ARTÍCULO

Urías y el rey David

 

Sería una simpleza atribuir a cierta renovación de la moda de la «novela histórica» el interés que algunos de nuestros jóvenes escritores están manifestando por asuntos que suceden en escenarios del pasado. Así se acude a la España del siglo XVI en La dulce ira, de Luis G. Martín, a los brumosos tiempos de la corte astur de Ramiro I, en Los clamores de la tierra, de Florencio Argüelles, o a la época del general Franco evocada en sus propias memorias, en Llegada para mí la hora del olvido, de Tomás Val. O a ciertos sucesos de un pasado mucho más remoto y legendario, en pasado bíblico, que sirven de motivo para Urías y el rey David, de Ignacio García-Valiño (Debate).

La novela de género histórico ocupa un lugar importante en el mercado editorial, con abundancia de personajes medievales, detectives romanos y hasta algunos héroes paleolíticos. Se trata de una novela de gran consumo, de «gran superficie», y a ella sin duda se refiere Harold Bloom en El canon occidental al afirmar que «la historia y la narrativa se han separado y nuestras sensibilidades no parecen capaces de conciliarlas». Sin embargo, las novelas de esos jóvenes escritores no pueden adscribirse a este campo, más mercantil que literario. En ellas no se pretende utilizar un fondo histórico, reproducido con verosimilitud escenográfica, para encajar en él esas peripecias melodramáticas de amor y riesgo que debe llevar toda novela destinada al consumo mayoritario. Es la voluntad de recreación mítica, y no un puro historicismo funcional, lo que sirve de base a las novelas de esos jóvenes escritores. Precisamente esa voluntad, y el tratamiento formal y estético que la acompaña, las separa del género histórico, para adscribirlas a la literatura sin adjetivos. Aunque luego cada una de ellas esté lograda con mayor o menor fortuna.

En Urías y el rey David, García-Valiño ha utilizado los libros bíblicos de Samuel para reconstruir la vida de Urías el heteo y el mundo de intrigas y luchas de poder en que fueron piezas decisivas el profeta Samuel y los reyes Saúl y David. La novela viene a presentar la historia de un extranjero cultural y sentimental, que vive su extrañeza en un espacio en que todo, empezando por el propio Dios, le es ajeno. Como proyecto, esta novela, presentaba graves dificultades. Ante todo, se pretendía establecer un espacio que, sin traicionar la realidad que utiliza como pretexto, referencia y hasta sostén inventivo, consiguiese suficiente densidad como ámbito estrictamente literario. La primera dificultad estribaba, precisamente, en soslayar el historicismo, tanto en la construcción de los escenarios como en la de los personajes. Un tratamiento fiel del escenario hubiera dado posiblemente como resultado esos espacios bíblicos de cartón-piedra, de tanta tradición en la ficción cinematográfica de Hollywood. En cuanto a los personajes, una aproximación puramente bíblica, ajustada al tono solemne de los viejos libros, lo hubiera envuelto todo de un arcaísmo difícil de aceptar, pero una mera modernización hubiera hecho también inverosímil el discurso novelesco.

En la capacidad del autor para recrear un mundo mítico y darle un intenso reverbero cotidiano está el verdadero logro de la novela. En los aspectos ambientales, García-Valiño se ha inclinado por utilizar pocos elementos, estilizándolos y dándoles una significación especial. Su estrategia ha sido la de la sensibilidad y el sentido común, imaginando la similitud de ciertas perspectivas rurales que entre nosotros no han desaparecido del todo. La panadería en que Urías conoce a Betsabé, las viviendas sucesivas, el desierto, los lugares sagrados, la corte de David, todo está elaborado con extraordinaria sencillez, todo es familiar, reconocible, y sin embargo alcanza una dimensión intemporal, arquetípica.

De otro lado, en el desarrollo de las conductas de sus personajes, García-Valiño, dejándoles expresarse con una naturalidad que sin duda nos los aproxima, ha huido de cualquier psicologismo mecánico. Las conductas no son consecuencia de procesos más o menos obvios, elaborados por un autor omnisciente, puesto que las conocemos a través del punto de vista de ese extranjero que no acaba de comprenderlos del todo. A pesar de esa distancia los personajes no resultan desdibujados, y se puede decir que toda la novela presenta tipos vigorosos y convincentes: la dulce Betsabé, el astuto y traicionero David, Sara, la mujer del jefe de forajidos, la filistea Jael, Ajitofel, el copista de las crónicas de Urías, o los padres adoptivos de Urías. Incluso Yahvé tiene un eco perceptible como personaje de la trama, al ser sentido por Urías como una especie de ausencia rotunda, una carencia suya cuya función no es capaz de entender, pero que tiene tanta importancia en la vida de los israelitas.

Por último, la estructura de la novela, aparentemente lineal, se hace compleja a partir del momento en que Ajitofel comienza a copiar las crónicas de la guerra entre Saúl y David, iniciando así, nada menos, la redacción de la propia Biblia. El testimonio de Urías se va convirtiendo con fluidez en la crónica escrita de los sucesos que narra, dándole al relato dinamismo, pero también una factura y un sentido peculiar.

La capacidad de recreación mítica es tal, que el texto asume sin demasiadas estridencias algunos anacronismos en que se ha empeñado el autor, como adornar el paisaje con cactus y chumberas, o aludir a las patatas y a los canguros, o evocar jardines donde florecen las rosas y otras plantas difíciles de imaginar en Israel, en el auténtico espacio temporal que evoca el libro. Pero aunque pudieran haberse evitado tales anacronismos, su presencia no sólo no perjudica el tono general de la novela, sino que la separa aún más de ese género, el histórico, que parece tener en la certeza de los ambientes el único elemento fundamental.

01/01/1998

 
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