ARTÍCULO

Una visión renovada del lehendakari Aguirre

 

En 1999, Juan Carlos Jiménez de Aberásturi con­cluía su documentado estudio De la derrota a la espe­ranza: Políticas vascas durante la II Guerra Mundial señalando «la necesidad de revisar la biografía de Aguirre, por lo menos durante este período». Pero no era sólo la etapa de la Guerra Mundial la que había que revisar, sino las dos décadas largas del exilio del lehendakari José Antonio Aguirre, que transcurrió desde su paso a Francia por Cataluña, el 5 de febrero de 1939, hasta su repentina muerte en París, acaecida el 22 de marzo de 1960. Así lo confirmó Ludger Mees cuando escribió ese período de la historia del PNV en el segundo tomo del libro El péndulo patriótico, publicado en 2001. Desde entonces continuó su labor investigadora sobre la figura de Aguirre, no sólo en el Archivo del PNV (Artea, Vizcaya), en el que existe una ingente documentación inédita, sino también en diversos archivos del País Vasco, Cataluña, Sevilla, Madrid, París, Berlín y Friburgo.
Fruto de su investigación histórica en el último lustro es esta excelente biografía académica, muy bien escrita en castellano por Ludger Mees, historiador alemán afincado desde hace dos decenios en el País Vasco, en cuya universidad pública es catedrático de Historia Contemporánea y en la actualidad vicerrector de Euskera. Si con anterioridad era el mejor especialista en la historia del nacionalismo vasco desde la muerte de Sabino Arana (1903) hasta la dictadura de Primo de Rivera, objeto de su tesis doctoral, ahora se ha convertido también en el historiador que mejor conoce la trayectoria del PNV en el exilio durante los años cuarenta y cincuenta, en especial la evolución de su principal líder, el lehendakari Aguirre.
Lo primero que llama la atención de este libro es su título, El profeta pragmático, que a priori parece contradictorio. Empero, su biografía demuestra que Aguirre no fue sólo un político pragmático, sino que tuvo también una faceta de profeta, imbuido de una misión providencial: liberar a Euskadi de la dictadura de Franco. Ese aspecto profético y el hecho de ser providencialista (su creencia en que la providencia divina guía la historia) lo acercaron a la figura de Sabino Arana, el «mesías»del nacionalismo vasco, que falleció justo cien días antes del nacimiento de Aguirre en 1904 (su padre fue abogado defensor del fundador del PNV). Pese a ello, Aguirre fue un líder muy diferente, pues, como resaltó el socialista Indalecio Prieto en el artículo necrológico que le dedicó en 1960, Arana fue «un apóstol» que no tenía aptitud para la política, mientras que Aguirre fue sobre todo «un político» práctico.
Ludger Mees muestra que esa faceta profética contribuyó a acrecentar el gran carisma de José Antonio Aguirre, que comenzó en la Segunda República (con apenas veintisiete años fue diputado en las Cortes Constituyentes de 1931), aumentó en la Guerra Civil como presidente del primer Gobierno vasco (elegido a los treinta y dos años), se consolidó al lograr sobrevivir a los nazis en la Segunda Guerra Mundial con su odisea narrada en su libro De Guernica a Nueva York pasando por Berlín (1943), y culminó en la posguerra mundial cuando parecía inminente la caída de Franco y el regreso a Euskadi. Al fracasar su proyecto político con la permanencia de la dictadura, el liderazgo de Aguirre decayó en la década de 1950. Esto quebrantó su salud y coadyuvó a su prematura muerte, a los cincuenta y seis años. Su desaparición supuso un trauma para los nacionalistas vascos, que lo mitificaron.
Esta biografía no es una obra hagiográfica de Aguirre, como existe alguna anterior, ni tampoco denigratoria, según hicieron en el franquismo sus enemigos y continúan haciendo hoy en día algunos publicistas. Es cierto que, como suele suceder con muchos biógrafos, Ludger Mees muestra simpatía por Aguirre. Esto no resulta extraño si se tiene en cuenta que José Antonio Aguirre tuvo una personalidad simpática y carismática, que atraía incluso a los que no eran sus correligionarios. Tal fue el caso de varios de sus consejeros no nacionalistas, pero sí «aguirristas»: el comunista Juan Astigarrabía, el republicano Ramón María Aldasoro y el socialista Santiago Aznar, los cuales tuvieron problemas con sus respectivos partidos por eso.
El prestigio de Aguirre fue tan grande que hizo de mediador entre los republicanos, los socialistas y los catalanistas, muy divididos entre sí, hasta el punto de convertirse en el valedor del Gobierno republicano reconstruido en México en 1945, del cual su amigo Manuel Irujo, diputado del PNV, fue ministro, como ya lo había sido en la Guerra Civil. Entonces ambos, Aguirre e Irujo, tuvieron un proyecto político para España: una nueva república de carácter confederal. Para ello, resucitaron Galeuzca, la alianza del PNV con la Esquerra catalana y el Partido Galleguista de Castelao; pero, como sucedió en la Segunda República, Galeuzca fracasó pronto debido a la división de los catalanistas, la debilidad del galleguismo y el oportunismo del PNV. Una de las aportaciones documentales del libro de Ludger Mees consiste en demostrar que Aguirre alcanzó tal ascendiente en la política republicana que en dos ocasiones, en 1947 y en 1951, el presidente de la República, Diego Martínez Barrio, le ofreció ser el jefe del Gobierno español en el exilio. Aguirre no aceptó, porque, como señaló Irujo, no era sólo el líder del PNV sino el presidente de todos los vascos demócratas.
Ahora bien, junto a sus éxitos y aciertos, Ludger Mees analiza los fracasos y errores de Aguirre en los años cuarenta y cincuenta. Así, critica «la política hegemonista y asimilacionista del PNV» tras la Guerra Civil, cuando Aguirre pretendió patrimonializar el Gobierno vasco al exigir a los consejeros no nacionalistas la llamada «obediencia vasca», que implicaba asumir el derecho de autodeterminación del pueblo vasco y obligarles a romper su vinculación orgánica con los partidos republicanos y con el PSOE, para convertirlos en meros comparsas del PNV. Fue la fase radical e independentista de Aguirre durante la Segunda Guerra Mundial, que terminó en 1945 cuando se dio cuenta de que el problema vasco no tenía solución si no se resolvía previamente el problema español mediante la sustitución de la dictadura franquista por un régimen democrático. Así se explica su gran viraje político de 1945, que me recuerda al que dio el PNV, encabezado por Aguirre e Irujo, en 1934 y 1936, cuando se alejó de las derechas y se aproximó a las izquierdas de Prieto, con quien pactó para conseguir el Estatuto de autonomía, su objetivo prioritario, aunque no fuese su meta.
En la posguerra mundial, Prieto volvió a ser para Aguirre un aliado, e incluso un amigo, hasta el punto de que el lehendakari apoyó decididamente el Plan Prieto, el intento del líder socialista de pactar con los monárquicos de don Juan de Borbón para derrocar a Franco, en 1947-1948. Ésta es otra de las novedades que aporta este libro, que también revela la existencia de una carta sorprendente que Aguirre escribió a Franco. De nada sirvió, pues el dictador sobrevivió a todos los planes y proyectos elaborados contra él, mientras que Aguirre y Prieto murieron en el exilio, en 1960 y 1962, respectivamente, sin ver cumplido su anhelo de regresar a su tierra al final de la dictadura.
Ludger Mees no rehúye varios temas y episodios controvertidos, como los contactos de miembros del PNV con los jerarcas nazis en la Francia ocupada, autorizados por Aguirre, y su alineamiento incondicional con Estados Unidos en la Guerra Mundial y en la guerra fría mediante la estrecha colaboración de los servicios vascos de espionaje, que proporcionaban información –primero antifascista y después anticomunista– a los servicios de inteligencia norteamericanos hasta entrados los años cincuenta, a pesar del paulatino acercamiento de Estados Unidos al régimen franquista, que se consumó con los acuerdos de 1953. Esto fue un duro golpe para el lehendakari Aguirre, a quien ya sólo le quedó jugar la carta europeísta y democristiana en sus últimos años de vida, sin duda los más tristes, aun manteniendo contra viento y marea «su inquebrantable optimismo», según constató el pesimista Prieto en la semblanza necrológica citada («José Antonio y su optimismo», incluida en su libro Convulsiones de España, 1967). 

01/02/2007

 
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