ARTÍCULO

Si ahora no, ¿cuándo?

Salamandra, Barcelona
Trad. de Isabel Margelí
128 pp. 15 €
 

Vladimir Jankélévitch entendía que el exterminio de los judíos pertenecía a esa clase de crímenes donde no cabe el perdón ni la prescripción jurídica, pues representan un atentado contra el hombre en tanto que hombre. ¿Puede aplicarse el mismo razonamiento a la política israelí con el pueblo palestino? Al igual que las novelas de Amos Oz, David Grossman o Abraham B. Yehoshúa, Vals con Bashir evidencia la obscenidad de establecer analogías, sin ocultar al mismo tiempo la responsabilidad del Tsáhal y sus aliados en odiosas masacres, como la matanza de refugiados palestinos en Sabra y Chatila.
El 15 de septiembre de 1982, las milicias cristiano-falangistas penetraron en los campamentos situados al oeste de Beirut para vengar el asesinato de su líder Bashir Gemayel. Durante treinta horas, los milicianos maronitas asesinaron a civiles desarmados, con el apoyo del Tsáhal, que bombardeó los campamentos, aseguró el perímetro, bloqueando todas las salidas, y lanzó bengalas durante la noche. La operación contó con el apoyo de Ariel Sharon y Rafael Eitan, jefe del Estado Mayor. El número de víctimas oscila entre ochocientas y cuatro mil, según las fuentes. La Asamblea General de Naciones Unidas calificó los hechos como genocidio. El 25 de septiembre se manifestaron cuatrocientas mil personas en Tel Aviv exigiendo una investigación. Un informe del Tribunal Supremo acusó de «negligencia grave» al ministro de Defensa, Ariel Sharon, que presentó su renuncia, y al jefe del Estado Mayor, pero se exculpó al Tsáhal, admitiendo tan solo su responsabilidad indirecta.
Sabra y Chatila muestran semejanzas con la matanza de Amritsar, una infamia que, sin embargo, no puede equipararse al espanto de Auschwitz. Vals con Bashir es una excelente novela gráfica y una brillante película de animación creada por Ari Folman y David Polonsky. Ari Folman (Haifa, 1962), descendiente de una familia polaca diezmada por el Holocausto, ha conseguido el respaldo del gobierno israelí en la promoción de Vals con Bashir, pero Folman no aprueba la política de su país con los palestinos. La segunda guerra del Líbano le pareció una terrible equivocación y mantiene su apuesta por el diálogo, deplorando la postura de la sociedad israelí, cada vez más inclinada hacia una intransigencia sin futuro.
Vals con Bashir es un relato de enorme belleza plástica, con un guión valiente y comprometido. David Polonsky ha creado una atmósfera reacia a la truculencia, pero con la determinación de ofrecer un testimonio veraz, aceptando la necesidad de mostrar la crueldad de la guerra. La narración descarta un cromatismo luminoso. Predomina el color sepia, el negro, el verde. Lejos del cómic sucio de la contracultura, Polonsky recurre a la línea clara, que transita de la estilización onírica a un suave hiperrealismo, matizado por un claroscuro dramático. Esa estética se mantiene tanto en los escenarios de guerra como en las discotecas de Tel Aviv, donde el hip-hop habla de amores frustrados o de moda, eludiendo la perturbación moral de un país endurecido por un conflicto inacabable. La apatía del color refleja la desolación interior de los personajes que han participado en la primera guerra del Líbano. En el invierno de 2006, Boaz ha superado los cuarenta, pero sigue soñando con los veintiséis perros que mató durante las incursiones en las aldeas libanesas. Incapaz de disparar contra seres humanos, abatía a los animales que advertían la proximidad del Tsáhal. En su pesadilla, la jauría avanza enseñando los dientes, con los ojos amarillos y un cuerpo famélico. Su amigo Ari, también ex combatiente, no comprende la persistencia de esa visión onírica. Su mente no recuerda nada de esa época, a pesar de que se hallaba a doscientos metros de Sabra y Chatila cuando se produjo la masacre. Ari emprende un viaje al pasado para descubrir por qué ha olvidado ese trágico día. Viajará a Europa, acudirá a un amigo psiquiatra, buscará a antiguos compañeros de armas.
Los datos son tan reveladores como los sueños. Carmi, que vive en Holanda, no ha olvidado ese miedo que les hacía disparar indiscriminadamente, matando a combatientes y civiles. Sus recuerdos se confunden con la imagen de una enorme y bellísima mujer que surge del mar completamente desnuda para ofrendarle su carne. Nunca le extrañó lo de Sabra y Chatila, pues los falangistas eran muy crueles y experimentaban hacia su líder una fascinación casi erótica. Bashir era carismático, resuelto, atractivo. Parecía una estrella de cine. Ari habla con Ronnie, que logró salvar la vida arrojándose al mar, mientras sus compañeros eran masacrados, y con Frenkel, héroe de guerra, estereotipo de la virilidad impregnada de pachuli. Ronnie vive bajo intensos sentimientos de culpa; Frenkel sigue utilizando pachuli, un aroma que le recuerda su vals entre las balas en mitad de un Beirut empapelado con retratos de Bashir. Su arrojo sólo es comparable con el de Ron Ben-Yishai, corresponsal de guerra que informó a Ariel Sharon de las atrocidades que estaban cometiéndose en Sabra y Chatila, obteniendo como única respuesta unas palabras de cortesía cargadas de cinismo.
Hay varias imágenes memorables en Vals con Bashir: el primer plano de la niña palestina muerta entre los escombros; la agonía de los caballos árabes absurdamente masacrados; la fotografía de una mujer palestina que llora por sus muertos. Vals con Bashir es una obra inspirada por el dolor y la culpa, pero también por el deseo de paz y reconciliación. Primo Levi escogió unas palabras del Antiguo Testamento para titular una novela ambientada en la posguerra europea: «Si ahora no, ¿cuándo?». El futuro de israelíes y palestinos se plantea con la misma urgencia.

01/06/2010

 
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