ARTÍCULO

Una tarea ciclópea

 

Es fácil ver por qué las lenguas humanas son un objeto tan fascinante. Sin ir más lejos: por un lado, son muchísimas y, por otro, ni sabemos muy bien qué son, ni probablemente lo sepamos nunca. En este libro apabullante, Juan Carlos Moreno Cabrera necesita seis mil quinientos veintidós nombres de lenguas (glotónimos), pero señala que «toda variedad lingüística usada por una comunidad por pequeña que sea es una lengua de pleno derecho», lo que impugna la distinción entre lengua y dialecto. Se dice en la profesión que una lengua es un dialecto que cuenta con ejército y armada. De modo que esos seis mil y pico se pueden multiplicar como si tal cosa, y así le habría sucedido a Moreno si hubiera podido aplicar a todas las familias lingüísticas el mismo detalle que aplica al español o al inglés. Como también podríamos ampliar la lista si incluyéramos las lenguas gestuales de las comunidades de sordos, de cuya condición de lenguas de pleno derecho no duda ya nadie. Pero, por otra parte, aquellos a quienes nadie ha explicado que hay lenguas y que se solapan poco se entienden razonablemente bien con gente que supuestamente habla otra cosa, como les sucede a quienes no reparan en que su dialecto difiere del adyacente. Parece ser que un viajero que recorra el (considerable) norte de la India no topa con dos vecinos que no se entiendan entre sí, aunque sus hablas se adscriben a lenguas que, como las de los dos extremos, son mutuamente ininteligibles. Es decir, que usando otros criterios de diferenciación dejaríamos la nómina de lenguas bastante encogida.

La noción de lengua se afianzó al aplicarse a modelos escritos dotados de un canon nítido: sánscrito, latín, árabe, persa, chino... La descripción gramatical típica empezaba por enumerar caracteres, o letras, que «se pronunciaban» de determinada manera en tal o cual contexto, cosa que a menudo, por falta de vocabulario fonético, resultaba harto difícil de precisar y que, en el mejor de los casos, correspondía sólo a la pronunciación de prestigio. La aparición de nuevas lenguas en la conciencia pública suele ir de consuno con procesos de democratización. Así, el canon del budismo meridional rechaza el sánscrito para expresarse en pali, la lengua popular, que luego, típicamente, pasa a figurar entre las lenguas codificadas y semimuertas. Hoy las vicisitudes de las lenguas siguen siendo tributarias de las de los medios que fijan el discurso, limitando su variedad: cada vez más la escritura (Internet es un medio escrito, aunque no suela repararse en ello), pero también la radio y la televisión, donde, por ejemplo, un riojano se obliga a no llamar albérchigo al albaricoque, para que puedan entenderle en Huelva. Por eso ha sido tardía la aplicación de la idea de lengua a lo que no se ha escrito nunca ni ha sido, como el pali o las lenguas europeas más conocidas a comienzos de la Edad Moderna, factor importante de una transformación cultural.Y esa aplicación ha tenido que enfrentarse a prejuicios y expectativas tan arraigados que se convierten en filtros de la percepción. En 1848,Tocqueville no entiende a los campesinos que acuden a París para levantar barricadas: todavía hablan patois. Unos siglos antes, en cambio, cuando había muchas más hablas aún por la Europa cristiana, pero eran todas «vulgares», San Vicente Ferrer recorría ésta predicando en no se sabe qué con notable éxito de público, a juzgar por los consiguientes pogromos Me lo hizo observar Josep Nadal.

Hasta finales del XVIII,prácticamente sólo franciscanos y jesuitas se ocuparon de las lenguas no escritas. Pero, llegado el siglo XX,lingüistas, antropólogos, misioneros y agentes de las potencias coloniales, que a menudo han sido la misma persona, disponían todos de sólidos motivos para desterrar prejuicios y ponerse a describirlas. La mayor facilidad de comunicación con el grupo que la hablaba, y a menudo la gratitud de éste por la deferencia que suponía ascenderle al nivel de los latinos o al menos de los etruscos, podía ser motivo suficiente para ello. A veces tenía resultados gratamente inesperados. Los navajos, por ejemplo, sustituyeron con ventaja a los usuarios de códigos secretos cuando la Marina estadounidense de la última guerra mundial quiso garantizar que sus comunicaciones resultaran impenetrables para los japoneses. En la posguerra, la reivindicación de las singularidades de las lenguas «indígenas» fue una de las muchas piezas con que Estados Unidos afirmaba la vastedad del universo humano, y la singularidad norteamericana que sabía hacerse su portavoz, frente a una Europa derrotada cuyas jerarquías mentales caducas, según se insinuaba, la hacían incapaz de regir ya el orden mundial. De esta reconsideración posbélica de las humanidades en Norteamérica, que contiene elementos positivos junto con una disimulada levadura nacionalista, siguen tocándonos consecuencias: el relativismo cultural de los ámbitos universitarios anglosajones es uno de sus paradójicos descendientes.

A efectos teóricos tiene mucha importancia que las lenguas no sean cosa definible con claridad, como veíamos.A ello se debe en parte el hecho de que la lingüística actual tienda a ocuparse, más que de las lenguas, de la capacidad humana para usarlas y aprenderlas.A efectos prácticos, sin embargo, lo normal es que importe poco. Si una comunidad está suficientemente diferenciada y su habla también, lengua tenemos.Así es como hemos logrado las numerosas gramáticas y descripciones con que ya se cuenta, y sólo podemos alegrarnos. La labor de quienes las elaboran es dificilísima y Juan Carlos Moreno señala con razón que no solemos agradecérsela ni siquiera los profesionales.También es de capital importancia para las comunidades en cuestión. Una de las pequeñas objeciones que me atrevo a hacerle a este libro es que no resalte suficientemente la figura del recientemente fallecido Kenneth Hale (sólo se cita, creo, su tesis doctoral). Hale, literalmente en solitario, se empeñó en que los especialistas en lenguas minoritarias salieran de entre los hablantes de éstas, quienes, por un lado, atienden más a las necesidades de su comunidad (cartillas de lectura, diccionarios escolares) y, por otro, son al fin y al cabo los únicos que conocen la lengua perfectamente. Conste que no se trataba de formar sólo maestros locales, sino investigadores como sus dos primeros discípulos, que presentaron tesis doctorales sobre el apache y el hopi, respectivamente, en el MIT. En el modelo anterior, el de un lingüista y un mero informante nativo, el resultado puede ser exclusivamente académico, cuando no lo vician las anomalías de un diálogo entre desiguales. La escuela de Hale sigue dando frutos espectaculares en Australia y América Central y del Norte Hale se encontraba a gusto en nuestro país, donde dio varios seminarios. Permítaseme un momento de homenaje. Hablaba el español como un nativo (de Nuevo México) y eso nos parecía normal, ya que ninguno lo habíamos visto nunca rodeado de un grupo humano cuya lengua no hablara a los pocos días. Claro que cuando pidió permiso humildemente para dar en catalán sus clases de Barcelona, o cuando se puso a contestar preguntas en vasco sobre el vasco en Vitoria, ya suscitó algo más de expectación. Es lógico conceder valor de referencia a las opiniones lingüísticas de un ser con tales destrezas, aun en asuntos más bien de andar por casa.Así, su idea de qué es saber bien una lengua era poder conversar en ella fluidamente por teléfono. Según eso, decía, él sólo sabía bien inglés, español, papago (Estados Unidos) y valpiri (o warlpiri, Australia). Puro, aunque típico, exceso de modestia: por teléfono no sé, pero por vía aérea lo he visto hablar de corrido irlandés y holandés, sin contar nimiedades como el francés, el miskito (Nicaragua) ni otra cosa por la que no me atreví a preguntar, con un interlocutor cubierto de tatuajes. El haber conservado esa capacidad infantil para la adquisición de idiomas tal vez tenga que ver con la humildad y la capacidad de empatía, realmente extraordinarias, que le caracterizaban. No exagero en absoluto si digo que en otras culturas le hubieran tenido por un santo..

Con los mimbres allegados por estos predecesores se ha atrevido Juan Carlos Moreno a acometer una tarea ciclópea. El jesuita emigrado Hervás y Panduro creó el género en el Catálogode las lenguas de las naciones conocidas, que se tradujo hace exactamente doscientos años. Nada parecido había desde entonces en español. Moreno clasifica en grupos las lenguas del mundo de una manera bastante ortodoxa, con la útil novedad de que se sujeta para todas ellas a un esquema clasificatorio uniforme (familia, grupo, área, etc., hasta doce niveles). Los que se aplican a estos menesteres suelen dividirse entre lumpers y splitters, aficionados respectivamente a agrupar y a escindir. La riqueza de su esquema taxonómico permite a Moreno más de una vez eludir los extremos de estas propensiones. De tender a algo, sería hacia el grupo de los primeros, en la estela de su admirado Joseph Greenberg (también desaparecido hace poco) Greenberg, profesor de Stanford, es el fundador de la tipología lingüística moderna. Propuso nuevas clasificaciones de las lenguas del mundo, señaladamente las africanas y las americanas, que ahora todos toman como punto de partida. Para asombro de las generaciones informatizadas, su método consistía en apuntar palabras y frases en cuadernitos. Ha dejado muchísimos cuadernos.. Pero, en general, el lector puede dar por sentado que se encuentra ante opciones sensatas y avaladas, cuando tal cosa es posible, por el consenso de los especialistas en cada grupo lingüístico. Puede además cerciorarse de ello gracias a la bibliografía que se da y que, sorprendentemente, constituye una novedad absoluta: los otros catálogos de lenguas no incluyen referencias (y menos de la riquísima cosecha rusa, que Moreno consulta asiduamente).

Complementan estas informaciones otros datos básicos, en particular los relativos a la localización geográfica, el número de hablantes, las perspectivas de institucionalización y supervivencia y, para las familias más importantes, la fonología y gramática de las lenguas tratadas, así como sus sistemas de escritura. Es de destacar la atención que se dedica a las lenguas criollas, esto es, las nacidas del contacto entre una lengua de comercio o colonización y las lenguas nativas. Todo ello, como se ve, útil y pertinente, y organizado además de manera que facilita la consulta.

Para el conjunto de la comunidad hispanohablante, la contribución más de bulto de este libro es la nomenclatura española de las lenguas examinadas. De la importancia práctica de tal empresa dará una idea que el anterior esfuerzo de Juan Carlos Moreno en este sentido, un librito más sucinto con unos mil glotónimos, se encuentre actualmente agotado. No es este el lugar para analizar con detalle las propuestas y opciones de Moreno, ni le toca hacerlo a un crítico que carece de los abrumadores conocimientos del autor. Es posible, con todo, que los lectores agradezcan alguna observación sobre los azares a que se ve expuesta una empresa de esta índole. Podemos agruparlos en dos clases: los que tienen que ver con la denominación originaria y los que proceden de su traslado a nuestro idioma.

En cuanto a lo primero: por desgracia, muchas comunidades reciben denominaciones que uno no quisiera para sí. La palabra «esquimal» viene de una forma, probablemente algonquina, que significa «los que comen cosas verdaderamente repulsivas». Aunque a muchos la dieta en cuestión nos apetezca poco, comprenderemos que los afectados prefieran la denominación inuit («inuí» para Moreno). No obstante, la clasificación lingüística sigue agrupando a inuit y yupik («yupí») en la subfamilia «esquimal». Esta situación es frecuentísima. Con razones parecidas, los mapuches prefieren la denominación mapudungu y los citados papagos la para nosotros más trabajosa de tohono o'odham. Moreno advierte el problema, por ejemplo, a propósito de «bosquimanos» y «hotentotes». Pero a nadie se le puede pedir que conozca los significados y connotaciones de tantos nombres de lengua, de modo que probablemente, a medida que la gente vaya teniendo voz y voto en un asunto que tanto les concierne, la terminología recogida en este libro acabará modificándose aquí y allá.

¿Cómo representar en nuestra lengua un sonido que no es parte de ella? Juan Carlos Moreno opta por transcribirlo con el fonema español más próximo. Es una opción razonable en la que, adviértase, la pronunciabilidad prima sobre el uso de la grafía para indicar las características del original: así, la u francesa de rue se transcribiría con «u», no, por ejemplo, con «ü». Claro que a veces no está claro cuál sea el fonema más próximo: siguiendo con el ejemplo, la gente pronuncia con i el nombre de Camus. Más grave es el problema de los sonidos que no tienen paralelo, próximo ni remoto, en nuestra lengua. El nombre del xhosa de Sudáfrica empieza con el sonido que solía hacerse aquí para animar a una caballería a ponerse en marcha, seguido de una hache aspirada. No hay manera de trasponer semejante sonido al alfabeto latino, como no se adopte una convención al efecto. La solución de Moreno («josa») no es por tanto satisfactoria, lo cual no hace más gratas las posibles alternativas. A éstas debemos el que haya por ahí lenguas con nombres como !xo)o) y úho)a), que desaniman a cualquiera.

Puede que en algunas circunstancias la mejor manera de evitar una dificultad sea decretar que no existe. Eso no debe mitigar nuestra admiración por quienes se proponen vencerla. Con todo, mi impresión es que las soluciones de Juan Carlos Moreno pecan en ocasiones de excesivo conservadurismo.Ya hemos visto que suprime la consonante final en «yupí» e «inuí». Es opción sistemática, al estilo de la que llevó a Lázaro Carreter a proponer «coñá». Esto tiene poco en cuenta todas las zonas del idioma donde se sueltan consonantes como si tal cosa (¡Ciudad Netzalhualcoyotl!).Además, resulta anacrónico para gentes que beben Cacaolat, llevan los apuntes en un bloc, se quejan de Microsoft y compran, aunque no debieran, en el top manta. En cualquier caso, es una elección costosa, porque obliga a perder mucha información: el que ve «yupí» puede imaginar cualquier consonante final, o ninguna.

En un punto mi desasosiego se torna discrepancia vehemente. Usando, probablemente, Windows, Juan Carlos Moreno proscribe la «w», en particular la inicial de palabra. Conserva con buen criterio algunos ejemplos de la solución tradicional castellana, «hu», en casos como «huasteca», y tiene razón en pensar, imagino, que era una opción mejorable. La «h» aparece en «huevo» porque la «u» se podía escribir «v», y con la «h» se distinguía de «bebo». Ahora bien, usar una «v» para los casos que en inglés (y en el Alfabeto Fonético Internacional), tienen «w» lleva a deformar más allá de lo prudente el sonido original, con la coniguiente confusión indormativa si escribimos «Vindous» lo pronunciamos con B de Bilbao, cosa que nos aleja demasiado de lo que una sencilla consonante doble, importada, sí, pero perfectamente reconocible para todo el mundo, representaría a la perfección. 

Claro que esto son pejigueras al lado del portentoso favor que el autor nos ha hecho a los lingüistas y a un público de lengua española mucho más amplio de lo que pudiera pensarse. Algunas veces la única reacción adecuada ante un libro es la de la casa de toda la vida. Esta es una de ellas. Y aquí va: ¡hay que ver cuánto sabe este hombre!

01/09/2005

 
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