ARTÍCULO

Expresionismo delirante

Lengua de Trapo, Madrid
268 pp. 18,90 €
 

Una revolución pequeña, cuarta novela de Juan Aparicio-Belmonte, luego de propuestas tan sólidas como su primeriza Mala suerte y, sobre todo, El disparatado círculo de los pájaros borrachos (XII Premio Lengua de Trapo de Novela), resulta, digámoslo sin más preámbulos, una buena cosecha de lo ya sembrado, por mucho que la ambición del envite deje algún hilo suelto en el tamiz. Y es que siempre resulta complejo intentar ensamblar registros que, en apariencia, poco o nada tienen que ver. Me refiero a la veta más grotesca o expresionista –evidente en el arranque del texto y en los perfiles desmesurados de al menos la mitad de sus personajes– y la novela negra, pues así, y no de otra forma más o menos alambicada, debe definirse Una revolución pequeña; y eso aunque Aparicio-Belmonte realice con ella un ejercicio paródico que no sólo testimonia el perfecto conocimiento de los grandes maestros del género –Raymond Chandler, con su ironía y su cinismo paradigmáticos, entre todos ellos–, sino también la querencia, incluso en la estructura, hacia la orilla de lo heterodoxo, de lo deformado por el prisma esperpéntico. Para pergeñar edificio tan sugestivo, Aparicio-Belmonte parte de una situación estrambótica gracias a la cual el lector se ve sumergido en una prosa brillante, a un tiempo desorbitada y medida, que transparenta, en un perfecto binomio forma-fondo, los dos mundos irreconciliables que se enfrentan fruto del azar: el lunático y perturbado representado por Perversa –bautizada, a mayor gloria de sus padres, con un adjetivo que todo lo dice respecto de ella– y el organizado y racional que encarna el abogado Esteban Gómez Rescello. La situación delirante que fatalmente les liga no es otra que el encuentro en un avión, de vuelta de Bruselas. En asientos contiguos se unen el miedo patológico de este último a los aviones con la desinhibición y desenfreno causados por las drogas de la primera, en un cóctel explosivo que nos precipita a la pérdida transitoria –y quizá definitiva– de la dignidad por sus dos protagonistas: la de Esteban hecha forma en los orines que descienden por su pierna como prueba de su niñez ante el miedo; la de Perversa, en el ajo crudo que come con fruición mientras atrae hacia sus pechos al asustadizo abogado, como apósito irracional a una psicología desestructurada. En este particular microcosmos de la desmesura no ha lugar a los ataderos de la verosimilitud, pues la labor del narrador no radica, al menos de modo prioritario, en la construcción de un marco más o menos referencial, sino, más bien al contrario, en una deformación sistemática –como la predicada por Max Estrella ante los espejos del callejón del Gato– que evidencie la estulticia general, los usos deformados a golpe de corrupción, la óptica, al fin, miope de nuestra realidad más inmediata. En este sentido, no parece arbitraria la elección del dramatis personae: el padre de Perversa, un reputadísimo juez, López Mínguez, bien ponderado en los medios y, aparentemente, preocupado por el aumento de la delincuencia y que, sin embargo, aplaca sus accesos psicóticos a golpe de asesinato, una palabra que él elude de continuo y que sustituye, muy sutilmente, por el eufemismo «finiquito»; lejos de constituir una excepción, el juez ha transmitido su elaborada ciencia del acabamiento no sólo a su insustancial esposa, pija redomada que, entre zapatos y pieles de diseño, explaya su ansiedad por idéntica vía, sino también a la heredera natural de tan crueles instintos, esto es, Perversa, al fin la más cabal entre todos, pues la única muerte de su nómina –aquella por la que, a la postre, se verá imputado (gracias a una serie de casualidades bien elaboradas que nos introducen en el género negro) nuestro abogado simplón– no responde a la mera apetencia irracional de la muerte, sino a un sentimiento mucho menos bestial y, en consecuencia, más humano: el amor y la incapacidad de asumir su ausencia. Un cuadro, como se ve, solanesco que pone al descubierto una sociedad pervertida –no es casual, claro es, el nombre elegido para la protagonista– que elige sus referentes entre la basura más abyecta. Junto a este elenco esperpéntico cohabita otro más convencional: el representado por Sarita Lagos Arróspide, mujer de Esteban, y su terapeuta, cuyos dibujos, dicho sea de paso, adolecen de no pocos lugares comunes y ciertas concesiones a un universo sentimental que no casa del todo con el irreverente conjunto. Pero es, desde luego, Esteban Gómez Rescello el más acabado de los perfiles, sobre todo en las dos primeras partes del relato, aquellas en las que su carácter inocente, su bonhomía y hasta su simpleza suscitan en el lector atento relaciones, más o menos evidentes, con el Cándido de Voltaire o, más cercano en el tiempo, el singular protagonista del Beatus ille, de Antonio Muñoz Molina.
Se inserta Aparicio-Belmonte, pues, en una corriente narrativa, la llamada por algunos «expresionista» y que yo prefiero llamar, por continuidad con la tradición española, «grotesca», irregularmente frecuentada por los narradores de última hornada, entre los que descuellan nombres como Luis Mateo Díez, Manuel Talens, Manuel Longares, Carlos Eugenio López –el inicio de la novela nos trae a la memoria alguno de los cuentos contenidos en su Burdel de muertos– y Fernando Royuela. En los acordes más grotescos, como queda dicho, encuentra la prosa de Aparicio-Belmonte sus mejores credenciales, un tanto oscurecidas en el tránsito entre el disparatado arranque y la segunda mitad, precisamente cuando la novela recorre los más convencionales registros de la novela negra, al fin y al cabo un marco narrativo que más que una necesidad resulta una plantilla. Buena prosa, gotitas bien aderezadas de parodia, humor grueso y fino al servicio de una intriga que, llegados a este punto, no es, ni con mucho, la pieza central del rompecabezas.

01/09/2010

 
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