ARTÍCULO

Valente o la tradición moderna

 

José Ángel Valente (Orense, 1926) pertenece al tipo de poeta lúcido, poeta crítico que sabe no tanto lo que va a escribir como lo que ha escrito, y cuyos presupuestos se han ahondado en una visión general de la condición humana. Desde su primer libro de poemas, A modo de esperanza (1955), y desde su primera reunión de ensayos, Las palabras de la tribu (1971), su obra ha ido tanteando y acercándose al núcleo de su poética sin que en ningún momento haya habido extravío alguno. Muchos de los comentaristas de su poesía han señalado, y con razón, que su aventura literaria puede dividirse en dos etapas: la que se cierra en El inocente (1970) y la que, desde Treinta y siete fragmentos (1972), alcanza hasta nuestros días. En 1972 Valente reúne toda su poesía, incluido este último libro, en el volumen Punto cero. Su obra poética actual está dividida en un primer volumen del mismo título (1953-1976) y un segundo, Material memoria (1977-1992) que corresponde a esa segunda etapa que hemos señalado. Aunque esta división es útil, creo que puede resultar engañosa porque no se puede hablar de mundos distintos sino de profundización y de llegada a un punto de no retorno: Material memoria significa en la obra de nuestro poeta el momento de mayor lucidez y posesión del meollo de su universo poético, al tiempo que se evidencia la plena conciencia crítica, en el sentido que Thomas Sterne Eliot dio al término.

La firme aparición de la obra de Valente en el panorama poético de los cincuenta es un acontecimiento decisivo que hoy día ya podemos valorar con una cierta objetividad. Las modas y las supersticiones críticas de los años sesenta y setenta han sido devoradas por su propia lógica (la atracción del vacío) y se dibuja nítidamente la importancia de poetas que, al tiempo que fueron capaces de engarzar con una tradición viva, o de intensificar varias de las vetas más hondas de la tradición de la modernidad (la que comienza con Wordsworth, Coleridge, Novalis, Nerval y otros), reaccionaron contra el casi erial de la posguerra. Esos poetas, entre los que destacan Valente, Claudio Rodríguez y Jaime Gil de Biedma, tienen en común, entre otras cosas, el entroncar con la herencia de la generación del 27 al tiempo que con núcleos vitales de la poesía inglesa y francesa. Afortunadamente, no son los únicos poetas de valor, y hay que señalar –aunque en olvido de otros– a Brines, Barral, Gamoneda...; pero esto no es una lista sino apenas un esbozo contextualizador. Por otro lado, cuando digo generación del 27 está claro que simplifico: ese puñado de poetas no es unitario ni todos tienen la misma importancia. Señalo, pues, los dos nombres que creo fueron más determinantes en los escritores señalados: Luis Cernuda y García Lorca. El primero guarda afinidad con Valente por diversas razones, poéticas y morales. También la tuvo en Jaime Gil, aunque es poco notable en Claudio Rodríguez. No quisiera olvidar mencionar que entre la generación del exilio y la del cincuenta (empleo estas nociones con notable escepticismo en las mismas) hubo poetas sin los cuales no puede entenderse la súbita riqueza de la última. En primer lugar, hay que recordar que algunos de los poetas mayores fueron capaces de renovarse en sus últimos años y de renovar nuestro horizonte poético, como es el caso de Juan Ramón Jiménez. Cernuda escribe en la posguerra poemas de gran importancia, pero quizás no añade nada a las cotas alcanzadas anteriormente. Dámaso Alonso publica en 1945 Hijos de la ira, un bofetón a la asfixiante retórica de muchos poetas que fueron víctimas del corte producido por la guerra civil: exaltación del soneto como objeto precioso, maquinaria perfecta y, encerrada en sí misma, vacua. El mismo Alonso, tras ese estallido, se tambaleó entre aciertos poéticos y balbuceos teológicos.

Así, pues, la aparición de Valente ha significado para la segunda mitad de siglo un puente entre la poesía más viva de la modernidad europea y la tradición crítica de la poesía de lengua española. En el panorama hispanoamericano, dos figuras mayores han sido leídas por Valente, tanto desde la vertiente ensayística como desde la más viva de la poesía: Vallejo y Lezama, poetas radicales en el sentido de que ambos, toquen el tema que toquen, no pierden de vista la capacidad subversiva de la palabra. El tono de Vallejo, detectable claramente en varios poemas de A modo de esperanza, Poemas a Lázaro y La memoria y los signos, no ha cesado de oírse en su obra. Esa influencia quizás consista –además de cierta afinidad de espíritu– en el aprendizaje de la reticencia. Lo diré más claro con un ejemplo: la admiración por Vallejo no desemboca en un buen poeta vallejista como el mexicano Jaime Sabines, recientemente fallecido, sino en el peruano Adolfo Emilio Westphalen. En cambio, la influencia de Lezama, quizás el gran referente hispánico de Valente en el siglo XX junto con la pensadora María Zambrano, es más compleja y habría que ir a los ensayos del poeta cubano –ese amasijo de ideas y visiones, no menos densos y memorables que sus mejores poemas– para encontrar dicho diálogo. El denominador común que Valente encuentra en estos poetas es lo que Andrés Sánchez Robayna, en el prólogo a la antología del poeta gallego ha denominado «la realidad como creación»José Ángel Valente, El fulgor. Antología poética (1953-1966). Selección y prólogo de Andrés Sánhez Robayna. Galaxia GUtemberg, Círculo de Lctores, Barcelona, 1998., en oposición a nociones ancilares como «poesía como comunicación» o la poesía puesta al servicio de estas o aquellas ideas: la poesía como instrumento. De dichos instrumentos, tuvo mucho éxito el lema de Gabriel Celaya «la poesía es un arma cargada de futuro», cuyos disparos salieron por la culata.

Nada más ajeno a Valente que la concepción del lenguaje poético como vehículo de valores semánticos, que, por definición, antecederían al poema y supondrían, finalmente, la negación del mismo. En el ensayo «Conocimiento y comunicación», publicado en 1963, Valente, al igual que hicieran Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma, reacciona contra dichas ideas defendidas entonces (y ahora) por Carlos Bousoño, y se decanta hacia una concepción de la poesía en la que «el poema es una forma aparicional del conocer». Esta actitud ante el poema deviene no sólo de una estética, sino también de una ética. No es este el lugar para analizar un tema tan arduo, pero quiero al menos indicar que la relación de Valente con el lenguaje se ha ido haciendo progresivamente más crítica.

Valente ha ido explorando, en su obra ensayística tanto como en la poética, el mundo de la mística y de la cábala (como materia de inspiración poética, sobre todo); pero es un poeta temáticamente amplio, abarcando desde lo social a –quizás su constante más lograda– la experiencia amorosa. El gran referente literario ha sido, desde sus inicios, Juan de la Cruz, pero no es el único. Sí hay que hacer notar que Valente trata, por momentos, de otorgar a la poesía, el potencial ontológico que ofrece la religión; en este sentido no está lejos del George Steiner de Presencias reales. Quizás, esta conciencia, enormemente agudizada en sus últimos escritos, de la esencialidad de la poesía ha operado en los momentos menos logrados en poemas previsibles, porque suponen excesivamente su poética. Dicha debilidad, que debe suscitar reflexión, no supone invalidación de su poesía (a un poeta se le juzga por sus aciertos, y afortunadamente Valente es autor de una obra verdaderamente memorable), pero sí discusión de algunos presupuestos. Desde esta perspectiva valdría la pena pensar su concepto de Historia y la relación que establece entre historia y poesía. Robayna, sin duda uno de los mejores conocedores del mundo valentiano, piensa que la poesía es para nuestro poeta un espacio originario, plural y redentor, a diferencia de la historia, sentida como una deflagración del hombre. No hay, pues, reconciliación sino antinomia entre historia y poesía. Las Iluminaciones rimbaudianas concebidas como ilusorias y La temporada en el infierno como crítica de esa tentativa. Esta visión supone, a su vez, una concepción de la persona no tanto como ser histórico, sino como esencia. De ahí, creo, cierto fatalismo de Valente o actitud condenatoria en relación a lo histórico frente a la exaltación de lo poético como realidad hermética, al margen de lo social y capaz de subvertir nuestros presupuestos cotidianos.

En un pequeño librito de 1997, Notas de un simuladorNotas de un simuladorEdiciones La Palma, colección Tierra del poeta, Madrd, 1997., Valente afirma lo siguiente: «Escribir es una aventura totalmente personal. No merece juicio. Ni lo pide. Puede engendrar [...] en otro una volición, una afección, un adentramiento. Otra aventura personal. Eso es todo». Es una frase que un crítico no puede seguir, salvo para dimitir como tal, y que creo debe entenderse no como una crítica absoluta, que estaría en contra de esa dimensión que ha hecho de Coleridge, Baudelaire, Valéry, Paz y el mismo Valente los poetas que son, además de haber mediado entre la realidad inmanente del poema y la lectura, es decir, los lectores. Es verdad que a veces ciertos aspectos de su obra última, también de su abandono de casi toda crítica que no sea una suerte de ampliación o confirmación de su poética, parece ratificar esta sentencia. Es indudable que nadie en su sano juicio escribe un poema para que sea estudiado o comentado, pero la crítica puede llegar a ser un segundo cuerpo engendrado por el poema, un cuerpo, sin duda más abstracto, diría abusando un poco de la imagen, pero absolutamente necesario, porque el poema se lo vive, según el gusto de Valente, que me parece acertado, desde las branquias, es decir, sumergido en él, pero la prosa crítica ha de contener el espacio del diálogo. El poema no pide, en su radicalidad, ser explicado, pero nos hace hablar. Pero ¿dónde está la poesía de Valente?, se preguntará algún lector de esta nota. En sus poemas, le contesto: desde A modo de esperanza (1955) a Nadie (1996), haciendo más reales nuestras palabras de todos los días. La crítica no dice el poema, sólo es constructora de puentes.

01/08/1999

 
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