ARTÍCULO

Pecado de Hybris

Alianza, Madrid
232 págs. 11,54 €
 


Con la publicación de Una tarde con campanas, finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones, Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) da un paso más para consolidarse como una de las voces más firmes de la nueva narrativa hispanoamericana. Cierto es que en este caso el galardón de la constancia no parece ser un marbete veleidoso manejado por el interés o por el capricho, sino que, por el contrario, viene avalado por un considerable caudal de producción, así como por una sólida y escrupulosa recurrencia de formas y motivos. Pero también es verdad que si el venezolano ha ascendido a esa cumbre de toda buena fortuna que para el escritor supone el reconocimiento de su singularidad es, sobre todo, porque todas sus novelas y cuentos han obedecido a esa querencia por encima de cualquier otra cosa.

Su última novela no es una excepción. De hecho, y a pesar de transitar por similares sendas que obras anteriores, contiene un aliento casi épico que reclama la originalidad del ejercicio literario desde más allá (o desde más acá) de lo puramente narrativo. A ello contribuye en no poca medida la elección de la estructura y de la voz que la articula. Esa voz es la de José Luis, un niño sudamericano que ha emigrado a Madrid con su familia y relata en forma de crónicadiario, y en continuo contrapunto con los recuerdos de su patria natal, sus experiencias en España. En consecuencia con la perspectiva infantil y con la situación personal del protagonista, la trama no discurre obedeciendo a una lógica de causa-efecto, sino que se genera por acumulación de cuadros de diversa sustancia. A veces éstos son producto de la sensibilidad pubescente, que se ve atraída por las peculiaridades geográficas o climáticas: «En Madrid cuando hace calor, hace calor calor calor»; otras veces son los eventos consuetudinarios los que llaman la atención del joven: «El autobús estaba lleno. Mi mamá iba cargando a mi hermanita, pero nadie le dio el puesto. Aquí no se hace»; y en otras ocasiones suelen ser testimonios inocentes de realidades y sentimientos cotidianos.

En principio, la adopción de un punto de vista ingenuo para analizar y juzgar las virtudes y los vicios de un país no es nada nuevo; precedentes literarios hay muchos en los que la ignorancia del forastero sabe descubrir sinrazones en las costumbres del natural y convertir el tópico en humor lúcido. En Una tarde con campanas, en cambio, ninguno de estos objetivos se alcanzan, porque su autor ha conseguido, como ya se ha anticipado arriba, imponer su propia voz a la del personaje.

No se explican de otro modo las inverosimilitudes en las que incurre éste, perspicaz en muchos momentos y obtuso en muchos otros, dependiendo del papel que le toque interpretar: ora tierna víctima, ora inconsciente censor. Falla, por tanto, el punto de vista (de hecho, es imposible hacerse una idea aproximada de la edad del narrador), pues se confunde con demasiada ligereza la inocencia infantil con la estulticia; se hacen demasiado evidentes, en definitiva, las tesis que sustentan la tramoya.

Así, y teniendo en cuenta las distorsiones que afectan al foco narrativo, no debe resultar extraño entonces que los distintos niveles de realidad que recrea la novela parezcan disparatados y asistamos, con más perplejidad que estremecimiento, a escenas de sórdido tremendismo doméstico (como la brutal paliza y las posteriores vejaciones que recibe el pequeño Ismael, el mejor personaje de la novela) o a relatos oníricos de simpleza tal que en casa de Freud causaran sonrojo.

Como ya apuntara en obras anteriores, Juan Carlos Méndez Guédez ha escrito una novela de talante crítico sobre el jánico y complejo problema de la emigración, sus causas y sus consecuencias, y ha pretendido, como en ocasiones pasadas, enfocar la narración desde una perspectiva mordaz. Sin embargo, de nuevo también como en el resto de su producción, la pasión ha superado al oficio y la autocomplacencia al acierto, de forma que se ha convertido en frivolidad lo que merecería un tratamiento mucho más serio si el que lo defendiese tuviera en cuenta que lo que hace eterno y singular al héroe épico no son las victorias, sino la mesura.

01/10/2004

 
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