ARTÍCULO

Una revolución andando

Alfaguara, Madrid
506 pp. 19 euros
 

La esencia de toda la obra de Elena Poniatowska (París, 1933) se encuentra en la fusión de tres poderosos impulsos: el primero es el periodismo, con la curiosidad y la búsqueda de conocimiento como motor primigenio; el segundo, la pasión por la historia de México, y el tercero, su compromiso con la defensa de los más indefensos. En 1969 noveló a modo de crónica la revolución mexicana en Hasta no verte, Jesús mío, con la que consiguió un gran reconocimiento, y convirtió la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968 en la crónica ensayística La noche de Tlatelolco, que ya lleva sesenta ediciones y unos cuatrocientos mil ejemplares vendidos.
Su ambiciosa y última obra, El tren pasa primero, es fruto también de las mismas motivaciones. La revolución mexicana continúa estando muy presente, pero esta vez no como el hecho principal, sino como un vivo referente de otra lucha: la de los obreros del ferrocarril a finales de la década de los cincuenta. El punto de partida es la huelga que los sindicatos del sector organizaron en 1959 y con la que consiguieron paralizar todo el país y tener en vilo al gobierno corrupto del PRI. Elena Poniatowska cubrió aquellos acontecimientos como periodista y ahora retoma y completa la historia con elaboradas dosis de ficción que se suman a una ingente documentación de hemeroteca.
Toda la historia gira alrededor del líder sindicalista Trinidad Pineda Chiñas, un trasunto del real Demetrio Vallejo, a quien quiere homenajear junto a todos los trabajadores que lo siguieron. El primer tercio de la novela está dedicado a reconstruir los momentos más importantes de la lucha del sindicalista y sus esfuerzos para unificar a los trabajadores y organizar las movilizaciones. Aquí Pineda Chiñas aparece como «un indio prieto más terco que una mula», un héroe para los «rieleros» y un comunista radical y desalmado, «el oaxiquito de mierda» para el gobierno, los caciques y los sindicalistas oficiales. Este cambio en el punto de vista, que será una constante a lo largo de la novela, proporciona una pluralidad de voces que enriquece la narración, a veces demasiado rígida por su fidelidad a lo que publicaron los periódicos.
Elena Poniatowska habla del conflicto entre el idealismo, el sacrificio y la solidaridad frente a la capacidad corruptiva del poder y la explotación de los más desvalidos. Si el solo hecho de novelar la vida de un dirigente socialista ya da una idea sobre el bando en que se coloca la autora (consejera del candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, en las próximas elecciones mexicanas), ha de subrayarse que su construcción no es en absoluto una hagiografía ni responde a ninguna idealización. Asimismo, como consecuencia de esta voluntad instructiva, la autora acaba construyendo un informe excesivamente pormenorizado de los movimientos de los ferrocarrileros, por un lado, y del gobierno y los charros (los dirigentes sindicalistas pagados por el gobierno para mantener bajo control el movimiento obrero), por el otro. El lector no necesita toda esa acumulación de datos, que incluso pueden acabar hartándolo y disuadiéndolo de la lectura. Sin embargo, la minuciosa recreación del entorno sirve para conocer la importancia que en un momento determinado tuvo el ferrocarril en México, donde actualmente ya no hay trenes para pasajeros: «La Revolución Mexicana se hizo en tren, para ganar Pancho Villa volaba locomotoras y puentes». De aquellos momentos proviene la veneración que los «rieleros» sienten por las locomotoras, a las que personifican e, incluso, sacralizan.
El segundo tercio de la novela está dedicada a lo que debería haber sido la reinserción social del líder tras once años de cárcel y la soledad que éstos supusieron. Tras el abandono de su esposa, Sara,Trinidad Pineda se ha emparejado con la hermana de otro sindicalista encarcelado, Rosa Peralta. Su salida de la cárcel, pues, podría haber significado la renuncia a la lucha y su entrega a la vida familiar; sin embargo, sigue siendo el mismo personaje inflexible, para lo bueno y para lo malo, y vuelve a «la lucha», el único motivo que da sentido a su vida. Las mujeres que rodearon a este hombre complejo y con importantes flaquezas forman un personaje colectivo con una gran relevancia en el desarrollo de la novela: Sara, su esposa, y Bárbara, su sobrina, son dos ejemplos opuestos de las distintas repercusiones que el comportamiento de Trinidad Pineda tiene en su entorno. Si para su mujer la relación con el líder es perniciosa e incluso destructiva, para la sobrina él es el motor de toda su existencia. Bárbara se mantiene en todo momento en pie de guerra, pero ella no es un ejemplo conciliatorio. Es una «pantalonuda», lee a Simone de Beauvoir y cree en la liberación femenina. Huérfana desde sus primeros años de vida, creció en un entorno que no la tuvo demasiado en cuenta, a excepción de su tío rielero, a cuya sombra ha vivido desde que tiene memoria. La relación entre tío y sobrina es ambigua, y Poniatowska la manipula con habilidad para dar más consistencia a la novela más allá de la crónica de las huelgas del ferrocarril. Tras el fanatismo, el sacrificio y la entrega a la causa obrera, ambos esconden su egocentrismo y sus dificultades para adaptarse a la vida que los rodea.
Para tío y sobrina, Elena Poniatowska construye una infancia rulfiana, marcada por la dureza del campo y la pobreza: «El llano le da a Trinito una sensación de aislamiento que lo hostiga tanto como su gordura». Otros velados homenajes se encuentran aquí, como los que dirige al prestigioso periodista Carlos Monsiváis y al poeta Ramón López Velarde. Son estos capítulos, en la tercera parte del libro, los más duros y los de mayor intensidad literaria. La autora rompe por fin el corsé que se había impuesto para relatar la lucha ferrocarrilera y liberada de la rigidez de los datos históricos y de la fidelidad a la hemeroteca, deja que su gusto por narrar fluya vertiendo una historia cargada de resentimiento, de fatalismo y de ingenuidades escamoteadas por la miseria. Es esta parte del libro la que la redime con generosidad de sus devaneos con lo panfletario y el fanatismo. Aquí el lector encuentra la formación de Trinidad Pineda Chiñas, su incapacidad para los trabajos en el campo, los miedos de la infancia, su predilección por las enaguas, los primeros encuentros sexuales, su acercamiento al ferrocarril y a la lectura para huir de Oaxaca y su iniciación en el pensamiento marxista. Hace esperar, por tanto, demasiadas páginas al lector para llegar a su mejor prosa, la más dispuesta a dejarse llevar por la invención y a jugar con las evocaciones y sentimientos. A modo de resumen que mejora todo el conjunto, estos últimos capítulos concluyen en un punto abierto, en un viaje en tren, como no podía ser de otra manera, que lo conduce a una estación desconocida y en el transcurso del cual se encuentra consigo mismo y con el significado de sus actos. Estamos, pues, ante una novela atractiva pero algo farragosa, por lo menos para un lector, o una lectora, españoles.

 

01/06/2006

 
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