ARTÍCULO

Una reflexión apresurada

Destino, Barcelona, 1997
96 págs.
 

Como dirigente político al frente del PSOE (desde 1974) y como presidente del Gobierno español (1982-1996), la labor de Felipe González puede ser juzgada desde muy diversos puntos de vista. Desde la perspectiva de las formulaciones teóricas, empero, no hay nada que discutir: González es un político pragmático, no un teórico del socialismo. Lo dice él mismo: «voy muy ligero de equipaje cuando se trata de principios» (pág. 35). Ni siquiera quiere remitirse a los de la Internacional Socialista, pues tiene más que suficiente con los ideales de la Revolución francesa, libertad, igualdad y fraternidad. Ante dicha declaración, el lector empieza a preguntarse, con cierta perplejidad, si es entonces González la persona más indicada para hacer un balance crítico del camino recorrido por el socialismo democrático en el último cuarto del siglo XX . Un período marcado por acontecimientos trascendentales, que no sólo han dejado una profunda huella en la teoría y en la praxis del movimiento socialista, sino que han llegado a desdibujar su propio horizonte ideológico. Basta repasar los hechos, desde los más «cercanos» (el abandono del marxismo y la larga etapa felipista en España; la experiencia socialista en el sur europeo, polarizada en figuras tan pintorescas como Papandreu, Craxi y Mitterrand), hasta los más lejanos, que se resumen en el derrumbe aparatoso del «socialismo real»: no son precisamente minucias, sino auténticos revulsivos que fuerzan a preguntarse por el sentido y la viabilidad del socialismo en el siglo XXI .

Ante este panorama extraordinariamente complejo, lo que nos ofrece el librito de González (unas setenta páginas reales, en caracteres tipográficos como para escolares) no puede ser más decepcionante: no hay nada de lo que era, muy poco de lo que es, y sólo algunas vaguedades acerca de lo que será el socialismo en el futuro inmediato. El mismo tono de la obra, con frecuentes menciones personalistas e incluso supuestas confesiones de perplejidad ante ciertos cambios (pág. 31), contribuye a dar la impresión de que estamos ante un discurso de consumo interno, una reflexión para los «compañeros», llena de generalidades y lugares comunes, y con un inconfundible tufillo autojustificatorio. Y es aquí donde ya resulta incuestionable lo antes mencionado sobre la no idoneidad de González para una reflexión sin red sobre el socialismo: su papel como protagonista con intereses concretos le impide llevar a cabo la labor de un analista imparcial, o al menos, distanciado.

Así, González sortea los escollos fundamentales que centraron la atención de los españoles durante los casi catorce años de mandato socialista, desde el divorcio con los sindicatos o la falta de democracia interna en el propio PSOE, hasta el fomento por un gobierno supuestamente de izquierdas de la fiebre especulativa que dio en llamarse «cultura del pelotazo», por no citar la contradicción entre el impulso ético que le aupó al poder (recuérdense los «cien años de honradez») y la corrupción rampante en sus propias filas.

En estos tiempos de ofensiva liberal en todos los frentes y defensa a ultranza del «Estado mínimo», resulta llamativo –o mejor aún, clamoroso– el silencio de González acerca de lo que puede ofrecer el socialismo en momento de crisis y cuestionamiento de la concepción estatal de la socialdemocracia. A menos que uno se conforme con la socorrida muletilla de «defensa del Estado del bienestar», sin más precisiones. A este respecto, cabe observar con cierta sorpresa que el propio Felipe González ha sido mucho más explícito en algunas entrevistas periodísticas a fondo (véase por ejemplo la de Leviatan tras las elecciones de 1996) que en el texto que comentamos. González es un político lo suficientemente avezado como para saber que no puede reducirse el horizonte socialista a mera gestión, pero rehúye sistemáticamente los aspectos esenciales. Es comprensible que resulte más fácil y menos comprometedor hablar de la mundialización, la revolución tecnológica o la macroeconomía, pero con ello se comete un fraude al lector que espera respuestas a los epígrafes de «qué era y qué es el socialismo». Dice el propio González acerca de su folleto: «Es ésta una reflexión apresurada, urgida por las prisas de la publicación, tomada de retazos de intervenciones públicas en los últimos meses. Faltan cosas y hay demasiadas reiteraciones» (pág. 89). Por nuestra parte, nada que añadir.

01/05/1997

 
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