ARTÍCULO

Universalidad y diversidad

Paidós, Barcelona, 1996
Trad. de Miguel Aramburu
Paidós ICE/UAB, Barcelona, 1996
Trad. de M. J. Nicoláu y A. Taberna.
 

La influencia de la obra de Geertz en las últimas décadas dentro y fuera del ámbito de su especialidad es sencillamente indiscutible. Estamos ante uno de esos raros casos –el de Lévi-Strauss es otro– en los que un antropólogo no sólo rompe barreras disciplinares, sino que alcanza niveles de best-seller. Tal vez, en el atractivo que ejerce lo exótico y remoto, cuando todo empieza a parecer demasiado familiar y próximo, estribe alguna clave de estos éxitos. Pero en el caso del norteamericano su nombre y su obra se asocian, además, con lo que ha venido a denominarse posmodernismo. Éste, como otros tantos términos tipo paraguas, abarca demasiadas cosas, contradictorias incluso. Pero al menos algunas de ellas sí que se acomodan a lo que supone la figura de Geertz. Me refiero a cierta ambigüedad, quién sabe hasta qué punto buscada o no; también, un progresivo desplazamiento del interés desde la realidad –se entienda ésta como se entienda– hacia el texto que la describe e interpreta. Recelosa nuestra época de nítidas definiciones e instalada mucho más en el medio que en el mensaje, el terreno parece bien abonado para la acogida de talantes como el que ha ido revelando la obra geertziana.

Pero ésta supone mucho más que eso. Ante todo, vino a abrir cauces prometedores en un ámbito, el de la antropología, que parecía correr serio peligro de extinción a principios de los sesenta. Los procesos de descolonización de la época ponían en cuestión la continuidad misma de los quehaceres antropológicos. Y no sólo por la creciente dificultad del trabajo de campo en las antiguas colonias. Teoría y práctica antropológica habían entrañado hasta aquel entonces un claro dualismo, afín y paralelo al del orden mundial que se derrumbaba (la fractura, luego se ha visto, era más bien ilusoria). El esquema de metrópolis dominantes y territorios dominados era marco de otra dualidad: investigadores antropólogos y nativos estudiados. Más aún, no sólo replicaba la segunda a la primera, sino que, en no pocos casos, el investigador se convertía en asesor de la potencia. Sea como fuere, a estas polaridades no fueron ajenas otras que aún gozan de buena salud: sujeto y objeto de la investigación, centro de investigación y lugar del trabajo de campo y alguna otra. La era poscolonial no sólo trajo una de las sucesivas crisis de la antropología (como dice Geertz, el primer término en los índices de libros de la disciplina suele ser «antropología, crisis de...»). Los sesenta permitieron conocer otra quiebra: la de la pretendida objetividad y asepsia del investigador. Me refiero a la publicación del diario en el sentido estricto del término (esto es, el que el etnógrafo llevaba realmente, no el que debería haber llevado) de Malinowski. El modelo –la mitología popular de la disciplina hace del polaco el iniciador del trabajo de campo– mostraba así la cara oculta y menos grata de la investigación antropológica.

En el trasfondo de estos dos libros que comentamos, incluso sin mencionarlas o apenas evocándolas, se vislumbran muchas veces trazas de ese poco glorioso haber de antropología y antropólogos. Tras los hechos reproduce el de título equivalente publicado en versión original el pasado año. El otro es una breve colección de tres artículos –uno de ellos ya publicado en español– cuya aparición revela la creciente atención que para nuestros editores merece el antropólogo americano (la propia introducción, a cargo de un profesor de filosofía, atestigua cómo se amplía el círculo de lectores y admiradores de Geertz). Ambos son buenas muestras tanto del pensamiento como del estilo de su autor.

A éste se le atribuye, de forma algo exagerada, ser el iniciador o principal responsable de corrientes como la antropología simbólica o la antropología hermenéutica e interpretativa. Él mismo relativiza su papel al respecto (pp. 117 ss.) y hay que estar de acuerdo. Hay precedentes importantes en la tradición antropológica y, por supuesto, fuera de ella; de esto último tal vez sea más consciente Geertz. Mayor repercusión y más difusión ha tenido, sin duda, el sintetizar, con términos de Ryle, el proyecto interpretativo en la hoy famosa distinción entre descripciones thin y thick (es decir, superficial o mera descripción frente a pluralidad de interpretaciones). Como otras muchas aportaciones de Geertz, ésta es fundamentalmente polémica. Se trata de contraponer, se diga o no, al modelo imperante en ciencias sociales, positivista, otro que se estima más adecuado y específico para el material que estudian las ciencias sociales. Primero en Harvard y luego en Chicago, ahora en Princeton, Geertz resalta sus afinidades con quienes eran recelosos de las perspectivas que moldean «las ciencias sociales a imagen de las ciencias naturales y de los esquemas generales que explican demasiado» (p. 129). A una y otra cosa contrapone una concepción de la investigación centrada en la significación. A lo largo de las páginas del libro se deslizan ironías sobre la representatividad estadística a la que, paralelamente, opone la excelente predicción que supone el caso concreto que estudia. Recuerda todo ello la mordacidad de su Interpretación de las culturas: «No merece la pena atravesar el mundo para ir a contar gatos a Zanzíbar».

Esta forma, casi maniquea, de presentar las cosas es muy del gusto de nuestro autor. Sin duda, el modelo denostado por Geertz ni es tan homogéneo, ni se agota en puro mimetismo de las ciencias duras o en el mero cuantitativismo. La simplificación revela, a mi modo de ver, que pese a sus afanes innovadores, sigue en gran medida aferrado a viejos y denostados dualismos. Se nos manifiesta, en efecto, como un gran aficionado a los fuertes contrastes Óleo tes. En seguida me refiero a otros. Pero antes unas palabras sobre la ambigüedad del título mismo. El inglés after (el castellano tras permite la misma anfibología), nos confiesa Geertz, sugiere tanto búsqueda de hechos como su interpretación. O, dicho de otro modo, fidelidad a la tradición empirista y positivista y guiño al posmodernismo que pone en cuestión el hecho puro. Conviene recordar aquí a Bourdieu cuando llama a la orientación de Geertz «esa especie de "positivismo renovado"» y se sorprende de que haya que recordar que los hechos son «construidos, que las observaciones no son independientes de la teoríaEn Paul Rabinow, Reflexiones sobre un trabajo de campo en Marruecos, Madrid, Júcar, 1992, pp.151 y 152.. Hasta ese punto, no cabe duda, no está dispuesto a llegar Geertz.

Hay en Tras los hechos buenas muestras de la ambigüedad que revela el título. Crítica, autocrítica y escepticismo respecto a la propia investigación y a sus supuestos. Son estas declaraciones más explícitas y enfáticas. Otras, en cambio, menos resonantes, más interiorizadas tal vez, sirven para ensalzar el campo, el terreno de la investigación como algo liberador y mucho más puro que los lugares donde se cuece la teoría académica. De nuevo, pues, el campo como lugar distinto y distante de los habituales del investigador. El libro habla de muchas cosas (cambios de escenarios, mundiales y locales, peripecias de la investigación, hasta algo del rol de la política norteamericana...). Nada o casi nada, en cambio, de la propia evolución teórica y epistemológica. Parece congruente con la tradición empirista del mundo anglosajón el no abordar públicamente estas pudendas cuestiones. O sustituirlas, como en este caso, por el mero esbozo de marcos académicos enojosos y programas de investigación ambiciosos que siguen derroteros muy ajenos a los previstos.

Más diáfanos, por más intencionados, son otros contrastes, ante los que nos pone Geertz. Ante todo, el de sus marcos etnográficos, Indonesia y Marruecos, o las localidades Pare y Sefrou. De las semejanzas y diferencias entre uno y otro país ––bordes extremos del mismo mundo islámico– ya se había ocupado el autor en su excelente síntesis Islam observed. Aquí le sirven de hilo conductor para tratar de muchos otros temas (cultura, transformaciones, la propia etnografía, etc.). El resultado es interesante, pero no poco simplificador y, a veces, hasta simplista. Se adivina en lontananza el auténtico criterio discernidor: el propio mundo occidental. A uno, además, estas polaridades exageradas le traen a las mientes otras. Como aquella de Ruth Benedict relativa a pueblos apolíneos y dionisíacos. Claro que aquí son otros los contenidos y, probablemente, muy otra la intencionalidad.

Sin embargo, se está tentado a pensar que esos contrastes no son sino correlatos empíricos o pilares necesarios de una programática diversidad cultural, tan unida al nombre de Geertz como el mismo enfoque interpretativo. La proclama y la perfila en Los usos de la diversidad, ensayo que da nombre al otro libro. Encontramos aquí a su autor batallando tanto contra el etnocentrismo, a cuya defensa ve abocado al último Lévi-Strauss, como contra el universalismo de la Unesco que éste ataca. De nuevo los extremos y, en medio, Geertz. Se trata de entender, viene a decir, a través de la etnografía que las inevitables diferencias nos impelen a conocernos más y mejor. De no hacerlo, no nos queda más que el soliloquio beckettiano (pp. 87-88). En otro lugar, el autor recalca cómo la vieja escritura antropológica descansaba en que «sus sujetos y su público no sólo eran separables sino que estaban moralmente desconectados»El antropólogo como autor, Barcelona, Paidós, 1989, p. 142..

Ahora, a los sujetos se los topa uno en la tienda de ultramarinos, en correos o en el médico que nos atiende (p. 90). La diversidad se hace casi palpable, pero la discriminación no mengua pese a ello: «El espectro cultural se hace más discriminado a medida que las formas simbólicas se escinden y proliferan» (p. 81). De acuerdo; pero uno está tentado a creer que ese mundo progresivamente más conectado, aunque no menos diferenciado, no ha surgido así, como de repente. Simplemente, hemos tomado consciencia de él. La diversidad cultural estaba muy presente en la Norteamérica de hace cuatro décadas, pero las películas de Hollywood nos mostraban una escena casi exclusivamente poblada por wasp. Sería confortador pensar que a la visibilidad de los inmediatos otros ha contribuido de algún modo la antropología.

Para mí, los otros dos ensayos de este segundo volumen son mucho menos interesantes que el anterior. El pensar como acto moral, el más antiguo, plantea –con mucha más ingenuidad y mucha menos ironía– temas desarrollados en Tras los hechos. Se adivinan a su través debates sobre asepsia valorativa en ciencias sociales que tienen ya cierto sabor a rancio. Aparecen, también, más marcados, con menos sutileza, contrastes ya mencionados: asimetría entre investigador e investigado e incluso entre Pare y Sefrou. Anti-antirrelativismo es, en su intención, algo así como una versión light del prohibido prohibir de las pintadas del sesenta y ocho. Pocas dudas quedan, pese a esa búsqueda de la equidistancia ya apuntada, de que el autor se inclina más hacia el relativismo que hacia su anti. Intenciones aparte, el trabajo es sobre todo cauce para atacar posturas poco gratas para Geertz: de un lado, el transculturalismo o infraculturalismo de la naturaleza, de otro su equivalente de la razón. En ambos casos, sólo ve desdén hacia su confesada fe en la diversidad, so capa de apelar aquéllos a la común naturaleza o universal razón humanas. Para algunos o muchos –entre ellos me cuento– esa defensa de lo contingente y ese ataque a cualquier innatismo suscita adhesiones e incluso entusiasmo. No, en cambio, la simplificación de argumentos del contrario, ni el que se les oponga lo que no es sino la propia fe o convicción, denominada abusivamente la antropología. Que es lo que hace Geertz.

Ocurre, además que la diversidad de cuya defensa hace Geertz bandera parece reducirse, desde su óptica, a esas personas que nos encontramos donde no solían estar tiempo atrás. El coreano, el mexicano o el iraní..., todas proceden de otras culturas. Pero, ¿no recuerda esto el viejo dualismo, ellos y nosotros? ¿No habría que haber realizado un esfuerzo teórico y plantear en qué medida la diversidad no se instala hasta en lo más aparentemente homogéneo? Es difícil no estar de acuerdo con algunos críticos de Geertz –los más severos son sus discípulos– cuando argumentan que el antropólogo ha trazado rutas por las que no se ha atrevido a circular o cuando apuntan a las contradicciones inherentes a sus enfoqueVid. David Berreby, "Unabsolute truths. Clifford Geertz", The New York Times Magazine, 9 de abril de 1995, pp. 44-47. Vicent Crapanzano, "El dilema de Hermes: La máscara dela subversión en las descripciones etnográficas", en J. Clifford y G. E. Marcus (eds.), Retóricas de la antropología, Madrid, Júcar, 1991, pp. 91-122. Álvaro Pazos, "La noción de la interpretación en antgropología", Actas del VII Congreso de Antropología, Zaragoza, 1996. . Pero creo, también, que hay que respetar las ambigüedades de Geertz –de una u otra forma, son las de todos nosotros– cuando se manifiesta a un tiempo defensor de la diversidad cultural por profesión y convencido portador de una ideología específica (p. 75). Y, por mi parte, coincidir además plenamente con él en que la investigación en ciencias sociales «va dirigida no hacia la imposible tarea de controlar la historia, sino hacia la tarea quijotesca de ensanchar el papel que la razón desempeña en ella» (p. 59Sobre la traducción. Cuidada, correcta y útil la de los dos primeros ensayos contenidos en el segundo volumen. En la introducción, a cargo de uno de los traductores, se resaltan ademñas las dificultades de traducir a un autor tan polifacético como Geertz. Correcta, también la de Anti-antirrelativismo. Sencillamente intolerables, en cambio, muchos apspectos de la traducción de Tras los hechos. Aparte de frases que son absolutamente incomprensibles a no ser que el lector las imagine antes en inglés, ni topónimos ni nombres de personas aparecen con la grafía castellana comúnmente aceptada. Un nombre de solera en nuestro país como es madraza figura como madrasah. Pero el traductor se supera a sí mismo con las notas a pie de página, por completo superfluas en la mayoría de los casos. Con todo, mi favorita es la que encontramos en la p. 95, donde se nos informa de que SEATO es la sigla que corresponde al original inglés "Organización del Trabajo del Sureste Asiático".

01/01/1997

 
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