ARTÍCULO

Una trilogía histórica magistral

Crítica, Barcelona
554, 688, 624 pp. 29,90 € (cada volumen)
 

Los tres libros aquí reseñados constituyen, sin ninguna duda, los estudios archivísticos más detallados y más exhaustivamente documentados de las reacciones diplomáticas y militares al estallido de la Guerra Civil española; y también de los esfuerzos de los sucesivos gobiernos republicanos para vencer la hostilidad político-económica de las grandes potencias democráticas –Inglaterra, Francia y Estados Unidos– y contrarrestar la masiva ayuda militar ofrecida desde el principio por Italia, Alemania y Portugal a las fuerzas comandadas por el general Franco. Estos últimos esfuerzos obligaron a su vez a la República a depender de la Unión Soviética, México y las Brigadas Internacionales como las únicas fuerzas dispuestas y capaces de ayudar a la República a defenderse.
Para ofrecer al lector potencial una idea más específica de los hechos abordados en cada uno de los tres volúmenes, La soledad de la República se abre con la constatación de que, aunque la República sea un gobierno reconocido internacionalmente y elegido democráticamente, no va a recibir, por diversas razones, ninguna ayuda de las potencias democráticas a la hora de defenderse contra el levantamiento militar del 18 de julio. Por otro lado, una semana después del pronunciamiento, Italia, Alemania y Portugal han prometido su ayuda militar al general Franco y el gobierno conservador de Gran Bretaña ha hecho saber a los franceses que Inglaterra no mirará con buenos ojos ninguna maniobra gala para ayudar a la República. Dentro de España pareció imprescindible sustituir rápidamente al tímido gobierno republicano de clase media de José Giral por un gobierno que representase a la totalidad del Frente Popular, y con Francisco Largo Caballero al frente, que era de lejos el dirigente más famoso y respetado, con numerosos seguidores entre la clase obrera. La Unión Soviética se unió al Comité de No Intervención organizado por iniciativa franco-británica, pero cuando, a primeros de septiembre, resultó ya evidente que el comité no haría ningún esfuerzo realmente serio por detener el flujo de ayuda italo-alemana al general Franco, Stalin decidió ofrecer una ayuda limitada a la República. Las primeras armas soviéticas, así como alimentos y suministros médicos, llegan a España en la segunda mitad de octubre de 1936.
El escudo de la República se ocupa de los meses durante los cuales Largo Caballero fue tanto primer ministro como ministro de la Guerra, desde el 4 de septiembre de 1936 hasta mediados de mayo de 1937. La edad de Largo y su dilatada experiencia como dirigente sindical lo dejaron realmente sin la capacidad de funcionar como un líder militar, y Viñas se concentra en los esfuerzos de Prieto, quien como ministro de Marina funcionó realmente como un ministro de Defensa de facto, y en Juan Negrín, quien como ministro de Hacienda fue la principal figura gubernamental que participó en las iniciativas para comprar armas en los mercados internacionales y en el mercado negro, y para reorganizar el cuerpo de carabineros como una policía económica y de fronteras. Negrín también preparó, con los asesores económicos soviéticos, y explicó a los miembros pertinentes del gabinete, sus planes para la exportación de las reservas de oro del Banco de España a la Unión Soviética como el único destino fuera de España donde esas reservas estarían disponibles para financiar la defensa de la República. La experiencia de Viñas como economista, diplomático y estudioso de las instituciones financieras y bancarias se traduce en que estos capítulos sean absolutamente excepcionales por su información y documentación. El escudo de la República trata también con un detalle considerable de los conflictos en el seno del gabinete que desembocaron en la caída de Largo Caballero, los «hechos de mayo» en Barcelona, el declive del poder político anarquista y del POUM, la sustitución de Largo Caballero por Negrín como primer ministro y el secuestro y posterior asesinato de Andreu Nin.
El tercer volumen, El honor de la República, empieza con la pérdida del País Vasco y da cuenta de los esfuerzos del primer ministro, Negrín, el ministro de Defensa, Prieto, y el jefe del Estado Mayor, el coronel (posteriormente general) Vicente Rojo, para crear un ejército republicano competente y suficientemente armado. Aunque los esfuerzos combinados de los oficiales españoles leales, los antiguos dirigentes de la milicia de la defensa de emergencia de Madrid en noviembre-diciembre de 1936 y los asesores militares soviéticos dieron lugar en la práctica a un ejército competente, la cantidad de ayuda militar italo-alemana al general Franco fue tan superior a la brindada por la Unión Soviética a la República que, con excepción de las primeras semanas de la batalla de Teruel y los primeros días de la batalla del Ebro, los nacionalistas salen constantemente victoriosos. Viñas analiza tanto los puntos fuertes como los puntos débiles internos de las fuerzas republicanas; también las preocupaciones de los soviéticos con la amenaza de Japón junto a la frontera de Siberia, y la necesaria atención soviética a la Alemania hitleriana y a una hostilmente conservadora Inglaterra, que para Stalin resultaban asuntos inevitablemente más importantes que la suerte de la España republicana. Para el autor, el honor de la República se encarna muy especialmente en la política de resistencia del primer ministro Negrín, y en sus esfuerzos por gobernar como un líder civil, responsable ante las Cortes y el presidente de la República.
Los libros están escritos simultáneamente como tratados académicos, para exponer la verdad sobre la base de documentación archivística, y como filípicas, para reparar las injusticias cometidas con las intenciones y las acciones de los gobiernos republicanos españoles durante la Guerra Civil. Notas al pie desdeñosas (pero también precisas) y numerosos comentarios entre paréntesis dentro del propio texto contienen observaciones detalladas sobre obras que glorifican a Franco y a su dictadura; obras tanto de españoles como de extranjeros que defienden las posturas del Vaticano, la Iglesia española, los defensores falangistas y carlistas, diversas variedades de marxismo no estalinista y anarquismo. En pos de su investigación documental el autor ha viajado a París, Londres, Moscú y a muchos otros lugares específicos en que se encuentran archivos relevantes. Ha proporcionado detalladas notas al pie para todas sus interpretaciones controvertidas. Ha preparado una lista de los acrónimos de docenas de archivos, preparado una bibliografía ingente, ofrecido al lector una extensa lista de dramatis personae y aportado copias de documentos importantes. Para conseguir su objetivo crítico e historiográfico ha citado, y refutado, cientos de contundentes afirmaciones de personas e instituciones que aparecen citadas con sus nombres.
En conjunto, los tres volúmenes se traducen en unas 1.800 páginas de texto y notas al pie. El estilo de Viñas es a un tiempo narrativo, explicativo y argumentativo. Es un defensor tanto apasionado como exigente de los mandatarios republicanos. Para conseguir beneficiarse plenamente de estos tres libros, el lector debe poder desplazar frecuentemente su atención del relato de los hechos a las referencias a pie de página a las diversas fuentes que sostienen la narración y a la interpretación o distorsión de esos hechos por parte de otros escritores. Pero si tiene la paciencia de llevar a cabo estos cambios de atención, los resultados serán ricos tanto en conocimiento fáctico como en diferencias de interpretación. Tras haber intentado más arriba enumerar los temas cubiertos en cada uno de los volúmenes, me centraré a continuación en el comentario de algunos capítulos concretos.
El capítulo 9 de El escudo de la República (pp. 331-368) se concentra en las comunicaciones entre Stalin, Largo Caballero y el embajador Marcelino Pascua, y en la luz que estas comunicaciones pueden arrojar sobre la actitud del dictador soviético hacia la República española. Se basa principalmente en informes del embajador Pascua, y en material del Foreign Office británico que es mucho más detallado que el conocimiento de Pascua. Así, a comienzos de febrero de 1937, en Ginebra, Pascua había entregado un memorándum al ministro de Asuntos Exteriores, Julio Álvarez del Vayo, en el que afirmaba que a Stalin le preocupaba principalmente el desarrollo interno de una sociedad socialista en la Unión Soviética, y también le inquietaban los movimientos militares de Japón en el Lejano Oriente. Además, estaba decidido a formar una gran armada de guerra, cuya inversión habría de limitar inevitablemente, en el futuro más inmediato, las mejoras en la calidad de vida de la población en general. Los informes del Foreign Office sobre la actividad militar-industrial soviética indicaban que los soviéticos ya contaban con la mayor flota de submarinos del mundo, y en muchos aspectos confirmaban la interpretación general de Pascua, aunque aportando muchos más datos concretos.
Tras informar al lector, con pruebas concretas, de que Stalin muy raramente se reunía con diplomáticos extranjeros (dejando esa tarea principalmente en manos de Molotov), el autor examina los informes de Pascua de las diversas audiencias que Stalin le concedió a comienzos de 1937. Stalin recalcó (repitiendo un anterior consejo por escrito a Largo Caballero) la importancia de asegurar a la clase media y a los campesinos que Europa occidental, España incluida, no estaba lista para una revolución soviética, que la disposición de las poblaciones a apoyar la lucha contra el fascismo dependía del mantenimiento del libre comercio y de que los campesinos tuvieran la sensación de que poseían la tierra que se esperaba que cultivaran.
Explicó a Pascua que durante la guerra civil rusa de 1918-1921 había habido enormes espacios a los que el Ejército Rojo podía retirarse en caso de necesidad, y también que la guerra mundial que había enfrentado a las principales potencias capitalistas, y que diezmó sus recursos humanos, permitió que los soviéticos tomaran iniciativas que España en 1937 no podía tomar, aunque a una parte indeterminada de su población le hubiera gustado llevar a cabo una nueva versión de la revolución bolchevique. Apoyándose de nuevo fundamentalmente en documentos británicos, y en algunos franceses, Viñas señala que el Foreign Office veía en 1937 a la Unión Soviética debilitada por las purgas que seguían produciéndose, mientras que las potencias fascistas estaban volviéndose cada vez más poderosas y agresivas. Las opiniones relativas tanto a la evolución interna en España como a la relativa fuerza militar de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini se correspondían en gran medida con las opiniones de parlamentarios socialistas como Prieto, Negrín y Pascua.
Stalin no ocultó sus reservas sobre el espíritu de lucha de la República. El eslogan del «no pasarán» le parecía demasiado pasivo, demasiado a la defensiva desde el punto de vista psicológico. Se preguntaba si la falta de experiencia de combate en la Primera Guerra Mundial había dejado a los españoles sin espíritu de lucha. ¿Querían realmente ganar la guerra? La victoria requería un espíritu activo, agresivo, no sólo «no pasarán». Y, a propósito, la República debía fortalecer la disciplina, además de «desenmascarar» y «denunciar» las «intrigas» anarquistas. Pascua explicó la postura militar defensiva como consecuencia de la terrible experiencia de casi perder Madrid en los primeros días de noviembre de 1936 y de volcar todas sus energías a partir de entonces en salvar la maltrecha capital. Stalin se mostró de acuerdo en que la República debía conservar Madrid, pues de lo contrario los soviéticos tendrían que «reconsiderar» su postura.
En cuanto al primer ministro Largo Caballero, que estaba más interesado en el poder político de los sindicatos que en parlamentos mayoritariamente de clase media, en la carta en que agradecía a Stalin las armas, alimentos y suministros médicos, y los pilotos y asesores miliares, escribió también, y Viñas lo cita directamente (p. 337): «Cualquiera que sea la suerte que lo por venir reserva a la institución parlamentaria, ésta no goza entre nosotros, ni aún entre los republicanos, de defensores entusiastas».
Las siguientes páginas del mismo capítulo contienen información, toda ella basada en informes diplomáticos y militares, relativa a las relaciones soviéticas con China y Japón, las actitudes que mostraron mutuamente la Alemania nazi y la Rusia soviética, el empeño increíblemente ingenuo organizado por Luis Araquistáin para «sobornar» a la Alemania nazi y la Italia fascista con parte del oro del Banco de España, y algunos de los recuerdos inexactos de Largo Caballero, que contienen discrepancias entre sus memorias y los documentos archivísticos. Se estudian también, aunque en mucho menor detalle que en otros capítulos, los modos en que el programa claramente no revolucionario de la Unión Soviética y del Partido Comunista de España se asemejaba al programa socialista parlamentario de los prietistas y, más tarde, del gobierno de Negrín.
Tras haber ofrecido un resumen plenamente admirativo del contenido de la trilogía, creo que es importante mencionar algunas reservas. De entrada, debo decir dos cosas que podrían sonar contradictorias: que he aprendido algo y me he sentido estimulado intelectualmente por casi todas y cada una de las páginas, y que en ocasiones no he tenido más remedio que preguntarme si el autor estaba confundiendo nueva información con información de una importancia decisiva. Para hacer justicia a ambas afirmaciones necesitaría cuarenta o cincuenta páginas. En una recensión necesariamente breve, y dando por sentado que la función más útil de un reseñista para con sus lectores es ofrecer una crítica constructiva, me ocuparé de dos ejemplos en que, en algunas ocasiones, los énfasis me desconcertaron.
En las páginas 46 a 61 de La soledad de la República el autor se ocupa de la decisión francesa de agosto de 1936 de no intervenir a favor de la República sino de intentar establecer una política de no intervención, una política que –cabía esperar– acortaría la guerra y daría lugar a un acuerdo como fruto de la mediación. El gobierno francés que tomó la decisión era el primer gobierno del Frente Popular. Estaba formado por socialistas y radicales, y estaba también apoyado por los comunistas, pero sin que aportaran ningún ministro. El gabinete estaba dividido en sus simpatías, no estrictamente con criterios partidistas, ya que había tanto radicales como socialistas que eran partidarios de brindar ayuda militar a la República, por motivos de seguridad militar francesa, y acudir en apoyo de un gobierno democrático legítimo que había sido atacado por una junta militar. Pero Léon Blum, el primer ministro socialista, se mostró en un principio decididamente favorable a proporcionar armas a la República, y los socialistas se sentían por regla general emocionalmente afines a la República, mientras que la mayoría de los radicales preferían simplemente un gobierno legítimo y amigo a una dictadura apoyada por los fascistas.
En la narración de Viñas, basada en documentos diplomáticos franceses y españoles de la época, la reunión del gabinete del 1 de agosto vio cómo una mayoría de los miembros se inclinaban por no ayudar a la República militarmente. El viceprimer ministro y ministro de Defensa, Edouard Daladier, se oponía. Sabía que algunos miembros del Estado Mayor se mostraban del lado de los insurgentes y le preocupaba la conveniencia de exportar armas que resultaban necesarias para el propio rearme de Francia en caso de tener que hacer frente a una Alemania hostil. También él, y muchos diputados de ambos partidos, manifestaron su razonable escepticismo de que Italia y Alemania pudieran acceder a cejar en su ayuda a la insurrección militar.
Ese mismo día, el 1 de agosto, el ministro de Asuntos Exteriores, Yvon Delbos (un radical) había dicho en la Cámara de Diputados: 1) que el Gobierno español era un gobierno legítimo amigo de Francia; 2) que, sin embargo, Francia no tenía previsto intervenir; y 3) que Francia había interrumpido el envío de armas a la República. Como comenta Viñas, «lo que había ocurrido en las bambalinas no se sabe con exactitud», pero un informe fechado el 20 de septiembre, redactado por Luis Jiménez de Asúa, un miembro de la comisión republicana de compra de armas en París, arroja al menos una luz circunstancial sobre el problema. Asúa había mantenido una reunión secreta en la noche del 3 de agosto con el ministro de Finanzas, Vincent Auriol, un socialista que simpatizaba fuertemente con la causa republicana. Auriol le dijo a Asúa que durante la reunión del gabinete Blum había presionado a un reacio Delbos para conceder el permiso oficial para vender a México las armas destinadas a España. Delbos pensó que el plan era ridículo una vez que todo el mundo sabía que las armas estaban destinadas a España.
Delbos abandonó la reunión antes de que concluyera. Blum, Auriol y Daladier siguieron hablando del tema y decidieron que tendría realmente más sentido tratar directamente con el gobierno de Madrid. Entonces llamaron por teléfono a Delbos que, según el informe de Asúa, ahora sí que dio su consentimiento. El 4-5 de agosto, el recién llegado embajador español Álvaro de Albornoz fue informado de qué tipos y cantidades de armas iban a enviarse. Mandó a un agente secreto a las autoridades militares francesas en Burdeos, además del pago en forma de cheque del gobierno español. Pero el día siguiente, el 6 de agosto, no había llegado el permiso de exportación final del Quai d’Orsay. Jiménez de Asúa acudió entonces a casa de Blum, quien derramó amargas lágrimas mientras contaba que el embajador británico había hablado con Delbos, ordenando virtualmente a Francia que no armara a España y proponiendo, por el contrario, una política de no intervención para todas las grandes potencias. Dijo que si Francia no se atenía a esto, y si la guerra acababa extendiéndose más allá de las fronteras españolas, Inglaterra no podría defender a Francia en esas circunstancias.
Aunque el relato de Viñas añade decididamente nueva información a nuestro conocimiento de la decisión de Francia de no vender armas a la República, y proponer en cambio el establecimiento de un Comité de No Intervención, no añade nada a nuestro conocimiento fundamental de los hechos descritos. Ya el 24 de julio, cuando Léon Blum viajó a Londres, había sido advertido claramente por los británicos de que Francia no se involucrara del lado de la República. Los principales periódicos franceses, británicos y estadounidenses se habían hecho eco de la noticia a los pocos días. La advertencia británica, y la sensación de Blum de que no debía ofender a los británicos a toda costa, se incluyó en el Survey of International Affairs de Toynbee en 1936, así como en algunos de los primeros trabajos sobre los aspectos internacionales de la Guerra Civil, como Prelude to War, de Patricia A. M. van der Esch, publicado en 1951, y Spain and the Great Powers, 1936-1941, de Dante Puzzo, publicado en 1962.
Pasando ahora a un segundo tema, en las páginas 275 a 285 Viñas ofre¬ce nueva información detallada sobre la decisión de Stalin de intervenir en la Guerra Civil. Comienza con un párrafo de dudas de once líneas. En septiembre de 1936, «parece ser» que el embajador Rosenberg sugirió que el Comintern enviara una fuerza militar armada con las armas más recientes. «De ser cierto», este plan habría surgido de resultas de su análisis de la situación en España a primeros de agosto, cuando se preveía claramente un cambio de gobierno en Madrid. Y, «si existió», el plan de Rosenberg se habría estudiado mientras Moscú estaba valorando todos los datos disponibles que dieron lugar a las decisiones del Comintern del 16-19 de septiembre (p. 275).
También fueron importantes la visita de Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés, para realizar consultas con los mandatarios republicanos y con personal de la embajada soviética en Madrid; además de las llegadas a España a primeros de septiembre de André Marty, un miembro fundador del Partido Comunista Francés, y Manfred Stern, asesor soviético del recién formado Quinto Regimiento y del Comité Central del Partido Comunista de España. Al mismo tiempo, entre el 11 de septiembre y el 10 de octubre, alrededor de ciento ochenta voluntarios cruzaron la frontera en Cerbère, obligando a los soviéticos a pensar en su propia imagen como autoproclamados líderes de la izquierda marxista mundial. Los hechos reseñados más arriba fueron también importantes, por supuesto, a la hora de alimentar las esperanzas de la República de que la Unión Soviética pudiera acudir militarmente en su ayuda.
De acuerdo con estos hechos, Viñas señala que alimentos, ropas y otra ayuda humanitaria llegó en barcos soviéticos a finales de septiembre, pero que no se decía nada oficial sobre armas. Hace referencia a una fuente que señala que treinta y tres mecánicos de aviones habían llegado en septiembre, a lo que añade un comentario de una sola palabra: «sorprendente». Sus principales conclusiones a partir de las pruebas documentales relativamente escasas son que la República veía fuertes indicios de que la Unión Soviética podría intervenir, y que para Stalin los temas de la solidaridad antifascista y del liderazgo del Comintern mundial pasaron a ser cada vez más importantes como un factor dentro de las consideraciones soviéticas.
El autor comienza su estudio directo de la decisión de intervenir exponiendo algunas otras conclusiones a las que le ha llevado su investigación: que la decisión llegó tras una «aceleración gradual» pero que, dentro de la dinámica de aceleración, Stalin mantuvo siempre la posibilidad de retirada. A la pregunta retórica de por qué no se produjo tal retirada, la respuesta de Viñas es que la Unión Soviética tenía que perseguir simultáneamente lograr la seguridad colectiva con las potencias democráticas y cumplir con su papel de líder de una izquierda mundial que estaba implicándose cada vez más en la Guerra Civil española. Además, a Viñas le preocupa refutar la historiografía anticomunista de la Guerra Civil –la de los anarquistas, trotskistas y POUMistas–, que defiende que Stalin estaba decidido a acabar con la revolución que había estallado en el verano de 1936; y la de los conservadores y los Guerreros Fríos, que defiende que Stalin estaba decidido a establecer en España una «democracia popular» del tipo de la que instituyó en Europa oriental después de la Segunda Guerra Mundial.
Tras estas consideraciones generales introduce nuevas e importantes pruebas de genuinas, y libremente expresadas, diferencias de opinión entre los distintos mandatarios soviéticos. El ministro de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov, y el comisariado que presidía defendió en un principio no intervenir en España. Les preocupaba mucho más ampliar los pactos defensivos franco-soviéticos y franco-checos para formar una alianza general en pos de la seguridad militar contra Hitler, una alianza que incluiría no sólo a Inglaterra sino también a Rumanía, Yugoslavia, Turquía y, por supuesto, la Unión Soviética. En opinión de Viñas, Litvinov, que estaba casado con una inglesa, era muy anglófilo y nunca comprendió el alcance de la hostilidad gubernamental inglesa hacia la Rusia soviética. Cita una carta del ministro de Asuntos Exteriores al embajador soviético en Inglaterra, Ivan Maisky, fechada el 25 de junio de 1937: «Si hubiéramos permanecido al margen de la guerra civil, el resultado de esta postura hubiese sido un reforzamiento de nuestros vínculos con Gran Bretaña y Francia» (p. 279).
También cita, como «un documento fundamental», un telegrama de Litvinov al embajador Rosenberg el 4 de septiembre de 1936, reprendiendo a este último por interferir en la política española, y afirmando que dado que Rosenberg había estado en España se habían mantenido numerosas conversaciones en Moscú, y la conclusión general que se extrajo fue que iba a resultar imposible enviar armas a España. En opinión de Viñas, Litvinov aún esperaba para el 4 de septiembre que el recientemente formado Comité de No Intervención obligara en la práctica a las potencias fascistas a poner fin a su apoyo a la junta militar. Y su carta también recuerda a Rosenberg que los reportajes periodísticos no constituyen pruebas definitivas. Viñas menciona a continuación «valoraciones que, por desgracia, todavía no he visto documentadas. Según dicha fuente, Stalin se inclinaba hacia una política de completa neutralidad, Molotov se oponía y Vorochilov le apoyaba» (pp. 281-282).
Así pues, a fecha del 4 de septiembre, Stalin aún no había tomado una decisión. Pero la reunión del Comité de No Intervención el 9 de septiembre, que rechazó por completo las abundantes pruebas de la intervención italo-alemana, destruyó virtualmente cualquier esperanza soviética de que se ejerciera presión internacional sobre las potencias fascistas para que pusieran fin a su intervención, que resultaba evidente e incluso jactanciosa. Según Viñas, Molotov pidió entonces ayuda inmediata al Gobierno de Largo Caballero. «¿Qué había pasado? Lo que había pasado es que Stalin, desde Sochi (su residencia estival en el mar Negro), había empezado a dar comienzo a su propio giro, que Molotov se plegaba rápidamente, y que las solemnes declaraciones de no intervención se revelaban como un auténtico fracaso» (p. 282). El verbo «plegaba» me parece desconcertante, ya que Molotov acababa de ser caracterizado como una persona contraria a una política de absoluta neutralidad, pero el punto importante es que los diversos asesores pensaban de manera diferente y se atrevieron a expresar sus ideas en medio de un incremento de las purgas tras el juicio y las ejecuciones de los «viejos bolcheviques» Zinoviev y Kamenev.
Según Viñas, Stalin, durante sus vacaciones en Sochi, debió de darse cuenta de que la República no estaba enfrentándose necesariamente a la derrota, y también que la eventual victoria requeriría una ayuda militar sustancialmente equivalente a la ofrecida por las potencias fascistas a Franco. Este elemento estratégico (el adjetivo es de Viñas) dominó el pensamiento de Stalin, pero se vio acompañado por la determinación de dar una guerra sin cuartel a la «facción zinovievista-trotskista». Tras todo ello el autor dedica cuatro páginas completas a las complejas relaciones de varios jerarcas del Comintern, oficiales del NKVD y miembros del Politburó, y al «razonamiento» y el avance de las purgas. Uno de los objetivos principales de estas páginas, en palabras del propio autor, es mostrar que «éste es un escenario algo más complejo que el que consiste en hipertrofiar la noción de que lo que Stalin persiguió desde el primer momento era establecer una base que apoyara la constitución en España de un remedo de república popular avant la lettre» (p. 288).
Personalmente, no albergo ninguna duda de que Stalin estaba obsesionado con las numerosas formas de oposición (real e imaginada) que estaba dispuesto a aplastar, pero podía haber enviado a agentes del NKVD a España sin decidir enviar ni alimentos ni medicinas (sin pagar) o armas (con un eventual pago elevado). Así pues, el estudio detallado de las purgas que realiza el autor en este punto me llama la atención como algo que responde más a sus preocupaciones en relación con las afirmaciones de los estudiosos antirrepublicanos que con la decisión de Stalin a finales de septiembre de 1936 de intervenir militarmente en la Guerra Civil.
En estos párrafos he intentado señalar lo que me parecen énfasis ocasionales que distraen de la tarea principal, y que han ocupado mucho espacio porque quería que el lector conociera los juicios del autor más que simplemente las valoraciones que el reseñista hacía de esos juicios. Pero esto no ha de entenderse en absoluto como una evaluación negativa. Nadie ha rastreado los archivos más exhaustivamente que Viñas. Nadie ha estado más dispuesto a compartir información, o se ha mostrado más deseoso de comparar interpretaciones con colegas. Cuando estaba leyendo estos volúmenes me acordé de una conversación que mantuvimos los dos hace alrededor de cuarenta años, mientras Ángel me llevaba al aeropuerto en Madrid. Él me había hablado de la importancia que había tenido para los españoles la contribución de los expertos extranjeros al estudio de la Guerra Civil. Yo le dije que nosotros, los expertos extranjeros, habíamos tenido la inmensa fortuna de leer fuentes que estaban fuera del alcance de los españoles debido a la dictadura. Nos habíamos beneficiado directamente del deseo de esa misma dictadura de convencernos de que había una libertad total de investigación (con excepción de los archivos militares) en la España de los años sesenta. Yo confiaba en que los españoles tendrían pronto un día la oportunidad de escribir libremente su propia historia. Y confiaba en que uno de los primeros en hacerlo así sería Ángel Viñas. Esta trilogía se mantendrá como una combinación excepcionalmente rica de historia que se basa en los archivos y de debate que cuestiona deliberadamente ideas establecidas en la lucha por alcanzar un entendimiento objetivo de la Guerra Civil española.

Traducción de Luis Gago

Este texto ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros

01/10/2009

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
1 + 4  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE GABRIEL JACKSON
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL