse. Deborah Tannen nos había explicado cómo la desazón, la tensión y las frustraciones que nos produce a menudo compartir la experiencia cotidiana con aquellos que nos rodean son, en realidad, el resultado y la evidencia de que varones y mujeres conversamos de maneras diferentes, si no irreconciliables. En los ya populares ejemplos de Tannen, los varones interpretaban las confidencias femeninas como exigencias con las que sus interlocutoras les reclamaban una solución para sus problemas. La confusión estaba servida: mientras para «ellas» una confidencia pedía otra confidencia, «ellos» respondían exhibiendo su frustración por no poder satisfacer una demanda que ellas ni siquiera creían haber hecho. Otros comportamientos conversacionales provocaban malentendidos semejantes; así, las respuestas mínimas (como «uhmm», «sí, sí», o los gestos de asentimiento), con que, al parecer, las mujeres obsequiamos a nuestros interlocutores, eran interpretadas, en los ejemplos estudiados, como «sigue hablando», en lugar de «te estoy escuchando y te entiendo», lo que, según Tannen, explica por qué las mujeres hemos tenido y aún tenemos en determinados contextos dificultades para poder hacer uso de la palabra. Estos y otros ejemplos llevaron a Tannen a defender la existencia de dos estilos conversacionales distintos. Primero, un estilo informativo, propio de los varones, para quienes el habla es un medio para preservar su independencia y negociar su status dentro de la jerarquía. Entre los medios para la consecución de este objetivo figura la exhibición de todo tipo de conocimientos y habilidades, con los que se logra además acaparar un lugar en la conversación, por ejemplo; mediante relatos ingeniosos, chistes, aportación de datos e informaciones de interés. Se evita, además, suministrar información sobre la situación personal o los propios sentimientos. Los grupos amplios, en los que los vínculos no son muy estrechos, ni hay tampoco un lugar para la confidencia, aparecen como el lugar idóneo para poner en práctica este estilo. Frente a éste, el estilo relacional, propio de las mujeres, se caracteriza por la sucesión de marcas de solidaridad. Las estrategias conversacionales se orientan al establecimiento de lazos sociales y a la negociación de la relación. Entre los medios para la consecución de este objetivo, tenemos, en este caso, las estrategias de cortesía que aseguran al otro que es apreciado, valorado y querido; el intercambio de información sobre la vida privada o la referencia a experiencias cotidianas. El foro más adecuado lo constituyen los grupos pequeños, donde existen o se crean vínculos estrechos y relaciones íntimas. Cuando las mujeres utilizan estas estrategias en ámbitos como la política, la empresa o el medio académico, se cuestiona su capacidad para integrarse en ellos o se subraya su inoportunidad fuera del ámbito doméstico o de la esfera de la intimidad y de los sentimientos. Para Tannen, estos estilos son el resultado de diferencias subculturales entre los géneros. Pero no va más allá y no se plantea lo que para otras sociolingüistas es la pregunta pertinente: ¿actúan las relaciones de poder y la situación de dominación tradicionalmente vivida por las mujeres como factores detonantes en la aparición de las distintas subculturas y de las diferentes maneras de conversar que exhiben los géneros? Tannen ni siquiera parece entender por qué se le han dirigido tantas críticas, aunque trata de intervenir en la polémica, justificando su enfoque y reexplicando lo ya dicho. Así, Género y discurso, sin ser un libro dirigido a un público especializado, se sitúa en el seno de una polémica entre sociolingüistas. En primer lugar, Tannen intenta demostrar que no ignora en sus planteamientos las diferencias de poder y aduce que su defensa de la diferencia (estilos conversacionales distintos) se ha interpretado injustamente como una negación de la dominación. En segundo lugar, intenta probar que las diferencias entre géneros son diferencias culturales, equivalentes a las que se observan en las maneras de conversar propias de las distintas culturas. La abundancia de ejemplos que contrastan y enfatizan las diferencias culturales hacen que este libro se ocupe sólo tangencialmente de la cuestión del género. Para defender su enfoque, Tannen se arropa en la sociolingüística interaccional, cuyos supuestos interpreta de manera reduccionista. Para la sociolingüística interaccional, la subordinación y la dominación se construyen en la interacción: ni los roles, ni el contexto están dados de antemano. Sin embargo, es evidente que no todo se resuelve en interacciones parciales, escogidas al azar, sino en una cadena infinita, a través de la cual los sujetos han ido construyendo y negociando su identidad. De la misma manera, tampoco cabe olvidar el orden social de los discursos y, en este caso, todos aquellos discursos normalizadores y legitimados que fluyen en la sociedad e imponen a los individuos una imagen de sí mismos, en la que puede estar en cuestión o verse reforzada su competencia y su cualificación. En este sentido, los efectos de un discurso sexista-adrocéntrico, y de un discurso de la igualdad entre los géneros, son radicalmente distintos. La interiorización de estas representaciones de los sujetos y de los géneros explica cómo los interlocutores abordan la interacción y refleja, por otro lado, la estructura social que no es, desde luego, todavía igualitaria. Las diferencias de estilo provienen para Tannen de los diferentes procesos de socialización. Niños y niñas se educan por separado y desarrollan valores aparentemente muy distintos. La pregunta es, sin embargo, por qué se producen estas diferencias en la socialización, y es ahí donde intervienen la situación de dominación y las diferencias de poder: mientras que el estilo informativo parece adecuado para quien va a verse en la vida obligado a competir, a luchar y a abrirse camino, el estilo relacional parece más propio de aquel a quien se le educa para quedarse fuera del ámbito de la competencia, pero también de quienes comparten una situación de aislamiento social y de dominación, lo que le llevaría a buscar el apoyo de los iguales. Es a lo largo de este proceso de socialización cuando se interiorizan las imágenes del otro género y del propio, cuando los individuos aprenden lo que se espera de ellos, en la manera de conversar y de actuar. Sería entonces cuando las mujeres, por ejemplo, se enfrentarían al androcentrismo dominante, cuando aprenderían que su voz y su discurso no está legitimado y cuando se familiarizarían con comportamientos conversacionales, en los que se ocultaría su presencia, su opinión y su capacidad de acción. Tannen ignora todos estos procesos, en los que han insistido autoras como Lakoff, Irigaray, Kramarae o Cameron. Para ella, sólo existen diferencias que son equiparables a las que existen entre culturas como la angloamericana y la japonesa, cuya aparición no se nos presenta vinculada a la situación social que viven ambos géneros, sino más bien como fortuita o casual. En cuanto al segundo argumento defendido en el libro: Tannen relativiza la función que suele atribuirse a determinados rasgos lingüísticos observados en la conversación entre géneros, explicando que estos rasgos tienen en culturas «no occidentales» otros valores. Pero las objeciones surgen de inmediato: las mujeres y varones estudiados hablan en su país y con sus compatriotas, es decir, en EEUU, y no en Nueva Caledonia, luego sus comportamientos se evalúan allí y no en otro lugar, de acuerdo con los valores que en este contexto se les atribuye. Es cierto que varones concretos en situaciones concretas pueden no tratar de dominar a sus interlocutoras, pero también es cierto que independientemente de cuál sea su intención, el varón que quita sistemáticamente la palabra a su interlocutora, tenga o no voluntad de dominarla, está reproduciendo unos patrones que consolidan su situación de dominación, mantienen activo el androcentrismo y contribuyen a excluir a las mujeres de determinados espacios sociales. Así, si bien Tannen ha señalado y popularizado los malentendidos y las diferencias entre los géneros, su enfoque y la explicación que de los estilos conversacionales da son, a pesar de este acto de autodefensa, muy limitados, no reivindicativos y fruto de una interpretación reduccionista de la sociolingüística.

01/04/1997

 
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